Hasta siempre, Chris Cornell

viernes, 19 de mayo de 2017 | 1:00 am | Comentarios (1)
Hasta siempre, Chris Cornell

Una voz para la eternidad

Por Manuel Cabrales

Parece difícil de creer, pero es una realidad: a la edad de 52 años el gran Chris Cornell ha dejado este mundo. Resulta casi imposible encontrar las palabras precisas para describir la importante influencia que el músico oriundo de Seattle marcó en toda una generación. Desde su trabajo con Soundgarden o Audioslave, hasta una fructuosa etapa solista, Cornell tuvo de todo para ofrecer en un compendio de canciones imborrables, esas que perduran imbatibles al paso del tiempo. En un momento así no hay espacio para balances, tampoco para evaluar la innegable calidad artística que poseía; ahora sólo se puede pensar en lo incierta que es la vida y en cómo estamos viviendo una etapa donde nuestros ídolos poco a poco comenzarán a dejar este mundo.

Cornell fue uno de esos artistas que trascienden diferentes generaciones con su trabajo, ese selecto grupo que posee canciones capaces de acompañarte en los momentos más difíciles, así como los más felices de la vida. La voz de Cornell fue, es y será para eso: expresar la rabia y la desolación, para liberarnos y gritarle al mundo todo lo que sentimos. No queda más que agradecerle por todo lo que recalcaron sus composiciones en nuestras vidas. No importa si conocen a Cornell hace 20 años o hace 20 minutos, lo único que importa es que lo escuchen, que lo recuerden y que hagan sonar sus canciones más fuerte que nunca. Se apagó una de las voces más importantes del rock, pero eso es algo sólo posible en lo terrenal, ya que es nuestra tarea mantener su llama viva para las generaciones futuras, esas que no contarán con el privilegio que tuvimos nosotros de vivir en el mismo mundo que Chris Cornell.

La despedida de un viejo amigo

Por Carolina Velásquez

A veces la música puede generar lazos tan fuertes. Lazos humanos que no creeríamos posibles con personas que están más allá de nuestro círculo más cercano; familia, amigos, compañeros. Personas sin las cuales nos es difícil imaginar nuestras vidas. Chris Cornell fue artífice de uno de aquellos lazos que muchos compartimos con la música y que ahora nos transmite un sentimiento de abandono; ese sentimiento que nos deja su partida.

Algunos aún éramos mocosos cuando salía Superunknown (1994), por lo que “Black Hole Sun” fue uno de los primeros referentes que tuvimos de Soundgarden, canción insignia que gatilló en muchos de nosotros la necesidad de intrusear en el grunge y derivados. Recuerdo estar sentada junto a la radio esperando a que sonara esta canción. Esa época tan bonita en la que uno se emocionaba genuinamente cuando, pasando de emisora en emisora, aparecía ese tema que tanto nos gustaba.

Con el tiempo, algunos nos enamoramos de Cornell y sus proyectos, de su versatilidad, de su capacidad de transmitir sentimientos a través de sus letras y de la infinidad de atmósferas que evocan los arreglos instrumentales que le acompañaban.

Chris nos ha dejado y la pena nos acosará cada vez que algo nos lo recuerde, pero también nos ha dejado un gran legado, uno que lo mantendrá eterno mientras lo escuchemos. Esto no es un adiós, es un hasta siempre, viejo amigo.

La lluvia más negra

Por Manuel Toledo-Campos

Cornell tenía una voz bella, tal vez demasiado bonita para lo que se creyó de inmediato que era el grunge. El mayor riesgo de estar viviendo una era histórica es la falta de perspectiva, y a veces muchos meten en iguales sacos a diferentes seres humanos. Chris Cornell no era un grunge promedio, porque en realidad eso no existía. En vez de calzar con un prototipo, él era cantante, frontman y rockstar en la época donde esas nociones se negaban a existir. Lo importante era la canción y, en medio de esa neblina de guitarras afiladas y rabia contenida, Cornell se escuchaba fuerte y claro. Muy claro.

Lo que más me pegó de su forma de cantar era lo depositario que era de Jeff Buckley. Al tiempo después supe que era un fan acérrimo y, siendo un contemporáneo, se develaba un desprendimiento del ego que no cuaja con lo que usualmente muchos (artistas y fans) consideran que es el rock. Ese mismo ego caía cuando, en vez de obcecarse en un afán solista creyéndose todopoderoso, prefirió pedir ayuda, y a los que él pensaba que eran los mejores. “Euphoria Morning” tenía el sello de Alain Johannes y Natasha Shneider, esa suciedad, esa turbiedad, esa meseta de sonido, junto a la belleza de un Cornell que, año que pasaba, año que pulía más su registro vocal.

Aunque con Audioslave volvió al hardrock, lo que más demuestra lo desprejuiciado que era Cornell fue su affair con el pop más pop, más plástico, y más terrible, incluso. Muchísima gente odia “Scream” (2009), ese disco que armó con Timbaland y que, hasta el último momento, Chris creyó que fue incomprendido. Para él, el álbum consiguió su objetivo de llevarlo a otros límites de la creación, e incluso lo comparó con Pink Floyd. Más que una ilusión exagerada, eso indicaba el grado de complicidad de Chris con su obra y cómo él no se podía separar de ella.

El dolor de su partida va más allá de su legado, sino que de lo que él representaba para el rock más tradicional, ese que muchas veces cae en la discriminación a otras corrientes sonoras y, por qué no decirlo, también a las mujeres. Cornell trabajó con muchas mujeres y él mismo trataba de honrar a los grandes del glam que veían en lo femenino un ente de belleza y equilibrio artístico mucho más edificante que la mera imagen de macho recio. Sin prejuicios, sin límites, sin egoísmos es que Chris Cornell tendrá un lugar importante en la historia de la música, uno en los corazones de cientos de millones de fanáticos de la música, y en ese recuerdo es que vivirá incluso en la lluvia más negra.

Yo odiaba a Chris Cornell

Por Sebastián Zumelzu

Yo odiaba a Chris Cornell, incluso si dentro de mi grupo de amigos del colegio el músico era un referente en toda regla. La verdad es que todo lo que concernía al grunge me causaba cierto rechazo durante esa época, más que nada porque consideraba que gran parte de los que lo escuchaban lo hacían por pura moda. Irónicamente, yo me inclinaba más hacia los sonidos del metal, donde los poseros abundaban.

Era adolescente, y en ese tiempo las rivalidades musicales eran pan de cada día; decir que te gustaba una banda o estilo en particular, era una declaración de principios. Yo odiaba al grunge y, sobre todo, a Chris Cornell por ser uno de los exponentes máximos del movimiento. Más encima, en ese tiempo lanzó el nefasto “Scream” (2009), álbum que recibió el repudio de casi todo el planeta y que hacían del virtuoso vocalista de Soundgarden un mamarracho canturreando sobre pistas de reggaeton. En esos días festiné mofándome de mis amigos que no podían creer que su ídolo pudiera caer tan bajo. Fueron buenos días.

Odiaba a Chris Cornell, y durante ese mismo año lo pude ver en vivo por primera vez en el marco del tremendo Pepsi Fest que se realizó en el Movistar Arena, promocionando justamente “Scream”, y donde compartió cartel con Mike Patton, que volvía a Chile girando junto al trío italiano Zu. Yo iba por Patton y me quedé al show de Cornell para ver con mis propios ojos por qué tanta devoción por el tipo. En más de tres horas, en un show que no terminaba nunca, el norteamericano lo tocó todo, excepto mi corazón. Todavía recuerdo cuando, con mi amigo de la universidad que me acompañó en esa oportunidad, nos retirábamos del recinto para luego volver corriendo, porque al perla se le había ocurrido salir a tocar otra canción. Hicimos eso unas tres veces y volvíamos sólo porque las entradas nos habían costado muy caras y queríamos hacer valer nuestra plata.

Juré no volver a ver a Cornell nunca más después de esa noche, aunque camino a mi casa no podía dejar de cantar en mi cabeza “That bitch ain’t a part of me, no that bitch ain’t a part of me“, el infame coro de “Part Of Me”, el flamante sencillo de “Scream”. Años después lo ignoré completamente cuando presentó su set acústico en la segunda edición de Maquinaria Festival, porque estaba apostado frente al escenario donde más tarde Faith No More tocaría íntegramente el álbum “King For A Day… Fool For A Lifetime”. A lo lejos pude escuchar algo de la voz y la guitarra de Cornell deseando que terminara lo antes posible, aunque igual canté “Like A Stone” y me dio lata que no tocara algo de “Scream”, a esas alturas mi placer culpable.

Formando ya parte de HumoNegro, volví a hacerle la vista gorda cuando decidí ir a cubrir a New Order en vez de Soundgarden en su histórica actuación en Lollapalooza Chile 2014, y vi su show a medias cuando nos dieron la oportunidad de ir a reportear el festival a Brasil. Pero algo me quedó dando vueltas después de haber escuchado “Black Hole Sun” en vivo -una de las pocas canciones del grupo que “dejé” que me gustara- en Sao Paulo. Verlo elevar la guitarra y desgarrar su voz en frente de la muchedumbre me reveló el poder de Cornell, no sólo como músico, sino como un verdadero icono del rock, dueño de una energía única y sobrecogedora. Fue un momento potente. Con esa postal en la cabeza, y mientras buscaba una buena ubicación para ver a Muse, quienes cerraban la noche y eran el foco del final de nuestro reporte, no podía dejar de pensar que me perdía un hito musical importante. Ya no odiaba tanto a Chris Cornell.

Para sus últimos tres shows en la capital, los que realizó el año pasado en el Teatro Municipal, deseché la oportunidad de asistir para dar prioridad a otros recitales, pero, a pesar de que mi animadversión -que ya era pura pose- seguía vigente, el deseo de poder volver a ver en concierto al laureado músico ya era una idea que se me había instalado en la cabeza. “Cuando vuelva Soundgarden a Chile, ahí estaré”, me prometí.

Ayer en la mañana desperté y ver la publicación en HumoNegro anunciando la lamentable noticia me provocó una pena extraña. De pronto reviví la imagen capturada en Brasil y todas aquellas que pasaron frente a mí durante sus presentaciones. Tenerlo a tan sólo metros cantando con mucho sentimiento “Billie Jean” de Michael Jackson en el Movistar Arena, o cuando bajó del escenario a barricada y mi amigo le extendió la mano, recibiendo del cantante de vuelta sumada a su amable sonrisa. También la silueta iluminada en medio del gran escenario del Club Hípico mientras tocaba “Imagine” de John Lennon. O cuando escuché, sentado en los pastos del Parque O’ Higgins, después de la presentación de New Order en Lollapalooza, “Slaves & Bulldozers” en el catártico cierre del único show que ofrecieron los estadounidenses en nuestro país.

Tratando de plasmar estas palabras, me escuché completo “Scream”. Sigo encontrándolo una mala broma, pero me lo sé de memoria, y debe ser el único disco de Cornell -o de cualquiera de sus otros proyectos- con el que me pasa eso. De culpas nada, he de admitir que me gusta, así como también he de admitir que, revisando su discografía, no puedo hacer más que renegar de mi odio antojadizo por su figura y aceptar con resignación que ya no tendré la posibilidad de escucharlo en vivo. El hombre está muerto, es cierto, pero el ídolo que se me reveló esa noche en la gran ciudad brasileña vive en los discos que alguna vez me negué a escuchar, y que hoy, con pesar y tristeza, pretendo comenzar a descubrir.

Yo odiaba a Chris Cornell, y espero que, dónde sea que esté, pueda perdonarme. Un abrazo al más allá.

La Última Luz Restante

Por Pablo Moya

En su último disco publicado, el maravilloso “Higher Truth” de 2015, Chris Cornell cantaba: “Con otra cara / Y otro nombre / No hay más sufrimiento” (“Through The Window”), con un color vocal que evocaba la hermosa y doliente melancolía que el nacido en Seattle hizo tan patente en sus trabajos de corte acústico/reposado sobre su carrera como solista; esa que en canciones como “Sunshower” -parte del soundtrack de la película “Great Expectations” (1998)-, “Sweet Euphoria”, “Preaching The End Of The World” o “Silence The Voices” recogió nuestras almas y nos hizo pensar que el dolor podía ser canalizado mediante la música y el texto. Pero tristemente nada de eso, porque la angustia jamás se queda en un solo lugar; muy por el contrario, tiene la obscena capacidad de trascender de una forma malsana en el tiempo.

Ayer, muy temprano, cuando éramos sacudidos por la dura noticia que indicaba la muerte del que será vitalicio Soundgarden, y sólo un par de horas más tarde cuando fuimos destrozados con la confirmación de su suicidio, tratábamos de encontrar una explicación racional o, mejor dicho, una respuesta en algún nivel confortante respecto de lo que nos esforzábamos en negar. Sin embargo, ciertamente sabíamos que el día y la situación escapaban de toda normalidad, y que la postura del compositor obedecía a la del final más amargo posible. Lo sabíamos porque hicimos propia la pena guardada en el único álbum editado por Temple Of The Dog; porque siempre nos abrumó la elocuencia de “The Day I Tried To Live” y “Like Suicide” de Soundgarden; y porque estuvimos presentes cuando “The Last Remaining Light” y “Heaven’s Dead” de Audioslave asomaron por primera vez.

Precisamente, las circunstancias en las que se produce la muerte de Cornell son las más difíciles de sobrellevar. Como seguidores del artista, somos deudores de todas y cada una de las creaciones que el mismo nos entregó; piezas que fueron el mejor regalo en nuestra efervescencia y depresión las simbolizamos de acuerdo a las etapas que atravesamos en la vida. Como seres con la extrañísima capacidad de estrechar vínculos en ausencia, somos los que, después de la música, nos quedamos con el sentimiento de desolación más profundo cuando es sólo esta y su poder tan complejo la que nos relaciona de una correspondida y emotiva manera con el autor, en este caso, con el amigo de Jeff Buckley.

Con la luz/sombra de Cornell ratificamos por millonésima vez que la procesión tiene tendencia hacia el interior, y que la impotencia de estar impedidos de hacer algo golpea tanto o más fuerte que el propio resultado. Luchas individuales permanentes, demonios personales exacerbados, cansancio o aburrimiento, motivos determinados por sus adicciones o no, empujaron al responsable de “Fell On Black Days” a tomar una decisión que sufrimos, que nos descoloca, que nos irrita, que nos ahoga, que nos desalienta, que nos hace querer mandar todo a la mierda, pero que, finalmente, comprendemos.

Como Elliott Smith, como Leonard Cohen, como Kurt Cobain, como David Bowie, como Ian Curtis, como Joey Ramone, como Nick Drake, como Ella Fitzgerald, como Layne Staley o quizás como el mismo Jeff Buckley (teniendo el control de sus destinos o no), asumo que Chris Cornell también sabía que iba a morir, y por eso sus últimos movimientos pueden ser interpretados como una despedida, razón que lo hace una figura todavía más enorme de la que siempre recordaremos. Publicando un último mensaje para sus compañeros y amigos de Soundgarden, diciéndonos adiós a todos nosotros por medio de sus redes sociales -directa o indirectamente-, o eligiendo como su interpretación final “In My Time Of Dying” de Led Zeppelin, como sea, por sobre todas las cosas, Chris Cornell querido, te entendemos.

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  1. kooque says:

    La partida de Chris Cornell y tantos otros hitos de la historia de la música parte tanto el alma de cada persona que los dejo entrar en sus vidas por sentirse bien con su música, ya que ella nos hacia sentir vivos e invencibles. Me siento devastado como muchos, mi vida fragmentada ha perdido otro pedazo de ella, es difícil, ya casi logro entender la tristeza de la vejez cuando vives en un mundo en el cual no hay nada con lo que creciste y la actualidad no es tuya, solo deseas revivir el pasado donde te sentías cómodo, agusto y seguro.

    Adiós Chris, adiós part of me.

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