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Mark Lanegan, treinta años desde las sombras

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La ilusión del bar oscuro donde el whisky se sirve seco, el aire que se respira emana sucio a partir de una humareda, donde la salida lateral tras la barra siempre da hacia un callejón sin luz, y en el que un libro o el jukebox son objetos inherentes en la distensión del parroquiano que se sienta por horas en una mesa, sólo en compañía de vasos que se van acumulando, termina emparejada casi irremediablemente con la figura que proyecta el crooner, el tipo de cantante que cursa su interpretación completa en la nostalgia a través de una grave tonalidad vocal.

MARK LANEGAN 01Desde luego, esta acepción no concierne a aquellos crooners clásicos que, en la impronta de artistas como Frank Sinatra, Tony Bennet o Nat King Cole, se desentendieron del concepto y, en muchos casos, se entregaron serviles a la burguesía musical en algún punto de sus carreras. No, la descripción apunta hacia quienes cambiaron las melodías estridentes de las big bands por la simpleza de una guitarra acústica, las historias sentimentales por la contingencia política, la sexualidad o la religión, y a quienes reemplazaron las voces engalanadas en un frac, por otras mucho más añejadas y aguardentosas en las posibilidades de un bajo-barítono; hablamos de Leonard Cohen en los 60, de Tom Waits en los 70, de Nick Cave en los 80, y de Mark Lanegan, hasta estos días vigente como el último gran crooner de la música entendida como un elemento transversal.

Es precisamente en la tapa del segundo disco como solista del nacido en Ellensburg, “Whiskey For The Holy Ghost” (1994), donde se puede advertir el muestrario más lóbrego de un músico que, en su enorme versatilidad, ha demostrado que la virtud de lo estacionario, es decir, el pleno inconfundible de un artista, puede quedar relegado bajo la búsqueda incandescente de nuevos sonidos, o en el plan reorganizador de una forma ya utilizada, como la que hace más de 30 años partiera en Screaming Trees. Con respecto a lo anterior, Lanegan ofreció una entrevista en enero de este año donde afirmaba que “nunca hay que decir nunca”, sobre la ocasión de reunir a los miembros de una banda que, sin ser un bastión dentro del grunge, ayudó a definir la escena como un movimiento que tiene su validez en lo coterráneo de sus actores, donde el compañerismo es la referencia, más que en la cercanía de sus propuestas: los riffs de Mudhoney no se parecen en nada a los de Pearl Jam, Mother Love Bone poco tiene que ver con Alice In Chains y, ciertamente, Screaming Trees se ubica en el otro extremo de lo hecho por Mark Lanegan en solitario, faceta que tiene al cantante desenvuelto en lugares que evocan la desolación de tiempos extraviados, en rincones donde la carraspera de su voz se puede asumir como el símbolo de una cadencia fúnebre que se niega a terminar la procesión particular de cada época, de cada disco, de cada una de sus canciones.

MARK LANEGAN - KURT COBAINMás allá de la consideración necesaria que se debe hacer sobre una banda como Screaming Trees, de la que bien se desprenden incontables pergaminos, la sola imagen de Lanegan se puede representar en las instancias críticas de una corriente formada por una generación de la que MTV se beneficiara hasta sus excedentes. En el álbum debut de Lanegan, “The Winding Sheet” (1990), el compositor incluyó una versión de “Where Did You Sleep Last Night” –parte del catálogo de Lead Belly, el legendario músico de blues y folklor norteamericano- que contaba con la colaboración de Krist Novoselic y Kurt Cobain, quienes, en sus propias palabras, fueron influenciados por la misma pieza dispuesta en la concepción de Lanegan para cerrar con toda espectacularidad, y para siempre, la historia discográfica de Nirvana por medio de su capítulo unplugged. Luego, en 1995, el cantante participó en la única producción de Mad Season, “Above”, significando aquel un segundo aire para un movimiento que parecía haber caducado el año anterior. Como postal de aquello, queda la intervención de Lanegan para la gema en vivo que editara la banda, “Live At The Moore” (1995), cuando el mismo apareciera en este icónico escenario como un fantasma de semblante seco, fumando impasible, para completar la parte solemne de la armonía vocal de “Long Gone Day” junto a Layne Staley. Es fundamentalmente en la actuación de Lanegan donde se constituye la propia consistencia de su percepción artística; quizás en el rol de un personaje que cumple con el canon del crooner moderno, quien se planta en un tablado sin darle importancia a nada más que su entonación, una que, por más doliente, termina aferrándose como un recuerdo indeleble en la memoria del que escucha.

Entendiendo lo anterior, se puede establecer con toda propiedad que Mark Lanegan trasciende mucho más allá en un género que desde su naturaleza fue bastardo, del que pocos quieren hacerse cargo fuera del romanticismo que engendrara en los 90, y que hoy todavía despierta nostalgia reflejo de la tertulia que existe en el bar de la esquina, donde los amigos y amigas hacen la diferencia generacional en función de las bandas que conocen; ahí es donde exactamente se encuentra la relevancia de un músico como el de Ellensburg quien, además, como dueño absoluto de sus MARK LANEGAN - QOTSAproyectos, se transforma en un mecenas para el tropel de Seattle, en la medida que fuera el único capaz de llevar un paralelo solvente entre su actividad como solista y lo practicado en Screaming Trees, cuando el grunge estuvo sobrexpuesto.

Pasado todo el glitter de la escuela impuesta en Washington, Lanegan comienza a colaborar en Queens Of The Stone Age, para llegar a figurar en el line up estelar de “Songs For The Deaf” (2002) –junto a Dave Grohl-, sin ser nunca un integrante oficial de la formación encabezada por Josh Homme. El anterior, trabajo ilustre de los nacidos desde las cenizas de Kyuss, una vez más marca un relieve en las características de Lanegan como cantante y compositor, siendo la contraparte ennegrecida de un disco que se mueve por cuerdas mucho más frenéticas y en donde la vocalización de Homme se encuentra en el otro margen con la de Lanegan; Mark sigue apostado en la sombra (aunque veamos su lado más festivo en el videoclip de “No One Knows”) bajo el alero de una banda que aún le sienta perfectamente.

Para 2004, con cinco álbumes editados en su carrera solo –cuyos antecedentes están sujetos básicamente en la misma espléndida sencillez fantasmal que partiera con “Mockingbirds” de “The Winding Sheet”-, se produce una inflexión en el sonido excluyente que patentara el músico. Con “Bubblegum” (2004), su placa de mayor éxito comercial, existe un vuelco que se distingue como un golpe a la cátedra, un puñal directo en aquel que sólo es exitoso en su zona de confort.

MARK LANEGAN - ISOBEL CAMPBELLEs en este punto también cuando Lanegan comienza su etapa más productiva en cuanto a contribuciones con otros artistas, destacando entre estas dos particularmente: el dúo mixto presentado junto a Isobel Campbell, y lo hecho con los ingleses de Soulsavers. Con la ex integrante de Belle & Sebastian se construye una de las mejores comuniones genéricas que nos haya entregado la música, estructurada en la complicidad que se forja a través de la delicada voz de Campbell, y el timbre siempre áspero de Lanegan. Mientras que en la banda fundada por el binomio compuesto por Rich Machin e Ian Glover, quienes apelan a letras que van desde lo esencialmente espiritual hasta lo sentidamente protestante –temas de los que igualmente Lanegan se haya hecho eco en sus trabajos anteriores-, la combinación es solidísima, toda vez que ambas partes coinciden en la misma vertiente: en tanto Lanegan se disfraza de un ministro negro que parece dirigir al coro de la iglesia que aplaude al compás del góspel, o saca a relucir su investidura más desmoralizada (“Broken”, 2010) , el equipo inglés se desintegra en melodías inequívocas para lo que pretenden expresar.

MARK LANEGAN 03En vísperas de la cuarta visita del cantante estadounidense a nuestro país –la primera tomando parte en The Gutter Twins-, la consigna se encuentra en “Phantom Radio” (2014), un noveno disco que extiende el concepto entregado en “Blues Funeral” (2012), siendo aquel otro notable ejercicio en el cambio de un paradigma que ocho años antes había sido aclamado en “Bubblegum”. Y es que Lanegan es así, incontenible en la búsqueda de nuevas lecturas que se ven sostenidas gracias a que el tipo tiene un bagaje que lo posiciona como un músico sin otro parangón más que él mismo, alguien que ha hecho prácticamente de todo en la escena sin sufrir el agotamiento de su estilo personal; apuntando hacia pasajes siniestrados como en “Praying Ground” (“Scraps At Midnight”, 1998), vagando en los recovecos del blues tabernario de “Low” (“Field Songs”, 2001), o escarbando en los remanentes del post punk para hacer “Harborview Hospital” (“Blues Funeral”), el esquema siempre es el mismo: en cuanto el cromado de los sonidos va cambiando, el oscuro estruendo vocal del último gran crooner del rock se mantiene inalterable.

Por Pablo Moya

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2 Comentarios

2 Comments

  1. Jaime Van Der Molen Sandoval

    18-May-2015 en 12:41 pm

    Excelente nota, un repaso bien inteligente de su carrera, espero con ansias mi primer encuentro con mi gran idolo.

  2. El Sémola

    26-May-2015 en 11:48 pm

    Loco, re buena columna. Yo creo que la mutación de su música es una necesidad algo así como espiritual. Para ponerlo como metáfora, pasa que a veces las cosas lentas pueden entenderse y armarse de manera más sólida: duele más una puñalada en el corazón que un disparo en la cabeza.(Nick Cave sigue dando pelea).
    Saludos!
    S.

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Chester Bennington y la nostalgia prematura

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Creo que la primera vez que escuché a Linkin Park fue dentro de una tanda de videoclips en MTV, con su canción más famosa, el sencillo “One Step Closer”. Su sonido era algo que jamás antes había escuchado en mis cortos doce años de vida, y no tardé en descubrir que eran parte de la nueva camada de bandas pertenecientes al nü metal, o como le decíamos en el colegio, el “Aggro”, estilo que comenzaba a dar sus primeros –y agigantados– pasos en el mainstream, llegando a dominar en poco tiempo los rankings mundiales, marcando la nueva tendencia del rock pesado en la orbe, tal como en su momento lo hizo el grunge, el heavy metal o el glam rock. Junto a nombres como Korn, Limp Bizkit, System Of A Down o Slipknot, Linkin Park se tomó al mundo por asalto, convirtiéndose en la banda más popular del nü metal. Su música estaba por todas partes.

A pesar de que, entre mis compañeros de curso, todos en plena adolescencia, nos decantábamos por bandas “true”, que siempre eran las más “rudas”, pesadas y oscuras de la escena, tales como Mudvayne o Coal Chamber, nos era imposible marginarnos del coro colectivo cuando canciones como “Numb”, “Somewhere I Belong” o “In The End” eran reproducidas por algún parlante durante los recreos en el colegio. Y es que esa es la gran virtud de Linkin Park: con riffs pegajosos, sintetizadores repartiendo scratches por doquier, rapeos fáciles de memorizar y las efectivas líricas despachadas por el vozarrón de Chester Bennington, dan a luz una serie de cortes que se instalaron en nuestra memoria como verdaderos himnos de una generación. Por gusto, repetición o simple resignación, Linkin Park se convirtió en parte de la banda sonora de todos los que crecimos durante la primera década de este milenio, en parte de los recuerdos de quienes hoy despiden a uno de sus integrantes clave.

La sensación es extraña. Anoche, en el trayecto a casa, me puse a escuchar un mix de los californianos. Sin ser fanático de la banda, pude cantar cada una de las canciones que aparecieron en la lista, incluidas algunas de sus últimos discos e, inevitablemente, retrocedí en el tiempo a mis años de adolescente, dejándome envolver por la nostalgia y la tristeza. Es raro porque, comparándola con otra pérdida reciente, como la de Chris Cornell, donde el sufrimiento se dejó sentir con mayor pesadumbre en generaciones adultas, este dolor era propio y de mis pares también. Mientras el ex vocalista de Soundgarden había realizado una carrera prolífica y ya había alcanzado el estatus de leyenda, Chester Bennington todavía iba labrando su camino. Con esto en cuenta, me fue inevitable pensar: “¡No tengo ni 30 años, y ya estoy presenciando la muerte de uno de mis ídolos de juventud!”. Fácilmente me imaginaba viendo un concierto de Linkin Park en unos veinte años más, quizás acompañado de mis amigos de infancia, o incluso de un hijo o hija, tal como he podido observar que ocurre en conciertos de grupos legendarios como Metallica o Guns N´ Roses. Pero esto ya no será así, a menos que la banda decida seguir adelante, pero bien saben los fanáticos de Alice in Chains que eso nunca será lo mismo.

La muerte de Chester Bennington es un golpe para una generación que aún es muy joven para sentir nostalgia, pero que hoy llora de manera masiva a uno de sus ídolos. Insisto, la sensación es extraña y, en lo personal, el luto no es sólo por la pérdida física del malogrado cantante, sino que también por los recuerdos que fueron teñidos por su potente voz. Sean cuales sean las razones que tuviste para tomar la decisión que tomaste, descansa en paz, Chester Bennington.

Por Sebastián Zumelzu

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