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Los 40 años de The Slider de T.Rex

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Mucho se habla del glam rock y sus principal precursor, David Bowie. Pero a veces, el mundo se olvida de otro de sus grandes genios, que traspasó la historia de la música con su influencia y sus creaciones. Hablamos de Marc Bolan, el genio detrás de T.Rex. Hoy es imposible no revisitar el icónico disco “The Slider” (1972), que cumple 40 años en los oídos de los amantes de la música, y que ha inspirado a tantos otros a versionar sus canciones, y tomar sus sonidos.

Del folk al rock

Hasta 1972 T.Rex era una banda folk rock que gozaba de una tibia fama en el Reino Unido. Tenían una tribuna en la cual recibían apoyo de distintos medios, incluyendo el influyente John Peel. Pero entre el alejamiento de tres de sus integrantes fundadores y un desfile de músicos de apoyo, T.Rex evolucionó como uno de los puntales del glam rock, con un sonido que nació únicamente en el cerebro de Marc Bolan, y que fue amoldando a su conveniencia.

Desde que había cambiado desde Tyrannosaurus Rex a T.Rex, ya habían pasado cuatro discos marcados por el sonido folk, y en 1972 ya se había escuchado los restos de un sonido más bien acústico, pero con evidentes influencias de la psicodelia, que terminaría por dar los primeros tintes de sonidos más característicos del glam rock. Y es así como en sus dos primeros discos como T.Rex, el homónimo de 1970 y “Electric Warrior” de 1971, Marco Bolan diseñó un sonido que sería fundamental en la historia de la música. El ambiente detonado por la “Golden Age” de Inglaterra, y el ímpetu por la creación, que detonó que las escuelas de arte se vieran abultadas con nuevos talentos, hizo de las influencias espaciales que llegaban a los artistas estuviesen llenas de colores, ironía, sensualidad y, por primera vez en años, alejada a la crítica social que dejó la década del sesenta.

La foto y los sencillos

En marzo de 1972, Bolan había entrado nuevamente a grabar, por tercer año seguido. El productor de dichas grabaciones fue Tony Visconti, un norteamericano con un currículum de temer. Entre su trabajo cuenta la mayor parte de la discografía de David Bowie y T.Rex, como también producciones hechas para Iggy Pop, Paul McCartney y más recientemente Morrissey.

La portada del disco fue una fotografía de Marc Bolan tomada por Ringo Starr, quien estaba filmando un documental, pero hasta el día de hoy Victonti también reclama parte de esos créditos.

El disco, que fue grabado en París, estuvo listo para salir a la venta en sólo cinco meses, y esta vez venía con un sonido completamente consolidado. Tanto, que el trabajo recibió críticas casi perfectas de distintos medios, y rápidamente escaló peldaños en los rankings ingleses llegando al número uno, y trepó hasta el número diecisiete de la Billboard. Los dos singles oficiales del disco, fueron la enérgica “Telegram Sam” y la aún más melódica “Metal Guru”.

El disco

“The Slider” es un disco lleno de sensualidad, que llega al borde del erotismo creado por las cuerdas vocales de Bolan. El inicio es con “Metal Guru” y sus coros característicos que buscan el hedonismo casi explícito en sus alaridos. Es una amalgama de sonidos pop digeribles con los conceptos más familiares del glam rock.

Mucho de este estilo, tiene que ver con el lado más sensible de los músicos, que es directamente proporcional a la sexualidad de las letras y sus sonidos. Y en “Mystic Lady”, tanto como en la mayor parte del disco, instrumentalmente intenta pasar desapercibido como una base de guitarras acústicas, enredadas con la ágil línea melódica de bajo, y con percusiones que aún arrastraban los sonidos más sicodélicos de los 60’s. Pero el plan de levantar el mensaje vocal por sobre el instrumental, lleva una sinuosa doble lectura –o doble escucha-, donde cada sonido demuestra la exquisita sencillez de la producción.

Con “Rock On”, se pronuncia el arty rock en su máxima expresión, con la guitarra de Bolan en un insinuante solo. El erotismo vuelve en distintas ocasiones con “Bobby Boomerang” y “Rabbit Fighter”.

Y si hablamos de erotismo, y de arty rock, también tenemos que decir que un tercer predominante del disco son las baladas más melancólicas, como sucede  con “Spaceball Ricochet” y su sonido que suena a la pre historia de la banda, o con “Main Man”, que resulta una excelente balada romántica. Pero es con “Ballrooms Of Mars”, que encuentran el lado más desgarrador del disco, con guitarra acústica y eléctrica siguiendo un rasgueo emocional, y la voz de Bolan casi quebradiza. De seguro uno de los mejores momentos del disco.

La locura del arty rock, se desenvuelve en varios episodios de “The Slider”. Partiendo por la canción que le da el nombre al disco, y que lleva la batería por primera vez arriba de toda la mezcla. Riffs peligrosos y un Bolan que trata de llegar a lo más profundo de su registro. Al contrario de lo que pasa con “Buick Mackane”, donde la energía es mayor, la guitarra más ensordecedora, y el crash y el hi-hat son más enérgicos. A Marc Bolan sí que le gustaba hacer dúo entre su voz y su guitarra. ¿Para qué tener dos líneas melódicas entrecruzándose en medio de distintas figuras y tener una sincronía desbordante?

Y así llegamos a “Telegram Sam”, quizás una de las canciones más conocidas de todo el repertorio de T.Rex. Un tema boogie, que juega en todo momento con un característico riff de guitarra, tímidas segundas voces, y una orquestación completa, que incluye cuerdas frotadas y en pizzicato, pasando por los bronces y percusiones. Si alguien quisiera buscar una canción hímnica para estos años, “Telegram Sam” sería una buena opción, que llega al punto del pop barroco.

“Babby Strange” se atreve de nuevo con el boogie, y “Chariot Choogle” nos recuerda levemente a lo que sucedía en esa época con bandas como Led Zeppelin. Sonidos más pesados, y los irrenunciables coros de falsetes de Bolan.

Es obvio que a 40 años de su creación, “The Slider” es un disco fundamental en la historia del glam rock, así como Marc Bolan es un músico importantísimo de la historia de la música. Es por esto que no es una casualidad que en un mismo año, dos discos como “The Slider” y “The Rise And Fall Of Ziggy Stardust And The Spiders From Mars” de David Bowie, hayan visto la luz con sólo meses de diferencia.

Al menos el sonido de T.Rex ha seguido vivo, si no, habría sólo que preguntarle a todos los artistas que alguna vez han demostrado o mencionado a T.Rex como uno de sus mentores. La lista es larga, Bauhaus, Def Lepard, Yo La Tengo, Placebo, The Replacements, The Flaming Lips, The Shins, Blondie, Violent Femmes, Morrissey, etc. Lástima que Marc Bolan no vivió lo suficiente para ver su legado.

Tracklist:

  1. Metal Guru
  2. Mystic Lady
  3. Rock On
  4. The Slider
  5. Baby Boomerang
  6. Spaceball Ricochet
  7. Buick Mackane
  8. Telegram Sam
  9. Rabbit Fighter
  10. Baby Strange
  11. Ballrooms of Mars
  12. Chariot Choogle
  13. Main Man

Por Pamela Cortés

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Chester Bennington y la nostalgia prematura

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Creo que la primera vez que escuché a Linkin Park fue dentro de una tanda de videoclips en MTV, con su canción más famosa, el sencillo “One Step Closer”. Su sonido era algo que jamás antes había escuchado en mis cortos doce años de vida, y no tardé en descubrir que eran parte de la nueva camada de bandas pertenecientes al nü metal, o como le decíamos en el colegio, el “Aggro”, estilo que comenzaba a dar sus primeros –y agigantados– pasos en el mainstream, llegando a dominar en poco tiempo los rankings mundiales, marcando la nueva tendencia del rock pesado en la orbe, tal como en su momento lo hizo el grunge, el heavy metal o el glam rock. Junto a nombres como Korn, Limp Bizkit, System Of A Down o Slipknot, Linkin Park se tomó al mundo por asalto, convirtiéndose en la banda más popular del nü metal. Su música estaba por todas partes.

A pesar de que, entre mis compañeros de curso, todos en plena adolescencia, nos decantábamos por bandas “true”, que siempre eran las más “rudas”, pesadas y oscuras de la escena, tales como Mudvayne o Coal Chamber, nos era imposible marginarnos del coro colectivo cuando canciones como “Numb”, “Somewhere I Belong” o “In The End” eran reproducidas por algún parlante durante los recreos en el colegio. Y es que esa es la gran virtud de Linkin Park: con riffs pegajosos, sintetizadores repartiendo scratches por doquier, rapeos fáciles de memorizar y las efectivas líricas despachadas por el vozarrón de Chester Bennington, dan a luz una serie de cortes que se instalaron en nuestra memoria como verdaderos himnos de una generación. Por gusto, repetición o simple resignación, Linkin Park se convirtió en parte de la banda sonora de todos los que crecimos durante la primera década de este milenio, en parte de los recuerdos de quienes hoy despiden a uno de sus integrantes clave.

La sensación es extraña. Anoche, en el trayecto a casa, me puse a escuchar un mix de los californianos. Sin ser fanático de la banda, pude cantar cada una de las canciones que aparecieron en la lista, incluidas algunas de sus últimos discos e, inevitablemente, retrocedí en el tiempo a mis años de adolescente, dejándome envolver por la nostalgia y la tristeza. Es raro porque, comparándola con otra pérdida reciente, como la de Chris Cornell, donde el sufrimiento se dejó sentir con mayor pesadumbre en generaciones adultas, este dolor era propio y de mis pares también. Mientras el ex vocalista de Soundgarden había realizado una carrera prolífica y ya había alcanzado el estatus de leyenda, Chester Bennington todavía iba labrando su camino. Con esto en cuenta, me fue inevitable pensar: “¡No tengo ni 30 años, y ya estoy presenciando la muerte de uno de mis ídolos de juventud!”. Fácilmente me imaginaba viendo un concierto de Linkin Park en unos veinte años más, quizás acompañado de mis amigos de infancia, o incluso de un hijo o hija, tal como he podido observar que ocurre en conciertos de grupos legendarios como Metallica o Guns N´ Roses. Pero esto ya no será así, a menos que la banda decida seguir adelante, pero bien saben los fanáticos de Alice in Chains que eso nunca será lo mismo.

La muerte de Chester Bennington es un golpe para una generación que aún es muy joven para sentir nostalgia, pero que hoy llora de manera masiva a uno de sus ídolos. Insisto, la sensación es extraña y, en lo personal, el luto no es sólo por la pérdida física del malogrado cantante, sino que también por los recuerdos que fueron teñidos por su potente voz. Sean cuales sean las razones que tuviste para tomar la decisión que tomaste, descansa en paz, Chester Bennington.

Por Sebastián Zumelzu

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