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Motörhead, o la embriaguez del rock & roll

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“Hay que estar siempre ebrio. Esto es lo único. Para no sentir el horrible fardo del tiempo que rompe vuestros hombros y os inclina hacia la tierra, hay que emborracharse sin tregua”. Hace 150 años lo dijo Baudelaire. Hace unas décadas, y sin las complicadas pretensiones poéticas del francés, lo comenzó a hacer el legendario Ian “Lemmy” Kilmister, tanto en su vida personal con el alcohol, como con su banda Motörhead a través del rock & roll. Y es que el uno y el otro son indisolubles. Si hay una banda que ha llevado la simbiosis entre la bebida y la guitarra a un nivel tan íntimo, esa es Motörhead.

MOTORHEAD 01En efecto, el estilo de los británicos lo simplificó Lemmy en una entrevista concedida años atrás a un medio español: “Somos una banda que toca rock & roll y que se dedica a ir de fiesta, alcohol y al sexo”. Para el evento improbable de que alguien no los haya escuchado, esa autodefinición es la más completa que se puede dar, pues todos esos elementos están siempre presentes en sus composiciones, ya sea en sus letras –“mi mujer me deja, me siento triste, pero me gusta la vida que llevo, otra cerveza es lo que necesito, otro concierto, me sangran los oídos”- como en sus riffs destructores. He ahí porque son una banda ícono del rock y parte también del heavy metal: su mensaje no sólo se queda en la actitud (de hecho, ella es secundaria y hasta inconsciente), sino que son la encarnación de lo que significa vivir una vida de acuerdo a la filosofía del rock, con las ventajas inherentes a hacer lo que uno quiere, cuando quiere y cómo quiere, y con las desventajas en el costo que se paga. Esto último bien lo ejemplifica la letra de “I Don’t Believe A Word”: “He visto las llamas del infierno, he visto ángeles con espadas de fuego, no tengo nada que sea mío”.

En ese sentido, es justo decir que pocos artistas han logrado traspasar sensaciones corpóreas a algo etéreo, que es la vivencia de la música, como esta agrupación británica. En tal orden de ideas, Motörhead es al rock lo que Bukowski es a la literatura. Lemmy y Henry Chinaski –ambos bebedores sin remedio, mujeriegos empedernidos y sin esperanzas de que este mundo será algún día algo mejor- utilizan a sus creaciones no como medios de expresión, ya que no tienen nada que decir, sino que como la única forma posible de comunicación. Ninguno de los dos tiene buen aspecto, pero están satisfechos de sí mismos y por eso creen que “deben abrir un puterío y meter unos cuantos culos dentro” (“Whorehouse Blues”). De eso se trata esto, nada más: “Si algo malo pasa, bebes para olvidar, MOTORHEAD 02si algo bueno pasa, bebes para celebrar, y si nada pasa, bebes para que pase algo” (Bukowski, “Women”, 1978). Si se cambia la voz “bebes” por “Motörhead”, la oración no pierde sentido en absoluto.

Lo anterior es porque sus álbumes emborrachan. Mientras suenan, es posible percibir como ese Rickenbacker estridente hasta más no poder, junto con una guitarra desdeñada, simple y pesada, y los beats de la máquina de percusión de Mikkey Dee, van produciendo un frenesí del cual no es posible escapar. Cuando todo acaba, el oído está pulverizado, pero inexplicablemente con deseo de más rock. Por quedar con gusto a poco, nuevamente se vuelve al ruedo. Haber comenzado con “Deaf Forever” y terminar con “Orgasmatron” produce “caña”, pero como dice el viejo adagio, “con lo que da, se quita”, y así es como nuevamente en los parlantes suena“Doctor Rock” u otra similar, y la inhibición que se gesta es increíblemente idéntica a la producida por un trago de alcohol.

Así como se deja en claro en “Going To Brazil” que el beber y el fumar “nunca parará”, el rock & roll furibundo y bruto de Motörhead no se detendrá. Que guste eso a terceros o al público en general, da lo mismo. La fórmula no se altera y eso es algo bueno: nadie suena tan brutal a los 69 años como Lemmy cantando: “I’m so bad, baby, I don’t care”.  La prescripción pesada se ha mantenido con los años, los  clásicos machacantes como “Overkill” o “Iron Fist” encuentran su correlato actualizado en temas como “Heartbreaker”, de su último disco “Aftershock” (2013) de factura superlativa, dando a entender que la savia de la cual se alimenta Motörhead seguirá siendo el rock & roll precario y feroz, al igual que para Lemmy lo será el Jack Daniels, por más que los doctores hayan puesto un freno a sus costumbres etílicas. Tal hecho –hay que admitirlo- nunca pasará.

Pero que lo anterior no lleve a equívocos: así como el buen bebedor sabe disfrutar de otros brebajes, el rock de Motörhead ha probado otras cepas. Que Lemmy no cambie hace más de 40 años, no significa que musicalmente la banda sea una constante repetición de sí misma. Canciones como “Eat The Rich” o “Lost Johnny”, cargadas de aquel rock más clásico, contrastan con la densidad de “March MOTORHEAD 03Or Die”, la solemnidad de “One More Fucking Time” o el poder de “No Remorse”. No obstante, todas embriagan a su manera.

Es posible sostener, entonces, que el leitmotiv de los británicos es ser una juerga viciosa con los sonidos más sucios que una guitarra, bajo y batería puedan crear. No por nada son quienes trazaron los caminos del metal no sólo en lo musical, sino que en la manera nihilista y frontal de encarar la vida y sus viscosidades, ya sea si se trata del amor de una mujer (“Bad Woman”), o las pretensiones más pervertidas (“Sweet Revenge”).

Y así, en definitiva, y sean cuales sean las circunstancias, la experiencia de escuchar a Motörhead es lo más parecido a una noche de borrachera: se parte con el vaso (una canción cualquiera), luego, entusiasmado, se va por la botella (cualquier álbum) hasta que se termina. Los ojos entran en crispación, la mente se nubla al ser todo ruidosamente confuso, pero inexplicablemente, casi por osmosis, hay que seguir alcoholizándose a través de su música, continuando en la ruta de la embriaguez hasta no recordar. Tal como Lemmy en el verano de 1973 que, según sus propias palabras, fue el mejor verano de su vida, justamente por “no recordar de él absolutamente nada”.

Por Pablo Cañón

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Rompan Todo: La Historia del Rock en América Latina

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Rompan Todo

Abarcar un territorio desde las manifestaciones artísticas es un desafío gigante. De las dificultades de ese proceso no se ha librado “Rompan Todoː La Historia del Rock en América Latina”, un ambicioso proyecto impulsado por Nicolás Entel, Picky Talarico, Iván Entel y el músico y productor Gustavo Santaolalla, que en seis episodios (totalizando casi cinco horas de contenido) va entregando cronológicamente énfasis sobre momentos claves para el rock en este continente.

La crítica ha sido dispar, con algunos alabando el esfuerzo o agradeciendo las emociones que gatilla esta sucesión de escenas, y otros apuntando a lo que falta y, más aún, a quiénes faltan y de dónde son. Una persecución que pone la lupa en personajes y países ausentes, en una dinámica que, en el juego de inclusión y exclusión que implica necesariamente el acto de editar un producto audiovisual, resulta invariablemente fútil. Una obra de este carácter debe ser mirada con la perspectiva que se intenta entregar, que es mostrar la evolución histórica del rock en Latinoamérica, y ahí hay un concepto clave: evolución. Pero en “Rompan Todo” hay una disparidad importante respecto al avance mostrado, ya sea en los conceptos o en el espíritu que los más de cien entrevistados entregan en sus declaraciones.

La miniserie documental es como una mesa coja que jamás logra un equilibrio en lo que ella misma quiere mostrar, situación generada por los dos hemisferios que pujan por ser el centro de la atención. Por un lado, está el mercado más grande en términos numéricos, el mexicano, donde el éxito es cuantioso cuando existe, y por otro está el argentino, que no es tan vasto en ventas o población, pero que con el correr de los capítulos tiene otro tipo de éxito, uno más importante. En México los sucesos siempre van en una lógica que se va repitiendo: se habla de políticos corruptos, de cómo los músicos tratan de preservar una identidad mexicana, y cómo alguien encontró algo nuevo para ser éxito con las masas. Desde esa triada, este polo no evoluciona. Las consignas se repiten, cansinamente, y la complacencia con este mercado tan enorme es tal, que este es el único territorio donde la mayoría de los entrevistados tiene impacto local y no continental. Café Tacvba, Molotov o Maná escapan a ello, pero el resto del tiempo –que no es poco– la cantidad de referentes parece tan ajeno al hemisferio sur, que distrae.

En este lado del continente la reflexión es mayor, y también lo son las terribles circunstancias de dictaduras y asesinato de artistas. Es cierto que Argentina ocupa la mayor parte del tiempo, pero su gravitación en el escenario internacional es justificada en el relato, incluso con la presentación de figuras claves que emigraron desde el país trasandino para innovar en el resto de Latinoamérica. Ahí existe un énfasis de evolución entre la colaboración y la intención de influir en el crecimiento musical de bandas de muchos países. Además, la carga de figuras que cruzan las décadas, como Charly García o Gustavo Cerati, es importante y se va ahondando en el camino. No es una consigna al aire con alguien diciendo que es talentoso: eso se ve y se siente en el relato audiovisual.

En medio, casi como transiciones, están los casos de otros países, con figuras como Los Prisioneros, La Vela Puerca, Los Saicos o Aterciopelados, pero son minutos frente a las horas dedicadas a México y Argentina, donde la disposición ágil de escenas permite entender el frenesí del choque entre las ganas de hacer música y decir algo, y las dificultades que ponen las situaciones particulares en cada uno de los países. Por ello es tan impactante la gravitación por lugares comunes que sobresalen desde el lado mexicano del montaje, en contraposición a la épica más profunda que emana desde Buenos Aires. Es cosa de ver la comparación más fallida: Maná y Soda Stereo. A Maná incluso se le transforma en chiste, pero se justifica con el éxito; en cambio en Soda Stereo es la calidad lo que se pone como factor fundamental. El cuidado entre unos y otros es diferente, incluso cuando el objetivo de plantear figuras masivas de cada país parece ser el mismo.

Un problema grave es la inequidad de género, que apenas es tocada por Andrea Echeverri en frases sentidas donde habla de las dificultades de ser la única mujer por mucho tiempo en el rock colombiano, mientras Héctor Buitrago se ríe, como bajándole el perfil. Las mujeres en el relato pueden ser contadas con los dedos de las manos, y su lugar es terciario. Sólo un montaje cerca del final, donde se muestran muchas más figuras, da a entender que podría existir una nueva temporada o serie sobre ellas. Eso sería muy bueno, pero al menos en estos seis episodios esa es la verdadera deuda pendiente, más que países o nombres en particular.

Un detalle final viene de los dos entes más reflexivos de la serie completa. David Byrne es (casi) el único hablante anglosajón del documental y, sin embargo, sus declaraciones son más elocuentes y las que mejor resumen el panorama general del continente completo. Son los únicos espacios de unión real, junto con Soda Stereo y Gustavo Santaolalla, productor ejecutivo y piedra angular de múltiples escenas y discos fundamentales (y el más mencionado en la serie), desde Molotov hasta León Gieco, pasando por Jorge González, Julieta Venegas o La Vela Puerca. La presencia de Santaolalla es clave, pero el montaje descuida el equilibrio, generando un ruido innecesario que enloda al otro personaje que es capaz de trazar las líneas transversales de una historia que, fuera de esos dichos, se queda en polos separados, con evoluciones dispares. No hay que desconocer el trabajo arduo tras una miniserie como “Rompan Todo”, pero también vale la pena tener perspectiva respecto a cómo se aprovechan estos, los exiguos espacios que tiene la música en la plataforma que sea.


Título Original: Rompan Todoː La Historia del Rock en América Latina

Director: Picky Talarico

Duración: 295 minutos

Año: 2020

Plataforma: Netflix


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