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Depeche Mode: Construyendo Un Legado

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Dieciocho de junio de 1988, Rose Bowl, Pasadena. Depeche Mode acaba de finalizar el último concierto de la gira “Music For The Masses”, que terminaría por confirmar la conquista de Estados Unidos por parte de la banda. Dave Gahan camina en silencio hacia los vestidores, toma asiento y se echa a llorar. Sin embargo, al contrario de lo que uno podría suponer, no llora de alegría, está angustiado, lo atormenta la idea de que, sin importar lo que suceda en el futuro, nada podrá ser más grande que lo que acaban de vivir. En definitiva, siente que han llegado al final del camino, ¿qué más podrían conseguir? En tan sólo ocho años el conjunto había pasado de ser un desconocido cuarteto de música electrónica situado en Basildon, Inglaterra, a transformarse en uno de los actos más grandes del Reino Unido, capaz de atravesar el Atlántico e imponer con éxito sus términos artísticos en un país ajeno y en una época donde el público masivo todavía estaba empezando a familiarizarse con el rock electrónico y el synth pop.

Lo logrado hasta 1988 no había sido fácil. La salida de Vince Clarke (Yazoo, Erasure) del conjunto tras sólo un álbum de estudio (y un single de proporciones como “Just Can’t Get Enough”) dejó a la banda sin un líder, obligándolos a redistribuir roles y a iniciar una búsqueda sonora que les permitiera seguir cultivando el estilo que los definía, sin sonar a una copia de lo que habían hecho con Clarke. Inicialmente decidieron no sumar integrantes, aventurándose en un segundo álbum que, si bien no logró mayor reconocimiento, sirvió para que Martin Gore se adueñara de la composición. Esto, y la posterior llegada de Alan Wilder, marcarían el inicio de un lúcido período de producción musical que, luego de tres discos de contundente synth pop industrial, los dejaría posicionados como estandartes del movimiento. Singles como “People Are People”, “Master And Servant”, “Blasphemous Rumours” y “Black Celebration” probaron que la banda no sólo era capaz de facturar éxitos, sino que además podía ser desafiante en las letras, lo que les daba una profundidad que la mayor parte de sus pares no tenía.

El paso siguiente era conquistar el mercado de Estados Unidos. En la misma dinámica “The Joshua Tree” (1987) – “Rattle And Hum” (1988) de U2, el cuarteto de Basildon facturó el combo “Music For The Masses” (1987) – “101” (1989). Embarcados en una gira sin precedentes, estrenando una novedosa propuesta visual a cargo del fotógrafo holandés Anton Corbijn, y con una nueva lista de éxitos bajo el brazo liderada por “Strangelove”, “Behind The Wheel” y “Never Let Me Down Again”, decidieron ir por el premio mayor. Pretender llenar el estadio Rose Bowl era una apuesta del tipo todo o nada; o se consagraban como uno de los grandes o quedaban relegados a ser un aspirante más. El documental “101” (1989) a cargo del cineasta D.A Pennebaker, retrata parte de los entretelones que rodearon el concierto, y la verdad es que basta con ver sólo unos minutos para darse cuenta de que a esas alturas el grupo no tenía mucho que probar: sin notarlo, se habían transformado en algo que ni ellos habían anticipado. En ese momento, era difícil imaginar lo que estaba por venir, pero, si hasta entonces había sido difícil, lo que los noventa traería para Depeche Mode sería aún más desafiante.

Acostumbrados a recoger ideas sin perder de vista lo que pasaba a su alrededor, la banda decidió aventurarse y renovar su sonido, otorgándole a la guitarra eléctrica un nivel de protagonismo que, hasta acá, nunca había tenido en su paleta sonora. El resultado fue una interesante mezcla de rock electrónico y alternativo que terminó conquistando a todos los que hasta ese momento no habían puesto los oídos en el cuarteto. Los himnos a los que darían vida “Violator” (1990) y “Songs Of Faith And Devotion” (1993) no sólo pasarían a formar parte del catálogo obligatorio del conjunto, sino que, además, se alzarían como el soundtrack definitivo de millones de individuos en todo el planeta. Por desgracia, el éxito alcanzado estuvo acompañado de un nivel de descontrol tan desproporcionado, que hacia el final del “Devotional/Exotic Tour” la banda tendría que lidiar con un Dave Gahan absolutamente perdido en la heroína y un Alan Wilder que, hastiado por la dinámica del cuarteto, decidió dar un paso al costado. Había sido demasiado.

“It’s No Good” sería el track encargado de comenzar a escribir el capítulo más complejo para el conjunto. Recuperar la brillantez musical alcanzada entre 1987 y 1993 evitando los excesos que habían puesto en riesgo la continuidad del grupo, terminó siendo un reto de proporciones siderales. Recién con “Playing The Angel” (2005) el conjunto sería capaz de volver a entregar una propuesta consistente y regular. Fletcher, Gahan y Gore han vuelto a enfocarse únicamente en la música, poniendo paulatinamente a la electrónica una vez más como su musa favorita, en un ciclo que sistemáticamente los ha llevado de regreso a la primera mitad de su carrera. Los cortes de impacto mundial han seguido llegando (“Precious”, “Wrong” y “Heaven” son maravillosos ejemplos de esto), sin embargo, en esta última década el foco de la banda ha estado puesto en facturar álbumes coherentes más que en anotar nuevos hits. En esta línea, “Spirit” (2017) viene a coronar un período musical sólido, con un trio maduro y comprometido, capaz incluso de aventurarse a explorar un terreno lírico de abierto contenido social.

Con casi cuarenta años de carrera, el otrora cuarteto de Basildon ha recorrido el camino de los grandes, atravesando épocas de éxito rotundo y otras de franca desorientación. Sin embargo, si hay algo que ha hecho única a la banda, ha sido la convicción a la hora de defender sus principios. Martin Gore sería claro al decir “somos una banda de música electrónica que usa guitarras, no una banda de rock que utiliza la electrónica”. Y, si bien es cierto, han explorado distintos matices en su sonido, la verdad es que nunca han perdido su identidad.

De esta forma han acercado la música electrónica al más diverso de los públicos (incluso a aquellos que creen no escuchar este tipo de música), convirtiendo su catálogo en un glosario de alcance universal. La cantidad y diversidad de artistas que han sentido la necesidad de homenajear al conjunto versionando sus composiciones es sólo una prueba más de ello (Marilyn Manson, Johnny Cash, HIM y Rammstein son algunos ejemplos). Cuando Gahan lloraba atormentado en Pasadena, lo que no sabía es que treinta años después seguirían construyendo un legado que, a día de hoy, los ha convertido en una de esas bandas imposibles de ignorar.

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Mogwai, Future Islands y Sun Kil Moon, las tres fuerzas del otoño

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Fauna Otoño 2018

Al ver el cartel del festival que se realizará en Espacio Riesco este 12 de mayo, queda claro que varios mundos podrán convivir en el mismo espacio de Fauna Otoño, algo importante en tiempos donde la tolerancia y el respeto son claves para la convivencia, también considerando que la disposición de escenarios permite escuchar la gran mayoría de las propuestas. Es en este ánimo que destacan tres propuestas difíciles de clasificar, pero al mismo tiempo que son sencillas de identificar, las que intentaremos disponer desde las sensaciones más allá de tecnicismos.

 

Mogwai: Calma en el caos

Cada vez que una canción de Mogwai explota, la sensación que queda es de una extraña calma. Como si el cosmos aplicará un mecanismo de relajación ante un trauma, o como si hubiera hipnosis en el momento exacto del apocalipsis. Lo que hacen los escoceses va más allá de lo que técnicamente consiguen, porque construir crescendos que redunden en una catarsis bella es algo que pueden hacer muchos, pero lo de Mogwai va más allá, a veces dejando a la deriva al oyente en una meseta polar para luego, desde esa incertidumbre, llegar con un sonido más grande que la vida.

Aunque la banda hace rato que no saca un disco que caiga en gracia a todo el espectro de sus fans, lo que ha hecho en los últimos años, más que inventar una rueda nueva, ha sido refrescar la forma en la que ruedan. Eso hace que, en vez de escuchar algo que parezca igual a lo anterior, se permita ver en la performance misma las ganas de crear de los escoceses, quienes también destacan como creadores de soundtracks para películas y series. Si Mogwai es capaz de crear un mundo para sí mismos, en estos casos también son hábiles para arropar mundos ajenos en la música. Al final, lo que es evidente es cómo pueden manejar los ánimos, los espacios y los tiempos, fundamental para un espectáculo que relaja y tensa a la vez, como los latidos del corazón.

Future Islands: Baila por tu vida

La sofisticada propuesta del trío norteamericano Future Islands no alcanza a esconder las ansias de conseguir algo fundamental para la vida: el movimiento. Todas las armonías, las melodías, las figuras de bajo, todo eso redunda en la provocación fundamental de mover el cuerpo, las ideas, las emociones, a través de una dirección muy particular por la voz de Samuel T. Herring, uno de los frontman más impredecibles y entregados en un escenario. Cuando vemos la forma en la que Samuel vive un concierto, queda claro que lo de Future Islands no es casual, y que él siente esa música tanto o más que los fans.

Pero la banda no es sólo lo que consigue Samuel, porque la dinámica entre sintetizadores y bajo es parte de lo que hace a la agrupación sobresalir. Gerrit Welmers y William Cashion dialogan a través de compases que se tejen de tal forma, que no se puede ignorar lo que hit tras hit consigue Future Islands. Al final, el imperativo es bailar y sorprenderse con la extravagancia de Herring, y es difícil que eso no pase donde sea que se presenten.

Sun Kil Moon: aislar y provocar

No necesariamente a todos les puede gustar todo el mundo. Bien lo sabe y entiende Mark Kozelek, quien, más que preocuparse de agradar, ha intentado contar historias y hacerse valer en el escenario. Legendaria es aquella ocasión donde puteó a The War On Drugs por sonar muy fuerte, lo que molestaba su espectáculo con una sola guitarra. Kozelek en el proyecto Sun Kil Moon narra y expresa emoción a un grado descriptivo enorme, basado en letras casi declamadas, que no escatiman tiempo ni esfuerzo en llegar a lo medular de las historias y mucho más.

Pero Kozelek también es parlanchín debajo del escenario, y no es extraño verlo como Morrissey, lanzando opiniones poco populares, difíciles de defender y que, en vez de acercar gente a su música, la alejan. Esto redunda en que Sun Kil Moon tal vez no es un nombre tan conocido porque Mark no está interesado en algo tan masivo, pero sí en la cantidad de respeto necesario para que sus creaciones sean respetadas y realmente escuchadas. Es probable que en vivo quede claro que tantos dimes y diretes sirven para, finalmente, encontrar la música en medio del camino.

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