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Bowie: Levántate y anda

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Fue la mañana más triste del año en el mundo. Nadie estaba preparado. En ese instante 2016 no era una amenaza como sí lo terminó siendo. En ese momento particular el mundo estaba imbuido en la belleza de un disco, de un cúmulo de 41 minutos de arte, de ese que entrega conceptos, que presenta misterios y que complementa las vidas de gente que, sin querer, se conecta alrededor de un álbum. Entre el 8 y el 10 de enero de 2016, millones de personas hablaban a través de centenas de dialectos en un mismo compás, uno marcado por el que sería el último disco de David Bowie.

Fue el peor despertar para millones en el planeta. Nadie sabía si había vida en Marte, pero lo certero era que el cuerpo mortal de David Robert Jones no tenía esa vida que procuró por 69 años. Nadie sabía qué pasaría al siguiente día, pero en ese despertar todos entendían que en décadas venideras la presencia inmortal de David Bowie no cesaría de aparecerse, como alma en penumbras penando en un recinto semiabandonado. Aun así, ese consuelo no se encontraría hasta días o semanas más tarde. 41 minutos de arte se habían convertido en 41 minutos de adiós.

Nadie vio “Blackstar” (“★”) de la misma manera. Ese disco, que se había filtrado antes de culminado 2015 y que salió oficialmente el día del cumpleaños número 69 del nacido en Brixton, había sido leído desde lo conceptual, desde la creación de ideas y mundos nuevos, además de la brillante colección de sonidos, más ligados al jazz y al avantgarde que al rock existente en “The Next Day” (2013), su primer retorno de misericordia. Ese disco ya partía con la pregunta “Where Are We Now?” como primer indicio, en un video que devolvía a Bowie sobre sus pasos, en Berlín, en medio de grises implacables, que luego serían el marco del arte de un disco que, por primera vez, tenía a Bowie sin temores a mirar atrás, sin andar en reversa.

“Blackstar” parecía ser un pedazo de historia en desarrollo, pero tras la noticia conocida el 10 de enero la historia debía apurarse, y entre lágrimas hizo slalom para correr más rápido. Y allí las conclusiones se veían tumultuosas, torpes, irrespetuosas, como si lo importante fuera la foto del momento, ser primeros, ganar un reconocimiento colgado en medio de la inmediatez, obviando la grandeza del momento. Con el beneficio de la distancia, que es mejor consejera, ese 10 de enero se escribía la página final de un capítulo de la historia de la música, para inmediatamente abrir otro, que no se escribirá quizás en mucho tiempo.

Todavía, a día de hoy, las respuestas fallan. ¿Cómo nadie vio venir ese 7 de enero de 2016 el espíritu de la pérdida inherente en el video de “Lazarus”? ¿Cómo no hubo sospechas cuando el single y el disco eran titulados “Blackstar”? ¿Cómo el propio Bowie creó este disco lleno de “estéticas de la muerte” sin saber hasta el final del proceso que tenía una enfermedad terminal? ¿Cómo no creer en las coincidencias cuando arman nebulosas de misterio así de fabulosas? Quizás haya sido la belleza de esos últimos 41 minutos la que nubló las vistas. Es lo que hace lo bello: puede llegar a lo sublime y ahí se convierte en lo que privilegian los sentidos, haciendo caso omiso al resto de las advertencias. Nadie estaba preparado, y nadie hubiera querido estar preparado tampoco. Nadie ve venir con gusto aquello que no está preparado para enfrentar, y nadie se prepara para evitar el dolor de la tragedia. Sea un desastre natural o la pérdida de un ser querido, nadie se prepara para el evento, sino que para lo que viene después, para la recuperación, para la reconstrucción, ese levantarse y andar que es necesario después del luto, como el Lázaro que referenciaba Bowie en ese video, donde desde el presente vemos su lucha con una cama de hospital y contra los demonios que invaden a quien está en ese trance. Luego de la pérdida, los demonios deambulan por el mundo, y son esas piezas en un rompecabezas que no presenta respuestas exactas.

41 minutos de purgatorio, desde la construcción de un paraíso hasta la aceptación de que lo terrenal no puede más; desde los lamentos de la mundanidad hasta la delicadeza de esta. Un purgatorio con múltiples niveles, dantesco en serio y no como la ridiculización de la TV, dantesco en el sentido desafiante y en lo divino. Mucha gente afirma que Bowie es Dios, una especie de Mesías, y su uso de mensajes constantes en sus canciones puede ser su forma de disponer metáforas y enseñanzas si se plantea una lectura rebuscada, pero hay que recordar que, dependiendo de quién hable, será Dios o el Diablo quien esté en los detalles, y que el que busca siempre encontrará alguno, incluso cuando eso sea insustancial. Por ello es mejor pensar en “Blackstar” como un purgatorio, como ese espacio donde la indefinición es clave, y en medio de la desolación de la falta de sentido o respuestas reside la tranquilidad de la aceptación.

Fue la mañana más triste en el mundo en 2016. Aún no moría Prince, Carrie Fisher, Muhammad Ali o Juan Gabriel, y nadie se imaginaría que en el espacio del calendario gregoriano de un año todo eso y más pasaría. En ese momento nadie lo imaginaba, y de pronto Dios estaba muerto. Bowie parecía morir. David murió, pero el legado irrumpió, con 41 minutos de epílogo y una eternidad posterior de lecturas que se levantarán como Lázaro y que caerán como Hamlet, y que en la actualidad nos tienen aquí, de pie, en el aniversario más triste, pero que al menos sí pudimos preparar. Total, siempre se podrá volver a esa estrella negra a buscar respuestas, tropezar, caer, levantarse y andar.

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Héroes no sólo por un día

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Héroes no sólo por un día

Pese a que su origen y concepto es otro, la canción “Heroes” de David Bowie dice que podemos ser héroes sólo por un día, pero también que lo podríamos ser por los siglos de los siglos. El domingo 19 de diciembre en Chile no sólo se decide quién será el próximo presidente, sino que están en juego los derechos y la dignidad de una gran parte de nuestra sociedad con la amenaza que representa uno de los candidatos.

El resultado de la elección es tan incierto, que, tal como lo indicábamos hace unas semanas en nuestra columna “Contra La Amenaza Fascista”, el riesgo de perder derechos fundamentales está a la vuelta de la esquina, además del inminente apagón cultural y un sistema de control totalitario al no darle cabida a la pluralidad, en caso de que la opción de ultraderecha resulte electa. Y, habitualmente, los seres humanos no somos conscientes de este tipo de peligros hasta que ya estamos lamentando las consecuencias.

Este texto no es un llamado a quienes van por la opción 2 para que reevalúen su voto porque sería extremadamente inútil. No hay argumento que se pueda esgrimir, por mucho fundamento que contenga, para hacerlos entrar en razón. Esto va dirigido a un grupo específico no menor que puede guiar la historia de esta decisión: las personas jóvenes que no creen en la política y que tienen derecho a sufragio.

Quienes alcanzamos la edad para tener derecho a voto a fines de los 90, recordamos vívidamente aquella etapa de floreciente juventud, donde afirmábamos que daba lo mismo participar en elecciones porque todo iba a seguir igual y que dichos procesos en realidad no servían para nada. Pese a que estábamos equivocados, de alguna manera el quehacer de la política y su nulo impacto –con el objetivo de mantener el statu quo– nos daba en parte la razón, sin embargo, con el tiempo nos fuimos dando cuenta de que todo es política, y cada dirección que nuestras vidas toman está supeditada a las decisiones de quienes nos gobiernan y le dan forma al tipo de sociedad en el que tenemos que desempeñarnos.

En base a lo anterior, en esta semana crucial hacemos un llamado a aquellos que no han participado de estos procesos, a los desencantados con justa razón, a quienes piensan que no marcan diferencia por ser sólo uno entre tantos, a que voten en esta segunda vuelta por la opción 1, Gabriel Boric. El poder que ustedes tienen juntos es el que realmente puede decidir las vías de cambio que la sociedad chilena necesita; si no quieren mantener el statu quo, no sean el statu quo.

Si gana la ultraderecha, ¿para qué fue toda la demostración de hastío que se expresó hace más de dos años? ¿Creen realmente que el candidato republicano se preocupará de sus vidas y velará por generar los cambios que necesita para mejorarla? A esta última interrogante la respuesta es un rotundo no. En el programa de Gabriel Boric hay una real intención de mejorar la vida del ciudadano común, y si no se cree en lo que está escrito en papel, al menos está la seguridad de que tiene el corazón en el lado correcto y una evidente empatía. Quizás van a sentir que en realidad no hicieron mucho yendo a votar, pero les aseguro que las personas que ustedes serán en el futuro mirarán hacia atrás y se sentirán orgullosas de que fueron héroes por los siglos de los siglos y no sólo por un día.

Diseño portada por Rodolfo Jofré

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