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Lemmy Kilmister Lemmy Kilmister

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Un brindis por Lemmy Kilmister

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Un 28 de diciembre no sólo perdimos a un grande del rock, sino que a la mismísima encarnación de este. Lemmy Kilmister fue mucho más que el vocalista y alma de Motörhead, era la figura donde residía la fantasía de todos los que alguna vez soñamos con una vida de excesos y fiestas mientras recorremos el mundo tocando la guitarra eléctrica –o el bajo, en su caso–, saliéndonos siempre con la nuestra y haciendo vibrar a miles de fanáticos con canciones que no hacen más que reflejar nuestro alocado estilo de vida.

Trascendiendo a su propia música, el inglés se instaló en la cultura pop como protagonista de las juergas más bizarras y míticas, donde el sexo, las drogas y litros de whisky eran los ingredientes principales para dar forma a historias que pocos podríamos tener la suerte –o el coraje– de experimentar. Como aquella en donde quedó inconsciente luego de recibir tres sesiones de sexo oral al hilo, o esa donde destrozó un automóvil que recién había comprado, luego de que una borrachera lo hiciera confundir los cambios del vehículo, motivándolo a dejar las llaves en una gasolinera y declarar que jamás volvería a conducir un auto en su vida, aunque el alcohol se mantuvo como un compañero fiel hasta el final. El manoseado eslogan “sexo, drogas y rock & roll” tomó sentido bajo la leyenda de Kilmister, y aunque muchos de los relatos creados a su alrededor fueron desmentidos por el músico a lo largo de su carrera, su imagen como personificación máxima de las fantasías más tóxicas y memorables de un rockero lo llevó a convertirse en un ser idolatrado por muchos: incluso si jamás en tu vida habías escuchado un disco de Motörhead, Lemmy era Lemmy y había que respetarlo.

Pero más allá de su amplio prontuario como ícono del rock, Lemmy fue un músico cuya obra sirvió de base para el desarrollo del estilo y el heavy metal, influenciando a unos jóvenes Metallica y a unos rabiosos Slayer, entre muchos otros, con discos que funcionaron casi siempre bajo la misma fórmula y estructura, caracterizándose por la potencia de su sonido y lo directo de sus letras, donde se podía hablar de lo bien que se pasó en una noche de carrete o del abuso de poder de las autoridades contra el pueblo. Lemmy era un hombre que escribía desde sus propias entrañas y diciendo todo lo que pensaba, sin concesiones. Todo lo que compuso suena auténtico y real, desde el disco homónimo de 1977, hasta “Bad Magic” (2015), donde se registran los últimos descargos del británico y su trío. Aquí no hay canciones hechas para complacer a las masas, ni para sonar de fondo en un comercial. La gran virtud de Motörhead es que la consecuencia y honestidad eran su bandera de guerra, guiadas por la crudeza de sus riffs y los rugidos con hedor a trago de Lemmy.

La edad y los excesos, sumados a un fulminante cáncer, pusieron fin a la existencia de Kilmister. Murió el que pensábamos que era inmortal, el día en que nadie lo creería (al menos por estas latitudes). Como un verdadero rebelde, Lemmy se salió de la regla hasta el día en que dejó de respirar, a tan sólo un par de semanas de haber dado sus últimos bufidos en Alemania al mando de Motörhead. “Recuérdennos, somos Motörhead y tocamos rock & roll”, esa frase, que era la declaración de principios de Lemmy y compañía sobre el escenario, resonará con fuerza en cada trago que bebamos en su memoria, porque el hombre se fue, pero la leyenda y el rock persisten. Alzando un vaso de whisky, desde acá, te agradecemos por un legado que seguiremos inmortalizando, por las canciones que no dejaremos de escuchar y por esas historias que alguna vez desearíamos vivir. Por tu desfachatez, garra y actitud, brindamos por ti, Lemmy Kilmister.

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Rompan Todo: La Historia del Rock en América Latina

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Rompan Todo

Abarcar un territorio desde las manifestaciones artísticas es un desafío gigante. De las dificultades de ese proceso no se ha librado “Rompan Todoː La Historia del Rock en América Latina”, un ambicioso proyecto impulsado por Nicolás Entel, Picky Talarico, Iván Entel y el músico y productor Gustavo Santaolalla, que en seis episodios (totalizando casi cinco horas de contenido) va entregando cronológicamente énfasis sobre momentos claves para el rock en este continente.

La crítica ha sido dispar, con algunos alabando el esfuerzo o agradeciendo las emociones que gatilla esta sucesión de escenas, y otros apuntando a lo que falta y, más aún, a quiénes faltan y de dónde son. Una persecución que pone la lupa en personajes y países ausentes, en una dinámica que, en el juego de inclusión y exclusión que implica necesariamente el acto de editar un producto audiovisual, resulta invariablemente fútil. Una obra de este carácter debe ser mirada con la perspectiva que se intenta entregar, que es mostrar la evolución histórica del rock en Latinoamérica, y ahí hay un concepto clave: evolución. Pero en “Rompan Todo” hay una disparidad importante respecto al avance mostrado, ya sea en los conceptos o en el espíritu que los más de cien entrevistados entregan en sus declaraciones.

La miniserie documental es como una mesa coja que jamás logra un equilibrio en lo que ella misma quiere mostrar, situación generada por los dos hemisferios que pujan por ser el centro de la atención. Por un lado, está el mercado más grande en términos numéricos, el mexicano, donde el éxito es cuantioso cuando existe, y por otro está el argentino, que no es tan vasto en ventas o población, pero que con el correr de los capítulos tiene otro tipo de éxito, uno más importante. En México los sucesos siempre van en una lógica que se va repitiendo: se habla de políticos corruptos, de cómo los músicos tratan de preservar una identidad mexicana, y cómo alguien encontró algo nuevo para ser éxito con las masas. Desde esa triada, este polo no evoluciona. Las consignas se repiten, cansinamente, y la complacencia con este mercado tan enorme es tal, que este es el único territorio donde la mayoría de los entrevistados tiene impacto local y no continental. Café Tacvba, Molotov o Maná escapan a ello, pero el resto del tiempo –que no es poco– la cantidad de referentes parece tan ajeno al hemisferio sur, que distrae.

En este lado del continente la reflexión es mayor, y también lo son las terribles circunstancias de dictaduras y asesinato de artistas. Es cierto que Argentina ocupa la mayor parte del tiempo, pero su gravitación en el escenario internacional es justificada en el relato, incluso con la presentación de figuras claves que emigraron desde el país trasandino para innovar en el resto de Latinoamérica. Ahí existe un énfasis de evolución entre la colaboración y la intención de influir en el crecimiento musical de bandas de muchos países. Además, la carga de figuras que cruzan las décadas, como Charly García o Gustavo Cerati, es importante y se va ahondando en el camino. No es una consigna al aire con alguien diciendo que es talentoso: eso se ve y se siente en el relato audiovisual.

En medio, casi como transiciones, están los casos de otros países, con figuras como Los Prisioneros, La Vela Puerca, Los Saicos o Aterciopelados, pero son minutos frente a las horas dedicadas a México y Argentina, donde la disposición ágil de escenas permite entender el frenesí del choque entre las ganas de hacer música y decir algo, y las dificultades que ponen las situaciones particulares en cada uno de los países. Por ello es tan impactante la gravitación por lugares comunes que sobresalen desde el lado mexicano del montaje, en contraposición a la épica más profunda que emana desde Buenos Aires. Es cosa de ver la comparación más fallida: Maná y Soda Stereo. A Maná incluso se le transforma en chiste, pero se justifica con el éxito; en cambio en Soda Stereo es la calidad lo que se pone como factor fundamental. El cuidado entre unos y otros es diferente, incluso cuando el objetivo de plantear figuras masivas de cada país parece ser el mismo.

Un problema grave es la inequidad de género, que apenas es tocada por Andrea Echeverri en frases sentidas donde habla de las dificultades de ser la única mujer por mucho tiempo en el rock colombiano, mientras Héctor Buitrago se ríe, como bajándole el perfil. Las mujeres en el relato pueden ser contadas con los dedos de las manos, y su lugar es terciario. Sólo un montaje cerca del final, donde se muestran muchas más figuras, da a entender que podría existir una nueva temporada o serie sobre ellas. Eso sería muy bueno, pero al menos en estos seis episodios esa es la verdadera deuda pendiente, más que países o nombres en particular.

Un detalle final viene de los dos entes más reflexivos de la serie completa. David Byrne es (casi) el único hablante anglosajón del documental y, sin embargo, sus declaraciones son más elocuentes y las que mejor resumen el panorama general del continente completo. Son los únicos espacios de unión real, junto con Soda Stereo y Gustavo Santaolalla, productor ejecutivo y piedra angular de múltiples escenas y discos fundamentales (y el más mencionado en la serie), desde Molotov hasta León Gieco, pasando por Jorge González, Julieta Venegas o La Vela Puerca. La presencia de Santaolalla es clave, pero el montaje descuida el equilibrio, generando un ruido innecesario que enloda al otro personaje que es capaz de trazar las líneas transversales de una historia que, fuera de esos dichos, se queda en polos separados, con evoluciones dispares. No hay que desconocer el trabajo arduo tras una miniserie como “Rompan Todo”, pero también vale la pena tener perspectiva respecto a cómo se aprovechan estos, los exiguos espacios que tiene la música en la plataforma que sea.


Título Original: Rompan Todoː La Historia del Rock en América Latina

Director: Picky Talarico

Duración: 295 minutos

Año: 2020

Plataforma: Netflix


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