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Mumford & Sons: La mutación de un estilo

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Cuando hablamos de los británicos de Mumford & Sons no existen medios tonos: o se les ama o se les odia, así de simple, y básicamente este es el riesgo que se corre cuando se opta por aventurarse en un estilo tan sensible y arraigado como lo es el folk rock, género que se caracteriza por la profundidad de su narrativa y por representar la esencia cultural de su tierra madre, teniendo en la figura de Bob Dylan a su principal exponente. Lo que no aguanta ningún tipo de análisis es que la propuesta de los liderados por Marcus Mumford ha obtenido muy buenos dividendos en menos de una década de vida, con una apuesta que desde un principio ha destacado por su frescura, vitalidad y una energía que fluye naturalmente en cada una de sus composiciones, principalmente en sus apariciones en vivo. Lo cierto es que la banda no inventó el estilo, pero si lo renovó; en una escena que estaba siendo peligrosamente dominada por el indie rock e indie pop, fueron capaces de marcar una diferencia y potenciar una carrera que hasta el momento parece no conocer de limitaciones.

MUMFORD & SONS 02Si tuviésemos que enseñar las claves para triunfar rápidamente en el siempre competitivo mundo de la música, sin duda la agrupación nativa de Londres sería material de estudio obligado, ya que en muy poco tiempo ha sido capaz de posicionarse como uno de los números más requeridos para liderar los principales festivales de todo el mundo. Su exitosa carrera comenzó con presentaciones esporádicas en algunos bares de Londres, junto a la edición de los EP “Lend Me Your Eyes” (2008), “Love Your Ground” (2008) y “The Cave And The Open Sea” (2009), trabajos que los hicieron conocidos en el medio y los llevaron a sus primeras giras por Reino Unido y Estados Unidos. Su debut oficial llegó de la mano de su primer larga duración, “Sigh No More” (2009), el cual fue grabado en los legendarios estudios Eastcote bajo la supervisión del productor Markus Dravs, reconocido por haber colaborado con artistas de la talla de Björk y Arcade Fire, y el resultado fue sublime, con una placa que vendió más de un millón de copias en su tierra natal y más de dos millones en Estados Unidos, y que los catapultó a los primeros lugares de los rankings. Para su segundo disco, “Babel” (2012), repitieron la exitosa fórmula y el resultado fue el mismo, siendo el álbum de 2012 que vendió más copias en su semana de estreno (600 mil), superando a Justin Bieber (“Believe”), Madonna (“MDNA”) y Pink (“The Truth About Love”).

A pesar de su meteórico ascenso, los muchachos de Mumford & Sons mantienen los pies en la tierra, saben perfectamente donde están parados y eso les permite tomarse ciertas licencias; entienden que su propuesta en algunos casos puede parecer demasiada calculada, cayendo incluso en el abuso de las herramientas típicas del folk, en una suerte de caricatura del género que representan y, por lo mismo, también son capaces de reírse de ellos mismos –y, por ende, de sus detractores–, lo que quedó en evidencia en el entretenido video del sencillo “Hopeless Wanderer”, perteneciente a “Babel”. En este, los cuatro músicos son representados por los comediantes y actores Jason Sudeikis, Will Forte, Jason Bateman y Ed Helms, claramente buscando ridiculizar cada uno de los clichés que fundamentan la esencia de la banda, tales como su estética, la anticuada instrumentación y, sobre todo, la excentricidad de sus integrantes. Cuando se gana fama tan rápidamente se puede caer en el vicio de estrujar la fórmula hasta el punto de dejarla inservible, pero también en este ítem los londinenses han sido inteligentes, tomándose las cosas con mesura, incluso anunciando un largo receso tras finalizar la gira de promoción de su segundo larga duración, justamente en el punto más alto de su carrera.

MUMFORD & SONS 01Mumford & Sons a lo largo de los años ha demostrado ser una banda que no se rige por la opinión de sus fanáticos y mucho menos por la de los medios especializados, sino más bien por su propia necesidad creativa e innovadora, aunque esto implique apartarse de su estilo y su impronta característica. Eso quedó de manifiesto en su último álbum de estudio, “Wilder Mind” (2015), en donde abandonaron la comodidad de la fórmula que tan buenos resultados les había dado en años previos para incursionar en los sonidos más eléctricos, relegando incluso a un segundo plano a su querido banjo y las guitarras acústicas. Probablemente, este cambio de rumbo grafica a la perfección la madurez artística que ha alcanzado el conjunto, ya que habría resultado demasiado fácil mantenerse en la misma línea sonora, seguir vendiendo millones de discos y esperar pacientemente que su música se volviera profundamente predecible e infumable. Es por esto que prefirieron asumir el desafío de reinventarse y demostrar que en esta nueva faceta pueden ser igual de buenos, o incluso mejores que en su versión original.

Si bien es cierto que la actualidad de Marcus Mumford y compañía se traduce en la mutación de su estilo, acercándose mucho más al rock duro y dejando un tanto de lado la sensibilidad del folk, la esencia de la banda se mantiene intacta, con melodías rebosantes de energía que tienen su clímax en sus shows en vivo y en la exquisita conexión que establecen con sus fanáticos. Puede o no gustar la propuesta sonora del cuarteto, pero su calidad no está en discusión, y en una escena donde la mayoría de las agrupaciones apuntan a lo mismo, con muy pocos atisbos de ambición artística, que exista una banda como Mumford & Sons es prácticamente un privilegio.

Por Gustavo Inzunza

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Especial En Órbita 2017: Cigarettes After Sex

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Cigarettes After Sex

Un cenicero con los restos de cigarros recién apagados. Ventanas con las cortinas cerradas. Ropa interior en el suelo, en una silla, en medio de las sábanas o los cojines. ¿Solo o acompañado? ¿Luces prendidas o apagadas? ¿Imaginación, sueño o realidad palpable? Los ambientes que genera Cigarettes After Sex en sus canciones pintan imágenes complejas, ponen espejos al frente, y permiten la intermitencia entre brillantez y opacidad, porque el amor, el sexo, la soledad, y todo lo que esté entremedio, son puestos en la lupa sonora del cuarteto liderado por Greg Gonzalez.

Aunque con EP “I” (2012) habían tenido una notoriedad clara y su manera de ver al pop estaba de manifiesto, ciertamente había terminaciones que pulir y escenarios que iluminar más allá de lo teatral. En su álbum debut homónimo, salido en junio pasado, Cigarettes After Sex consigue salir de lo esquemático que podría ser su tipo de composición, y así las cosas fluyen. En vez de andar a tropiezos con las piezas de ropa que caen, todo puede ir un poco más lento, pero con más seguridad en los recursos y movidas a utilizar. En la habitación que se llena del sonido de los norteamericanos ya no es necesario tropezar al andar, porque cada movimiento tiene un impulso natural, entre un dreampop elegante y una manera oscura de plantar el ambient, entre una voz aterciopelada y bajos y ritmos profundos.

Quizás el rubro donde le falte cierta experiencia a la banda sea en las letras, que no consiguen la delicadeza que la interpretación en instrumentos y voz sugieren, pero también es parte del aprendizaje. Quizás son las palabras que se meten entre los cuerpos y que traban el correr de la sangre, que hielan las manos y convergen en la necesidad de seguir adelante, porque lo que consigue musicalmente Cigarettes After Sex no es sólo remitir a lo que ocurre en pareja, trío, o grupo de gente que se busca entre el amor, odio, lujuria y ausencia, sino que armar recuerdos que se puedan esconder en los beats de un bajo casi tan protagonista en la melodía como la voz de Greg, que entre tul y cuero sumerge las conciencias en historias sencillas, pero que conectan con el oyente.

Eso sí, lo concreto de las letras permite que haya un ancla en el mundo real. No se trata de un lugar de ensueño, donde el acto de tocar, besar, desear o amar quede restringido a acciones sin consecuencias. En las canciones de Cigarettes After Sex –y en especial en su LP homónimo– existen detalles concretos, corazones rotos (“Sweet”), ilusiones que se traducen en metáforas demasiado directas (“Opera House”) o la cotidianidad de una cama (“K”). No hay mucho que esconder cuando el olor a tabaco continúa en el dormitorio o cuando la brisa de la madrugada pega en los hombros, porque en medio de un ambiente idílico reside lo humano, a través del contacto físico y/o emocional.

A eso termina refiriendo la banda, entre un minimalismo elegante y sexy, a lo humano, a lo que puede errar, a lo que puede doler, y también a lo crudo e insensible (“Young & Dumb”), donde Gonzalez es capaz de culpar a su objeto de deseo de forma misógina por despecho, y aun así sonar como si pudiera convencer a cualquiera de seguirlo, a él y a sus palabras. El mundo de Cigarettes After Sex no es perfecto, se repleta de cenizas, ropa revuelta, olor a humo, a fluidos corporales, a alcohol, a ausencia, de dolores y palabras envueltas en rocas y cemento. El difícil terreno de lo carnal y lo ecléctico se funde en medio de imperfecciones que otorgan la calidez necesaria para que las canciones y los sonidos no se queden en axiomas vacíos, sino que realmente puedan generar una conexión significativa. Y en ese tipo de construcción narrativa y musical es que Cigarettes After Sex se ha vuelto una banda necesaria de escuchar y sentir. Bien adentro. Humanamente.

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