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Especial En Órbita 2017: Damo Suzuki’s Network

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Cuando se piensa en Kenji Suzuki, una de las primeras cosas que se puede decir es que su posición ante la música es ver en esta a un continuum que nunca se detiene. Para el hombre conocido como Damo Suzuki nada detiene al sonido y, más allá de personalismos y egos, lo que termina germinando es un hilo sonoro que no puede sino ser visto en un escenario, en un lugar específico, pero que no detiene su devenir.

Desde el punto de vista científico, claramente puede tener razón, porque las ondas que expele una canción tocada jamás se detienen: pueden ser ininteligibles, pero, como diría Lavoisier, la energía no se crea ni se destruye, sino que se transforma. Y lo que ocurre en un show de Damo Suzuki trasciende a lo físico, o a la lógica más estricta, y se plantea como un fenómeno tal como el descrito en los libros de Física del Sonido. ¿Por qué disponerse desde una perspectiva tan “volada” para hablar de la obra del japonés que formó parte de Can? Es necesaria para entender un poco más su modo de trabajar desde mediados de los ochenta, uno que no se mueve en ciclos de discos y giras, sino que en un continuum evidente que no tendrá una parada en el escenario de En Órbita, sino más bien un paso lento pero que vuela cabezas y comprensiones.

Para su “Network” Suzuki se nutre de músicos locales, los que él siente que encarnan esa energía que ha liberado desde hace décadas y que son capaces de traducirla en riffs, compases y ganchos, muchas veces no muy fáciles de leer. Damo ya ha trabajado con músicos chilenos, como cuando estuvo con la gente de Congelador hace varios años, o incluso editando un disco en 2011, y hay que ver con qué formación nos sorprende en esta ocasión.

La música de Damo Suzuki’s Network es obtusa en grandes pasajes y difícil de acceder si se intenta leer desde lo tradicional, porque parecen ideas que se extienden en improvisaciones gigantes, con una energía gigante y con ausencia de ediciones más estrictas, lo que deriva en la dicotomía entre un trance potente o la lectura más intrigante de estos largos capítulos. Pero lo que es cierto es que Damo, a sus 67 años, sigue siendo un nombre que encierra más secretos y misterios que los que la transparencia de sus intenciones musicales permite advertir.

Ver el “rider” (o “peticiones técnicas” de un artista) deja en claro conceptos importantes: la banda que acompaña a Damo se convierte en Sound Carriers, es decir, los transportadores del sonido, dejando esta decisión en manos de los organizadores de los eventos, proceso donde él también tiene cierta capacidad de orientar. Suzuki “toca con cualquiera”, pero no con quienes tengan ligazón con la magia negra, música agresiva o discriminación que vaya en contra de los Derechos Humanos, incluso cuidándose de la negatividad en el afiche de cada evento.

Sabe muy bien que su imagen de culto es más que suficiente para permitirle seguir adelante, buscando el destino de las vibraciones originales de Can, de sus shows del pasado, y también crear y recrear nuevos sonidos en el presente, porque a final de cuentas la música no se destruye, sólo se vuelve energía liberada al universo, y es en ese plano que la espiritualidad de un alma krautrock sin ataduras como la de Damo puede funcionar de mejor manera, siempre en órbita y siempre en movimiento.

Por Manuel Toledo-Campos

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Especial En Órbita 2017: Cigarettes After Sex

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Cigarettes After Sex

Un cenicero con los restos de cigarros recién apagados. Ventanas con las cortinas cerradas. Ropa interior en el suelo, en una silla, en medio de las sábanas o los cojines. ¿Solo o acompañado? ¿Luces prendidas o apagadas? ¿Imaginación, sueño o realidad palpable? Los ambientes que genera Cigarettes After Sex en sus canciones pintan imágenes complejas, ponen espejos al frente, y permiten la intermitencia entre brillantez y opacidad, porque el amor, el sexo, la soledad, y todo lo que esté entremedio, son puestos en la lupa sonora del cuarteto liderado por Greg Gonzalez.

Aunque con EP “I” (2012) habían tenido una notoriedad clara y su manera de ver al pop estaba de manifiesto, ciertamente había terminaciones que pulir y escenarios que iluminar más allá de lo teatral. En su álbum debut homónimo, salido en junio pasado, Cigarettes After Sex consigue salir de lo esquemático que podría ser su tipo de composición, y así las cosas fluyen. En vez de andar a tropiezos con las piezas de ropa que caen, todo puede ir un poco más lento, pero con más seguridad en los recursos y movidas a utilizar. En la habitación que se llena del sonido de los norteamericanos ya no es necesario tropezar al andar, porque cada movimiento tiene un impulso natural, entre un dreampop elegante y una manera oscura de plantar el ambient, entre una voz aterciopelada y bajos y ritmos profundos.

Quizás el rubro donde le falte cierta experiencia a la banda sea en las letras, que no consiguen la delicadeza que la interpretación en instrumentos y voz sugieren, pero también es parte del aprendizaje. Quizás son las palabras que se meten entre los cuerpos y que traban el correr de la sangre, que hielan las manos y convergen en la necesidad de seguir adelante, porque lo que consigue musicalmente Cigarettes After Sex no es sólo remitir a lo que ocurre en pareja, trío, o grupo de gente que se busca entre el amor, odio, lujuria y ausencia, sino que armar recuerdos que se puedan esconder en los beats de un bajo casi tan protagonista en la melodía como la voz de Greg, que entre tul y cuero sumerge las conciencias en historias sencillas, pero que conectan con el oyente.

Eso sí, lo concreto de las letras permite que haya un ancla en el mundo real. No se trata de un lugar de ensueño, donde el acto de tocar, besar, desear o amar quede restringido a acciones sin consecuencias. En las canciones de Cigarettes After Sex –y en especial en su LP homónimo– existen detalles concretos, corazones rotos (“Sweet”), ilusiones que se traducen en metáforas demasiado directas (“Opera House”) o la cotidianidad de una cama (“K”). No hay mucho que esconder cuando el olor a tabaco continúa en el dormitorio o cuando la brisa de la madrugada pega en los hombros, porque en medio de un ambiente idílico reside lo humano, a través del contacto físico y/o emocional.

A eso termina refiriendo la banda, entre un minimalismo elegante y sexy, a lo humano, a lo que puede errar, a lo que puede doler, y también a lo crudo e insensible (“Young & Dumb”), donde Gonzalez es capaz de culpar a su objeto de deseo de forma misógina por despecho, y aun así sonar como si pudiera convencer a cualquiera de seguirlo, a él y a sus palabras. El mundo de Cigarettes After Sex no es perfecto, se repleta de cenizas, ropa revuelta, olor a humo, a fluidos corporales, a alcohol, a ausencia, de dolores y palabras envueltas en rocas y cemento. El difícil terreno de lo carnal y lo ecléctico se funde en medio de imperfecciones que otorgan la calidez necesaria para que las canciones y los sonidos no se queden en axiomas vacíos, sino que realmente puedan generar una conexión significativa. Y en ese tipo de construcción narrativa y musical es que Cigarettes After Sex se ha vuelto una banda necesaria de escuchar y sentir. Bien adentro. Humanamente.

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