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Especial Lollapalooza Chile 2018: Pearl Jam

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Cuando Kurt Cobain lucía su polera con la leyenda “Grunge is dead” en 1993, seguramente no tenía idea de la potencia que tendría esa frase más de dos décadas después. Para ese entonces, la muerte ya se había llevado a Andy Wood, vocalista de Mother Love Bone, y años más tarde también apagó la voz del histórico de Nirvana. Le siguieron en línea recta los decesos de Shannon Hoon en 1995, Layne Staley en 2002, Scott Weiland en 2015 y Chris Cornell en 2017. Hoy en día, a más de 25 años de la explosión del grunge, todos los ojos están puestos sobre Pearl Jam como los grandes sobrevivientes de un aullido generacional que supo lavarle la cara al rock en la última década del siglo XX, con un cancionero insuperable que perdura hasta el día de hoy en la vida de millones de fanáticos.

Justamente son ellos los que saben que ningún concierto de la banda es igual al otro: cambios en el setlist, covers, invitados especiales, todo puede pasar, y sus cinco conciertos en nuestro país hasta la fecha dan cuenta de ello. La doble jornada en San Carlos de Apoquindo en 2005 aún se recuerda con la emoción de la primera vez e incluye aderezos inolvidables, como la llovizna durante “Black” en el show del 22 de noviembre, lo que le dio una atmósfera aún más íntima a la vitoreada balada, o la inclusión de canciones inesperadas como “In My Tree” o “State Of Love And Trust”, que hicieron gritar a más de algún fanático acérrimo en la jornada siguiente. Seis años después, la algarabía de los miles de espectadores que se congregaron en el Estadio Monumental volvió a demostrar esa conexión emocional e idílica que la agrupación tiene con sus fanáticos, desde el comienzo con la emotiva “Unthought Known”, pasando por las imperdibles de siempre, como “Jeremy” o “Even Flow”, hasta lados B como “I Got Id” o estruendos como “Animal” o “Once”, un lazo forjado a puro corazón.

La historia se volvió a repetir por tercera vez en 2013, cuando más de 65.000 personas repletaron la elipse del Parque O’Higgins para verlos cerrar la primera noche de un Lollapalozza soñado, que incluyó nombres tan insignes como Queens Of The Stone Age, The Black Keys, A Perfect Circle, Franz Ferdinand, The Hives, Kaiser Chiefs, Alabama Shakes y Tomahawk. De hecho, los mismísimos Perry Farrell y Josh Homme se unieron para interpretar la original de Neil Young “Rockin’ In The Free World”, cover que ya casi le pertenece a los liderados por Vedder y que además calza de manera perfecta con su actitud perseverante a través de los años, en los que no han hecho otra cosa que aumentar su público: no sólo son capaces de renovar sus huestes, sino que además mantienen cautivos a los de siempre.

Muestra de ello fue su primer concierto en el Estadio Nacional en noviembre de 2015, en el que los símbolos de madurez, tanto sónica como escénica, hicieron vibrar el coloso de Ñuñoa bajo el amparo de un disco sólido como fue “Lightning Bolt” (2013) y de sus clásicos imperecederos. Los asistentes a esa maratónica clase rockera de casi tres horas pudieron ser testigos, a 10 años de su debut en Chile, de un grupo en pleno estado de confianza, con un dominio de masas extraordinario, a pesar de haber experimentado episodios tan dolorosos en su carrera, como el de Roskilde en 2000, donde nueve personas murieron aplastadas por una enorme multitud debido a graves fallas en la organización del recital, como detalla el guitarrista Stone Gossard en el libro “Everybody Loves Our Town: A History Of Grunge” (2011) de Mark Yarm, el que recoge la historia oral del grunge: “La barrera estaba a treinta metros del escenario, había anochecido y llovía. Algunas personas cayeron al suelo y no teníamos idea. Formamos parte de un acontecimiento mal organizado a todos los niveles”.

Pese a las adversidades tan mayúsculas como lo ocurrido en aquella fatídica jornada, de haber batallado con las críticas de muchos que los catalogaban como parte de la ola del momento en los 90, del conflicto con Ticketmaster que los llevó a niveles de estrés inconmensurables, de ver cómo muchos de sus pares generacionales y amigos caían en batalla por los excesos, los oriundos de Seattle se mantienen hasta el día de hoy con la moral de Fugazi y la perseverancia de los Stones. Sobran las razones para apreciar la contundencia de la base compuesta por Cameron, Ament y Gaspar en batería, bajo y teclados, respectivamente, experimentar en carne propia la solidez de Gossard y el virtuosismo de McCready en las guitarras, y deslumbrarse con la energía incombustible del entrañable Vedder el próximo viernes 16 de marzo en Lollapalooza 2018.

No cabe duda de que la emoción saldrá tanto de los parlantes arriba del escenario, como de las miles de personas que corearán todas y cada una de las canciones, porque se sabe que cada reunión con la banda es una velada imperdible, una que marca diferencia con actos maqueteados hasta la saciedad. Pearl Jam no sólo ha sido capaz de resistir estoico el paso del tiempo, sino que sorteó los embates del rock manteniendo un discurso coherente, que además nutre su carrera en vivo, lo que lo vuelve un número imperdible en cualquier momento de su carrera. Supieron evolucionar –y lo seguirán haciendo– para ver todo más claro desde su espejo retrovisor.

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Mogwai, Future Islands y Sun Kil Moon, las tres fuerzas del otoño

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Fauna Otoño 2018

Al ver el cartel del festival que se realizará en Espacio Riesco este 12 de mayo, queda claro que varios mundos podrán convivir en el mismo espacio de Fauna Otoño, algo importante en tiempos donde la tolerancia y el respeto son claves para la convivencia, también considerando que la disposición de escenarios permite escuchar la gran mayoría de las propuestas. Es en este ánimo que destacan tres propuestas difíciles de clasificar, pero al mismo tiempo que son sencillas de identificar, las que intentaremos disponer desde las sensaciones más allá de tecnicismos.

 

Mogwai: Calma en el caos

Cada vez que una canción de Mogwai explota, la sensación que queda es de una extraña calma. Como si el cosmos aplicará un mecanismo de relajación ante un trauma, o como si hubiera hipnosis en el momento exacto del apocalipsis. Lo que hacen los escoceses va más allá de lo que técnicamente consiguen, porque construir crescendos que redunden en una catarsis bella es algo que pueden hacer muchos, pero lo de Mogwai va más allá, a veces dejando a la deriva al oyente en una meseta polar para luego, desde esa incertidumbre, llegar con un sonido más grande que la vida.

Aunque la banda hace rato que no saca un disco que caiga en gracia a todo el espectro de sus fans, lo que ha hecho en los últimos años, más que inventar una rueda nueva, ha sido refrescar la forma en la que ruedan. Eso hace que, en vez de escuchar algo que parezca igual a lo anterior, se permita ver en la performance misma las ganas de crear de los escoceses, quienes también destacan como creadores de soundtracks para películas y series. Si Mogwai es capaz de crear un mundo para sí mismos, en estos casos también son hábiles para arropar mundos ajenos en la música. Al final, lo que es evidente es cómo pueden manejar los ánimos, los espacios y los tiempos, fundamental para un espectáculo que relaja y tensa a la vez, como los latidos del corazón.

Future Islands: Baila por tu vida

La sofisticada propuesta del trío norteamericano Future Islands no alcanza a esconder las ansias de conseguir algo fundamental para la vida: el movimiento. Todas las armonías, las melodías, las figuras de bajo, todo eso redunda en la provocación fundamental de mover el cuerpo, las ideas, las emociones, a través de una dirección muy particular por la voz de Samuel T. Herring, uno de los frontman más impredecibles y entregados en un escenario. Cuando vemos la forma en la que Samuel vive un concierto, queda claro que lo de Future Islands no es casual, y que él siente esa música tanto o más que los fans.

Pero la banda no es sólo lo que consigue Samuel, porque la dinámica entre sintetizadores y bajo es parte de lo que hace a la agrupación sobresalir. Gerrit Welmers y William Cashion dialogan a través de compases que se tejen de tal forma, que no se puede ignorar lo que hit tras hit consigue Future Islands. Al final, el imperativo es bailar y sorprenderse con la extravagancia de Herring, y es difícil que eso no pase donde sea que se presenten.

Sun Kil Moon: aislar y provocar

No necesariamente a todos les puede gustar todo el mundo. Bien lo sabe y entiende Mark Kozelek, quien, más que preocuparse de agradar, ha intentado contar historias y hacerse valer en el escenario. Legendaria es aquella ocasión donde puteó a The War On Drugs por sonar muy fuerte, lo que molestaba su espectáculo con una sola guitarra. Kozelek en el proyecto Sun Kil Moon narra y expresa emoción a un grado descriptivo enorme, basado en letras casi declamadas, que no escatiman tiempo ni esfuerzo en llegar a lo medular de las historias y mucho más.

Pero Kozelek también es parlanchín debajo del escenario, y no es extraño verlo como Morrissey, lanzando opiniones poco populares, difíciles de defender y que, en vez de acercar gente a su música, la alejan. Esto redunda en que Sun Kil Moon tal vez no es un nombre tan conocido porque Mark no está interesado en algo tan masivo, pero sí en la cantidad de respeto necesario para que sus creaciones sean respetadas y realmente escuchadas. Es probable que en vivo quede claro que tantos dimes y diretes sirven para, finalmente, encontrar la música en medio del camino.

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