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Dos Rockstars vs. La Parca

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Se podrían llenar varias páginas hablando de todos los rockstars que han perdido su vida y los acontecimientos que han rodeado sus muertes, ya sea por sobredosis, causas naturales, suicidios o simplemente hechos inexplicables, pero pocas veces nos detenemos a hablar de los sobrevivientes, aquellas personas que lograron doblarle la mano al destino y librarse de los brazos de la muerte. En las próximas líneas se presentan dos casos emblemáticos de artistas que caminaron por el borde de la cornisa y que lograron volver de un viaje que, para la mayoría de los rockeros, es sin retorno.

Alice Cooper

Vincent Damon Furnier, más conocido como Alice Cooper, carga con los créditos de ser uno de los pioneros en asociar el rock y los elementos teatrales en sus presentaciones en vivo, en un concepto conocido como “Shock Rock”. Un artista que en base a una sólida trayectoria de más de 40 años, ha sabido ganarse el respeto y admiración de sus pares, sirviendo de inspiración para grandes artistas, tales como Kiss, Ozzy Osbourne, Marilyn Manson, entre muchos otros.

Lo que muy pocas personas conocen es que a muy temprana edad, Alice Cooper tuvo un acercamiento con la muerte, a raíz de lo cual presenta una deformidad en la columna y una enorme cicatriz en el abdomen, quizás un precio más que necesario para contar con una de las mentes más brillantes que nos ha entregado el rock. A los 13 años, a pocos meses de haberse mudado a Phoenix junto a su familia, comenzó a presentar vómitos e insoportables dolores de estómago, los cuales mantuvo en secreto por temor a que sus padres lo llevasen al hospital y tuvieran que inyectarlo. Dos días después de este episodio, el cuadro ya había empeorado, y los vómitos se hacían mucho más recurrentes, obligando al pequeño Vincent a encerrarse en el baño y ocultar sus arcadas dejando correr el agua del lavamanos.

Los dolores se hacían cada vez más agudos y un día sucumbió desmayándose en su habitación, quedando inconsciente en medio de un charco de vómito. Su madre lo llevó de urgencia al hospital, en donde el primer diagnóstico de los doctores apuntaba a un posible brote de fiebre tifoidea que habría adquirido al acercarse al cadáver de una vaca muerta. Al cabo de dos días, y ante el incremento de sus glóbulos blancos, los especialistas decidieron abrir su abdomen para identificar el problema. La sorpresa fue mayúscula cuando se dieron cuenta que sus intestinos presentaban una peritonitis aguda, lo que hacía que literalmente se estuviera pudriendo por dentro. Su apéndice había estallado una semana antes y el grado de infección hacía imposible tratarlo, así que los doctores optaron por colocar un drenaje y bombearle morfina para que sus últimos días de vida no fuesen tan dolorosos. Durante las semanas siguientes se mantuvo en un sueño profundo, con constantes alucinaciones, llegando a pesar menos de 35 kilos.

“¡Terminé pareciendo el maldito jorobado de Notre Dame! No puedo ofrecer ninguna explicación de porqué logré sobrevivir, salvo que aquello fue un milagro”. (Me, Alice: The Autobiography Of Alice Cooper)

Inexplicablemente, su cuerpo comenzó a mejorar, teniendo una larga recuperación que lo tuvo en cama durante 18 meses, lo que le provocó una severa deformidad en la columna vertebral que, desde entonces, lo obliga a estar encorvado.

Ozzy Osbourne

Si existe algún rockero del cual se ha llegado a creer que tiene un pacto con la muerte, ese es el legendario Ozzy Osbourne, frontman de Black Sabbath y solista con una exitosa trayectoria, que no en vano se ha ganado el apodo de “Príncipe de las Tinieblas”.

Son tantos los mitos que se han forjado en torno a la figura de Osbourne, que incluso un grupo de científicos, liderados por Nathan Pearson, director de investigación en Knome (empresa líder en estudio de la secuencia genética), se propusieron estudiar el genoma del rockero, para identificar las razones por las cuales el cantante sigue vivo a pesar de sus evidentes tendencias autodestructivas. Cuando se le planteó esta posibilidad a Ozzy, respondió: “¿Por qué no? Dadas las piscinas de alcohol que me he bebido a lo largo de los años –por no mencionar la cocaína, morfina, píldoras para dormir, jarabes para la tos, LSD, Rohypnol, etc.- no existe ninguna razón médica plausible por la que yo debiera estar vivo. Quizás mi ADN lo pueda explicar.

Los resultados de este estudio revelaron sorprendentes descubrimientos, ya que al parecer el ADN de Ozzy presentaría una gran combinación de variables genéticas nunca vistas por la ciencia. Según los datos entregados por Nathan Pearson, algunas de esas variantes en su genoma tienen que ver en el cómo su cerebro procesa la dopamina, haciéndolo 2,6 veces más propenso a experimentar alucinaciones con la marihuana y a la adicción a la cocaína. Además, se encontraron pequeños segmentos en el cromosoma 10 de Ozzy, que lo ligan como un antepasado del Neanderthal.

“Siempre he dicho que en el fin del mundo habrá cucarachas, Ozzy y Keith Richards”. (Sharon Osbourne – Esposa de Ozzy)

Uno de los encuentros más cercanos que ha tenido Ozzy con la muerte, se produjo el 08 de diciembre de 2003, cuando tuvo un terrible accidente mientras conducía una motocicleta en su casa de Chalfont St. Peter, al noreste de Londres. Según lo indicado por su esposa, el corazón del cantante estuvo detenido durante dos minutos, y sólo la rápida reacción y maniobras de reanimación de su guardaespaldas, Sam Ruston, hicieron que esto no se transformara en una desgracia mayor.

El rockstar se fracturó seis costillas, una vértebra del cuello y la clavícula, la que tuvo que ser operada de emergencia ya que estaba presionando una arteria que impedía el flujo de sangre hacía su brazo. Tras una semana en coma, el vocalista se recuperó satisfactoriamente, lo que los doctores indicaron como milagroso, ya que perfectamente podría haber muerto a raíz de sus lesiones.

“Nunca volveré a acercarme a una de esas malditas motos. Tengo suerte de estar aquí hoy, y no paralítico”. (Ozzy Osbourne)

Por Gustavo Inzunza

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Chester Bennington y la nostalgia prematura

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Creo que la primera vez que escuché a Linkin Park fue dentro de una tanda de videoclips en MTV, con su canción más famosa, el sencillo “One Step Closer”. Su sonido era algo que jamás antes había escuchado en mis cortos doce años de vida, y no tardé en descubrir que eran parte de la nueva camada de bandas pertenecientes al nü metal, o como le decíamos en el colegio, el “Aggro”, estilo que comenzaba a dar sus primeros –y agigantados– pasos en el mainstream, llegando a dominar en poco tiempo los rankings mundiales, marcando la nueva tendencia del rock pesado en la orbe, tal como en su momento lo hizo el grunge, el heavy metal o el glam rock. Junto a nombres como Korn, Limp Bizkit, System Of A Down o Slipknot, Linkin Park se tomó al mundo por asalto, convirtiéndose en la banda más popular del nü metal. Su música estaba por todas partes.

A pesar de que, entre mis compañeros de curso, todos en plena adolescencia, nos decantábamos por bandas “true”, que siempre eran las más “rudas”, pesadas y oscuras de la escena, tales como Mudvayne o Coal Chamber, nos era imposible marginarnos del coro colectivo cuando canciones como “Numb”, “Somewhere I Belong” o “In The End” eran reproducidas por algún parlante durante los recreos en el colegio. Y es que esa es la gran virtud de Linkin Park: con riffs pegajosos, sintetizadores repartiendo scratches por doquier, rapeos fáciles de memorizar y las efectivas líricas despachadas por el vozarrón de Chester Bennington, dan a luz una serie de cortes que se instalaron en nuestra memoria como verdaderos himnos de una generación. Por gusto, repetición o simple resignación, Linkin Park se convirtió en parte de la banda sonora de todos los que crecimos durante la primera década de este milenio, en parte de los recuerdos de quienes hoy despiden a uno de sus integrantes clave.

La sensación es extraña. Anoche, en el trayecto a casa, me puse a escuchar un mix de los californianos. Sin ser fanático de la banda, pude cantar cada una de las canciones que aparecieron en la lista, incluidas algunas de sus últimos discos e, inevitablemente, retrocedí en el tiempo a mis años de adolescente, dejándome envolver por la nostalgia y la tristeza. Es raro porque, comparándola con otra pérdida reciente, como la de Chris Cornell, donde el sufrimiento se dejó sentir con mayor pesadumbre en generaciones adultas, este dolor era propio y de mis pares también. Mientras el ex vocalista de Soundgarden había realizado una carrera prolífica y ya había alcanzado el estatus de leyenda, Chester Bennington todavía iba labrando su camino. Con esto en cuenta, me fue inevitable pensar: “¡No tengo ni 30 años, y ya estoy presenciando la muerte de uno de mis ídolos de juventud!”. Fácilmente me imaginaba viendo un concierto de Linkin Park en unos veinte años más, quizás acompañado de mis amigos de infancia, o incluso de un hijo o hija, tal como he podido observar que ocurre en conciertos de grupos legendarios como Metallica o Guns N´ Roses. Pero esto ya no será así, a menos que la banda decida seguir adelante, pero bien saben los fanáticos de Alice in Chains que eso nunca será lo mismo.

La muerte de Chester Bennington es un golpe para una generación que aún es muy joven para sentir nostalgia, pero que hoy llora de manera masiva a uno de sus ídolos. Insisto, la sensación es extraña y, en lo personal, el luto no es sólo por la pérdida física del malogrado cantante, sino que también por los recuerdos que fueron teñidos por su potente voz. Sean cuales sean las razones que tuviste para tomar la decisión que tomaste, descansa en paz, Chester Bennington.

Por Sebastián Zumelzu

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