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Discos chilenos destacados 2017

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Es imposible la tarea de igualar todos los lanzamientos en Chile en un año. Tal ejercicio desconocería las posibilidades desiguales en una industria que es lo suficientemente complicada de definir como unívoca como es la nacional. Entonces, nuestra tarea durante los últimos cinco años ha sido la de destacar discos chilenos, muchos de ellos que no han tenido espacio a lo largo del año en nuestro sitio, en una lista que los eleve y que disponga una vitrina brillante de material lanzado en un 2017 que fue especialmente bueno en ese aspecto.

Tenemos en especial discos con conceptos detrás, sea en el sonido (“Elipse” de CAF) o en la forma de construir las canciones (“Los Antiguos Astronautas” de Portugal). Además, existen álbumes de calidad en muchos géneros, y aquí está la cosecha que hicimos este año, basados en la mezcla entre calidad, potencial y buenas canciones. La invitación es a escuchar con la mente abierta, porque en un estilo diferente al que escuchas normalmente puede estar una agradable sorpresa, y esta lista está hecha para que te sorprendas y conozcas lo mejor del año.

  • Si quieres ir escuchando los discos, cada título y portada contiene un link directo a streaming gratuito; haz click y aparecerán. La lista está en orden alfabético.

Adelaida – “Paraíso”

La banda de Valparaíso volvió claramente decidida a subir la apuesta que ellos mismos hicieran con “Madre Culebra” un par de años antes. Con nueva integrante en las cuatro cuerdas, el trío no sólo mantiene al tope esa atractiva combinación de noise rock, grunge y shoegaze que los ha hecho tan reconocibles, sino que se aventuran a explorar nuevos matices y atmósferas que, sin sacrificar en nada la visceralidad y energía de la banda, hacen de esta nueva entrega un viaje mucho más luminoso y desafiante que su predecesor. Seductores en lo musical y tremendamente cercanos en lo lírico, “Paraíso” se instala sin duda, como uno de los capítulos irrenunciables de este 2017.

Aguaturbia – “Fe, Amor y Libertad”

Después de 47 años de silencio discográfico, el mítico conjunto que en los setenta liderara la movida rock psicodélica a nivel local, vuelve a los estudios para agregar un tercer capítulo a su alabado catálogo discográfico. Con un sonido contundente, la banda firma diez cortes que, haciendo gala de un estilo de cargada identidad rock blues, nos invitan –con un ánimo abiertamente feminista y letras en español esta vez– a revisar problemáticas relacionadas con los desafíos que plantea la vida en pareja y la forma en que enfrentamos el devenir de los días intentando no perder el norte. El espíritu rebelde y la pasión sin duda siguen ahí, es un gusto tenerlos de vuelta.

Austral – “Patagonia”

Metal Étnico. Así define su propuesta Austral, grupo oriundo de Santiago, cuyo primer larga duración explota una original fusión de trash metal con elementos propios del folclore del sur del mundo. Intentar la comunión de estilos tan distantes no siempre resulta bien, sin embargo, luego de recorrer los cincuenta y ocho minutos que dura este viaje, queda clarísimo que acá no sólo hay destreza instrumental (evidente en el trabajo de guitarras y percusiones), sino además un grado de respeto y compromiso con la idea de trabajar un concepto, que es francamente envidiable. Nunca antes la trágica historia del genocidio Selknam había sido musicalizado con tanta energía y pasión.

Bagual – “Nulla”

El tercer disco de la banda los pone en un lugar expectante en nuestro rock, sonando con un doom black metal que los asemeja a exponentes internacionales. Ese cruce de colores entre Deftones y Deafheaven, hace que suene familiar lo que crean, y en “Nulla” esto se exacerba con calidad en todos los sentidos. Este trabajo es más brutal, crudo, lleno de paisajes, de quimeras y cosas concretas. Cuando el riff domina tantas facetas del rock, se agradece tener una propuesta donde la distorsión y las figuras de cuerdas no se usan por virtuosismo, sino que para enriquecer las canciones. He ahí el triunfo de Bagual: evitar que el fondo se pierda entre tan buena forma.

Benjamín Walker – “Brotes”

El gran triunfo del segundo disco de este cantautor no es su sonido coherente, ni la producción preciosa de Javier Barría, sino cómo Walker encuentra confianza en sus conceptos y también en cómo evita lo preconcebido. En vez de abrazar ciertos géneros y esquemas, y seguirlos al pie de la letra, él decide escribir un libro nuevo, palabra por palabra, donde la comodidad y expresividad con la que interpreta terminan brillando más que los detalles estilo Godrich que Barría pudo meter para ilustrar a las letras y las guitarras que, a final de cuentas, son la fortaleza que Benjamín usa con sabiduría. Con sutileza, este trabajo cautiva oídos evitando modas y espejismos.

Cevladé – “Pinceles y Puñales”

El rap chileno tiene excelentes exponentes, pero pocos llegan a sacar materiales consistentes al nivel de Cevladé. No sólo se trata de un rapero dotado en entrega y rimas, sino que su capacidad de mezclar estilos, emociones y motivaciones lo pone entre lo más granado del género y la música chilena en general. Transparencia en sus letras, identificar la importancia de los sonidos orgánicos y la elección de samplers precisos, convergen en un disco que nuevamente tiene a Cevladé como el rapero más completo del país. Inteligencia, desgarro y sentido de la melodía son los conceptos claves que confirman la capacidad del “Demonio Maravilla” en su ruta a la trascendencia.

Cómo Asesinar A Felipes – “Elipse”

ElipseDesafiantes, cambiantes, permanentes. Los Felipes son una banda en constante peak creativo, que aún no declina, que aún no decepciona y que aún convoca, y para lograr esto es que deben correr las fronteras de sus posibilidades. En “Elipse” hay tiempos irregulares, una estructura en movimientos digna de la música clásica, y un verdadero discurso poético que cruza la obra completa. Si Cómo Asesinar A Felipes ya había desafiado a la canción y a la rima, en esta monumental y compacta labor se dan el lujo de hacer vanguardia sin alienar. Con un mensaje claro, directo y nunca simplón, CAF nuevamente saca parte del material más excitante del año. Una linda costumbre.

Como Talar Un Alerce – “Como Talar Un Alerce”

Latin jazz, bossa nova, lounge y folk podemos disfrutar en el álbum homónimo de Cómo Talar Un Alerce. Se trata de ocho cautivadoras composiciones donde los vocales han sido excluidos de forma deliberada (aportando únicamente como un instrumento más), con la intención de dar a la propuesta una transversalidad autónoma a los límites del lenguaje. José Antonio Mena junto a su guitarra acústica oficia como líder del proyecto, sin embargo, es la interacción con los aportes de Lucas Harcha (bajo; sintetizadores), Pascual Cortés (trompeta), Alfonso Vergara (clarinete) y Raimundo Santander (guitarra eléctrica) lo que finalmente hace de este trabajo una experiencia única.

Curasbún – “Aunque Les Duela”

El manifiesto que acompañó el lanzamiento de este disco de la banda de oi! y punk nacional, fue un mensaje sacado desde el manual del estilo, con el antifascismo y el antirracismo como algo central. Pero para que dicho mensaje pegue, debe estar acompañado del marco adecuado, uno que tiene mucho que ver con el estilo. Si bien el manifiesto debe ser sacado del pasado, en el sonido existe una evolución que hace que cada letra contra Pinochet, su legado y herederos, la fuerza policial y mucho más, sea sentida como algo real y con la rabia y angustia adecuada para ser creíble. Curasbún sigue haciendo punk vieja escuela, con un giro que hace que la rabia sea muy fresca.

Electrodomésticos – “Ex La Humanidad”

Ex La HumanidadLa banda liderada por Carlos Cabezas no pierde el tono. Firmando el periodo más prolífico de su carrera, Electrodomésticos da vida a un álbum oscuro y cinemático, pero al mismo tiempo familiar y acogedor. Sin abandonar el ánimo vanguardista, el conjunto (cuyas filas completan hoy Edita Rojas, Valentín Trujillo Jr. y Sebastián Muñoz) esta vez se aproxima a la composición en un estilo más cercano al formato canción tradicional, logrando por un lado seguir sonando a ellos mismos sin caer en el autoplagio y, al mismo tiempo, explorar fronteras que hacen más accesible y atractiva su propuesta a nuevos oyentes. Pasan los años y Electrodomésticos sigue estando en su mejor momento.

Emisario Greda – “Anhelario”

Cuando Emisario Greda se anunció como banda del tradicional sello Quemasucabeza, parecía extraño. Los ex Pujem eran parte de una escena alejada de convencionalismos, pero su disco debut muestra una propuesta que se aleja de escenas y erige su propio mérito. Una independencia atemporal rodea a este trabajo, donde la melodía es piedra angular. Proteger a toda costa la canción, pulir sus bordes y ser dignos de ella son gestos profesionales que necesitan un paraguas más amplio, y esa es una de las cientos de decisiones que destilan madurez del primer LP de Emisario Greda, entre armonías vocales e instrumentales que por su sobriedad hacen que cada compás signifique mucho más.

Fernando Milagros – “Milagros”

Fernando Milagros se ha convertido en un especialista a la hora de construir puentes sonoros. “Milagros” vuelve a cautivarnos con esa lúcida fusión de sonidos propios del folclore latinoamericano con ritmos cuyo domicilio se ubica abiertamente en el pop rock más tradicional. Sin tratarse de algo nuevo para el cantautor, lo que hace excepcional a esta entrega es lo directo, seductor y sobre todo la evidente transversalidad que baña a cada uno de los tracks del disco. Prueba irrefutable de esto, es la nada despreciable lista de colaboradores que anota el álbum, sumando estilos e identidades procedentes de México, Colombia y Perú. Un amable y cautivador caleidoscopio.

Filipina Bitch – “Animales Del Espanto”

Filipina Bitch hace su debut formal parándose justo en esa esquina donde lo visceral y espontáneo se adueñan por completo de la expresión artística. Es difícil clasificar la propuesta del cuarteto, puesto que tiene la virtud de transitar por varios estilos sin dejar de sonar coherente. Los pasajes de noise rock, punk, psicodelia e incluso stoner, conviven de forma natural y fluida sin atropellarse en ningún momento, dando como resultado un paisaje que es al mismo tiempo cautivador y amenazante. En tan sólo una jornada de grabación en el estudio, la banda se las ingenió para retratar de manera fiel años de experiencia musical. Así es como suena un álbum cuando está vivo.

Franja de Gaza – “Despegue”

En una apuesta que claramente busca expandir la oferta sonora que la banda mostró hace algunos años en formato EP, los oriundos de Conchalí presentan “Despegue”, su primer larga duración. En esta oportunidad, el quinteto baja el nivel de las distorsiones y, al mismo tiempo que mantiene un excelente trabajo en las guitarras (posiblemente la mejor carta que poseen), avanza de forma categórica a la hora de generar atmósferas y paisajes sonoros que van del vértigo a la calma sin perder un ápice de calidez y elegancia. Esto, que el conjunto ha llamado “Rock Galáctico”, básicamente es una excelente combinación de post-rock e indie, ejecutada con respeto y convicción.

Julia Smith – “Temporal”

Con la clara intención de crecer, Julia Smith vuelve a las pistas con un álbum que, si bien rememora muchas de las claves de eso que alguna vez se denominó “rock penquista”, en esta oportunidad juega definitivamente a expandir la paleta sonora que define al conjunto. Producidos por Mauricio Basualto (Los Bunkers), el quinteto nos regala una propuesta elegante, que de la mano de una excelente ejecución instrumental nos invita a recorrer seductores paisajes sonoros, yendo desde el new wave al power pop guitarrero, pasando en el camino por temas románticos de aire radial y otros que saludan al canto nuevo. De esos discos que sólo mejoran cada vez que se vuelven a escuchar.

Lanza Internacional – “Lanza Internacional”

En formato trío, con Mauricio Durán asumiendo el bajo, Francisco Durán en guitarra y voz y Ricardo Nájera en batería, Lanza Internacional comienza a escribir con el pie derecho su historia post Bunkers. Con un sonido directo, enérgico y contagioso, los oriundos de Concepción dan vida a un álbum que termina de explorar esa vertiente new wave, synth pop bailable que Los Bunkers sólo alcanzaron a mirar de reojo en “La Velocidad De La Luz” (2013). Las influencias de este magnífico álbum homónimo ya no miran hacia los sesenta, sino que apuntan derechamente a fines de los setenta y principios de los ochenta, saludando a gigantes como New Order, Devo y Talking Heads.

Las Modas Pasajeras – “Estaciones”

La consciencia de sí mismos es algo que define a este trío, con versatilidad y un mosaico refrescante de sonidos puestos. Más pop, más rock, más surfer, incluso, “Estaciones” le hace honor al nombre pasando por diferentes estados de ánimo, movimientos y tiempos, sin temer a que haya un olor a café de la mañana, mezclado con el cansancio de la tarde, mientras pasa un viento frío que desarme lo confortable. Además, el toque análogo que se evidencia tras una escucha acuciosa le da un tinte atemporal al disco, y retrata aún más a la banda que, en vez de dejarse llevar por lo actual, opera sin mirar al calendario, buscando y encontrando lo que mejor les sale, y les sale muy bien.

Lucybell – “Magnético”

El formato trío le es cómodo a Lucybell, pero a ratos la discografía no reflejaba este equilibrio bien logrado, y por ello es tan refrescante el resultado del primer disco de estudio en siete años del conjunto. “Magnético” renueva los pergaminos de la banda, sin robarle a su pasado o a otros para seguir adelante. El disco fluye sin sobrecargarse en una dirección, y opera como un “grandes éxitos inédito”. Quizás su mayor atractivo sea que Lucybell no descansa en su zona de confort para crear, porque hay intención genuina en que las ideas dispuestas sean parte de la vida de quienes escuchan. Un triunfo clave para una de las bandas rock más importantes del país.

Mantarraya – “Pornografía”

Exploraron el mar, y ahora lo hacen con el espacio. Aunque el nombre del segundo álbum de la banda penquista apunte a lo personal, entre sábanas, lo cierto es que musical y líricamente las ideas están puestas en lo que va más allá del techo, sea sintética u oníricamente. En vez de cerrarse en un sonido en particular, el quinteto usa todo lo que tiene a la mano para, en medio de ritmos dinámicos, samplers y sonidos orgánicos, crear algo más cercano a lo que pasa después de que la “Pornografía” opera, en un mundo de sueños, películas y mucha sabrosura. Uno de los discos chilenos que mejor entiende la lógica de cruzar estilos de este milenio, con gracia y sin prejuicio.

Martín Pescador – “Bitácora”

En formato rock pop cordial y fácil de seguir, las canciones que dan forma a “Bitácora” nos trasladan por paisajes sonoros que al mismo tiempo rebosan guitarras de espíritu indie folk, dando espacio suficiente para la intrusión de beats y loops propios del mundo de la electrónica, logrando dar lugar a una seductora propuesta donde las atmósferas se posicionan como evidente leitmotiv del conjunto. Por su parte, en lo lírico, el álbum se desenvuelve íntimo, interesante y personal, sin llegar a ser confesional. Con un sonido claro y un concepto compacto, “Bitácora” se alza a día de hoy, sin duda, como el trabajo mejor logrado del proyecto liderado por Ariel Acosta.

Niña Tormenta – “Loza”

El disco debut del proyecto de Tiare Galaz brilla donde otros palidecen. Hacer canciones “desnudas” con arreglos sencillos y acústicos, muchas veces es más difícil que lo más producido, porque es en la transparencia que cualquier vapor puede empañar la vista. “Loza” no cae en esos problemas, y es un álbum de excelente construcción y con terminaciones precisas, rescatando la voz bella de Niña Tormenta y lo acústico, además de ciertos sonidos atmosféricos, que le dan un halo mucho más celestial a un disco que habla desde lo cotidiano y sentimental, hasta el rescate incluso de lo tradicional, como en “A La Mar Vine Por Naranjas”. Uno de los discos chilenos más bonitos de 2017.

Paracaidistas – “Bruxar”

Pop juvenil, fresco y fácil de seguir. Las doce canciones que dan vida a “Bruxar” gozan de una vitalidad y energía que rayan en lo encantador. De la mano de una seductora mezcla de indie punk y noise pop, el conjunto (que anota dentro de sus puntos altos la maravillosa dinámica que se da entre Joaquín Saavedra y Mari Llovet en los vocales) nos invita a recorrer un paisaje honesto y liviano, donde, bajo un filtro de cándida inocencia, las cosas nunca parecen ser tan complicadas como para que una buena canción no sea capaz de sacarnos del mal rato. De esos discos donde cada track corre el riesgo de convertirse en single. Reconfortantes y necesarios.

Playa Gótica – “Amigurumi”

Al pop se le tilda de ser “ligero”, y por eso es tan deliciosa una propuesta como la de este cuarteto, que, desde una violencia instrumental donde se cruza el shoegaze y el post punk, deriva en canciones pop interpretadas por la mejor frontwoman del país hoy, Fanny Leona, llegando a una fórmula única, intensa, fuerte, ruda y bailable. Pocas veces un disco debut presenta una identidad tan clara y, a la vez, flexible, y he ahí la fortaleza en la escritura de las canciones y las capacidades de una banda donde cada parte resulta vital. El equilibrio de la fuerza en Playa Gótica permite la locura necesaria, y hace de esta una de las propuestas más vivas en mucho tiempo.

Poder Fantasma – “Todo Lo Que Quiero Decir Es Lo Que No Quieren Escuchar”

Con nueve canciones plagadas de energía y un controlado descontrol, Francisco Heredia (la mente que da vida a Poder Fantasma) nos invita a cambiar el switch adultocéntrico que lo rodea todo y a mirar las cosas desde otra perspectiva, esa de las voces que, por juventud o espacio, muchas veces no son tomadas en serio. Sintetizadores, teclados y guitarras distorsionadas se adueñan de este fantástico LP debut, que nos golpea con una propuesta fresca y llena de vida, una que podríamos catalogar como tecno punk pop (o algo así). La destreza con que Heredia logra manejar tiempos y matices líricos (alternando intimidad, crítica social y sentido del humor) es ciertamente excepcional.

Portugal – “Los Antiguos Astronautas”

Muchas veces la mejor manera de acercarse a la comprensión de un fenómeno es tomar algunos metros de distancia. Eso es lo que hace Portugal en esta entrega: toma palco y, sin ninguna prisa, nos entrega cálidas postales que apuntan a retratar ese viaje en el que nos vemos inmersos día a día, regalándonos finalmente una composición madura y lúcida, de indiscutibles tintes espaciales. Ya sea echando mano a beats que rememoran a Thom Yorke, letras que apuntan derechamente hacia el cosmos (“Pixel”) o a la sentida y acogedora interpretación de Mariano Hernández, “Los Antiguos Astronautas” se alza como una irrenunciable invitación a dejarse cautivar por la inmensidad.

Protistas – “Microonda”

Siempre había sido una banda de guitarras, con canciones basadas en el juego de figuras, solos y riffs, pero Protistas tuvo que cambiar con la salida de Julián Salas, y lo hace de la mano de una dinámica distinta, más directa, melódica y abierta. Aunque el sonido no cambió en la superficie, irrupciones como la de Niña Tormenta dejan en claro que hay intenciones distintas, con letras más relevantes, y lecturas sencillas. Más historias y paisajes dominan los parajes de una banda que en algún momento tuvo como punto fuerte la construcción de texturas. Ahora, en vez de ropajes preciosos, la música goza de un equilibrio minimalista, y ahí radica su inédita y familiar fuerza.

Recrucide – “The Cycle”

Precisión, excelencia, pulcritud, pueden ser sinónimos de la labor de una máquina, pero el nivel que ha alcanzado Recrucide llega a tal punto, que se les puede dar ese carácter porque, tras un gran disco anterior –el alabado “Svpremacy” (2014)–, la banda debía exigirse más. Y pese al riesgo que representa lo anterior, “The Cycle” es el resultado de la valentía y el trabajo con la tensión suficiente como para no desfallecer en el intento de escribir la propia historia. La discografía del conjunto se demuestra como una de las esenciales del género en Chile, eso habla de la solidez estructural que tiene lo que la banda ha construido, y aquello da para celebrar y escuchar con atención.

Slowkiss – “Ultraviolet”

Es decepcionante ver cómo aún los proyectos anteriores de Elisa Montes y Vicky Cordero definen un prejuicio hacia Slowkiss, cuando en sus tres años de existencia la banda ha conseguido un camino propio, como pocos, en un mundo como el del rock. Mujeres comandando una banda es algo para celebrar en un medio masculinizado como el nuestro, pero se les ha invisibilizado. La respuesta del cuarteto es rotunda: despachar sus canciones más potentes y enfocadas, con un toque único de ira y energía que no se decanta en gritos insignificantes, sino en riffs y vocalizaciones sentidas. “Ultraviolet” hace que se espere con ansia más futuro de una banda a la que se le debe escuchar en su mérito.

Tenemos Explosivos – “Victoria”

Sonido contundente, concepto claro y letras que ya se quisieran la mayoría de las bandas (incluyendo una serie de samples estremecedores). Tenemos Explosivos, para bien o para mal, nos tiene mal acostumbrados a entregas de un nivel superlativo. La base rítmica, cortesía de Matías Acuña (batería) y Álvaro Urrea (bajo), mantiene la tensión al tope durante toda la entrega, mientras que la excelente performance de Eduardo Pavez en los vocales, llena de matices y sentimiento el duro y sobrecogedor discurso por el que nos obliga a atravesar el conjunto. A no dejarse confundir por las barreras estilísticas del post hardcore, este es el tipo de discos que deberían escuchar todos.

Tomates Rocky – “Fábulas Y Relatos De Los Maestros De La Calentura Senil”

Lo de “Fábulas Y Relatos De Los Maestros De La Calentura Senil” es un viaje que golpea desde el primer contacto. Basta con admirar el arte de la portada para entender que lo que tenemos al frente no tiene nada de trivial. Masterizados por Chalo González, la fiesta a la que nos invita el grupo no da respiros, desatándose con todo desde el primer segundo. Mezcla de Fulano y King Gizzard & The Lizard Wizard, las dosis de psicodelia, rock setentero y delirio son avasalladoras. Las letras, por su lado, nos llevan por parajes que van desde lo lisérgico a paisajes anclados en el duro transitar urbano. Imposible no esbozar una sonrisa ante tanta energía y desenfreno.

Travis Moreno – “Travis Moreno”

El imaginario que moviliza a Travis Moreno es realmente digno de celebrar. Las ganas por crear son tan relevantes, que incluso sin guitarrista se las arreglan para dar vida a un álbum rebosante de psicodelia, rock progresivo y profunda admiración por la poesía como forma de expresión (dos de los cortes mejor logrados de esta entrega responden a este canon, de hecho). Con una propuesta más directa que en el pasado, el nivel mostrado en la ejecución de los teclados a manos de Andrés Sánchez y las múltiples personalidades que asume el versátil bajo de Felipe Ayala, hacen imposible no creer que los quillotanos están llamados a firmar sendos capítulos de aquí en adelante.

Trementina – “810”

Tras el éxito alcanzado por “Almost Reach The Sun” (2015), muchas bandas hubieran optado por repetir la fórmula, sin embargo, el conjunto oriundo de Valdivia no está para facilismos, lo de ellos es definitivamente especial. Teniendo muy claro dónde están sus fortalezas, la banda en esta oportunidad optó por abandonar el muro sonoro y las pesadas distorsiones en la guitarra, dando paso a un sonido liviano y cristalino, lleno de delicadas atmósferas que se encuentran sistemáticamente engalanadas por las angelicales intervenciones de Vanessa Cea en los vocales. Que desde nuestras fronteras nazca una propuesta dreampop de esta contundencia, es definitivamente un deleite.

Weight Of Emptiness – “Anfractuous Moments For Redemption”

Echando mano a una sólida base death metal, sobre la que se suman elementos del black, doom e incluso el metal progresivo, el quinteto de Santiago se dio maña para firmar este año uno de esos gratos e inesperados capítulos con los que cada cierto tiempo nos sorprende la escena local. Superando por completo las dificultades a las que se ven enfrentados los grupos que vienen del mundo de la gestión independiente, Weight Of Emptiness se anota un álbum contundente y arrollador, que alterna espacios de oscuridad y redención, destacando simultáneamente por el excelente nivel exhibido en la ejecución instrumental y la fantástica calidad de su sonido. De exportación.

Por David Martínez y Manuel Toledo-Campos

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Los discos de Bob Dylan

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Bob Dylan Discos

El 24 de mayo de 1941 en Duluth, Minnesota, nace Robert Allen Zimmerman, más conocido como Bob Dylan, uno de los músicos más trascendentes de la escena folk, rock y blues de los 60 y 70. Figura difícil de atrapar, enemigo de los rótulos y eterno héroe de las letras, ha dado vida a una carrera incombustible, plagada de himnos grabados a fuego en el imaginario colectivo.

Como buen artista con más de cinco décadas de carrera en el cuerpo, es poseedor de un catálogo discográfico gigantesco, que muchas veces puede ser abrumador cuando uno desea aproximarse a su obra. Con esto en mente, y a manera de celebrar su figura en el momento en que cumple años, hemos querido compartir con ustedes un ranking de los larga duración de estudio del cantautor, partiendo por sus trabajos menos afortunados para luego cerrar con sus obras maestras. Como todo ranking, el orden de los discos tiene un carácter subjetivo y sin duda debatible, por lo que, más que centrarse en el lugar de cada álbum, nos gustaría que disfruten el recorrido tanto como lo hicimos nosotros.

39°

Knocked Out Loaded (1986)

El quinto disco lanzado por Dylan en los ochenta se ubica justo al medio de su peor racha. Las críticas a este álbum no pasan por las canciones incluidas; de hecho, el tema encargado de abrir el álbum es tremendamente efectivo, a pesar de su evidente sencillez. El problema con este disco tiene que ver con su cantidad de puntos bajos. La mezcla de estilos es difícil de entender (pasando por blues rock, pop y reggae), la instrumentación tiene una energía pobrísima y buena parte de los giros sonoros por los que apuesta Bob para ganar intensidad rayan abiertamente en lo cliché (el coro de niños en “They Killed Him” es el ejemplo más claro de eso). Sin duda, de los pocos discos de Dylan que uno podría elegir ignorar.


38°

Down In The Groove (1988)

Definitivamente, la segunda mitad de los ochenta no fue un buen período para Bob. Como a muchos artistas que hicieron el tránsito desde los 70, la firma musical de esta nueva década terminaría pasándole por arriba, llevándolo a perder buena parte de su propia identidad sonora. El álbum número veinticinco de Dylan tiene la particularidad de haber reunido un número gigantesco de colaboradores, incluyendo a Eric Clapton, Jerry García, Steve Jones y Paul Simonon, entre otros, y pese a sus tremendos pergaminos, terminaría dando vida a un deslavado set de pop folk genérico que, como muchos de los discos menos afortunados de Bob, se deja escuchar sin problemas, pero tiene poco o nada para llevarse con uno.


37°

Empire Burlesque (1985)

Muchos discos de Dylan tienen la particularidad de dejar clarísimo de qué se va a tratar el con sólo escuchar el primer tema. Es el caso de “The Times They Are A-Changin’”, “Highway 61 Revisited” y, desafortunadamente también es cierto, con “Empire Burlesque”. Los 46 minutos de música de este álbum califican dentro del pop más plástico que alguna vez le veríamos al artista. La estructura de casi todos los temas es increíblemente predecible, la instrumentación es arquetípica hasta el hastío y, lamentablemente, hasta algunas de las letras (habitualmente su escudo invencible) son desechables. De todas las trilogías que firmó Bob, este álbum da inicio a la más baja de ellas.


36°

Saved (1980)

Segundo disco de la trilogía cristiana. Más allá de las críticas que pueden existir respecto a la originalidad de la oferta musical y de lo “poco desafiante” del contenido narrativo de algunos tracks, lo cierto es que el nivel de entrega que alcanza Bob en estos discos es ciertamente destacable. Cada uno de los cortes de este álbum tiene a Dylan abiertamente dejándolo todo. Sin ir más lejos, la canción que da título al álbum es increíblemente cautivadora, lista para convertir al más recalcitrante de los ateos. Maravillosos pasajes de gospel, precisos acompañamientos vocales y toneladas de intensidad hacen de este trabajo un álbum con el que uno podrá no congeniar, pero que ciertamente tiene grandes momentos.


35°

Self Portrait (1970)

El primer disco de Dylan basado básicamente en versiones (fuera de su álbum debut) exige una mirada abierta. Para empezar, el mismo Dylan ha afirmado que se trató de una humorada, un álbum destinado a bajarle los humos a la gente que insistía en verlo como una figura mesiánica. En ese sentido, es fácil entender lo descuidado del registro, cuyo principal problema es lo desordenado que es. Bob transita caprichosamente por canciones clásicas como “Blue Moon”, cortes de aire country, temas instrumentales y momentos de rareza sublime, como la versión de “The Boxer” de Simon & Garfunkel, donde juega a interpretar las dos voces en tiempos que rara vez coinciden. Un álbum básicamente dirigido a completistas.


34°

Under The Red Sky (1990)

Después de una década para el olvido, el álbum número 27 de Bob Dylan llegó a demostrar que, si bien el oriundo de Duluth aún era capaz de lanzar una placa rescatable como “Oh Mercy”, ciertamente seguía extraviado. La apertura del álbum con “Wiggle Wiggle” no puede ser menos auspiciosa (casi con seguridad no la canción por la que Slash quería ser recordado por colaborar con Dylan), por fortuna, no todo en esta entrega es de ese nivel. De hecho, algunas baladas y pasajes de blues rock son más que correctos, y el tema que da título al álbum es sin duda querible si uno considera que el disco está dedicado a su hija de cuatro años. No es el momento más brillante de Dylan, pero lejos de ser su más bajo.


33°

Dylan (1973)

Después de dejar Columbia y sin hacerlo partícipe, el sello decidió lanzar un nuevo álbum de Dylan usando básicamente canciones que habían quedado fuera de sus dos discos de 1970, dando vida a algo así como una suerte de “Self Portrait”, pero un poco más ordenado. Sólo versiones y algunos cortes tradicionales ocupan este corto set de canciones que, sin ofrecer nada deslumbrante, logra rescatar algunos temas que de lo contrario habrían quedado sepultados por muchos años esperando la llegada de los bootlegs oficiales. Acertadas versiones de “Can’t Help Falling In Love” y, particularmente, la sentida toma de “The Ballad Of Ira Hayes” hacen de este álbum una parada obligada para cualquier seguidor de Bob.


32°

Together Through Life (2009)

Escrito en conjunto con Robert Hunter (Grateful Dead), “Together Through Life” debe ser el único punto de estos últimos 25 años donde Bob Dylan se ha anotado un claro traspié. Sin duda, hay seguidores que siempre van a disfrutar un nuevo disco de blues folk con mucho del sonido de New Orleans viniendo de Bob, el problema de este álbum es que básicamente se dedica a repetir la fórmula que venía explotando en sus últimos discos y la hace sonar plana, ofreciéndonos muy poco para conservar con nosotros al final del día (“It’s All Good” debe ser la gran excepción). Tomar el espíritu de una canción que Bob iba a componer para un soundtrack y terminar haciendo un álbum de ello quizás no fue la mejor idea.


31°

Christmas In The Heart (2009)

Tal como dice el título, el gran atributo de esta colección de clásicos de Navidad es el cariño con que está hecho. Para el año 2009 Dylan estaba pasando por un período complejo en términos de desempeño vocal, y claramente estaba teniendo problemas para adaptarse a su “nueva” voz (cosa que es posible notar también en “Together Through Life”). Afortunadamente, la instrumentación, el ánimo general del grupo de músicos y la forma en que están logradas las atmósferas es tan maravillosa, que el álbum logra transmitir de manera perfecta el espíritu que intenta contagiar, más allá de los baches vocales que uno pueda encontrar. Sorpresivamente, Dylan se anotó uno de los mejores discos de Navidad de los últimos años.


30°

Shot Of Love (1981)

El último disco de la trilogía cristiana tiene sin duda más aciertos que desencuentros. El ánimo es más luminoso que en “Saved”, el trabajo en la guitarra se anota un punto alto y el grueso de la apuesta sonora es convincente e incluso contagiosa más allá de algunas variaciones estilísticas algo difíciles de entender, que van desde el reggae a canciones de aire motown. El problema con “Shot Of Love” tiene que ver desafortunadamente con el ánimo de Dylan en lo narrativo, donde por momentos se le escucha abiertamente molesto y acusador (lo contrario que uno esperaría de un tipo lleno de espiritualidad). Claramente, después de tres discos en esta misma línea, Bob necesitaba comenzar a mirar hacia otros horizontes.


29°

Pat Garrett & Billy The Kid (1973)

Para muchos el disco de “Knockin’ On Heaven’s Door” y nada más. Sin duda, el tema versionado por Clapton en 1975 y luego por Guns N’ Roses en 1987 se ha instalado fuerte en el imaginario colectivo, y posiblemente ha hecho llegar a Dylan a más de un curioso. Por fortuna, el disco es mucho más que eso. No hay que olvidar que el álbum número 12 de Dylan es un soundtrack, y en esa línea se aboca la mayor parte del tiempo a generar ambientes que, para ser justos, están muy bien logrados. Viniendo de Bob, indudablemente uno quisiera tener más letras para revisar (el disco incluye otros tres cortes “cantados”), pero la verdad es que el álbum logra graduarse con éxito en la línea folk country que se dedica a explorar.


28°

Triplicate (2017)

Luego de dos discos fundamentalmente, dedicados a versionar clásicos en su gran mayoría popularizados por Frank Sinatra, Dylan decidió volver a apostar por la misma fórmula, pero esta vez con un disco triple. Un desafío mayor, pero de alguna forma, y mirado en retrospectiva, un ejercicio que el cantautor parecía necesitar (en lo vocal y también en lo motivacional) para poder volver a la composición original. Los 95 minutos de “Triplicate” no son un recorrido fácil. Extremadamente homogéneo por largos pasajes, la virtud principal de este set es la respetuosa y elegante manera en que Dylan y sus músicos logran adueñarse de cada uno de estos tracks, impregnándolos de su propia y nostálgica mirada.


27°

Infidels (1983)

El gran retorno de Bob post trilogía cristiana para muchos de sus seguidores. Para otros, sin embargo, un disco aún fuertemente ligado al discurso religioso, que además empezaba a mostrar los tics del sonido ochentero que tan mal le hicieron al cantautor. Más allá de los desacuerdos esperables, es cierto que “Infidels” goza de un mejor sonido en términos de producción y además tiene una narrativa que, si bien sigue ligada al imaginario religioso, es ciertamente más elegante que la de los discos que lo preceden. Quizás el gran mérito de este trabajo es que se trata de un disco breve y entretenido, que cada vez que logra ser bueno (como lo hace al inicio y al cierre de la entrega, por ejemplo), es muy bueno.


26°

World Gone Wrong (1993)

La primera mitad de los noventa fue un periodo de transición para Dylan, que terminaría llevándolo una vez más en su carrera a grabar discos de versiones. Más allá de las limitaciones propias de este tipo de registros, “World Gone Wrong” nos permitió volver a disfrutar de la faceta donde muy probablemente se encuentra más cómodo, cuando se trata básicamente de él y su guitarra. Con un sonido rústico (las canciones fueron grabadas en la cochera de su casa) y principalmente abocado a revisitar clásicos del blues rural popularizados por artistas insignes como Blind Willie McTell y Willie Brown, el álbum número 29 de Dylan es un recorrido esencialmente íntimo y sencillo, para disfrutar sin prisas.


25°

Planet Waves (1974)

Para su debut en el sello Asylum, Dylan dejó atrás el sonido country que había explorado intermitentemente desde “John Wesley Harding” (1967) y decidió volver al folk rock. En términos de ventas, este giro fue un éxito; de hecho, fue el primer número uno de Dylan en Estados Unidos. Como propuesta sonora, sin embargo, aun tratándose de un recorrido ciertamente agradable, la verdad es que por momentos la entrega se siente errática (la inclusión de dos versiones del mismo track es el mejor ejemplo de eso) y, a pesar de tener algunas canciones que sobresalen, como la versión lenta de “Forever Young” o “Dirge”, finalmente todo parece sostenerse sobre las virtudes del sello sonoro del combo Dylan-The Band.


24°

Street-Legal (1978)

La experiencia con “Desire” (1976) y el “Rolling Thunder Revue” (1975-1976) claramente dejó en la cabeza de Bob muchas nuevas posibilidades musicales a explorar. En ese contexto, apuesta por expandir su sonido y decide sumar a su banda habitual, tres cantantes mujeres para las segundas voces, un violinista, un saxofonista e incluso un trompetista para uno de los tracks. Las canciones que dan vida a “Street-Legal” son todas gigantes por naturaleza, llenas de intensidad, con un Dylan preciso en los vocales y siempre apuntando a explotar en un clímax épico. Para muchos, un álbum tremendamente sobrepoblado y por momentos reverberante, pero innegablemente entretenido y con identidad propia. De escucha obligada.


23°

Shadows In The Night (2015)

Cuando Bob anunció que lanzaría un álbum de versiones de clásicos popularizados por Sinatra, no dejó de ser una sorpresa. La pregunta obvia fue: ¿Cómo lo va a hacer Dylan, cuya voz viene en franco decaimiento, para versionar a un tipo apodado “La Voz”? Y lo cierto es que, sin grandes contratiempos, logra triunfar en esta empresa básicamente por lo bien elegido del set, lo respetuoso de su interpretación y el gran trabajo en la instrumentación, donde el pedal steel guitar pone la nota alta de la entrega. Sin embargo, más allá de sus méritos, la verdad es que este trabajo no es un recorrido fácil. De ánimo sombrío y muy pausado, la oferta puede ser desalentadora, sobre todo para quienes no conocen al artista.


22°

Good As I Been To You (1992)

Este lanzamiento y “World Gone Wrong” perfectamente podrían haber sido un disco doble, ya que ambos se dedican a explorar el mismo concepto, que es el de “un artista y su guitarra”. Las diferencias pasan principalmente por las temáticas, donde este trabajo destaca por su evidente luminosidad comparado con el que le sigue. Los 55 minutos de “Good As I Been To You” nos regalan la mejor cara del Dylan blusero, capaz de ir desde tracks sentidos y nostálgicos –con magníficos pasajes de armónica– a otros de desenfreno sin ningún problema. No por nada Bob se referiría a estas canciones como “la verdadera música para mí”. La oferta se siente natural y cautivadora, a pesar de lo sencillo de su naturaleza.


21°

Oh Mercy (1989)

A lo largo de su carrera, Daniel Lanois (U2, Peter Gabriel) ha probado ser uno de esos productores que tiene un impacto innegable en el proceso creativo y el sello sonoro de los artistas que acompaña. Tanto así, que, si bien este es un disco de Dylan, es imposible negar que lleva el sello Lanois en lo más profundo de su ADN. Las atmósferas están perfectamente logradas, el sonido es espacioso y fluye de manera impecable, el trabajo en las percusiones es preciso y, lo mejor de todo, es que Bob se escucha increíblemente compenetrado con la propuesta. Los himnos que nos dejó este disco, donde “Most Of The Time” es el ejemplo ineludible, se ubican con propiedad dentro de lo mejor del catálogo tardío del artista.


20°

New Morning (1970)

Cuatro meses después del polémico “Self Portrait”, Dylan volvió con un ánimo que de alguna manera parecía exigir revancha. La placa tiene varias particularidades que lo iban a convertir en un triunfo sin hacer de él un disco excepcional. Acá encontramos un Dylan para todos los gustos; hay canciones de espíritu blues, pop, country e incluso jazz (cuestionable decisión), la instrumentación está bien lograda, Bob vuelve a su estilo vocal tradicional y además el track que abre y el que da nombre al álbum son canciones increíbles. Sin ser un recorrido perfecto, es difícil pasar por estos 35 minutos de música sin encontrar nada para atesorar.


19°

Bob Dylan (1962)

Cierto es que el debut de Dylan probablemente suena tal como lo hacían el promedio de los aspirantes a estrella folk de los sesenta, sin embargo, si uno escucha con atención, no es difícil entender por qué el productor de Columbia Records, John H. Hammond, insistió en conservar a este joven artista, a pesar del pobre desempeño en ventas que tuvo el álbum. Elementos que destacan en este set: el ímpetu de Bob en la guitarra, la armónica e incluso las voces, la destreza para tomar temas tradicionales y darles nueva vida, como en “In My Time Of Dyin”, que más tarde sería versionada por Led Zeppelin, es un buen ejemplo de esto, y la escasa, pero efectiva capacidad compositiva del artista. Justo lo suficiente para apostar por él.


18°

John Wesley Harding (1967)

Si el inicio de su etapa eléctrica ya había sido un giro inesperado, cambiar otra vez de rumbo justo cuando se había apropiado de la escena rock blues de Estados Unidos fue una movida que dejó congelado a todo el mundo. Colgándose de la imagen de un forajido –de reputación muy distinta a lo que reza la canción que abre el disco– y del retiro forzado después de su famoso accidente en moto, Dylan aprovechó de volver a un sonido de naturaleza folk, que claramente miraba hacia la etapa country que estaba por empezar, cambiar por completo su abordaje narrativo apostando por letras muy breves, como la de la fantástica “All Along The Watchtower”, además de enviar un mensaje a todos los que creían haberlo descifrado.


17°

Fallen Angels (2016)

Una de las particularidades que tiene la trilogía de standards es que, pareciendo muy homogénea, realmente cada álbum tiene un enfoque particular. El segundo de este set es un álbum esencialmente luminoso, con historias que, más que de soledad y pérdida (como las del disco anterior), hablan de encontrar y dejarse llevar, con melodías de una calidez y paz que invitan a sonreír y con un cantante que claramente parece estar disfrutando el momento. Más allá de la elegante instrumentación que caracteriza a toda esta saga, lo que hace único a “Fallen Angles” es lo fantástico que está Dylan en los vocales, muy por sobre lo que se le había visto la última década. De esos discos donde todo parece funcionar.


16°

The Basement Tapes (1975)

Es difícil saber cuánto de lo que se dice de este álbum tiene que ver con el mito que lo rodea y cuánto con sus méritos musicales. Publicado luego de ocho años de haber sido grabado, lo que terminó con el misterio y los bootlegs que circulaban por todos lados, el grupo de canciones que da vida al tercer disco doble de Dylan es claramente una colección diferente. El sonido no es el de un cantautor, todo acá suena a colaboración; el ánimo es expansivo, los cortes fluyen de forma natural y lo instrumental reimagina con éxito el sonido de la música de raíz estadounidense. Para quienes buscan un giro sonoro en Bob, este es el disco ganador; para los que disfrutan más de sus letras, hay otros trabajos más exitosos.


15°

Love And Theft (2001)

Quizás el mejor disco para anticipar lo que nos iba a regalar el cantautor los próximos 20 años. Lanzado el 11 de septiembre de 2001, la casi hora de música de esta entrega es un claro adelanto de la trilogía de música tradicional estadounidense (que empieza este disco) y de lo que se vendría luego con la saga de tributos iniciada con “Shadows In The Night” de 2015. Grabado casi en vivo, uno de los puntos altos de este álbum pasa por el grado de espontaneidad que exuda cada uno de los tracks, que incluso extendiéndose por más de cinco minutos en la mitad de los casos, logran hacer de este viaje un recorrido fantástico por lo mejor del pop, ragtime, blues, e incluso algo de vaudeville.


14°

Slow Train Coming (1979)

Quienquiera que diga que la trilogía cristiana fue un fracaso tras otro, nunca ha escuchado este álbum. Mezcla perfecta de entrega interpretativa y un fantástico grupo de músicos, con Mark Knopfler en la guitarra principal, el disco encargado de abrir este ciclo es un capítulo obligado del catálogo del artista. Sencillo en lo lírico, pero directo y efectivo en lo musical, las canciones que dan vida a este álbum se caracterizan por tener un feeling extremadamente liviano y cautivador. Compartiendo mucho del espíritu de “Street-Legal” (voces femeninas y bronces), lo cierto es que los pasajes de blues, gospel e incluso reggae, claramente llevan la apuesta al siguiente nivel.


13°

Tempest (2012)

Echando mano a la misma propuesta sonora de los últimos 10 años y con una voz en franco deterioro, la llegada de este álbum dejó muy poco para encantar al oyente casual. Por fortuna, el tiempo probaría que todos los que insistieron en descubrir las virtudes de la entrega tuvieron su recompensa, ya que “Tempest” marca uno de los puntos más altos de Dylan como contador de historias. Alejado casi por completo del formato estrofa-coro-estrofa, los paisajes que atraviesa este álbum van desde momentos de completa y reflexiva oscuridad, a otros de sobrecogedor homenaje, como los fantásticos siete minutos que cierran el álbum recordando a John Lennon. Disco de evolución pausada, pero tremendamente gratificante.


12°

Nashville Skyline (1969)

Si bien, es cierto que desde “John Wesley Harding” (1967) era posible ver que Dylan buscaba una nueva firma sonora, es en este disco donde se vuelca por completo a explorar la música country, pero no sólo eso: además cambia su forma de cantar. Puede sonar arriesgado y, de hecho, en su momento alejó a muchos de sus seguidores, sin embargo, el “nuevo Dylan” no sólo firmó un álbum a la altura de su catálogo, sino que también se anotó más de un track increíble en esta aventura. Quizás el mejor ejemplo de esto sea que incluso cuando acompañado por Johnny Cash se arriesgó a versionar uno de sus temas más entrañables, logró hacerlo de forma tan contundente, que es difícil elegir una de las dos versiones.


11°

Another Side Of Bob Dylan (1964)

Cada vez que quisieron colgarle una etiqueta, Dylan decidió moverse. En esta oportunidad fue en lo narrativo, donde el artista dijo “suficiente con esto de la ser la voz de su generación”. Las canciones de este álbum suenan al mismo folk que ya le conocíamos, sin embargo, tienen un ánimo mucho más liviano: hablan de amor, desencuentros y también tienen espacio para el humor, cosa que en su disco anterior hubiera sido impensable. El giro fue tan definitivo, que incluso en los cuatro minutos de la fantástica “My Back Pages” el artista se toma el tiempo de explicar su salida del ala más política del movimiento folk. Con una lírica claramente renovada, lo que seguía ciertamente era cambiar su sonido.


10°

Modern Times (2006)

Una de las cosas que hace de este un disco excepcional, es cómo el cantautor logra atrapar el espíritu de lo que venía mostrando en sus discos anteriores para luego ponerlo en un paquete increíblemente consistente. Echando mano a pasajes del más tradicional de los blues, como los seis minutos de “Rollin’ And Tumblin’” o la fantástica “Thunder On The Mountain” (con referencia a Alicia Keys incluida), Dylan aprovecha de intercalar canciones de ánimo muy pausado, pero de una belleza excepcional. Es difícil atravesar este set sin dejarse encantar por el ánimo jazz de “Spirit On The Water” o el fraseo en la maravillosa “Workingman’s Blues #2”. Elegante en la ejecución y simplemente eterno en las letras.


Rough And Rowdy Ways (2020)

Rough And Rowdy Ways

Hay discos demasiado grandes como para intentar ponerlos en una reseña. Este álbum tiene mucho de eso. Musicalmente preciso, privilegiando las baladas y los pasajes de blues, lo cierto es que lo de esta entrega va mucho más allá de lo sonoro. En este viaje el cantautor se acerca a nosotros con una cercanía inusitada, como aquel viejo amigo que hizo todo el recorrido y vuelve a compartir algunos secretos para poder retirarse a descansar. Acá Bob nos mira a la cara, comparte mucho de su intimidad, intenta explicar sus contradicciones y además nos invita a descifrar postales de una época que, pareciendo lejana, está mucho más cerca de lo que creemos. Si finalmente esta fue su despedida, es un dignísimo adiós.


Time Out Of Mind (1997)

Una de las cosas que hace de este disco un recorrido excepcional, es cómo toma lo mejor de dos personalidades potentes involucradas en el proceso creativo y termina dando vida a una suerte de soundtrack acerca de los procesos de pérdida y la inevitable transitoriedad del ser. Lanois nos golpea una vez más con sus tradicionales atmósferas gigantes, sin embargo, en esta vuelta es el cuidado en los detalles –como el efecto en la voz de Dylan usado para abrir el álbum o las percusiones en “Not Dark Yet”– lo que termina robándose las miradas. Si a eso le sumamos la contundencia lírica de un artista que, cercano a sus sesenta años, empieza a lidiar con demonios que antes no había enfrentado, el resultado es superlativo.


The Times They Are A-Changin’ (1964)

Las diez canciones que dan vida al tercer álbum del artista, marcan uno de los momentos más oscuros y provocadores que alguna vez firmaría. De hecho, basta con ver la portada para anticipar que lo que sea que incluya este set no va ser liviano. Acompañado sólo de su guitarra y armónica, y echando mano a lo mejor de sus destrezas como artista folk, Bob levanta una voz de sentida y urgente denuncia en cada uno de los tracks que golpea el set. Los pasajes incluyen, entre otros, líneas acerca de la disparidad ante la ley, la miseria a la que nos condena el sistema y la despreciable manipulación política. Un recorrido de una carga emocional gigantesca, que desgraciadamente sigue sonando actual.


Desire (1976)

Después de “Blood On The Tracks”, Dylan decidió evitar la composición en solitario, en lo que uno podría ver como una vuelta a las sombras de un artista que siempre ha preferido evitar hablar de sí mismo. Jacques Levy fue el encargado de acompañar al músico en este apartado, firmando siete de los nueve tracks. Por fortuna, el resultado de esta apuesta fue increíble; en lo musical se trata de un álbum atrevido, diferente y dinámico, en largos pasajes caracterizado por la presencia de voces femeninas y el fantástico violín de Scarlet Rivera, que dejaría su sello en tracks eternos, como la luminosa “Mozambique” o la demandante “Hurricane”. Definitivamente un álbum de exitosísima búsqueda sonora.


Bringing It All Back Home (1965)

Reflejo de un artista todavía dividido, el primer álbum de la trilogía eléctrica es la muestra perfecta de lo mejor de las dos personalidades del músico. Mientras el lado A nos deleita con todo el rock blues furioso del nuevo Dylan, listo para comerse el mundo, anotándose himnos gigantes como “Subterranean Homesick Blues” y “Maggie’s Farm”, el lado B se encarga de entregarnos lo que le iba quedando de identidad folk. Sin embargo, una de las cosas más increíbles de este álbum es que, casi como en un desafío de identidades, la cara B sale a encarar a su contraparte de forma apabullante, abriendo con “Mr. Tambourine Man” y luego manteniendo el nivel hasta el final de la entrega. Sin duda, memorable.


Highway 61 Revisited (1965)

Con Dylan transformado en estrella de rock e intentando lidiar con el odio de su primera ola de seguidores, mucho del ímpetu avasallador que tiene este álbum está relacionado con la necesidad de desahogo que el artista estaba teniendo. La forma en que “Like A Rolling Stone” abre el disco con un golpe seco, como quien da una patada a una puerta y luego dispara una lírica furiosa llena de desdén, respaldada por una muralla de sonido donde el órgano Hammond se lo come todo, fue una de las cosas que cambió el sonido y la identidad de la música de toda una generación. Nunca en el mundo del rock alguien había tocado las claves que el músico explotó en esta entrega. Probablemente su trabajo más influencial.


Blonde On Blonde (1966)

Tras 18 meses enfocado en dar vida a tres discos que lo vieron mutar por completo, es con el último de este grupo que el cantautor sube la apuesta. No sólo se trata de uno de los primeros álbumes dobles de música rock de la historia, sino que este es el trabajo donde vemos al autor alcanzar el sonido que siempre quiso tener y que él describiría como “el sonido fino y salvaje del mercurio”, donde finalmente termina de desarrollar su tan típico fraseo en los vocales. Además, es en estos 70 minutos donde por fin Dylan deja de mirar a sus seguidores y decide reírse de todo y de todos. Las postales que nos dejó este álbum son el mejor reflejo de un artista al tope de sus capacidades y liberado por completo.


The Freewheelin’ Bob Dylan (1963)

Si uno intentara resumir que es lo que hace del segundo álbum de Dylan un trabajo excepcional, probablemente habría que decir que es su equilibrio. Sin tratarse de una placa de corte romántico o abiertamente enfocada en lo sociopolítico, es capaz de firmar increíbles pasajes en cada una de esas esquinas, echando mano a una propuesta sonora sencilla, pero apabullante. Cálido y evocador cuando debe serlo, como en el caso de “Don’t Think Twice, It’s All Right”, certero en los pasajes que invitan a la reflexión, como en la inmortal “Blowin’ In The Wind”, e implacable cuando la urgencia lo amerita, como sucede en “Masters Of War”. Es difícil saber si sólo se trata de su mejor álbum folk o derechamente de su mejor álbum.


Blood On The Tracks (1975)

Sin tratarse del álbum de Dylan más arriesgado en lo musical, ni el más críptico en lo lírico, lo que hace de “Blood On The Tracks” una experiencia única, tiene que ver con lo universal de su temática de fondo y con la increíble lucidez del artista a la hora de elegir cómo musicalizar este delicado viaje. Muchos lo han catalogado como el “álbum de ruptura definitivo”, aludiendo a que hablaría del divorcio del artista, sin embargo, mirado en perspectiva, lo cierto es que poco importa si el disco habla del músico o no, lo maravilloso de este grupo de canciones es cómo el cantautor captura las distintas etapas que se atraviesan durante el duelo de pareja de forma sencillamente sobrecogedora. Las imágenes que nos regala este álbum van desde los espacios de negación, ira y reconciliación, para luego cerrar con la tan postergada, pero necesaria, aceptación. No hay forma de recorrer este álbum sin notar que hay algo de cada uno de nosotros en esos versos. Definitivamente, inmortal.


Arte por Rodolfo Jofré

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