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Mejores Discos 2018

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Pensar en los límites de género, estilos o formas de ver la canción, es algo complejo en tiempos como los que vivimos. Pese a que la música nunca fue más accesible y cotidiana, el valor que se le asigna a esta va en un declive evidente. Con el streaming, la posibilidad de escuchar los discos favoritos es más cercana que nunca, pero así también la evidencia de cómo ciertos sellos y artistas se toman los espacios más allá de su calidad o atractivo. Drake llenó con su “Scorpion” todo el espectro de Spotify en su lanzamiento, en el ejemplo más burdo, sin embargo, no todo está perdido: los vinilos siguen subiendo sus niveles de venta y, aunque pueda ser por estética y moda, esto implica que un disco importa y va más allá de un single. Por eso en HumoNegro no hacemos listas de canciones, algo que es tan fugaz como personal. En vez de eso, nos decidimos por una lista, una sola, que recoja lo mejor del año, con conceptos, canciones, producción, mensajes y más, que permitan elevar el valor de la música, en un año complicado de vivir en el planeta como fue este.

Dentro de la lista llama la atención –para bien– la cantidad de solistas femeninas que aparecen. Cuando se dice y discute si el “rock está muerto” o no, pareciera una discusión tan ombliguista como machista, que olvida a las mujeres que están tirando para arriba el género hace rato, con más honestidad y huevos que muchos. Sea denunciando la inseguridad al caminar sola por un parque (“Nameless, Faceless” de Courtney Barnett), o buscando la empatía por la opresión que el machismo ejerce sobre los propios hombres (el concepto que trasunta el último álbum de Christina Rosenvinge), y llegando a subvertir la idea de cómo narrar desde diferentes personajes (el impactante “Be The Cowboy” de Mitski), ejemplos hay muchos y valen ser destacados, en una lista que año a año va ganando en equidad de género, no por cuota, sino por la innegable calidad del material.

Finalmente, una aclaración: este año no habrá listado de discos chilenos y tiene que ver con el ánimo de erradicar fronteras, que es algo que nos ha ocupado en los últimos años. Podemos decir que en 2018 hubo álbumes hechos en Chile que se quedaron en las orejas y bibliotecas de nuestros colaboradores, sin nada que envidiar a producciones de carácter global, ya sea recogiendo influencias ligadas al territorio y al continente, como pasa con Niños del Cerro, o en un afán alquimista y arriesgado de hacer música rica en desprejuicios, como pasa con el debut solista de Fran Straube bajo el nombre Rubio.

Más abajo, el video con el listado y una pincelada de cada disco. Esperamos le den una chance a los sonidos que convergen en este espacio, descubran y, por supuesto, nos indiquen en los comentarios qué álbumes les resuenan en la cabeza, orejas y corazón de este año 2018.

50. Tribulation – “Down Below

49. Noname – “Room 25

48. Hookworms – “Microshift

47. Paul Weller – “True Meanings

46. Tracyanne & Danny – “Tracyanne & Danny

45. Anderson .Paak – “Oxnard

44. Rolling Blackouts Coastal Fever – “Hope Downs

43. Niños del Cerro – “Lance

42. Kids See Ghosts – “Kids See Ghosts

41. St. Vincent – “MassEducation

40. Blood Orange – “Negro Swan

39. Sleep – “The Sciences

38. Rosalía – “El Mal Querer

37. Neko Case – “Hell-On

36. Jeff Rosenstock – “POST-

35. Soccer Mommy – “Clean

34. Seun Kuti & Egypt 80 – “Black Times

33. Robyn – “Honey

32. Low – “Double Negative

31. Spiritualized – “And Nothing Hurt

30. Christina Rosenvinge – “Un Hombre Rubio

29. U.S. Girls – “In A Poem Unlimited

28. Slaves – “Acts Of Fear And Love

27. Ben Lamar Gay – “Downtown Castles Can Never Block The Sun

26. Rubio – “Pez

25. Deafheaven – “Ordinary Corrupt Human Love

24. Iceage – “Beyondless

23. Architects – “Holy Hell

22. Ty Segall – “Freedom’s Goblin

21. Suede – “The Blue Hour

20. Lucy Dacus – “Historian

19. Rolo Tomassi – “Time Will Die And Love Will Bury It

18. Behemoth – “I Loved You at Your Darkest

17. Daughters – “You Won’t Get What You Want

16. Screaming Females – “All At Once

15. Parquet Courts – “Wide Awake!

14. Janelle Monáe – “Dirty Computer

13. Stephen Malkmus & The Jicks – “Sparkle Hard

12. The Good, The Bad & The Queen – “Merrie Land

11. Mitski – “Be The Cowboy

10. The Breeders – “All Nerve

Que bien que le hizo a The Breeders recuperar a Josephine Wiggs (bajo) y Jim MacPherson (batería). Es difícil explicar por qué una formación supera largamente a otra tratándose siempre de buenos músicos, sin embargo, esta nueva-antigua encarnación del cuarteto logró traer de vuelta eso que alguna vez hizo de The Breeders uno de los exponentes más destacados de la escena del rock alternativo noventero. En “All Nerve”, las hermanas Deal vuelven a sonar cómplices y divertidas, logrando ir de paisajes llenos de candidez a otros, donde lo que domina es el sucio rock de guitarras, sin dejar de sonar atractivas en ningún momento. Este nuevo larga duración se las arregla para mirar de frente el legado de “Pod” (1990) y “Last Splash” (1993) sin nada que envidiarles. Pero esto no es sólo nostalgia noventera: lo que hoy tenemos al frente es una banda que suena empoderada y segura, de esas que sólo pueden sorprender cuando llega el momento de enchufarse y tocar. | David Martínez

9. Cloud Nothings – “Last Building Burning

Mientras la mayoría de las bandas con el paso de los años tiende a bajar las revoluciones privilegiando un sonido más melódico, Cloud Nothings nos sorprende con una propuesta que se siente cada día más urgente y explosiva. “Last Building Burning” se cuelga del ADN más primigenio del espíritu del rock, entregándonos un álbum abiertamente amenazante, donde el vocalista Dylan Baldi se deja los pulmones cantando (aullando) cada canción, y el martilleo preciso de la batería complementa de forma perfecta cada uno de los ásperos riffs de los ocho tracks que dan vida al LP. A ratos punk, por momentos hardcore, e incluso noise, lo importante acá no son las etiquetas. Lo excepcional de esta quinta entrega de los oriundos de Cleveland es que lograron hacer un álbum que no sólo suena como un disco “en vivo”, sino que se siente como una propuesta viva y desafiante. Definitivamente, la banda alcanza su mejor momento. | David Martínez

8. Beach House – “7

Si hay una forma de describir la música de Beach House, esa claramente debe guardar alusión con la profunda belleza en que se desarrollan las canciones del dúo. Con “7”, los oriundos de Baltimore parecen absorber todo lo aprendido en sus anteriores trabajos para conjugar una serie de elementos que pasan de lo cálido a lo tenebroso sin mayores dificultades, otorgando secciones de profunda calma, como también de una inquietante tempestad. La insanidad social y el contexto actual de vivir tiempos en que no queda otra que resignarse a la idea de un desolador panorama, son ideas que se repiten continuamente bajo 47 minutos de tormentoso dream pop, al más puro estilo de una banda que tomó elementos de diferentes fuentes para transformar un sonido que en el futuro será citado bajo su propio nombre. Por mucho que parezca una reinvención, esto no es más que otra transformación dentro del agitado legado que está trazando Alex Scally y Victoria Legrand. | Manuel Cabrales

7. Thom Yorke – “Suspiria

La banda sonora de una película de horror y suspenso debiese ser algo que se rige estrechamente bajo los cánones tradicionales del género, pero cuando se cuenta con la mente creativa de Thom Yorke, el resultado final puede variar mucho de lo que acostumbramos a escuchar en cintas de este tipo. Con “Suspiria”, el frontman de Radiohead aborda el concepto de soundtrack bajo diferentes miradas, mezclando tracks instrumentales, interludios y canciones, permitiendo que una obra que en su génesis debe servir como complemento, pueda desplegarse de manera independiente y cobre vida propia sin alejarse necesariamente de su punto principal. Más allá de darle una reimaginación a la banda sonora original compuesta por Goblin en 1977, Yorke hace el mismo trabajo que el director Luca Guadagnino adquiere con la película: contar una historia propia que se mantenga fiel sólo a las características principales, siempre privilegiando un panorama diferente desde otro punto de vista. | Manuel Cabrales

6. Kamasi Washington – “Heaven And Earth

Para muchos, puede que el jazz sea algo anticuado y pasado de moda, pero lo cierto es que existen casos muy especiales que siguen haciendo que un estilo, en su esencia ortodoxo, mantenga su impronta vanguardista y vuelva a ser interesante para los ojos de la crítica y las masas. Con “Heaven And Earth”, Kamasi Washington recorre diversos pasajes y texturas para plantear nuevos paradigmas en torno a su música, así como también para representar de manera fiel y refinada los entornos y contextos creativos en que el saxofonista libera su alma para con la música. Desde la apertura con “Fists Of Fury”, Washington nos transporta mediante un viaje lleno de contrastes y diversas tonalidades, lo que se complementa con la despampanante banda de acompañamiento que refuerza las ideas sonoras que el músico plantea dentro de su obra. | Manuel Cabrales

5. Courtney Barnett – “Tell Me How You Really Feel

Hace tres años, Courtney Barnett facturó uno de esos discos debut que al mismo tiempo que llevan a una banda a oídos de todo el mundo, rápidamente se pueden terminar convirtiendo en la peor pesadilla de cualquiera. Por fortuna, la australiana no se complica con esa “maldición del segundo disco” y sin inconvenientes se las arregló para regalarnos un álbum que, además de ser excepcional, definitivamente la gradúa como una de las voces imprescindibles de su generación. “Tell Me How You Really Feel” nos acerca a una Barnett más personal, directa y segura de sí misma, capaz de hacer convivir con absoluta coherencia paisajes sonoros de viscosa oscuridad y espíritu garage punk (“Hopefulessness”; “I’m Not Your Mother I’m Not Your Bitch”) con otros de luminoso pop (“Charity”; “Walking On Eggshells”), siempre con guitarras bien noventeras. Versátil, convincente y cautivador; uno de esos discos que hacen sentir que la escena sólo puede mejorar. | David Martínez

4. Shame – “Songs Of Praise

Rabia inglesa, pero sin angustia. Angustia inglesa, pero sin dolor. La elegancia y también suciedad en el sonido del quinteto Shame es una de sus marcas registradas, algo complicado de decir para una agrupación que acaba de sacar este año su disco debut, pero que con una madurez rara para bandas así consigue precisamente hacerse un nombre con rapidez. Fuertemente arraigados en el legado del punk y rock clásico inglés, “Songs Of Praise” presenta el amplio rango que puede tener la post-adolescencia de un británico, expuesta mediante lo más carnal y también lo más genérico. Aunque el disco muestra atisbos de genialidad, lo que entregan las diez canciones del debut de Shame es la sensación de querer más para poder seguir tratando de mirar el mundo desde el cristal de una de las más vitales bandas salidas en los últimos años. | Manuel Toledo-Campos

3. Car Seat Headrest – “Twin Fantasy (Mirror To Mirror)

Rehacer un disco icónico para el fan más fan, acomodándolo a circunstancias muy diferentes, sin perder por completo la magia, era una tarea casi imposible, pero Will Toledo consiguió hacerlo y, de paso, entregar el disco que siempre se podrá considerar la piedra angular de Car Seat Headrest. Grabado en su auto hace casi una década y sólo lanzado limitadamente en un Bandcamp, “Twin Fantasy” se transformó en disco de culto, sin embargo, Will sabía que nunca pudo hacerlo con los recursos que hubiera querido. Casi un álbum conceptual que aborda cómo lidiar con la depresión, la angustia, las relaciones correspondidas y las que no, “Twin Fantasy” ya tenía mucha densidad emocional, pero lo aprendido en varios trabajos de estudio más profesionales le dio a Car Seat Headrest la chance de rearmar de cero una colección de canciones tan ambiciosas como queribles, transformándolo en el elegante, rabioso, crudo y a ratos eclesiástico “Twin Fantasy (Mirror To Mirror)“, que por complejidad, catarsis y manejo, se vuelve uno de los discos más necesarios de 2018. | Manuel Toledo-Campos

2. Father John Misty – “God’s Favorite Customer

Dicen que todo está inventado, pero eso no es impedimento para que Father John Misty desarrolle sus conceptos bajo la figura de un crooner moderno, alguien que abraza la cultura predominante del internet y los distintos estereotipos de la sociedad. Algo parecido a eso es lo que Josh Tillman hace en “God’s Favorite Customer”, donde adopta un contexto mucho más profundo que en otros de sus discos, aunque sin dejar de lado el histrionismo característico de su figura, que es finalmente el elemento que hace llamar la atención y genera esta enemistad existente contra el músico en algunos sectores. FJM está consciente de la imagen que proyecta, una de alguien que no parece tomarse muy en serio las cosas, casi como una parodia de sí mismo, pero la genialidad con que el músico adopta esa ironía es lo que finalmente le aporta un sentido distinto a un disco que, musical y líricamente hablando, es una maravilla en varios sentidos. Multidireccional y todo, esta es una obra que debe estudiarse mucho más a fondo, entendiendo que, luego de cuatro discos, es tiempo de empezar a tomarse en serio el aporte que Tillman está haciendo en la música. | Manuel Cabrales

1. Idles – “Joy As An Act Of Resistance.

En muchos ámbitos, 2018 fue un pésimo año. En el mundo, el avance de las fuerzas y pensamiento fascista están tomando cuotas cada vez más grandes de poder, y en nuestro país la realidad que siempre tenía tintes un poco más equilibrados también ha tendido a un populismo de derecha muy peligroso. Es un contexto cruel, de esperanzas rotas, enfrentamientos inevitables y decepciones por doquier. ¿Por qué vamos a sonreírle a algo así? Simple: porque, de acuerdo a la lógica de Idles, si el enemigo te ve contento, va a notar de que no te está haciendo daño y que la derrota todavía no está cerca. “Joy As An Act of Resistance.” es el sonido que necesita el mundo hoy: rabioso, enérgico, energético y, a la vez, cándido. Desde un punk que se construye mucho de otras vertientes y letras que se abocan a defender valores del sentido común, como el respeto a todas y todos por igual o a la migración, el quinteto inglés logra generar un “punk positivo”, que no por ello podrá caer en la ingenuidad o en la falta de densidad. Anti-Brexit, anti-racismo, anti-masculinidades tóxicas, Idles consigue un álbum lleno de júbilo cuando la lógica indicaría lo contrario, y busca construir en medio de tanto espíritu destruido por desigualdades e injusticias. Con un gran sonido y con una actitud implacable, “Joy As An Act of Resistance.” es el soundtrack perfecto para estos verdaderos “Tiempos Peores”. | Manuel Toledo-Campos

Aquí el listado en forma de vídeo:

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Los discos de Bob Dylan

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Bob Dylan Discos

El 24 de mayo de 1941 en Duluth, Minnesota, nace Robert Allen Zimmerman, más conocido como Bob Dylan, uno de los músicos más trascendentes de la escena folk, rock y blues de los 60 y 70. Figura difícil de atrapar, enemigo de los rótulos y eterno héroe de las letras, ha dado vida a una carrera incombustible, plagada de himnos grabados a fuego en el imaginario colectivo.

Como buen artista con más de cinco décadas de carrera en el cuerpo, es poseedor de un catálogo discográfico gigantesco, que muchas veces puede ser abrumador cuando uno desea aproximarse a su obra. Con esto en mente, y a manera de celebrar su figura en el momento en que cumple años, hemos querido compartir con ustedes un ranking de los larga duración de estudio del cantautor, partiendo por sus trabajos menos afortunados para luego cerrar con sus obras maestras. Como todo ranking, el orden de los discos tiene un carácter subjetivo y sin duda debatible, por lo que, más que centrarse en el lugar de cada álbum, nos gustaría que disfruten el recorrido tanto como lo hicimos nosotros.

39°

Knocked Out Loaded (1986)

El quinto disco lanzado por Dylan en los ochenta se ubica justo al medio de su peor racha. Las críticas a este álbum no pasan por las canciones incluidas; de hecho, el tema encargado de abrir el álbum es tremendamente efectivo, a pesar de su evidente sencillez. El problema con este disco tiene que ver con su cantidad de puntos bajos. La mezcla de estilos es difícil de entender (pasando por blues rock, pop y reggae), la instrumentación tiene una energía pobrísima y buena parte de los giros sonoros por los que apuesta Bob para ganar intensidad rayan abiertamente en lo cliché (el coro de niños en “They Killed Him” es el ejemplo más claro de eso). Sin duda, de los pocos discos de Dylan que uno podría elegir ignorar.


38°

Down In The Groove (1988)

Definitivamente, la segunda mitad de los ochenta no fue un buen período para Bob. Como a muchos artistas que hicieron el tránsito desde los 70, la firma musical de esta nueva década terminaría pasándole por arriba, llevándolo a perder buena parte de su propia identidad sonora. El álbum número veinticinco de Dylan tiene la particularidad de haber reunido un número gigantesco de colaboradores, incluyendo a Eric Clapton, Jerry García, Steve Jones y Paul Simonon, entre otros, y pese a sus tremendos pergaminos, terminaría dando vida a un deslavado set de pop folk genérico que, como muchos de los discos menos afortunados de Bob, se deja escuchar sin problemas, pero tiene poco o nada para llevarse con uno.


37°

Empire Burlesque (1985)

Muchos discos de Dylan tienen la particularidad de dejar clarísimo de qué se va a tratar el con sólo escuchar el primer tema. Es el caso de “The Times They Are A-Changin’”, “Highway 61 Revisited” y, desafortunadamente también es cierto, con “Empire Burlesque”. Los 46 minutos de música de este álbum califican dentro del pop más plástico que alguna vez le veríamos al artista. La estructura de casi todos los temas es increíblemente predecible, la instrumentación es arquetípica hasta el hastío y, lamentablemente, hasta algunas de las letras (habitualmente su escudo invencible) son desechables. De todas las trilogías que firmó Bob, este álbum da inicio a la más baja de ellas.


36°

Saved (1980)

Segundo disco de la trilogía cristiana. Más allá de las críticas que pueden existir respecto a la originalidad de la oferta musical y de lo “poco desafiante” del contenido narrativo de algunos tracks, lo cierto es que el nivel de entrega que alcanza Bob en estos discos es ciertamente destacable. Cada uno de los cortes de este álbum tiene a Dylan abiertamente dejándolo todo. Sin ir más lejos, la canción que da título al álbum es increíblemente cautivadora, lista para convertir al más recalcitrante de los ateos. Maravillosos pasajes de gospel, precisos acompañamientos vocales y toneladas de intensidad hacen de este trabajo un álbum con el que uno podrá no congeniar, pero que ciertamente tiene grandes momentos.


35°

Self Portrait (1970)

El primer disco de Dylan basado básicamente en versiones (fuera de su álbum debut) exige una mirada abierta. Para empezar, el mismo Dylan ha afirmado que se trató de una humorada, un álbum destinado a bajarle los humos a la gente que insistía en verlo como una figura mesiánica. En ese sentido, es fácil entender lo descuidado del registro, cuyo principal problema es lo desordenado que es. Bob transita caprichosamente por canciones clásicas como “Blue Moon”, cortes de aire country, temas instrumentales y momentos de rareza sublime, como la versión de “The Boxer” de Simon & Garfunkel, donde juega a interpretar las dos voces en tiempos que rara vez coinciden. Un álbum básicamente dirigido a completistas.


34°

Under The Red Sky (1990)

Después de una década para el olvido, el álbum número 27 de Bob Dylan llegó a demostrar que, si bien el oriundo de Duluth aún era capaz de lanzar una placa rescatable como “Oh Mercy”, ciertamente seguía extraviado. La apertura del álbum con “Wiggle Wiggle” no puede ser menos auspiciosa (casi con seguridad no la canción por la que Slash quería ser recordado por colaborar con Dylan), por fortuna, no todo en esta entrega es de ese nivel. De hecho, algunas baladas y pasajes de blues rock son más que correctos, y el tema que da título al álbum es sin duda querible si uno considera que el disco está dedicado a su hija de cuatro años. No es el momento más brillante de Dylan, pero lejos de ser su más bajo.


33°

Dylan (1973)

Después de dejar Columbia y sin hacerlo partícipe, el sello decidió lanzar un nuevo álbum de Dylan usando básicamente canciones que habían quedado fuera de sus dos discos de 1970, dando vida a algo así como una suerte de “Self Portrait”, pero un poco más ordenado. Sólo versiones y algunos cortes tradicionales ocupan este corto set de canciones que, sin ofrecer nada deslumbrante, logra rescatar algunos temas que de lo contrario habrían quedado sepultados por muchos años esperando la llegada de los bootlegs oficiales. Acertadas versiones de “Can’t Help Falling In Love” y, particularmente, la sentida toma de “The Ballad Of Ira Hayes” hacen de este álbum una parada obligada para cualquier seguidor de Bob.


32°

Together Through Life (2009)

Escrito en conjunto con Robert Hunter (Grateful Dead), “Together Through Life” debe ser el único punto de estos últimos 25 años donde Bob Dylan se ha anotado un claro traspié. Sin duda, hay seguidores que siempre van a disfrutar un nuevo disco de blues folk con mucho del sonido de New Orleans viniendo de Bob, el problema de este álbum es que básicamente se dedica a repetir la fórmula que venía explotando en sus últimos discos y la hace sonar plana, ofreciéndonos muy poco para conservar con nosotros al final del día (“It’s All Good” debe ser la gran excepción). Tomar el espíritu de una canción que Bob iba a componer para un soundtrack y terminar haciendo un álbum de ello quizás no fue la mejor idea.


31°

Christmas In The Heart (2009)

Tal como dice el título, el gran atributo de esta colección de clásicos de Navidad es el cariño con que está hecho. Para el año 2009 Dylan estaba pasando por un período complejo en términos de desempeño vocal, y claramente estaba teniendo problemas para adaptarse a su “nueva” voz (cosa que es posible notar también en “Together Through Life”). Afortunadamente, la instrumentación, el ánimo general del grupo de músicos y la forma en que están logradas las atmósferas es tan maravillosa, que el álbum logra transmitir de manera perfecta el espíritu que intenta contagiar, más allá de los baches vocales que uno pueda encontrar. Sorpresivamente, Dylan se anotó uno de los mejores discos de Navidad de los últimos años.


30°

Shot Of Love (1981)

El último disco de la trilogía cristiana tiene sin duda más aciertos que desencuentros. El ánimo es más luminoso que en “Saved”, el trabajo en la guitarra se anota un punto alto y el grueso de la apuesta sonora es convincente e incluso contagiosa más allá de algunas variaciones estilísticas algo difíciles de entender, que van desde el reggae a canciones de aire motown. El problema con “Shot Of Love” tiene que ver desafortunadamente con el ánimo de Dylan en lo narrativo, donde por momentos se le escucha abiertamente molesto y acusador (lo contrario que uno esperaría de un tipo lleno de espiritualidad). Claramente, después de tres discos en esta misma línea, Bob necesitaba comenzar a mirar hacia otros horizontes.


29°

Pat Garrett & Billy The Kid (1973)

Para muchos el disco de “Knockin’ On Heaven’s Door” y nada más. Sin duda, el tema versionado por Clapton en 1975 y luego por Guns N’ Roses en 1987 se ha instalado fuerte en el imaginario colectivo, y posiblemente ha hecho llegar a Dylan a más de un curioso. Por fortuna, el disco es mucho más que eso. No hay que olvidar que el álbum número 12 de Dylan es un soundtrack, y en esa línea se aboca la mayor parte del tiempo a generar ambientes que, para ser justos, están muy bien logrados. Viniendo de Bob, indudablemente uno quisiera tener más letras para revisar (el disco incluye otros tres cortes “cantados”), pero la verdad es que el álbum logra graduarse con éxito en la línea folk country que se dedica a explorar.


28°

Triplicate (2017)

Luego de dos discos fundamentalmente, dedicados a versionar clásicos en su gran mayoría popularizados por Frank Sinatra, Dylan decidió volver a apostar por la misma fórmula, pero esta vez con un disco triple. Un desafío mayor, pero de alguna forma, y mirado en retrospectiva, un ejercicio que el cantautor parecía necesitar (en lo vocal y también en lo motivacional) para poder volver a la composición original. Los 95 minutos de “Triplicate” no son un recorrido fácil. Extremadamente homogéneo por largos pasajes, la virtud principal de este set es la respetuosa y elegante manera en que Dylan y sus músicos logran adueñarse de cada uno de estos tracks, impregnándolos de su propia y nostálgica mirada.


27°

Infidels (1983)

El gran retorno de Bob post trilogía cristiana para muchos de sus seguidores. Para otros, sin embargo, un disco aún fuertemente ligado al discurso religioso, que además empezaba a mostrar los tics del sonido ochentero que tan mal le hicieron al cantautor. Más allá de los desacuerdos esperables, es cierto que “Infidels” goza de un mejor sonido en términos de producción y además tiene una narrativa que, si bien sigue ligada al imaginario religioso, es ciertamente más elegante que la de los discos que lo preceden. Quizás el gran mérito de este trabajo es que se trata de un disco breve y entretenido, que cada vez que logra ser bueno (como lo hace al inicio y al cierre de la entrega, por ejemplo), es muy bueno.


26°

World Gone Wrong (1993)

La primera mitad de los noventa fue un periodo de transición para Dylan, que terminaría llevándolo una vez más en su carrera a grabar discos de versiones. Más allá de las limitaciones propias de este tipo de registros, “World Gone Wrong” nos permitió volver a disfrutar de la faceta donde muy probablemente se encuentra más cómodo, cuando se trata básicamente de él y su guitarra. Con un sonido rústico (las canciones fueron grabadas en la cochera de su casa) y principalmente abocado a revisitar clásicos del blues rural popularizados por artistas insignes como Blind Willie McTell y Willie Brown, el álbum número 29 de Dylan es un recorrido esencialmente íntimo y sencillo, para disfrutar sin prisas.


25°

Planet Waves (1974)

Para su debut en el sello Asylum, Dylan dejó atrás el sonido country que había explorado intermitentemente desde “John Wesley Harding” (1967) y decidió volver al folk rock. En términos de ventas, este giro fue un éxito; de hecho, fue el primer número uno de Dylan en Estados Unidos. Como propuesta sonora, sin embargo, aun tratándose de un recorrido ciertamente agradable, la verdad es que por momentos la entrega se siente errática (la inclusión de dos versiones del mismo track es el mejor ejemplo de eso) y, a pesar de tener algunas canciones que sobresalen, como la versión lenta de “Forever Young” o “Dirge”, finalmente todo parece sostenerse sobre las virtudes del sello sonoro del combo Dylan-The Band.


24°

Street-Legal (1978)

La experiencia con “Desire” (1976) y el “Rolling Thunder Revue” (1975-1976) claramente dejó en la cabeza de Bob muchas nuevas posibilidades musicales a explorar. En ese contexto, apuesta por expandir su sonido y decide sumar a su banda habitual, tres cantantes mujeres para las segundas voces, un violinista, un saxofonista e incluso un trompetista para uno de los tracks. Las canciones que dan vida a “Street-Legal” son todas gigantes por naturaleza, llenas de intensidad, con un Dylan preciso en los vocales y siempre apuntando a explotar en un clímax épico. Para muchos, un álbum tremendamente sobrepoblado y por momentos reverberante, pero innegablemente entretenido y con identidad propia. De escucha obligada.


23°

Shadows In The Night (2015)

Cuando Bob anunció que lanzaría un álbum de versiones de clásicos popularizados por Sinatra, no dejó de ser una sorpresa. La pregunta obvia fue: ¿Cómo lo va a hacer Dylan, cuya voz viene en franco decaimiento, para versionar a un tipo apodado “La Voz”? Y lo cierto es que, sin grandes contratiempos, logra triunfar en esta empresa básicamente por lo bien elegido del set, lo respetuoso de su interpretación y el gran trabajo en la instrumentación, donde el pedal steel guitar pone la nota alta de la entrega. Sin embargo, más allá de sus méritos, la verdad es que este trabajo no es un recorrido fácil. De ánimo sombrío y muy pausado, la oferta puede ser desalentadora, sobre todo para quienes no conocen al artista.


22°

Good As I Been To You (1992)

Este lanzamiento y “World Gone Wrong” perfectamente podrían haber sido un disco doble, ya que ambos se dedican a explorar el mismo concepto, que es el de “un artista y su guitarra”. Las diferencias pasan principalmente por las temáticas, donde este trabajo destaca por su evidente luminosidad comparado con el que le sigue. Los 55 minutos de “Good As I Been To You” nos regalan la mejor cara del Dylan blusero, capaz de ir desde tracks sentidos y nostálgicos –con magníficos pasajes de armónica– a otros de desenfreno sin ningún problema. No por nada Bob se referiría a estas canciones como “la verdadera música para mí”. La oferta se siente natural y cautivadora, a pesar de lo sencillo de su naturaleza.


21°

Oh Mercy (1989)

A lo largo de su carrera, Daniel Lanois (U2, Peter Gabriel) ha probado ser uno de esos productores que tiene un impacto innegable en el proceso creativo y el sello sonoro de los artistas que acompaña. Tanto así, que, si bien este es un disco de Dylan, es imposible negar que lleva el sello Lanois en lo más profundo de su ADN. Las atmósferas están perfectamente logradas, el sonido es espacioso y fluye de manera impecable, el trabajo en las percusiones es preciso y, lo mejor de todo, es que Bob se escucha increíblemente compenetrado con la propuesta. Los himnos que nos dejó este disco, donde “Most Of The Time” es el ejemplo ineludible, se ubican con propiedad dentro de lo mejor del catálogo tardío del artista.


20°

New Morning (1970)

Cuatro meses después del polémico “Self Portrait”, Dylan volvió con un ánimo que de alguna manera parecía exigir revancha. La placa tiene varias particularidades que lo iban a convertir en un triunfo sin hacer de él un disco excepcional. Acá encontramos un Dylan para todos los gustos; hay canciones de espíritu blues, pop, country e incluso jazz (cuestionable decisión), la instrumentación está bien lograda, Bob vuelve a su estilo vocal tradicional y además el track que abre y el que da nombre al álbum son canciones increíbles. Sin ser un recorrido perfecto, es difícil pasar por estos 35 minutos de música sin encontrar nada para atesorar.


19°

Bob Dylan (1962)

Cierto es que el debut de Dylan probablemente suena tal como lo hacían el promedio de los aspirantes a estrella folk de los sesenta, sin embargo, si uno escucha con atención, no es difícil entender por qué el productor de Columbia Records, John H. Hammond, insistió en conservar a este joven artista, a pesar del pobre desempeño en ventas que tuvo el álbum. Elementos que destacan en este set: el ímpetu de Bob en la guitarra, la armónica e incluso las voces, la destreza para tomar temas tradicionales y darles nueva vida, como en “In My Time Of Dyin”, que más tarde sería versionada por Led Zeppelin, es un buen ejemplo de esto, y la escasa, pero efectiva capacidad compositiva del artista. Justo lo suficiente para apostar por él.


18°

John Wesley Harding (1967)

Si el inicio de su etapa eléctrica ya había sido un giro inesperado, cambiar otra vez de rumbo justo cuando se había apropiado de la escena rock blues de Estados Unidos fue una movida que dejó congelado a todo el mundo. Colgándose de la imagen de un forajido –de reputación muy distinta a lo que reza la canción que abre el disco– y del retiro forzado después de su famoso accidente en moto, Dylan aprovechó de volver a un sonido de naturaleza folk, que claramente miraba hacia la etapa country que estaba por empezar, cambiar por completo su abordaje narrativo apostando por letras muy breves, como la de la fantástica “All Along The Watchtower”, además de enviar un mensaje a todos los que creían haberlo descifrado.


17°

Fallen Angels (2016)

Una de las particularidades que tiene la trilogía de standards es que, pareciendo muy homogénea, realmente cada álbum tiene un enfoque particular. El segundo de este set es un álbum esencialmente luminoso, con historias que, más que de soledad y pérdida (como las del disco anterior), hablan de encontrar y dejarse llevar, con melodías de una calidez y paz que invitan a sonreír y con un cantante que claramente parece estar disfrutando el momento. Más allá de la elegante instrumentación que caracteriza a toda esta saga, lo que hace único a “Fallen Angles” es lo fantástico que está Dylan en los vocales, muy por sobre lo que se le había visto la última década. De esos discos donde todo parece funcionar.


16°

The Basement Tapes (1975)

Es difícil saber cuánto de lo que se dice de este álbum tiene que ver con el mito que lo rodea y cuánto con sus méritos musicales. Publicado luego de ocho años de haber sido grabado, lo que terminó con el misterio y los bootlegs que circulaban por todos lados, el grupo de canciones que da vida al tercer disco doble de Dylan es claramente una colección diferente. El sonido no es el de un cantautor, todo acá suena a colaboración; el ánimo es expansivo, los cortes fluyen de forma natural y lo instrumental reimagina con éxito el sonido de la música de raíz estadounidense. Para quienes buscan un giro sonoro en Bob, este es el disco ganador; para los que disfrutan más de sus letras, hay otros trabajos más exitosos.


15°

Love And Theft (2001)

Quizás el mejor disco para anticipar lo que nos iba a regalar el cantautor los próximos 20 años. Lanzado el 11 de septiembre de 2001, la casi hora de música de esta entrega es un claro adelanto de la trilogía de música tradicional estadounidense (que empieza este disco) y de lo que se vendría luego con la saga de tributos iniciada con “Shadows In The Night” de 2015. Grabado casi en vivo, uno de los puntos altos de este álbum pasa por el grado de espontaneidad que exuda cada uno de los tracks, que incluso extendiéndose por más de cinco minutos en la mitad de los casos, logran hacer de este viaje un recorrido fantástico por lo mejor del pop, ragtime, blues, e incluso algo de vaudeville.


14°

Slow Train Coming (1979)

Quienquiera que diga que la trilogía cristiana fue un fracaso tras otro, nunca ha escuchado este álbum. Mezcla perfecta de entrega interpretativa y un fantástico grupo de músicos, con Mark Knopfler en la guitarra principal, el disco encargado de abrir este ciclo es un capítulo obligado del catálogo del artista. Sencillo en lo lírico, pero directo y efectivo en lo musical, las canciones que dan vida a este álbum se caracterizan por tener un feeling extremadamente liviano y cautivador. Compartiendo mucho del espíritu de “Street-Legal” (voces femeninas y bronces), lo cierto es que los pasajes de blues, gospel e incluso reggae, claramente llevan la apuesta al siguiente nivel.


13°

Tempest (2012)

Echando mano a la misma propuesta sonora de los últimos 10 años y con una voz en franco deterioro, la llegada de este álbum dejó muy poco para encantar al oyente casual. Por fortuna, el tiempo probaría que todos los que insistieron en descubrir las virtudes de la entrega tuvieron su recompensa, ya que “Tempest” marca uno de los puntos más altos de Dylan como contador de historias. Alejado casi por completo del formato estrofa-coro-estrofa, los paisajes que atraviesa este álbum van desde momentos de completa y reflexiva oscuridad, a otros de sobrecogedor homenaje, como los fantásticos siete minutos que cierran el álbum recordando a John Lennon. Disco de evolución pausada, pero tremendamente gratificante.


12°

Nashville Skyline (1969)

Si bien, es cierto que desde “John Wesley Harding” (1967) era posible ver que Dylan buscaba una nueva firma sonora, es en este disco donde se vuelca por completo a explorar la música country, pero no sólo eso: además cambia su forma de cantar. Puede sonar arriesgado y, de hecho, en su momento alejó a muchos de sus seguidores, sin embargo, el “nuevo Dylan” no sólo firmó un álbum a la altura de su catálogo, sino que también se anotó más de un track increíble en esta aventura. Quizás el mejor ejemplo de esto sea que incluso cuando acompañado por Johnny Cash se arriesgó a versionar uno de sus temas más entrañables, logró hacerlo de forma tan contundente, que es difícil elegir una de las dos versiones.


11°

Another Side Of Bob Dylan (1964)

Cada vez que quisieron colgarle una etiqueta, Dylan decidió moverse. En esta oportunidad fue en lo narrativo, donde el artista dijo “suficiente con esto de la ser la voz de su generación”. Las canciones de este álbum suenan al mismo folk que ya le conocíamos, sin embargo, tienen un ánimo mucho más liviano: hablan de amor, desencuentros y también tienen espacio para el humor, cosa que en su disco anterior hubiera sido impensable. El giro fue tan definitivo, que incluso en los cuatro minutos de la fantástica “My Back Pages” el artista se toma el tiempo de explicar su salida del ala más política del movimiento folk. Con una lírica claramente renovada, lo que seguía ciertamente era cambiar su sonido.


10°

Modern Times (2006)

Una de las cosas que hace de este un disco excepcional, es cómo el cantautor logra atrapar el espíritu de lo que venía mostrando en sus discos anteriores para luego ponerlo en un paquete increíblemente consistente. Echando mano a pasajes del más tradicional de los blues, como los seis minutos de “Rollin’ And Tumblin’” o la fantástica “Thunder On The Mountain” (con referencia a Alicia Keys incluida), Dylan aprovecha de intercalar canciones de ánimo muy pausado, pero de una belleza excepcional. Es difícil atravesar este set sin dejarse encantar por el ánimo jazz de “Spirit On The Water” o el fraseo en la maravillosa “Workingman’s Blues #2”. Elegante en la ejecución y simplemente eterno en las letras.


Rough And Rowdy Ways (2020)

Rough And Rowdy Ways

Hay discos demasiado grandes como para intentar ponerlos en una reseña. Este álbum tiene mucho de eso. Musicalmente preciso, privilegiando las baladas y los pasajes de blues, lo cierto es que lo de esta entrega va mucho más allá de lo sonoro. En este viaje el cantautor se acerca a nosotros con una cercanía inusitada, como aquel viejo amigo que hizo todo el recorrido y vuelve a compartir algunos secretos para poder retirarse a descansar. Acá Bob nos mira a la cara, comparte mucho de su intimidad, intenta explicar sus contradicciones y además nos invita a descifrar postales de una época que, pareciendo lejana, está mucho más cerca de lo que creemos. Si finalmente esta fue su despedida, es un dignísimo adiós.


Time Out Of Mind (1997)

Una de las cosas que hace de este disco un recorrido excepcional, es cómo toma lo mejor de dos personalidades potentes involucradas en el proceso creativo y termina dando vida a una suerte de soundtrack acerca de los procesos de pérdida y la inevitable transitoriedad del ser. Lanois nos golpea una vez más con sus tradicionales atmósferas gigantes, sin embargo, en esta vuelta es el cuidado en los detalles –como el efecto en la voz de Dylan usado para abrir el álbum o las percusiones en “Not Dark Yet”– lo que termina robándose las miradas. Si a eso le sumamos la contundencia lírica de un artista que, cercano a sus sesenta años, empieza a lidiar con demonios que antes no había enfrentado, el resultado es superlativo.


The Times They Are A-Changin’ (1964)

Las diez canciones que dan vida al tercer álbum del artista, marcan uno de los momentos más oscuros y provocadores que alguna vez firmaría. De hecho, basta con ver la portada para anticipar que lo que sea que incluya este set no va ser liviano. Acompañado sólo de su guitarra y armónica, y echando mano a lo mejor de sus destrezas como artista folk, Bob levanta una voz de sentida y urgente denuncia en cada uno de los tracks que golpea el set. Los pasajes incluyen, entre otros, líneas acerca de la disparidad ante la ley, la miseria a la que nos condena el sistema y la despreciable manipulación política. Un recorrido de una carga emocional gigantesca, que desgraciadamente sigue sonando actual.


Desire (1976)

Después de “Blood On The Tracks”, Dylan decidió evitar la composición en solitario, en lo que uno podría ver como una vuelta a las sombras de un artista que siempre ha preferido evitar hablar de sí mismo. Jacques Levy fue el encargado de acompañar al músico en este apartado, firmando siete de los nueve tracks. Por fortuna, el resultado de esta apuesta fue increíble; en lo musical se trata de un álbum atrevido, diferente y dinámico, en largos pasajes caracterizado por la presencia de voces femeninas y el fantástico violín de Scarlet Rivera, que dejaría su sello en tracks eternos, como la luminosa “Mozambique” o la demandante “Hurricane”. Definitivamente un álbum de exitosísima búsqueda sonora.


Bringing It All Back Home (1965)

Reflejo de un artista todavía dividido, el primer álbum de la trilogía eléctrica es la muestra perfecta de lo mejor de las dos personalidades del músico. Mientras el lado A nos deleita con todo el rock blues furioso del nuevo Dylan, listo para comerse el mundo, anotándose himnos gigantes como “Subterranean Homesick Blues” y “Maggie’s Farm”, el lado B se encarga de entregarnos lo que le iba quedando de identidad folk. Sin embargo, una de las cosas más increíbles de este álbum es que, casi como en un desafío de identidades, la cara B sale a encarar a su contraparte de forma apabullante, abriendo con “Mr. Tambourine Man” y luego manteniendo el nivel hasta el final de la entrega. Sin duda, memorable.


Highway 61 Revisited (1965)

Con Dylan transformado en estrella de rock e intentando lidiar con el odio de su primera ola de seguidores, mucho del ímpetu avasallador que tiene este álbum está relacionado con la necesidad de desahogo que el artista estaba teniendo. La forma en que “Like A Rolling Stone” abre el disco con un golpe seco, como quien da una patada a una puerta y luego dispara una lírica furiosa llena de desdén, respaldada por una muralla de sonido donde el órgano Hammond se lo come todo, fue una de las cosas que cambió el sonido y la identidad de la música de toda una generación. Nunca en el mundo del rock alguien había tocado las claves que el músico explotó en esta entrega. Probablemente su trabajo más influencial.


Blonde On Blonde (1966)

Tras 18 meses enfocado en dar vida a tres discos que lo vieron mutar por completo, es con el último de este grupo que el cantautor sube la apuesta. No sólo se trata de uno de los primeros álbumes dobles de música rock de la historia, sino que este es el trabajo donde vemos al autor alcanzar el sonido que siempre quiso tener y que él describiría como “el sonido fino y salvaje del mercurio”, donde finalmente termina de desarrollar su tan típico fraseo en los vocales. Además, es en estos 70 minutos donde por fin Dylan deja de mirar a sus seguidores y decide reírse de todo y de todos. Las postales que nos dejó este álbum son el mejor reflejo de un artista al tope de sus capacidades y liberado por completo.


The Freewheelin’ Bob Dylan (1963)

Si uno intentara resumir que es lo que hace del segundo álbum de Dylan un trabajo excepcional, probablemente habría que decir que es su equilibrio. Sin tratarse de una placa de corte romántico o abiertamente enfocada en lo sociopolítico, es capaz de firmar increíbles pasajes en cada una de esas esquinas, echando mano a una propuesta sonora sencilla, pero apabullante. Cálido y evocador cuando debe serlo, como en el caso de “Don’t Think Twice, It’s All Right”, certero en los pasajes que invitan a la reflexión, como en la inmortal “Blowin’ In The Wind”, e implacable cuando la urgencia lo amerita, como sucede en “Masters Of War”. Es difícil saber si sólo se trata de su mejor álbum folk o derechamente de su mejor álbum.


Blood On The Tracks (1975)

Sin tratarse del álbum de Dylan más arriesgado en lo musical, ni el más críptico en lo lírico, lo que hace de “Blood On The Tracks” una experiencia única, tiene que ver con lo universal de su temática de fondo y con la increíble lucidez del artista a la hora de elegir cómo musicalizar este delicado viaje. Muchos lo han catalogado como el “álbum de ruptura definitivo”, aludiendo a que hablaría del divorcio del artista, sin embargo, mirado en perspectiva, lo cierto es que poco importa si el disco habla del músico o no, lo maravilloso de este grupo de canciones es cómo el cantautor captura las distintas etapas que se atraviesan durante el duelo de pareja de forma sencillamente sobrecogedora. Las imágenes que nos regala este álbum van desde los espacios de negación, ira y reconciliación, para luego cerrar con la tan postergada, pero necesaria, aceptación. No hay forma de recorrer este álbum sin notar que hay algo de cada uno de nosotros en esos versos. Definitivamente, inmortal.


Arte por Rodolfo Jofré

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