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Galería del amor: Circuito de Moteles del Barrio Brasil

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Al momento de ir a un motel, lo último en que se piensa es en quién se encargará de limpiar los residuos corporales o recoger los condones y juguetes sexuales. Sin el personal encargado de limpieza, los clientes no podrían disfrutar en las mañanas, tardes y noches de camas sin señales de uso. Las huellas de las habitaciones pueden ser borradas, pero en las camareras y juniors siempre va a quedar el recuerdo de quienes usan las habitaciones para llevar a cabo sus fantasías sexuales o simplemente retozar entre las sábanas con sus parejas. Todos coinciden en que les gusta el trabajo, pero desearían estar en otros lugares.

Juan Pablo Valdez, Motel Oasis
Luego de trabajar en una hostal de turistas y en un motel gay, llegó a su actual trabajo de junior. Hace 8 meses limpia piezas y lleva platos de comida a los clientes del Motel Oasis. Tiene 23 años, su vestimenta es negra y su cara está maquillada. Aunque su horario va desde las 9 a.m. hasta las 17:30, siempre se queda hasta después de las ocho.

“Me gusta el ambiente de mi trabajo, el contacto con la gente es entretenido”, menciona sonriendo.

En el día trabajan hasta 10 personas, entre administración, camareras, juniors, y lavandería. Hay 60 habitaciones, en las que se aceptan tríos y cuartetos.

Le gusta su trabajo como junior, pero le desagradan las ocasiones en que las parejas dejan vómito en las piezas. Como a él le da asco no los limpia. Prefiere que lo hagan las camareras.

Aunque su pareja no tiene reproches con su trabajo, dice que lo pasaba mejor en el motel de homosexuales, donde tenía libertad de hacer lo que quería.

Él dice conocer la actitud de los chilenos en los moteles.

“Algunos se avispan y piden cinco minutitos más cuando se pasan de la hora” -cuenta- “También es normal que vengan niñitas con mastodontes y lolitos con señoras cincuentonas de traje”.

En ocasiones a las personas se les quedan las puertas abiertas, pero él opta por no cerrarlas para que los clientes no piensen que los observan. Una vez dejaron una puerta abierta y una camarera la cerró. “Después de un rato pasé y de nuevo estaba abierta”.

Recuerda la vez en que solicitaron lubricante. “Como no teníamos, pidieron aceite de cocina, y se los dimos”. En algunas ocasiones los clientes piden shampoo, comenta.

Juan Pablo comenzó a trabajar mientras estudiaba en un liceo humanista. Le gustó ganar dinero y optó por no estudiar más. Dejó de vivir con sus papás y se fue a un departamento solo, pero ahora volvió al hogar de sus padres para ahorrar. “Ahora quiero juntar plata para estudiar diseño o publicidad donde sea”. Apenas reúna el dinero se irá del motel.

Maritza Rus, Motel Maravilla
Tiene 34 años y diez de ellos ha trabajado como camarera en distintos moteles de la capital. Luego de dejar su trabajo en el motel gay del barrio Brasil, llegó al Motel Maravilla. Si su trabajo actual le produce asco, más aún era ver a dos hombres besándose. “Ellos ni siquiera se aguantaban cuando había que esperar habitaciones, se agarraban en los pasillos y en el ascensor. No había ningún respeto por nosotras”, recuerda.

Día a día debe limpiar vellos y restos de sangre cada vez que una pareja deja la habitación. Sin embargo asegura que “uno se ríe harto acá afuera”, refiriéndose a sus caminatas por los pasillos cuando debe entregar algunos pedidos a los furtivos amantes, que van desde piscolas y sándwiches hasta condones.

Maritza es la camarera con más tiempo en el motel y por lo mismo dice que ya nada le asombra, “Una vez entré a limpiar una habitación, y en la taza del baño encontré un feto de tres meses. La niña se había hecho un aborto”.

Ya conoce a la mayoría de los clientes, sabe sus horarios de asistencia y lo que piden. Incluso a algunos los ha visto “como Dios los trajo al mundo”. En una ocasión, cuando el administrador confundió las llaves de dos clientes, se dirigió a limpiar una de las habitaciones, “la puerta de esa pieza estaba mala, así que no me pareció raro que no pudiera abrirla. Traté y traté y como no pude le dije a mi compañera -así se abren estas puertas- y le mandé una tremenda patada”, el golpe asustó al cliente que estaba desnudo sobre su pareja y salió reclamando porque le habían abierto la puerta.

A pesar de las constantes risotadas con sus compañeras, Maritza anhela cambiarse de trabajo. “Me gustaría algo más limpio”, cuenta, mientras deja a un lado la escoba con la que limpia los pelos de un baño. Aburrida de hacer camas ajenas, espera encontrarse en un futuro próximo trabajando en otro lugar.

Carmen Marín (18), Motel Julissa Express
Llegó hace nueve meses a Chile. Vino con su pareja “alejándose de los problemas” desde Cali, Colombia. Seis meses después encontró su primer trabajo: camarera en el Julissa Express, más conocido como el motel gay del barrio. Ahí se permite todo tipo de parejas y tríos, sin restricción. La tarea de Carmen consiste en limpiar las habitaciones luego de ser usadas, tomar pedidos y atender a los clientes que se reparten entre las 50 habitaciones. Algunas veces confunden su labor y la invitan a pasar a las habitaciones. En ese caso la respuesta es un no rotundo; sin embargo ríe y se sonroja cuando le preguntan si las lesbianas le han hecho alguna propuesta.

El contacto que tiene con la gente hace que a Carmen le guste su trabajo, pero los $6000 por las 12 horas diarias que se pasa cambiando sábanas con sangre y limpiando las habitaciones que son un campo minado de preservativos, no valen la pena.

Los cargos de mayor sueldo (recepcionista y administradores) lo ocupan chilenos, pero las camareras son todas extranjeras. “Hemos reclamado por el sueldo pero el dueño es muy pesado. El también es gay y no nos escucha”.

Por el momento, disfruta riéndose cada vez que se encuentra a alguno que otro cliente paseándose desnudo por los pasillos para cambiarse de pieza, y con las sinfonías de gritos que dan algunos de ellos y que se oyen por todo el lugar.

A pesar de ser un motel con clara tendencia gay, el Julissa Express recibe a todo tipo de gente. Lo que más le llama la atención a Carmen son las parejas de ancianos, “generalmente vienen por la noche y se quedan harto rato”, señala sonriendo.

Dice que le gusta su trabajo, pero no le agrada que las personas dejen las habitaciones tan sucias y que no respeten a los demás. Su infantil cara demuestra cansancio, y sabe que su trabajo no es el mejor. Es lo primero que encontró; no tiene estudios más allá del colegio.

“Me gustaría terminar mis estudios más adelante, y encontrar otro trabajo lo más pronto posible, muy distinto a éste. Me gustaría ser vendedora”.

Elisa Cutipa, Motel Maravilla
Es peruana y tiene 33 años. Su trabajo consiste en limpiar todos los días las camas y baños de parejas que expresan su amor en unas cuantas horas. Se aburrió de trabajar en casas adineradas en donde ni siquiera sabían su nombre y decidió cambiar de trabajo.

Optó por la oferta que le propuso su vecino, administrador de un motel del Barrio Brasil. La primera semana de trabajo le daba asco ver la comida, sólo se alimentaba de agua y manzanas. Vomitaba al recordar las huellas de los amantes en las camas.

Su voz es baja y su espalda encorvada. Ríe despacio, no habla mucho, y se toca las manos constantemente mientras conversa. “Los pasajeros se pueden molestar si una anda gritando”, reconoce bajando la mirada.

Su horario va de nueve a nueve y su único día libre es el miércoles. Elisa se encarga de las piezas y baños. Dice que ha encontrado cosas “extrañas”, entre las que se cuentan consoladores, sillas rotas y excremento. Cuando eso sucede deben cambiar todas las sabanas de la habitación.

Lleva cinco años en el país y encuentra a los chilenos sexualmente exóticos. Dice que algunas “sólo se saben la letra A, mientras que otras gritan todo el abecedario”. Es común encontrar verduras con condones: pepinos y zanahorias especialmente. “Parece que tienen otro concepto de la ensalada”, dice mientras se tapa la boca con su delantal.

La política del motel no permite a gays, pero sí a lesbianas. Pueden ir tríos, si estos son dos mujeres y un hombre, no al revés. Elisa aprueba esta norma, ya que cree que “dos hombres estén juntos es enfermizo, un problema mental”.

Dice que no ha tenido una pareja desde que trabaja ahí, porque ahora tiene una visión distinta del sexo.

Ver a parejas que tienen relaciones sexuales todo el día hace que sea algo tan cotidiano como tomar té.

Elisa no quiere volver a Perú porque para ella las cosas son difíciles allá. Gana más en un motel chileno que en un restaurante peruano cinco estrellas.

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