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Mixhell: Todo en familia

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No sólo bandas como Yo La Tengo o Sonic Youth tienen entre sus miembros a parejas de casados. Desde mitad de la década pasada, a esta lista se le suma el dúo electrónico Mixhell. Compuesto por el músico brasilero, ex baterista de Sepultura, Igor Cavalera y su mujer, Laima Leyton, llegan a la tercera edición de Maquinaria Festival con su mezcla de hip-hop, sonidos programados y, la especialidad de la casa, rock.

La relación conocida de Igor con la música comienza a sus trece años cuando, junto con su hermano Max, dieron vida a Sepultura. La banda de trash metal fundada en Belo Horizonte, es considerada una de las más exitosas e importantes del rock brasileño. Igor participó en los primeros diez discos de la banda y fue parte fundamental en la realización de los trabajos más trascendentes de la agrupación, como “Beneath The Remains” (1989) o “Arise” (1991), y “Chaos A.D.”, álbum de 1993 que, para muchos, transformó a Sepultura en el mito que conocemos hoy; aquel que formó escuela y que dominó al mundo en los noventa.

En 1996, la relación entre hermanos decayó por culpa de los distintos proyectos que Max Cavalera estaba preparando. Y fue el baterista el encargado de despedirlo después de más de diez años unidos como banda, desde que eran unos niños.

Poco a poco la hermandad volvió a la normalidad, y fue en 2006, después que Igor dejó Sepultura, que Max lo invitó a girar junto con Soulfly durante ese año, pero su estadía no duró demasiado. El desencanto por el hard rock y la falta de tiempo para estar con su familia, hicieron que el menor de los Cavalera se alejara nuevamente. Sin embargo, el desaliento que experimentaba lo hizo formar Mixhell junto a Laima, su mencionada esposa. Con un DJ set que también incluye sonidos en vivo, el dúo combina a la perfección la electrónica con el legado rockero de Igor, con la misma potencia y fuerza que liberaba tras la batería, como fuimos testigos en 2011 cuando, nuevamente junto a Max, trajeron a Maquinaria el sonido de Cavalera Conspiracy. Especializados en los remix, la pareja ha participado en discos del alemán Boys Noize y haciendo una nueva versión de “Isolate” del norteamericano Moby. Con Mixhell, la fiesta está asegurada.

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Especial En Órbita 2017: Cigarettes After Sex

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Cigarettes After Sex

Un cenicero con los restos de cigarros recién apagados. Ventanas con las cortinas cerradas. Ropa interior en el suelo, en una silla, en medio de las sábanas o los cojines. ¿Solo o acompañado? ¿Luces prendidas o apagadas? ¿Imaginación, sueño o realidad palpable? Los ambientes que genera Cigarettes After Sex en sus canciones pintan imágenes complejas, ponen espejos al frente, y permiten la intermitencia entre brillantez y opacidad, porque el amor, el sexo, la soledad, y todo lo que esté entremedio, son puestos en la lupa sonora del cuarteto liderado por Greg Gonzalez.

Aunque con EP “I” (2012) habían tenido una notoriedad clara y su manera de ver al pop estaba de manifiesto, ciertamente había terminaciones que pulir y escenarios que iluminar más allá de lo teatral. En su álbum debut homónimo, salido en junio pasado, Cigarettes After Sex consigue salir de lo esquemático que podría ser su tipo de composición, y así las cosas fluyen. En vez de andar a tropiezos con las piezas de ropa que caen, todo puede ir un poco más lento, pero con más seguridad en los recursos y movidas a utilizar. En la habitación que se llena del sonido de los norteamericanos ya no es necesario tropezar al andar, porque cada movimiento tiene un impulso natural, entre un dreampop elegante y una manera oscura de plantar el ambient, entre una voz aterciopelada y bajos y ritmos profundos.

Quizás el rubro donde le falte cierta experiencia a la banda sea en las letras, que no consiguen la delicadeza que la interpretación en instrumentos y voz sugieren, pero también es parte del aprendizaje. Quizás son las palabras que se meten entre los cuerpos y que traban el correr de la sangre, que hielan las manos y convergen en la necesidad de seguir adelante, porque lo que consigue musicalmente Cigarettes After Sex no es sólo remitir a lo que ocurre en pareja, trío, o grupo de gente que se busca entre el amor, odio, lujuria y ausencia, sino que armar recuerdos que se puedan esconder en los beats de un bajo casi tan protagonista en la melodía como la voz de Greg, que entre tul y cuero sumerge las conciencias en historias sencillas, pero que conectan con el oyente.

Eso sí, lo concreto de las letras permite que haya un ancla en el mundo real. No se trata de un lugar de ensueño, donde el acto de tocar, besar, desear o amar quede restringido a acciones sin consecuencias. En las canciones de Cigarettes After Sex –y en especial en su LP homónimo– existen detalles concretos, corazones rotos (“Sweet”), ilusiones que se traducen en metáforas demasiado directas (“Opera House”) o la cotidianidad de una cama (“K”). No hay mucho que esconder cuando el olor a tabaco continúa en el dormitorio o cuando la brisa de la madrugada pega en los hombros, porque en medio de un ambiente idílico reside lo humano, a través del contacto físico y/o emocional.

A eso termina refiriendo la banda, entre un minimalismo elegante y sexy, a lo humano, a lo que puede errar, a lo que puede doler, y también a lo crudo e insensible (“Young & Dumb”), donde Gonzalez es capaz de culpar a su objeto de deseo de forma misógina por despecho, y aun así sonar como si pudiera convencer a cualquiera de seguirlo, a él y a sus palabras. El mundo de Cigarettes After Sex no es perfecto, se repleta de cenizas, ropa revuelta, olor a humo, a fluidos corporales, a alcohol, a ausencia, de dolores y palabras envueltas en rocas y cemento. El difícil terreno de lo carnal y lo ecléctico se funde en medio de imperfecciones que otorgan la calidez necesaria para que las canciones y los sonidos no se queden en axiomas vacíos, sino que realmente puedan generar una conexión significativa. Y en ese tipo de construcción narrativa y musical es que Cigarettes After Sex se ha vuelto una banda necesaria de escuchar y sentir. Bien adentro. Humanamente.

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