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Mogwai, Future Islands y Sun Kil Moon, las tres fuerzas del otoño

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Al ver el cartel del festival que se realizará en Espacio Riesco este 12 de mayo, queda claro que varios mundos podrán convivir en el mismo espacio de Fauna Otoño, algo importante en tiempos donde la tolerancia y el respeto son claves para la convivencia, también considerando que la disposición de escenarios permite escuchar la gran mayoría de las propuestas. Es en este ánimo que destacan tres propuestas difíciles de clasificar, pero al mismo tiempo que son sencillas de identificar, las que intentaremos disponer desde las sensaciones más allá de tecnicismos.

 

Mogwai: Calma en el caos

Cada vez que una canción de Mogwai explota, la sensación que queda es de una extraña calma. Como si el cosmos aplicará un mecanismo de relajación ante un trauma, o como si hubiera hipnosis en el momento exacto del apocalipsis. Lo que hacen los escoceses va más allá de lo que técnicamente consiguen, porque construir crescendos que redunden en una catarsis bella es algo que pueden hacer muchos, pero lo de Mogwai va más allá, a veces dejando a la deriva al oyente en una meseta polar para luego, desde esa incertidumbre, llegar con un sonido más grande que la vida.

Aunque la banda hace rato que no saca un disco que caiga en gracia a todo el espectro de sus fans, lo que ha hecho en los últimos años, más que inventar una rueda nueva, ha sido refrescar la forma en la que ruedan. Eso hace que, en vez de escuchar algo que parezca igual a lo anterior, se permita ver en la performance misma las ganas de crear de los escoceses, quienes también destacan como creadores de soundtracks para películas y series. Si Mogwai es capaz de crear un mundo para sí mismos, en estos casos también son hábiles para arropar mundos ajenos en la música. Al final, lo que es evidente es cómo pueden manejar los ánimos, los espacios y los tiempos, fundamental para un espectáculo que relaja y tensa a la vez, como los latidos del corazón.

Future Islands: Baila por tu vida

La sofisticada propuesta del trío norteamericano Future Islands no alcanza a esconder las ansias de conseguir algo fundamental para la vida: el movimiento. Todas las armonías, las melodías, las figuras de bajo, todo eso redunda en la provocación fundamental de mover el cuerpo, las ideas, las emociones, a través de una dirección muy particular por la voz de Samuel T. Herring, uno de los frontman más impredecibles y entregados en un escenario. Cuando vemos la forma en la que Samuel vive un concierto, queda claro que lo de Future Islands no es casual, y que él siente esa música tanto o más que los fans.

Pero la banda no es sólo lo que consigue Samuel, porque la dinámica entre sintetizadores y bajo es parte de lo que hace a la agrupación sobresalir. Gerrit Welmers y William Cashion dialogan a través de compases que se tejen de tal forma, que no se puede ignorar lo que hit tras hit consigue Future Islands. Al final, el imperativo es bailar y sorprenderse con la extravagancia de Herring, y es difícil que eso no pase donde sea que se presenten.

Sun Kil Moon: aislar y provocar

No necesariamente a todos les puede gustar todo el mundo. Bien lo sabe y entiende Mark Kozelek, quien, más que preocuparse de agradar, ha intentado contar historias y hacerse valer en el escenario. Legendaria es aquella ocasión donde puteó a The War On Drugs por sonar muy fuerte, lo que molestaba su espectáculo con una sola guitarra. Kozelek en el proyecto Sun Kil Moon narra y expresa emoción a un grado descriptivo enorme, basado en letras casi declamadas, que no escatiman tiempo ni esfuerzo en llegar a lo medular de las historias y mucho más.

Pero Kozelek también es parlanchín debajo del escenario, y no es extraño verlo como Morrissey, lanzando opiniones poco populares, difíciles de defender y que, en vez de acercar gente a su música, la alejan. Esto redunda en que Sun Kil Moon tal vez no es un nombre tan conocido porque Mark no está interesado en algo tan masivo, pero sí en la cantidad de respeto necesario para que sus creaciones sean respetadas y realmente escuchadas. Es probable que en vivo quede claro que tantos dimes y diretes sirven para, finalmente, encontrar la música en medio del camino.

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Los discos de Iggy Pop

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Iggy Pop

Debutó en el estudio como Jim Osterberg, a cargo de la batería de The Iguanas (1965), sin embargo, al poco tiempo fue evidente que para él no era suficiente permanecer en el fondo del escenario. Lo suyo requería estar al frente, alimentándose de la energía del público para luego devolverla amplificada por mil. De ahí en adelante (tras una breve existencia bajo el nombre de Iggy Stooge) sería conocido como Iggy Pop, uno de esos artistas imposibles de dominar; más que un fenómeno musical, una verdadera fuerza de la naturaleza, impredecible, asombroso y peligroso en igual medida.

Cuando miramos hacia atrás, es evidente que la Iguana estaba en la lista de artistas que todos esperaban ver muertos durante la década del setenta, sin embargo, y contra todos los pronósticos, Iggy aún sigue con nosotros, todavía girando, todavía grabando discos y colaboraciones, todavía cambiando de estilo cada vez que se le antoja y, por supuesto, todavía sin polera.

Este abril Iggy llega a los 72 años y sabemos por experiencia que cualquier día la noticia de su partida puede llegar a sacudirnos de golpe, así que, en el ánimo de celebrar su legado mientras aún lo tenemos y de ser posible llevarlo a oídos nuevos, nos dimos una pausa para revisar la discografía del músico, yendo desde sus discos menos afortunados hasta aquellos abiertamente imperdibles para todo buen amante de la buena música. Vaya nuestro saludo.

24) The Weirdness (2007, con The Stooges)

La idea de agregar un capítulo a la impoluta discografía de The Stooges nunca fue un desafío sencillo. ¿Cómo pasamos de “es muy complejo hacerlo” a “este es el tipo de discos que nunca deberían haber grabado”? Es más complejo de descifrar. Ron y Scott Asheton estaban listos y dispuestos para grabar, Iggy sin duda estaba en línea con la idea y tanto Steve Mackay como Mike Watt tenían pergaminos de sobra para hacer de esto una propuesta al menos interesante. Por desgracia las ganas de grabar un álbum no bastaron para hacer de “The Weirdness” un disco al menos aceptable. Las letras son muy pobres, líneas como “My idea of fun is killing everyone” repetida hasta el hastío en “My Idea Of Fun” o “My dick is turnin’ into a tree” en “Trollin” más allá de invitarnos a esbozar una sonrisa, son de lo más bajo que firmó la banda. Por otro lado, la performance vocal de Iggy dista mucho de ser aceptable. Y, para cerrar el círculo, la mezcla de Steve Albini no ayudaría en nada a disfrutar de los pocos buenos momentos instrumentales que hay salpicados a lo largo del disco.

23) Party (1981)

Esto es lo que pasa cuando a un artista que nunca se ha preocupado de vender lo obligan a lanzar un álbum que asegure buenas ventas. Iggy nunca supo cómo hacer eso y los que lo acompañaron claramente tampoco estaban en esa línea. Momentos buenos a lo largo de “Party” sin duda que los hay; “Eggs On Plate”, por ejemplo, rescata esa vibra urgente y reverberante de Pop echando mano a un contagioso y efectivo riff de guitarra, mientras que “Bang Bang” se aventura a fusionar estilos, graduándose como una de las joyas escondidas del catálogo dance rock de Iggy (sería versionada más adelante por David Bowie en “Never Let Me Down”). Sin embargo, en la vereda opuesta la caída es fuerte. “Happy Man” es la prueba definitiva de esto, corte ska, alegre y simplón hasta la caricatura, que incluso hace preguntarse si Iggy iba realmente en serio con este track o se estaba riendo de todos, lo que no sería raro la verdad. Para el anecdotario quedarían los covers de “Sea Of Love” (original de Phil Phillips y versionada también por Tom Waits y Cat Power) y “Time Won’t Let Me”, original de The Outsiders.

22) Skull Ring (2003)

La idea de poner a Iggy armando un álbum donde colaboren con él bandas de la nueva camada que han echado mano a su legado, en el papel no suena tan mal. Pues bien, así fue cómo Iggy terminó grabando un álbum con Green Day, Peaches, Feedom y Sum 41, pero además el disco incluye cuatro cortes que fueron como una marcha blanca para el retorno de The Stooges. Y pasó lo que tenía que pasar: “Skull Ring” terminó convertido en una suerte de tributo, donde el homenajeado finalmente entrega un par de canciones por su cuenta. La energía del disco es muy buena, los temas con los hermanos Asheton probaron estar muy por encima de lo que lanzarían más tarde en “The Weirdness” (2007), y los cortes con los invitados de la nueva generación tienen puntos muy rescatables. “Motor Inn” con Peaches y Freedom es un torpedo, “Little Know It All” con Sum 41 es directa y contagiosa, perfecta como sencillo radial. Por desgracia, en los tracks con Green Day, Iggy terminaría pareciendo más un invitado a la fiesta que el anfitrión mismo. Como curiosidad, “Skull Ring” sin duda cumple, pero a la larga resultó ser sólo eso.

21) Blah-Blah-Blah (1986)

Más allá de lo musicalmente interesante que uno pueda encontrar “Zombie Birdhouse” (1982), lo cierto es que el álbum no trajo ningún rédito monetario a Iggy, por lo que en su próximo disco la Iguana tenía la obligación de sumergirse directo en el poco apasionante abismo de sonar justo como lo que el público estaba comprando. En esa línea, contar otra vez con David Bowie como compañero de viaje (que siempre tuvo mejor ojo para esto) vino a regalarle una segunda vida a Iggy. Tan sólo verlo en la portada con pelo corto y polera, bastaba para saber que este no era un disco que iba a romper esquemas; de hecho, esto es por lejos lo más pop que llegó a sonar Pop. Sintetizadores, batería electrónica y melodías más bien inofensivas se toman por completo el disco. Sin desmerecer temas como “Isolation” y “Cry For Love” –que en ningún caso son desechables–, la verdad es que “Blah-Blah-Blah” terminaría quedando en la memoria de todos básicamente por la efectiva versión de “Wild One” (original de Johnny O’Keefe de 1958), que hasta el día de hoy Iggy sigue incluyendo como parte de su set en vivo.

20) Instinct (1988)

Luego del exitoso (en términos de ventas al menos) “Blah-Blah-Blah”, lo lógico para cualquier artista hubiera sido seguir en la misma línea musical, sin embargo, Iggy no estaba para repetirse. “Instinct” llegaría a probar una vez más su impredecible naturaleza. Acompañado de Steve Jones (Sex Pistols) en la guitarra y parte de la composición, Pop decidió aventurarse esta vez con un disco hard rock, metal, y lo cierto es que, a pesar de algunos problemas, el álbum tiene bastante para rescatar. En esa línea, “Cold Metal”, “High On You” e “Easy Rider” se gradúan con honores, dejando en evidencia que Iggy claramente se siente a gusto en este tipo de parajes musicales. Se trata de cortes potentes, con un Iggy realmente preciso en los vocales y Steve Jones poniendo la nota alta en las seis cuerdas. El resto del álbum, de hecho, no se distancia tanto de los tres cortes destacados, sin embargo, el trabajo de Bill Laswell en las perillas fue tan abúlico, que terminó quitándole fuerza a la mayor parte del disco. En otras manos, “Instinct” hubiera escrito otra historia.

19) Ready To Die (2013, con The Stooges)

Imposible hablar de “Ready To Die” sin mencionar a “The Weirdness” (2007), ya que esta nueva aventura del imaginario de The Stooges (que terminaría siendo la última) vino a ser una suerte de respuesta obligada al mal trago del primer reencuentro, y no era justo terminar la historia así. Por suerte, a James Williamson aún le quedaban ganas (y mucha energía en las seis cuerdas) de grabar un álbum con Pop, y Scott Asheton aún estaba con nosotros para darle unos últimos golpes a la batería. “Ready To Die” cumple con todo lo que uno espera de The Stooges: temas directos, buena energía, algo de soterrada oscuridad e Iggy bien enfocado en los vocales. No suena a mucho la verdad, pero el disco es realmente un disfrute, e incluso se da el lujo de no quedarse en la vereda de lo predecible y se arriesga con tres baladas, que al final del día suenan totalmente creíbles para el momento que vivían los integrantes del conjunto, agregando variedad a la oferta. Si alguna vez nos preguntamos cómo habría sonado una versión madura y coherente de The Stooges, “Ready To Die” es la respuesta.

18) Après (2012)

Iggy probaría con los años que, para ser un provocador, no era necesario autoflagelarse arriba del escenario, bastaba con grabar un disco que nadie se esperaba de él. “Préliminaires” (2009) ya había generado comentarios encontrados, sin embargo, que el padrino del punk se lanzara por segunda vez con un disco de versiones cantadas en francés, fue demasiado para muchos de sus seguidores. De hecho, Virgin EMI se negaría a lanzar el álbum, por lo que Iggy finalmente tendría que hacerlo por su cuenta. Y lo cierto es que, en perspectiva, el único gran pecado de “Après” es que repite la fórmula de su antecesor, por lo demás, se trata de un disco realmente entrañable. La oferta musical es coherente, los arreglos a las versiones originales sin ser transgresores se adaptan perfecto a las virtudes de Iggy en formato crooner y el set de canciones elegidas es lo suficientemente variado como para cautivar a un sector de melómanos heterogéneo, yendo desde clásicos como “La Vie En Rose” (Édith Piaf, 1947) hasta himnos del rock de los sesenta como “Michelle” (The Beatles, 1965).

17) Avenue B (1999)

A lo largo de sus más de cuarenta años de carrera musical, Iggy renunciaría en más de una oportunidad a la identidad hard rock / proto punk con que la gran mayoría de sus seguidores lo identifica. Sin embargo, de todos estos momentos de desmarque musical, “Avenue B” fue sin duda uno de los más emblemáticos. Ya desde la portada, Iggy dejaría claro que este larga duración no era más de lo mismo, mostrándose como uno más de nosotros, sencillo, sin caretas, despojado de toda espectacularidad. El tono del álbum sería sombrío y melancólico, a ratos abiertamente culposo, con Iggy haciendo de crooner la mayor parte del tiempo, al resguardo de delicados arreglos de cuerdas, órgano Hammond o simplemente echando mano sólo a su voz y tenues melodías. “No Shit”, “She Called Me Daddy” y “Long Distance” sobresalen en la vereda de los cortes apegados por completo al concepto base, mientras que “Corruption” y la versión de “Shakin’ All Over” (Johnny Kidd & The Pirates ,1960) ponen la nota alta a la hora de matizar la oferta. De los discos indispensables a la hora de entender la figura de Iggy.

16) Beat ‘Em Up (2001)

Es cierto que no es su mejor portada, nada qué hacer con eso, pero el álbum definitivamente es mucho más de lo que parece de entrada. Una de las ventajas con que corrió “Beat ‘Em Up” en el momento de su lanzamiento, tuvo que ver con que llegó luego de “Avenue B”, y lo cierto es que nadie estaba esperando que justo después del disco más introspectivo y confesional de Iggy, viniera el álbum más pesado de su catálogo. “Beat ‘Em Up” es un disco de rock duro, visceral y contundente, que alterna momentos de sorpresiva genialidad con otros en que la propuesta se hace algo plana y predecible, lo único que no cae nunca es el nivel de energía, siempre al tope. Basta con escuchar el primer corte para saber que la cosa se viene pesada. “Mask” se encarga de dar el puntapié inicial con guitarras duras y crujientes, un golpe directo a la mandíbula, “L.O.S.T”, “Drink New Blood” y “Go For The Throat” siguen en la misma línea, definitivamente imparables. No deja de ser cierto que el disco suena bastante a lo que sonaba a principios de 2000, pero nunca deja de sonar a Iggy, y ese es uno de los méritos del larga duración.

15) Kill City (1977, con James Williamson)

Tiempos oscuros corrían para Iggy en 1975 (año en que se grabó “Kill City”). Con The Stooges disueltos y con él sumido en lo más profundo de una larga adicción a la heroína, el futuro no se veía prometedor. Por fortuna, James Williamson tenía un par de ideas para sacar a Iggy del infierno en que se encontraba. Pensado inicialmente como demo para convencer a los sellos de rescatar la figura de la Iguana, ahora como solista, el compilado de canciones no fue lanzado hasta 1977, cuando Bomp! Records, empujado por el éxito de los dos primeros discos solistas de Iggy, vio en la propuesta un buen negocio. Las once canciones que dan vida a “Kill City” a la larga serían un crudo testimonio de supervivencia, y además una fantástica muestra del primer Iggy solista, ni stooge ni al alero de Bowie, entregado a un sonido menos visceral, poniendo por primera vez un claro propósito en controlar sus vocales y completamente entregado a sus influencias. El álbum está repleto de guiños musicales de identidad Stones (“No Sense Of Crime” o “Lucky Monkeys”) e incluso Dylan (“I Got Nothin’”). Para completistas, indispensable.

14) Brick By Brick (1990)

Es verdad que, junto a “Blah-Blah-Blah”, este álbum marcaría uno de los hitos más pop de la carrera de Iggy, pero lo cierto es que para su noveno álbum solista, ya había aprendido algunas lecciones. Y si bien era capaz de abrazar de nuevo un proyecto de este tipo, también era capaz de hacerlo sin poner en riesgo su credibilidad. Varios factores se conjugarían para hacer de este álbum uno de los puntos fuertes de la carrera de Iggy, sin embargo, sería la mano de Don Was en las perillas y el equilibrado aporte de sus invitados los de mayor trascendencia. Se trata de un álbum que, si bien tiene muchos momentos de guitarras acústicas y una que otra balada, también deja espacio suficiente para cortes de guitarras más duras y afiladas, y que además en la esquina de las colaboraciones tiene el mérito de no hacer desaparecer a Iggy. Incluso el álbum siempre se siente como un disco donde él es el dueño de casa y no al revés. Finalmente, para coronar la experiencia, el fantástico dueto con la incombustible Kate Pierson en “Candy” se encargaría de regalarle un nuevo himno a la carrera de Pop.

13) Naughty Little Doggie (1996)

Cada cierto tiempo, Iggy se ve en la necesidad de lanzar un álbum donde vuelve a lo que mejor le fluye. “Naughty Little Doggie” es uno de esos afortunados momentos. Álbum de conceptos sencillos, música directa, letras que se pasean entre lo abiertamente torpe y lo testimonial, y mucho, mucho rock, de ese sucio, plagado de guitarras, con momentos que invitan a corear y otros que piden ser aullados sin contemplaciones, todo un retorno a casa. La banda se anota buena parte de los méritos en este larga duración, sin embargo, el trabajo de Eric Mesmerize en la guitarra es excepcional, contundente en cada una de sus intervenciones y con el sentimiento preciso cuando Iggy lo lleva a terrenos más pausados. Por su parte, Pop se mantiene acertado en los vocales la mayor parte del tiempo, perdiendo el tono una que otra vez a lo largo del álbum, pero es tan evidente que él y la banda se lo estaban pasando fantástico cuando grabaron, que todas esas pequeñas fallas quedan finalmente opacadas. De esos discos que uno podría ir a ver completos en vivo y seguro sería un disfrute.

12) Zombie Birdhouse (1982)

Este es por definición el disco experimental de Iggy. Uno de esos álbumes que exige tener la mente abierta para entrar a disfrutar, pero que, si se abordan de buen ánimo, terminan transformándose en un viaje tremendamente gratificante. Después de su ingrata salida de Arista Records, una de las mejores cosas que le pudo pasar a la Iguana fue tener la oportunidad de grabar un álbum sin tener que sufrir las presiones de los sellos tradicionales. Iggy a esta altura todavía se encontraba tratando de definir su identidad solista y, en ese sentido, “Zombie Birdhouse” se configura como uno de sus capítulos imperdibles. Las trece canciones que dan vida al álbum tienen la gran fortaleza de abandonar por completo los límites estilísticos, paseándose por momentos de pasmosa luminosidad new wave (“Run Like A Villain”) para luego abrazar sin contemplaciones el ánimo claustrofóbico y reverberante del post punk (“Life Of Work”), e incluso dejar espacio para cortes de abierta experimentación tipo “Revolution 9” (“Watching The News”). Si había que atravesar barreras, en este disco Iggy lo hizo.

11) TV Eye Live 1977 (1978)

1977 marcaría el antes y después de la carrera de Iggy. No sólo se trataría del año en que finalmente escaparía del infierno de la adicción a las drogas, sino que además sería el momento en que anotaría su mayor y más exitosa reinvención musical. Este es justamente el período que captura “TV Eye Live 1977”, grabado durante la gira promocional de “Lust For Life”. El registro dista mucho de ser pulcro (la calidad del sonido supera discretamente la de un bootleg), sin embargo, se trata del primer lanzamiento oficial de Iggy en este formato y funciona perfecto como testimonio de esa etapa única en que comenzaba a intentar mezclar la visceralidad de su primera encarnación con el art rock bowieniano de su nueva propuesta. El set se reparte equitativamente entre estos dos mundos, destacando en cada uno de ellos la contundente interpretación de “I Got A Right” y la oscura viscosidad de “Nightclubbing”, con un David Bowie preciso en los teclados. El tiempo probaría la relevancia de este período, encargándose de sacar a la luz año tras año nuevos registros de la misma gira.

10) Soldier (1980)

El segundo álbum de Iggy en Arista Records fue uno de esos que, a pesar de tener múltiples obstáculos, de alguna manera se las arreglan para salir adelante y hacerlo bien. Iggy no sólo tendría que lidiar con la ausencia de alguien asumiendo la producción luego de que James Williamson y David Bowie abandonaran el proyecto, sino que además tendría que sobreponerse a la antojadiza decisión de prácticamente borrar de la mezcla final los aportes de Steve New (guitarrista principal) con quien nunca logró congeniar. Curiosamente, esto último terminaría dándole al álbum uno de sus grandes sellos sonoros, con el teclado de Barry Andrews asumiendo el rol protagónico. “Soldier” dista mucho de ser un disco redondo, pero tiene momentos de abierta lucidez, como los cuatro minutos de agobiante post punk de “Mr Dynamite” o el caricaturesco puntapié inicial de la mano de “Loco Mosquito”. El álbum logra salir bien parado, incluso en aquellos pasajes de rock más tradicional, como “Knocking ‘Em Down (In The City)” o “I Need More”. Iggy ganándole al destino una vez más.

9) Preliminaires (2009)

Cansado del formato rock, golpeado por la muerte de Ron Asheton y fundamentalmente inspirado por la novela “The Possibility Of An Island” de Michel Houellebecq, Iggy decidió expandir los límites de su paleta sonora con un álbum de lo que podríamos clasificar como europop. Los primeros segundos de la placa con Pop recitando en francés los versos que dan inicio a “Les Feuilles Mortes” son impagables, la suave cadencia del fondo musical, el fraseo calmo y sentido, y el desgarrador solo de clarinete encargado de rematar el corte, son un reflejo perfecto del ánimo que envuelve a esta entrega. Es un álbum para dejarse sorprender, elegante sin caer en excesos y atrevido, no sólo a la hora de aventurarse a recorrer los parajes de la chanson francesa, sino que además explora todas y cada una de las raíces que el padrino del punk decidió visitar. Jazz de New Orleans, blues, electrónica y hasta un extracto del libro de Houellebecq básicamente leído por él, son sólo parte de lo que da vida a este álbum. Sin duda, el más inesperado y exitoso giro en la carrera de Iggy Pop.

8) American Caesar (1993)

Perfectamente equilibrado. Ese el concepto que mejor define “American Caesar”. Tratándose de uno de los dos discos más extensos de su carrera, el disco nunca pierde el curso y lo mejor de todo es que en ningún momento se siente realmente predecible o forzado. Iggy no se olvida de ser agudo en este álbum, sin embargo, no sólo se dedica a ser punzante y acusador (“Wild America” es el ejemplo perfecto de esta faceta del larga duración), sino que además se toma el tiempo para reflexionar en un ánimo que de confrontacional no tiene nada, como lo hace por ejemplo en la fantástica “Highway Song”. Por otro lado, en lo musical el disco sigue la misma idea de equilibrar propuestas, negándose a ser encasillado. En los 71 minutos que dura esta entrega hay espacio para cortes de espíritu blues (“Mixin’ The Colors”), garage punk (“Plastic & Concrete”) e incluso para tributar uno de los clásicos del rock y darse el gusto de cambiarle la letra (“Louie Louie”). La oferta es tan variada, que hasta la extrañísima “Caesar” –una de las encargadas de cerrar el álbum– parece tener cabida en esta aventura.

7) The Stooges (1969, con The Stooges)

El álbum debut de The Stooges es de esos discos donde la energía de la banda es tan grande, que el resultado final sólo contempla dos posibles desenlaces. El primero (y le sucedió a muchos), terminar con un larga duración que es un completo caos. El segundo, dar vida a un disco capaz de arrasar con todo lo que tiene a su paso. Iggy Stooge (voz), Ron Asheton (guitarra), Scott Asheton (batería) y Dave Alexander (bajo), dieron vida a un disco que precisamente se llevó todo por delante. Oriundos de Ann Arbor Michigan (ciudad a la que va dirigida la sexta pista del álbum), estos cuatro desadaptados no tenían tiempo para amor ni flores, lo suyo era pura visceralidad. Las toneladas de wah wah en la guitarra de Ron, la monótona interpretación vocal de Iggy y el martilleo casi primitivo de Scott en la batería, harían de “1969” y “No Fun” himnos eternos para una generación cansada de mirar al horizonte y no encontrar nada. Pero no sólo desencanto hay en esta primera aventura Stooge, “We Will Fall” nos llenaría de psicodelia y “I Wanna Be Your Dog” se graduaría como la más psicopática y adictiva canción de amor de los sesentas. Inmortal.

6) Post Pop Depression (2016)

Post Pop DepressionMás allá de opiniones personales, “Post Pop Depression” marca sin duda alguna el último gran retorno de Iggy. A lo largo de su carrera, en más de una oportunidad probó brillar con más fuerza cuando estaba acompañado de un buen colaborador (el caso emblemático es el de Bowie). En esta ocasión, el compañero de viaje fue ni más ni menos que Josh Homme (QOTSA), con resultados que terminarían siendo francamente excepcionales. El álbum tiene justamente eso que hizo de “Lust For Life” (1977) y “The Idiot” (1977) entregas irremplazables, que básicamente es la completa y absoluta novedad de la oferta. Sin sonar a ningún disco previo del padrino del punk, Iggy logra poner su sello en cada uno de los tracks que dan vida al larga duración. El álbum pasa de momentos de pasmosa grandilocuencia a otros abiertamente más radiales, como “Sunday”, sin perder un ápice de consistencia, haciendo además la pausa precisa para reflexionar acerca de la frágil naturaleza del ser (“American Valhalla”) y darse el gusto de mandar a todo el mundo al infierno, como sólo el viejo Iggy sabe hacerlo (“Paraguay”).

5) New Values (1979)

Después de dos discos firmados con David Bowie, Iggy tendría que probar que era capaz de sostener una carrera solista por sí mismo. Lo interesante de esto fue que, aun rodeándose de excelentes colaboradores para dar vida a “New Values” (James Williamson y Scott Thurston), los mejores temas resultaron ser aquellos compuestos por Iggy en solitario, probando así que no sólo gozaba de excelentes virtudes solistas, sino que además era capaz de entregar una oferta variada y seductora. Los primeros dos tercios del disco son realmente excepcionales. “Tell Me A Story” abre el camino liviana y contagiosa, “New Values”, “Girls” y “I’m Bored” combinan de forma perfecta la figura del Iggy bufón con el desencanto Stooge de su primera encarnación, mientras que “Don’t Look Down” tributa lo que hizo Bowie en “Young Americans” (1975). Todo esto sin siquiera llegar a “Five Foot One”, otro de los imperdibles del álbum. Es cierto que el tramo final de “New Values” cae sustancialmente en calidad, sin embargo, lo anterior es tan bueno, que el cierre es absolutamente perdonable.

4) The Idiot (1977)

El primer disco solista oficial de Iggy Pop marcaría hitos relevantes no sólo en su carrera, sino que además con el tiempo probaría su trascendencia a la hora de promover el desarrollo de nuevos estilos musicales. Escrito en conjunto con (y producido por) David Bowie, el álbum es reflejo del incesante período de búsqueda musical que estaban atravesando ambos artistas. De hecho, “The Idiot” fue gestado en la misma época de “Low” (1977) del duque blanco, pudiendo considerarse de alguna forma como uno de los discos no oficiales de la famosa “trilogía berlinesa” de Bowie. La pasmosa viscosidad de la mayor parte de los pasajes del álbum (con la excepción quizás de “China Girl”), las aplastantes líneas de bajo encargadas de marcar el cansino paso de cada corte y la asfixiante atmósfera dibujada por los teclados, harían de temas como “Nightclubbing” y “Sister Midnight” himnos imperecederos de la década del setenta, pero además se encargarían de dejar el camino abierto para que el post punk comenzara prontamente a dar sus primeros pasos.

3) Fun House (1970, con The Stooges)

Cuesta creer que, entre el debut discográfico de The Stooges y este álbum, exista sólo un año de diferencia. No es que el segundo disco del cuarteto marque un cambio gigantesco en términos de propuesta musical, ni tampoco que el nivel de energía de la banda cayera en lo más mínimo, lo que diferencia a “Fun House” de su predecesor es el concepto álbum detrás de esta entrega, quizás sin la espectacularidad del homónimo si uno se queda en los singles, pero sin duda una experiencia mucho más completa. La voz de Iggy ya no sólo transmite abulia o rabia, sino que además es capaz de matizar y levantarse por sobre el resto de sus compañeros para controlarlo todo, la guitarra de Ron Asheton hace gala de recursos cada vez más variados y la base rítmica sigue sonando como una locomotora. Todo esto sin contar los momentos en que Steve Mackay (saxofón) se da el gusto de teñir de una personalidad aún más peligrosa los cortes en que interviene. Por otro lado, si se trata de singles, “Down On The Street”, “T.V Eye” y “Fun House” tienen méritos de sobra para instalarse holgadamente en la vitrina de lo mejor del garage rock.

2) Lust For Life (1977)

Tratándose de un álbum superlativo, “The Idiot” acarrea un “problema” que tiene que ver con la figura de David Bowie: esta es demasiado grande en el primer disco solista de la Iguana. Por el contrario, en “Lust For Life” si bien los colaboradores terminarían siendo casi los mismos, cada uno de los rincones que dan vida al álbum grita Iggy Pop hasta el hastío. Los cuarenta minutos del larga duración exudan esa energía única, contagiosa e impredecible del padrino del punk. Las letras son directas e ingeniosas, y prácticamente cada uno de los cortes del disco probaría estar pensado para seguir creciendo con el paso de los años. “Lust For Life” tiene una sección rítmica apabullante, “Sixteen” se pasea por los límites de la incorreción en un estilo cien por ciento Iggy, “The Passenger” se cuelga de un poema de Jim Morrison para reflexionar acerca de la vida echando mano a un riff de guitarra misterioso y adictivo, y en “Success” la Iguana se ríe un poco de sí mismo, tomándose esta segunda vuelta con calma y optimismo. Lo único que se puede hacer frente a un álbum tan redondo como este, es seguir escuchándolo una y otra y otra vez.

01) Raw Power (1973, con The Stooges)

¿Por qué a Iggy le dicen el “padrino del punk”? En gran medida por “Raw Power”. El tercer y último álbum de la primera encarnación de The Stooges sería el último aullido desesperado de una banda que, más que un conjunto de rock, era un bomba de tiempo a punto de estallar dejada al cuidado de un grupo de marginados que hacían música básicamente porque era la única manera de vivir que podían entender.

Nunca un álbum de The Stooges sonó tan urgente, nunca más en la década del setenta un álbum volvería a encontrar ese equilibrio perfecto entre oscuridad, descontrol y belleza, y nunca más un disco abriría con el ímpetu que lo hace Iggy declarando “I’m a streetwalking cheetah with a heart full of napalm” (“soy un leopardo callejero con el corazón lleno de napalm”) en “Search And Destroy”.

Fue la única vez que el conjunto contó con Ron, Scott Asheton, Iggy Pop y James Williamson al mismo tiempo en la formación y, aunque para el mayor de los Asheton fue un calvario hacerse cargo del bajo para ceder la guitarra a Williamson, lo cierto es que el tiempo probaría que esta era la mejor combinación para ellos. Algo había en ese momento de máxima inestabilidad del conjunto que llevó a este grupo de desadaptados a dejarlo todo en las ocho canciones que dan vida al álbum. La urgencia de “Search And Destroy”, la tensa oscuridad de “Gimme Danger”, el primitivo punk de “Shake Appeal”, el destemplado garage rock de “Your Pretty Face Is Going To Hell” y el viscoso blues rock de “I Need Somebody” no sólo harían de este disco un álbum inmortal, sino que además dejarían una huella indeleble en las generaciones por venir. Todo un testimonio rock.

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