Conéctate a nuestras redes

Columnas

Scott Weiland: Quisimos creer que era inmortal

Publicado

en

Cada cierto tiempo, alguna de las estrellas que adornan el universo del rock se extingue y deja de brillar. En algunos casos lo asumimos como algo natural, en otros nos consolamos apelando al carácter autodestructivo que suele rodear al rockstar, y en otras situaciones simplemente absorbemos la pérdida y el dolor que eso conlleva. Pero, ¿qué es precisamente lo que hace que una muerte duela más que otra? ¿Es acaso que, al asociar la música a ciertas etapas de nuestras vidas, terminamos haciendo participe a sus intérpretes de nuestra propia historia, como si fuesen amigos, familiares, o simplemente como un punto de referencia que más adelante nos ayudará a transportarnos hacia un recuerdo que fue musicalizado por cierta canción en alguna parte del camino? Es precisamente este fenómeno el que hace que comulguemos generacionalmente con otros seres humanos que forjaron sus vivencias en torno a los mismos artistas, y que nos unamos en un sentimiento de profundo dolor cuando alguno de estos ídolos nos abandona.

Seguramente, todos aquellos que crecieron musicalmente en la década del 90 se estremecieron al conocer la lamentable noticia del fallecimiento del carismático Scott Weiland, otrora vocalista de Stone Temple Pilots y Velvet Revolver, y uno de los personajes más talentosos de su generación, quien dejó en sus fanáticos una huella tan profunda como su legado musical, con un sinfín de obras maestras, verdaderos himnos que destilan sentimiento y rock en cada una de sus líneas, y que han sido capaces de sobrevivir a sus bandas-madre para convertirse en parte fundamental del catálogo popular. Sin lugar a dudas, la figura de Weiland tiene algo especial, algo que llama profundamente la atención y que lo hace destacar por sobre sus contemporáneos, produciendo ese extraño sentimiento de amor y odio que sólo las mentes más brillantes e incomprendidas pueden concebir. Es acaso el nativo de San José, California, la representación más precisa del estereotipo del rockstar, con una postura totalmente desfachatada ante la vida, una reconocida adicción al alcohol, el crack y la heroína, y un sentido de trascendencia totalmente distorsionado, con episodios que rayan en la demencia y un transitar tambaleante que fluyó constantemente entre éxitos y fracasos.

Lo cierto es que, si la noticia de la muerte de Weiland hubiese llegado en la segunda mitad de los 90, probablemente no habría causado tanto impacto mediático, básicamente porque ese período fue uno de los más oscuros en la carrera del cantante, envuelto en constantes problemas legales a causa del uso y abuso de las drogas, que hacían presagiar un fatídico desenlace. A la larga, sus múltiples adicciones terminaron por sabotear su participación en Stone Temple Pilots y posteriormente en Velvet Revolver, donde fue desvinculado por Slash aludiendo a su comportamiento errático e impredecible, además de terminar con sus dos matrimonios, primero con Janina Castanera y después con Mary Forsberg, con quien tuvo dos hijos: Noah (2000) y Lucy (2002). Posterior a esta etapa llena de sombras y altibajos, todos pensaron que lo peor había quedado en el pasado y que era el momento de rectificar el camino, sobre todo cuando en 2014, durante la gira de Scott Weiland & The Wildabouts, el vocalista aseguró haber superado su adicción a las drogas. Pero el destino tenía otros planes para el frontman.

Resulta necesario escarbar un poco en la biografía del cantante para que cuadren ciertas piezas de su confusa personalidad: en 2001 fue diagnosticado con desorden bipolar y rehusó medicarse para tratar su condición. Adicionalmente, en su biografía “Not Dead & Not For Sale” (2011) confesó que fue violado a las 12 años, recuerdos que suprimió durante mucho tiempo y que recién se manifestaron cuando entró en rehabilitación. Sin embargo, intentar glorificar sus pecados, justificar sus innumerables pasos en falso, o tratar de encontrar una explicación lógica al desperdicio de talento en que se convirtió la vida de Scott Weiland, resulta un ejercicio fútil e intrascendente, ya que es básicamente esta dicótoma personalidad la que desde un principio cautivó a sus miles de seguidores; esa postura frontal que nunca tuvo miedo de esquivar las balas, yendo siempre de frente, con sus deficiencias y virtudes, vestigios de un ídolo que forjó su legado tomando la ruta más difícil.

I fall to pieces, I’m falling, fell to pieces and I’m still falling”, pregonaba Scott Weiland en el coro de “Fall To Pieces” de Velvet Revolver, en un mensaje pseudo camuflado que todos captamos, pero que nos rehusamos a asimilar. En el fondo, todos sabíamos que este ídolo noventero estaba caminando peligrosamente por la cornisa y que eventualmente se desplomaría hacía el precipicio, pero lo omitimos, nos engañamos creyendo que, ante la salida de Chester Bennington de Stone Temple Pilots, era el momento para que el frontman volviera a ocupar el lugar que nunca debió abandonar; creímos –o al menos quisimos creer– que su organismo estaba libre de drogas y que recuperaría la voz que dio vida a las gemas hermosas y honestas de sus primeros álbumes; quisimos creer que era inmortal, y nos equivocamos rotundamente. Ahora miramos en retrospectiva, quizás aún con un nudo en la garganta y ojos inundados de amargura, la imagen de un joven Scott Weiland que irrumpió en nuestras vidas a principios de los 90, creyendo tener el mundo a sus pies, y sólo nos queda desear que, donde quiera que esté, siga marcando diferencias. Su luz se apagó, pero su música seguirá brillando.

Publicidad
Clic para comentar

Responder

Columnas

Rompan Todo: La Historia del Rock en América Latina

Publicado

en

Rompan Todo

Abarcar un territorio desde las manifestaciones artísticas es un desafío gigante. De las dificultades de ese proceso no se ha librado “Rompan Todoː La Historia del Rock en América Latina”, un ambicioso proyecto impulsado por Nicolás Entel, Picky Talarico, Iván Entel y el músico y productor Gustavo Santaolalla, que en seis episodios (totalizando casi cinco horas de contenido) va entregando cronológicamente énfasis sobre momentos claves para el rock en este continente.

La crítica ha sido dispar, con algunos alabando el esfuerzo o agradeciendo las emociones que gatilla esta sucesión de escenas, y otros apuntando a lo que falta y, más aún, a quiénes faltan y de dónde son. Una persecución que pone la lupa en personajes y países ausentes, en una dinámica que, en el juego de inclusión y exclusión que implica necesariamente el acto de editar un producto audiovisual, resulta invariablemente fútil. Una obra de este carácter debe ser mirada con la perspectiva que se intenta entregar, que es mostrar la evolución histórica del rock en Latinoamérica, y ahí hay un concepto clave: evolución. Pero en “Rompan Todo” hay una disparidad importante respecto al avance mostrado, ya sea en los conceptos o en el espíritu que los más de cien entrevistados entregan en sus declaraciones.

La miniserie documental es como una mesa coja que jamás logra un equilibrio en lo que ella misma quiere mostrar, situación generada por los dos hemisferios que pujan por ser el centro de la atención. Por un lado, está el mercado más grande en términos numéricos, el mexicano, donde el éxito es cuantioso cuando existe, y por otro está el argentino, que no es tan vasto en ventas o población, pero que con el correr de los capítulos tiene otro tipo de éxito, uno más importante. En México los sucesos siempre van en una lógica que se va repitiendo: se habla de políticos corruptos, de cómo los músicos tratan de preservar una identidad mexicana, y cómo alguien encontró algo nuevo para ser éxito con las masas. Desde esa triada, este polo no evoluciona. Las consignas se repiten, cansinamente, y la complacencia con este mercado tan enorme es tal, que este es el único territorio donde la mayoría de los entrevistados tiene impacto local y no continental. Café Tacvba, Molotov o Maná escapan a ello, pero el resto del tiempo –que no es poco– la cantidad de referentes parece tan ajeno al hemisferio sur, que distrae.

En este lado del continente la reflexión es mayor, y también lo son las terribles circunstancias de dictaduras y asesinato de artistas. Es cierto que Argentina ocupa la mayor parte del tiempo, pero su gravitación en el escenario internacional es justificada en el relato, incluso con la presentación de figuras claves que emigraron desde el país trasandino para innovar en el resto de Latinoamérica. Ahí existe un énfasis de evolución entre la colaboración y la intención de influir en el crecimiento musical de bandas de muchos países. Además, la carga de figuras que cruzan las décadas, como Charly García o Gustavo Cerati, es importante y se va ahondando en el camino. No es una consigna al aire con alguien diciendo que es talentoso: eso se ve y se siente en el relato audiovisual.

En medio, casi como transiciones, están los casos de otros países, con figuras como Los Prisioneros, La Vela Puerca, Los Saicos o Aterciopelados, pero son minutos frente a las horas dedicadas a México y Argentina, donde la disposición ágil de escenas permite entender el frenesí del choque entre las ganas de hacer música y decir algo, y las dificultades que ponen las situaciones particulares en cada uno de los países. Por ello es tan impactante la gravitación por lugares comunes que sobresalen desde el lado mexicano del montaje, en contraposición a la épica más profunda que emana desde Buenos Aires. Es cosa de ver la comparación más fallida: Maná y Soda Stereo. A Maná incluso se le transforma en chiste, pero se justifica con el éxito; en cambio en Soda Stereo es la calidad lo que se pone como factor fundamental. El cuidado entre unos y otros es diferente, incluso cuando el objetivo de plantear figuras masivas de cada país parece ser el mismo.

Un problema grave es la inequidad de género, que apenas es tocada por Andrea Echeverri en frases sentidas donde habla de las dificultades de ser la única mujer por mucho tiempo en el rock colombiano, mientras Héctor Buitrago se ríe, como bajándole el perfil. Las mujeres en el relato pueden ser contadas con los dedos de las manos, y su lugar es terciario. Sólo un montaje cerca del final, donde se muestran muchas más figuras, da a entender que podría existir una nueva temporada o serie sobre ellas. Eso sería muy bueno, pero al menos en estos seis episodios esa es la verdadera deuda pendiente, más que países o nombres en particular.

Un detalle final viene de los dos entes más reflexivos de la serie completa. David Byrne es (casi) el único hablante anglosajón del documental y, sin embargo, sus declaraciones son más elocuentes y las que mejor resumen el panorama general del continente completo. Son los únicos espacios de unión real, junto con Soda Stereo y Gustavo Santaolalla, productor ejecutivo y piedra angular de múltiples escenas y discos fundamentales (y el más mencionado en la serie), desde Molotov hasta León Gieco, pasando por Jorge González, Julieta Venegas o La Vela Puerca. La presencia de Santaolalla es clave, pero el montaje descuida el equilibrio, generando un ruido innecesario que enloda al otro personaje que es capaz de trazar las líneas transversales de una historia que, fuera de esos dichos, se queda en polos separados, con evoluciones dispares. No hay que desconocer el trabajo arduo tras una miniserie como “Rompan Todo”, pero también vale la pena tener perspectiva respecto a cómo se aprovechan estos, los exiguos espacios que tiene la música en la plataforma que sea.


Título Original: Rompan Todoː La Historia del Rock en América Latina

Director: Picky Talarico

Duración: 295 minutos

Año: 2020

Plataforma: Netflix


Seguir Leyendo

Podcast Cine

Publicidad

Podcast Música

Facebook

Discos

Fortitude Fortitude
DiscosHace 4 días

Gojira – “Fortitude”

Si hay algo que caracteriza a Gojira, es su preocupación por transmitir un mensaje tan potente como su música. Desde...

Itaca Itaca
DiscosHace 1 semana

Txakur – “Itaca”

Como su carta de presentación, Txakur apareció en 2018 con “La Era De La Información”, un EP donde dibujó paisajes...

ULTRAPOP ULTRAPOP
DiscosHace 2 semanas

The Armed – “ULTRAPOP”

El adjetivo que mejor podría aplicársele a The Armed es “impenetrable”, y aún así puede ser motivo de discusión porque,...

The Battle At Garden’s Gate The Battle At Garden’s Gate
DiscosHace 3 semanas

Greta Van Fleet – “The Battle At Garden’s Gate”

Todo lo que rodeó la elaboración, grabación y lanzamiento del segundo disco de Greta Van Fleet, es digno de atesorarse...

Sweep It Into Space Sweep It Into Space
DiscosHace 3 semanas

Dinosaur Jr. – “Sweep It Into Space”

Con más de 30 años de trayectoria y una disfuncional, tensionada e intermitente relación creativa, Dinosaur Jr. ha tomado la...

Dream Weapon Dream Weapon
DiscosHace 4 semanas

Genghis Tron – “Dream Weapon”

Pasar de un sonido arrollador e irrefrenable hacia una propuesta etérea y mucho más sobria, es un movimiento que causa...

Is 4 Lovers Is 4 Lovers
DiscosHace 4 semanas

Death From Above 1979 – “Is 4 Lovers”

Conceptualmente hablando, ir a contrapelo de la estructura guitarra-bajo-batería en el rock es audaz por lo bajo, porque los resultados...

Tonic Immobility Tonic Immobility
DiscosHace 1 mes

Tomahawk – “Tonic Immobility”

Ocho años tuvieron que pasar para que Mike Patton, Duane Denison, John Stanier y Trevor Dunn volvieran a estar juntos...

Chemtrails Over The Country Club Chemtrails Over The Country Club
DiscosHace 1 mes

Lana Del Rey – “Chemtrails Over The Country Club”

Para ser una artista con un sonido tan distintivo, Lana Del Rey es uno de los nombres más impredecibles de...

When You See Yourself When You See Yourself
DiscosHace 2 meses

Kings Of Leon – “When You See Yourself”

Explorando un nuevo y contemporáneo formato, y luego de cinco años desde su último larga duración, Kings Of Leon lanza...

Publicidad
Publicidad

Más vistas