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Slayer: Un legado de sangre

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Si queremos encontrar a una banda que expele constancia y tradición en cada una de sus entregas, esa no es otra que Slayer. Los norteamericanos se han aferrado de manera tan sólida a su sonido, haciendo de su fórmula un inconfundible en el vasto catálogo del metal mundial. Slayer es una institución y aterriza por quinta vez en nuestro país, para ocupar el escenario principal del Maquinaria Festival, durante la primera jornada del certamen, en el qué será el show más masivo que haya conocido el cuarteto de California en tierras nacionales, y para luego realizar un segundo show junto a Mastodon en el Teatro Caupolicán, el día 12 de noviembre, en la que promete ser una íntima cita con el Apocalipsis.

Pioneros del thrash metal norteamericano, Slayer surgió como una de las bandas más agresivas de la escena junto con Exodus, tomando influencias de nombres como Judas Priest o Iron Maiden, para pervertirlas y transformarlas en piezas donde la rapidez y la agresividad eran el canon a seguir. Ya con el temprano “Show No Mercy” (1983) se podían sentir las influencias primigenias pasadas por el filtro de Slayer. Cortes como “The Antichrist” y “Die By The Sword”, mezclaban el heavy clásico con el thrash que comenzaba a establecerse como el nuevo estilo en boga. El chileno Tom Araya en las voces y el bajo, Jeff Hanneman y Kerry King en las guitarras, con el soporte del incombustible Dave Lombardo en los tambores, comenzaban a trazar su legado de sangre. “Haunting The Chapel” (1984) fue el siguiente lanzamiento de Slayer, en formato de EP, tiene entre sus filas a uno de los himnos de la banda, “Chemical Warfare”. La primera etapa del grupo quedó plasmada en el legendario registro en vivo bautizado como “Live Undead” (1984), cuyo booklet contiene imágenes del concierto registrado en Nueva York, en un pequeño local donde las cruces invertidas y maquillaje a lo Alice Cooper adornaban las primeras presentaciones de Slayer.

La consolidación del sonido definitivo de la agrupación, llegó con el lanzamiento de “Hell Awaits” (1985), con una producción más pulcra y una banda que estaba en total conocimiento de sus capacidades. Satanás era la principal fuente de inspiración para las letras, en temas como “Crypts Of Eternity” y la mismísima “Hell Awaits”, cuya introducción es una grabación a la inversa de la frase “join us”, en español, “únetenos”.

La gran estocada de Slayer fue infringida con el fundamental “Reign In Blood” (1986), la gran obra maestra del thrash metal y responsable de poner a la agrupación en el mapa mundial como un clásico instantáneo del género. Temas como “Angel Of Death”, “Postmortem” o “Raining Blood”, son los puntos más álgidos de los casi treinta minutos del mejor thrash metal que se haya conocido.

“South Of Heaven” (1988), fue el cuarto LP de los californianos, bajando las revoluciones para entrar a terrenos más oscuros en un cambio que fue criticado por los fanáticos, quienes esperaban un golpe aún más potente que el entregado por “Reign In Blood”, pero tuvieron que contenerse para disfrutar de clásicos como “South Of Heaven” y “Mandatory Suicide”. No pasó mucho tiempo para que los americanos regresaran con un disco que dejara contento a los fanáticos y se transformara en el que –para este redactor- es el disco mejor logrado de Slayer después de “Reign In Blood”. “Seasons In The Abyss” (1990) es un disco redondo, que contiene lo mejor de la violencia mostrada en el mencionado “Reign In Blood”, fusionada con la oscuridad melódica de “South Of Heaven”, en contundentes composiciones, como lo son “Dead Skin Mask”, “War Ensemble” y la imponente “Seasons In The Abyss”.

En 1991 la banda editaría un nuevo registro en vivo, “Decade Of Aggression”, haciendo un repaso por lo mejor del clásico de la banda, cerrando la mejor época que ha vivido Slayer en su carrera.

Dave Lombardo, el virtuoso baterista de origen cubano, decidió dejar la banda por problemas internos y funda su propia agrupación bajo el nombre de Grip Inc. Slayer reclutó a Paul Bostaph, baterista de Forbidden, para tomar el puesto de Lombardo y grabar su siguiente LP “Divine Intervention” (1994), que tomó la fórmula clásica y la actualizó con una mezcla de sonido contundente. “Undisputed Attitude” (1996) es un disco de covers, muy en la línea de lo que más tarde haría Metallica con su “Garage Inc.” (1998), tributando a bandas punk como Minor Threat, D.R.I y The Stooges, en un disco más bien discreto que es recordado casi como una anécdota.

Producidos por Rick Rubin, quien se encargó de impulsar las carreras de bandas como Slipknot o Linkin Park, Slayer decidió dar un vuelco a su sonido actualizándose con el estilo que proliferaba en esos días: el nu metal. “Diabolus In Musica” (1998) es el disco más extraño de Slayer, con un ritmo irregular y una propuesta que parecía no afiatarse con el espíritu de la banda. Sin embargo, la agrupación continuó en esta senda y logró dar con el tono acertado en “God Hates Us All” (2001), donde se puede escuchar nu metal con la estampa de Slayer, en un balance perfecto entre los elementos thrasheros y el peso de lo contemporáneo, dando pie a clásicos de la nueva era de la banda, tales como “”Disciple”, un infaltable en los setlist de la última década. Como dato curioso, “God Hates Us All” fue lanzado el 11 de septiembre de 2001, en una cruel ironía del destino, atrayendo polémicas por su hereje portada, que retrata una Biblia ensangrentada con el logo de la banda grabado en la portada. Slayer en estado puro. Este período es documentado en el potente “War At The Warfield” (2003), grabado en el legendario recinto de San Francisco.

La etapa de experimentación para Slayer terminaba con el regreso de Dave Lombardo, quien no dejó de trabajar con su banda, además de formar parte del proyecto más extremo del multifacético Mike Patton, Fantômas. Volvía a la banda que lo vio crecer para relevar a Bostaph, quien tuvo que retirarse del tour de promoción de “God Hates Us All” debido a una lesión crónica en su codo. Incluso Larry Carroll, quien realizara las ilustraciones de los discos “Reign In Blood”, “South Of Heaven” y “Seasons In The Abyss”, regresaba para hacer lo propio dibujando al Jesús mutilado que adorna la portada del disco que marcaría el retorno del Slayer de toda la vida, “Christ Illusion” (2006).

El sabor a rencuentro estaba en el aire y sumado al lanzamiento del completísimo recopilatorio “Soundtrack To The Apocalypse” (2003) , el lanzamiento del DVD “Still Reigning” (2004), registro del concierto en el que se interpreta el disco “Reign In Blood” de forma íntegra, y la promoción de la nueva placa bajo el tour que ellos mismos concibieron, “The Unholy Alliance Tour”, que contaba con nombres de bandas noveles como Lamb Of God y Mastodon, confirmaban que Slayer estaba viviendo su segunda juventud.

“World Painted Blood” (2009) es el onceavo larga duración de la banda, el que los llevó a presentarse por primera vez en el Sonisphere Festival de Bulgaria, como parte del primer encuentro de los “Big 4”, tándem compuesto por Anthrax, Megadeth, Metallica y Slayer, uniendo por primera vez en el mismo escenario a los exponentes más influyentes del thrash metal norteamericano, siendo Slayer la banda que mejor representa el estilo hasta nuestros días.

En la actualidad la banda se encuentra girando con Gary Holt, guitarrista de Exodus, en reemplazo de Jeff Hanneman, quien contrajo fascitis necrotizante después de que una araña mordiera su brazo. Hanneman ha tenido que marginarse de la agrupación durante los últimos años mientras se recupera lentamente. Tom Araya también ha tenido algunos problemas de salud, teniendo que ser operado de la espalda, privándonos de sus frenéticos headbangings y sufriendo una infección al oído que obligó al grupo a cancelar numerosas fechas de su tour mundial.

El cuerpo se cansa, pero la maquinaria de Slayer se mantiene aceitada y letal, continuando con el legado de sangre al que se han aferrado durante su remarcable trayectoria. Sangre que orgullosamente corre por las venas de un compatriota, y se transforma en un motivo más para admirar con devoción a la banda más influyente de thrash metal a nivel mundial.

Fotos Slayer @ Movistar Arena 02-06-2011 por Felipe Ramírez

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Especial En Órbita 2017: Cigarettes After Sex

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Cigarettes After Sex

Un cenicero con los restos de cigarros recién apagados. Ventanas con las cortinas cerradas. Ropa interior en el suelo, en una silla, en medio de las sábanas o los cojines. ¿Solo o acompañado? ¿Luces prendidas o apagadas? ¿Imaginación, sueño o realidad palpable? Los ambientes que genera Cigarettes After Sex en sus canciones pintan imágenes complejas, ponen espejos al frente, y permiten la intermitencia entre brillantez y opacidad, porque el amor, el sexo, la soledad, y todo lo que esté entremedio, son puestos en la lupa sonora del cuarteto liderado por Greg Gonzalez.

Aunque con EP “I” (2012) habían tenido una notoriedad clara y su manera de ver al pop estaba de manifiesto, ciertamente había terminaciones que pulir y escenarios que iluminar más allá de lo teatral. En su álbum debut homónimo, salido en junio pasado, Cigarettes After Sex consigue salir de lo esquemático que podría ser su tipo de composición, y así las cosas fluyen. En vez de andar a tropiezos con las piezas de ropa que caen, todo puede ir un poco más lento, pero con más seguridad en los recursos y movidas a utilizar. En la habitación que se llena del sonido de los norteamericanos ya no es necesario tropezar al andar, porque cada movimiento tiene un impulso natural, entre un dreampop elegante y una manera oscura de plantar el ambient, entre una voz aterciopelada y bajos y ritmos profundos.

Quizás el rubro donde le falte cierta experiencia a la banda sea en las letras, que no consiguen la delicadeza que la interpretación en instrumentos y voz sugieren, pero también es parte del aprendizaje. Quizás son las palabras que se meten entre los cuerpos y que traban el correr de la sangre, que hielan las manos y convergen en la necesidad de seguir adelante, porque lo que consigue musicalmente Cigarettes After Sex no es sólo remitir a lo que ocurre en pareja, trío, o grupo de gente que se busca entre el amor, odio, lujuria y ausencia, sino que armar recuerdos que se puedan esconder en los beats de un bajo casi tan protagonista en la melodía como la voz de Greg, que entre tul y cuero sumerge las conciencias en historias sencillas, pero que conectan con el oyente.

Eso sí, lo concreto de las letras permite que haya un ancla en el mundo real. No se trata de un lugar de ensueño, donde el acto de tocar, besar, desear o amar quede restringido a acciones sin consecuencias. En las canciones de Cigarettes After Sex –y en especial en su LP homónimo– existen detalles concretos, corazones rotos (“Sweet”), ilusiones que se traducen en metáforas demasiado directas (“Opera House”) o la cotidianidad de una cama (“K”). No hay mucho que esconder cuando el olor a tabaco continúa en el dormitorio o cuando la brisa de la madrugada pega en los hombros, porque en medio de un ambiente idílico reside lo humano, a través del contacto físico y/o emocional.

A eso termina refiriendo la banda, entre un minimalismo elegante y sexy, a lo humano, a lo que puede errar, a lo que puede doler, y también a lo crudo e insensible (“Young & Dumb”), donde Gonzalez es capaz de culpar a su objeto de deseo de forma misógina por despecho, y aun así sonar como si pudiera convencer a cualquiera de seguirlo, a él y a sus palabras. El mundo de Cigarettes After Sex no es perfecto, se repleta de cenizas, ropa revuelta, olor a humo, a fluidos corporales, a alcohol, a ausencia, de dolores y palabras envueltas en rocas y cemento. El difícil terreno de lo carnal y lo ecléctico se funde en medio de imperfecciones que otorgan la calidez necesaria para que las canciones y los sonidos no se queden en axiomas vacíos, sino que realmente puedan generar una conexión significativa. Y en ese tipo de construcción narrativa y musical es que Cigarettes After Sex se ha vuelto una banda necesaria de escuchar y sentir. Bien adentro. Humanamente.

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