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La dicotomía vital de Opeth

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La visita de Opeth a Chile el próximo 17 de julio pondrá de manifiesto varios aspectos interesantes. De partida están los obvios, como su innegable vigencia y el arrastre que tienen por estas tierras. También que dicho concierto –de no mediar algún percance- exorbitará talento musical, al igual que las otras veces que han venido. No obstante, hay elementos no tan evidentes que salen a la luz a medida que tal día se acerca y que dicen relación con el significado de Opeth para sus oyentes, aspecto que ciertamente traspasa estas fronteras.

OPETH 01Si uno desea adentrarse siempre en la peligrosa maraña conceptual de la esencia de un artista (o de su arte), es preciso antes dejar establecido que se trata de aspectos subjetivos, que incluso no dependen de la razón, o de lo contrario sería ciencia. Hecha la aclaración, podemos señalar que, si hay un eje clave por el cual se construye la música de los suecos, esa es la dualidad. Mitad death metal, mitad melódicos, desde sus inicios no escondieron la seducción que les provocaba aquella mezcla entre lo más pesado y lo más limpio. Pero eso es sólo la parte visible de su teleología. En el fondo, Opeth es una banda orgánica, humana y que se arrastra por los vaivenes de la vitalidad, lo cual conlleva azares y vicisitudes que un público lleno de categorizaciones –como el metalero- a veces no entiende.

En efecto, en nuestras relaciones sociales, estamos obligados a etiquetar, a definir y a envasar personas, cosas y, cómo no, la música. “Él es padre”, “él es médico”, “ella es periodista”, “es bueno”, “es malo”, etcétera, olvidándonos que eso son sólo aspectos aislados de un humano. Todo aquello forma parte de un único modelo de interrelacionarnos con el mundo a través de juicios de diversos tipos. Incluso el hecho de intentar ir sin prejuicios, ya es en sí un juicio pre-constituido. Esas contradicciones también las reflejamos en el arte que nos llena, y particularmente en el que nos convoca acá: la música. Mikael Åkerfeldt, líder indiscutido, cerebro y gestor de Opeth, lo sabe, y deja que eso salga naturalmente. En ese orden de cosas, los suecos son una constante contradicción. No es posible que en un mundo cosificado y definido coexistan elementos tan disonantes entre sí como “Demon Of The Fall” del majestuoso “My Arms, Your Hearse” (1998), y “Goblin” de su último trabajo “Pale Communion” (2014). Sin embargo, lo hacen, y muy bien. Eso es tremendamente vital, pero también arriesgado si se considera que el público más extremo tiene bases más ortodoxas.

OPETH 02En lo anterior, hay un camino recorrido a lo largo de los años que comenzó con “Orchid” (1995), trayecto que se puede asimilar a las conversiones del espíritu nietzscheano: en sus inicios, la agrupación acarreaba la pesada carga de ser una banda death metal algo rara, con esas mezcolanzas eclécticas que, ejecutadas con brillantez absoluta, les otorgó el reconocimiento de la crítica, principalmente con “Still Life” (1999). Luego vino la época de la madurez compositiva y, con ello, liberarse del gravamen de ser los anómalos del estilo. Una etapa leonina, que buscó cosechar el éxito obtenido con “Ghost Reveries” (2005) sellando un acuerdo con Roadrunner Records, que les permitiría hacerse conocidos por un  mayor número de fans. Finalmente, decidieron asumir su vitalidad creadora más genuina a través de sus últimos dos álbumes, que ya no contienen metal, sino que un gran rock progresivo o como sea que le llame cada uno. Tal sucesión de eventos se parecen en mucho al trayecto de un ser humano y que denominamos vida. Opeth es eso, vida musical, vida por el arte, en el sentido más amplio de la palabra, y por eso también de un alcance que no lograremos comprender.

Pero por más que hoy la agrupación haya dejado de lado los elementos más agresivos, la dicotomía en su seno aún se vislumbra. Los vaivenes entre la elegancia y la melancolía son constantes (“Eternal Rain Will Come”), así como también la introducción de sonidos ambientales (“Haxprocess”) y el revival de los fructíferos años 70 (“The Lines In My Hand”), que buscan emparentar a Opeth con bandas que hace diez años hubiésemos imaginado como polos opuestos. En la actualidad, este conjunto tiene más conexión con Yes o Emerson, Lake & Palmer, que con Bloodbath. La confusión puede ser extrema, entonces, ¿cómo conocer a Opeth? O mejor dicho, ¿qué es Opeth? Quien se aventure con alguna respuesta, puede sonar pretencioso o simplista: puede ser una banda de death metal brutal, con temas como “Serenity Painted Death” o “Wreath”, como también un grupo que cultiva un progresivo elegante (“The Devil’s Orchard”). Todas las respuestas son erradas y correctas a la vez, OPETH 03pues dar una equivaldría a decir si un ser humano es bueno o malo en términos absolutos, lo cual es reduccionista y, por ende, errado. Todos somos capaces de ser acreedores de las mejores virtudes y al mismo tiempo los autores de los hechos más deleznables. El axioma es que la naturaleza no es definible, y Opeth, en el plano artístico, busca ser lo más natural posible. Prueba de ello es simplemente escuchar “Blackwater Park” (2001) –por lejos su trabajo más fino- y dejarse llevar por las luces y sombras que aportan los riffs evocadores de los fríos nórdicos, con sus melancolías y brutalidades aparejadas, ídem al proceso que se desenvuelve entre el nacimiento y la muerte.

Por eso, quizás lo más interesante de esta nueva visita de Opeth a nuestro país –más allá del show- será que, como pocas veces, tendremos la oportunidad de escuchar y presenciar a artistas que a través de sus canciones buscan traspasar la praxis del vivir, aunque eso sea imposible, una quimera. Y es que en estos tiempos de certezas, de orden sistematizado, en el que las contradicciones no van con la línea de producción alienante de lo que llamamos “vida ejemplar”, el recital de Opeth será una experiencia de primera fuente, para mirarnos a nosotros mismos en el espejo fantástico que canciones como “Harvest” o “Forest Of October” recrearán fictamente. Ese día, entonces, mientras la banda toque, será un imperativo hacer nuestra la frase de Flaubert: “ama al arte, porque entre todas las mentiras, es la más verdadera.”

Por Pablo Cañón

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2 Comentarios

2 Comments

  1. UnReal (@MenteIrreal)

    23-Jun-2015 en 4:56 pm

    Buena nota, comparto bastante de lo escrito, será primera vez que los veré, por lo que puro quiero que llegue ese día.

  2. handdress

    10-Jul-2015 en 12:47 pm

    Concuerdo con la idea de que Opeth evoluciona y crece como la vida misma. Su música suena/crece como quien ha vivido grandes pesares ha acariciado la belleza de la tranquilidad y, con este crecimiento, aparece la nostalgia de lo que ya fue.

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Patti Smith, una mujer trascendental

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Patti Smith

Quién hubiese imaginado que el debut de Patti Smith en Chile estaría enmarcado en tiempos tan convulsionados. Desde mediados de octubre, el denominado estallido social se ha tomado los espacios públicos para exigir dignidad como demanda fundamental, luego de años sometidos a una normalidad impuesta. A poco tiempo de cumplirse un mes de movilizaciones, las calles dan cuenta de emocionantes muestras de apoyo mutuo, como también de los horrores cometidos por una autoridad necia e indolente.

En un contexto tan intenso, resulta difícil escribir desde la vitrina del “entretenimiento”. Sin embargo, en el caso del esperado debut de Smith la ebullición generalizada está lejos de ser contraproducente. La “madrina del punk” es de aquellas figuras que hacen música mediante una óptica militante y activista, pero también muy personal. Aprovechando las coincidencias, hoy se da la oportunidad perfecta para preguntarnos qué tan significativo es su visita, precisamente, en medio de un estallido social.

Luego de la multitudinaria convocatoria durante las protestas del 25 de octubre –que solamente en Plaza Italia registró una cifra histórica de un millón doscientas mil personas­–, los ojos del mundo se enteraron de lo que está ocurriendo en Chile; artistas de todo el mundo solidarizaron con la causa, enviando mensajes de aliento y solidaridad. Por su parte, Patti Smith compartía en su cuenta de Instagram lo siguiente: “Este es el reino del coraje, el reino de la convicción, el reino de la unidad. Un millón de personas en Santiago de Chile. Llamando a la igualdad. Pidiendo responsabilidad al gobierno. Llamando a un Chile tan unificado como ellos, tomándose las calles. Este es el reino de los ciudadanos activistas, quienes están siendo vistos y oídos por el mundo. Mostrándonos a todos cómo el pueblo tiene el poder”. La fuerza de aquellas palabras no son un hecho casual, sino que dan cuenta de un interés permanente por el empoderamiento social a lo largo de su carrera.

A principios de los 2000, Patti Smith participó activamente en la campaña de Ralph Nader, candidato presidencial por el Partido Verde de Estados Unidos. Por aquellos años, también realizó una ferviente oposición a la administración de George W. Bush, recorriendo el país en una serie de protestas en rechazo a la guerra de Irak. Dicho activismo cobra más sentido aún si consideramos su enorme importancia dentro del panorama estrictamente musical, donde se consigna como una de las mayores figuras del empoderamiento femenino en el rock, cobrando una trascendencia que abarca más de cuatro décadas de historia.

El puntapié de una carrera única comienza a sus 28 años. Patricia Lee Smith deja el anonimato con “Horses” (1975), una obra trascendental y rupturista en muchos aspectos. Partiendo por su icónica portada –del fotógrafo Robert Mapplethorpe–, Patti Smith quiebra los cánones de género tradicionales como su primer manifiesto. Mediante un retrato que juega con el androginismo, la artista declara su subversión a una escena rock dominada por hombres y relatos primordialmente machistas. Valiéndose de la poesía beat como principal herramienta, abre el álbum recitando: “Jesús murió por los pecados de alguien, pero no por los míos”; la osadía de sus palabras marca otro cambio de paradigma, el que se desprende de la mirada autocomplaciente de finales de los sesenta y abre un camino nuevo de manera imprevista. Debido a su carácter vanguardista, Patti Smith se gana el apodo de “madrina del punk”, participando activamente en el club CBGB, epicentro y caldo de cultivo de dicho movimiento.

Junto a su espíritu precursor, Patti Smith se caracteriza por transitar constantemente entre la música y la literatura. Siendo fanática de William Blake desde su adolescencia, Smith se ampara en la poesía como su primer territorio creativo. Autores tales como Sylvia Plath y Arthur Rimbaud complementan sus principales influencias literarias. En dicho terreno, la artista es una reconocida seguidora del trabajo de Roberto Bolaño; tanto así, que, junto a su debut en Santiago, participará en una cátedra en homenaje al novelista. En este espacio híbrido es que Patti Smith sigue la ruta de grandes cantautores norteamericanos, entre ellos Bob Dylan, con quien ha desarrollado una fuerte relación de admiración y amistad.

La cita de este 18 de noviembre en el Teatro Caupolicán ofrece la oportunidad de apreciar en carne viva la fuerza de una mujer trascendental en muchos niveles. Para quienes encontramos en la música el refugio e incentivo para resistir a tiempos desafortunados, las palabras de Patti Smith llegan en el momento preciso. Por mera casualidad, se da la ocasión para cobrar fuerzas y compartir con una artista que ha levantado la audacia como principio esencial para derribar paradigmas; una actitud que va en sintonía con el espíritu de una protesta que no pide permisos y exige cambios estructurales. No hay mejor ocasión que esta para el debut de la “madrina del punk”, en tiempos donde le mostramos al mundo cómo es que el pueblo tiene el poder.

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