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Los discos de Iggy Pop

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Debutó en el estudio como Jim Osterberg, a cargo de la batería de The Iguanas (1965), sin embargo, al poco tiempo fue evidente que para él no era suficiente permanecer en el fondo del escenario. Lo suyo requería estar al frente, alimentándose de la energía del público para luego devolverla amplificada por mil. De ahí en adelante (tras una breve existencia bajo el nombre de Iggy Stooge) sería conocido como Iggy Pop, uno de esos artistas imposibles de dominar; más que un fenómeno musical, una verdadera fuerza de la naturaleza, impredecible, asombroso y peligroso en igual medida.

Cuando miramos hacia atrás, es evidente que la Iguana estaba en la lista de artistas que todos esperaban ver muertos durante la década del setenta, sin embargo, y contra todos los pronósticos, Iggy aún sigue con nosotros, todavía girando, todavía grabando discos y colaboraciones, todavía cambiando de estilo cada vez que se le antoja y, por supuesto, todavía sin polera.

Este abril Iggy llega a los 72 años y sabemos por experiencia que cualquier día la noticia de su partida puede llegar a sacudirnos de golpe, así que, en el ánimo de celebrar su legado mientras aún lo tenemos y de ser posible llevarlo a oídos nuevos, nos dimos una pausa para revisar la discografía del músico, yendo desde sus discos menos afortunados hasta aquellos abiertamente imperdibles para todo buen amante de la buena música. Vaya nuestro saludo.

24) The Weirdness (2007, con The Stooges)

La idea de agregar un capítulo a la impoluta discografía de The Stooges nunca fue un desafío sencillo. ¿Cómo pasamos de “es muy complejo hacerlo” a “este es el tipo de discos que nunca deberían haber grabado”? Es más complejo de descifrar. Ron y Scott Asheton estaban listos y dispuestos para grabar, Iggy sin duda estaba en línea con la idea y tanto Steve Mackay como Mike Watt tenían pergaminos de sobra para hacer de esto una propuesta al menos interesante. Por desgracia las ganas de grabar un álbum no bastaron para hacer de “The Weirdness” un disco al menos aceptable. Las letras son muy pobres, líneas como “My idea of fun is killing everyone” repetida hasta el hastío en “My Idea Of Fun” o “My dick is turnin’ into a tree” en “Trollin” más allá de invitarnos a esbozar una sonrisa, son de lo más bajo que firmó la banda. Por otro lado, la performance vocal de Iggy dista mucho de ser aceptable. Y, para cerrar el círculo, la mezcla de Steve Albini no ayudaría en nada a disfrutar de los pocos buenos momentos instrumentales que hay salpicados a lo largo del disco.

23) Party (1981)

Esto es lo que pasa cuando a un artista que nunca se ha preocupado de vender lo obligan a lanzar un álbum que asegure buenas ventas. Iggy nunca supo cómo hacer eso y los que lo acompañaron claramente tampoco estaban en esa línea. Momentos buenos a lo largo de “Party” sin duda que los hay; “Eggs On Plate”, por ejemplo, rescata esa vibra urgente y reverberante de Pop echando mano a un contagioso y efectivo riff de guitarra, mientras que “Bang Bang” se aventura a fusionar estilos, graduándose como una de las joyas escondidas del catálogo dance rock de Iggy (sería versionada más adelante por David Bowie en “Never Let Me Down”). Sin embargo, en la vereda opuesta la caída es fuerte. “Happy Man” es la prueba definitiva de esto, corte ska, alegre y simplón hasta la caricatura, que incluso hace preguntarse si Iggy iba realmente en serio con este track o se estaba riendo de todos, lo que no sería raro la verdad. Para el anecdotario quedarían los covers de “Sea Of Love” (original de Phil Phillips y versionada también por Tom Waits y Cat Power) y “Time Won’t Let Me”, original de The Outsiders.

22) Skull Ring (2003)

La idea de poner a Iggy armando un álbum donde colaboren con él bandas de la nueva camada que han echado mano a su legado, en el papel no suena tan mal. Pues bien, así fue cómo Iggy terminó grabando un álbum con Green Day, Peaches, Feedom y Sum 41, pero además el disco incluye cuatro cortes que fueron como una marcha blanca para el retorno de The Stooges. Y pasó lo que tenía que pasar: “Skull Ring” terminó convertido en una suerte de tributo, donde el homenajeado finalmente entrega un par de canciones por su cuenta. La energía del disco es muy buena, los temas con los hermanos Asheton probaron estar muy por encima de lo que lanzarían más tarde en “The Weirdness” (2007), y los cortes con los invitados de la nueva generación tienen puntos muy rescatables. “Motor Inn” con Peaches y Freedom es un torpedo, “Little Know It All” con Sum 41 es directa y contagiosa, perfecta como sencillo radial. Por desgracia, en los tracks con Green Day, Iggy terminaría pareciendo más un invitado a la fiesta que el anfitrión mismo. Como curiosidad, “Skull Ring” sin duda cumple, pero a la larga resultó ser sólo eso.

21) Blah-Blah-Blah (1986)

Más allá de lo musicalmente interesante que uno pueda encontrar “Zombie Birdhouse” (1982), lo cierto es que el álbum no trajo ningún rédito monetario a Iggy, por lo que en su próximo disco la Iguana tenía la obligación de sumergirse directo en el poco apasionante abismo de sonar justo como lo que el público estaba comprando. En esa línea, contar otra vez con David Bowie como compañero de viaje (que siempre tuvo mejor ojo para esto) vino a regalarle una segunda vida a Iggy. Tan sólo verlo en la portada con pelo corto y polera, bastaba para saber que este no era un disco que iba a romper esquemas; de hecho, esto es por lejos lo más pop que llegó a sonar Pop. Sintetizadores, batería electrónica y melodías más bien inofensivas se toman por completo el disco. Sin desmerecer temas como “Isolation” y “Cry For Love” –que en ningún caso son desechables–, la verdad es que “Blah-Blah-Blah” terminaría quedando en la memoria de todos básicamente por la efectiva versión de “Wild One” (original de Johnny O’Keefe de 1958), que hasta el día de hoy Iggy sigue incluyendo como parte de su set en vivo.

20) Instinct (1988)

Luego del exitoso (en términos de ventas al menos) “Blah-Blah-Blah”, lo lógico para cualquier artista hubiera sido seguir en la misma línea musical, sin embargo, Iggy no estaba para repetirse. “Instinct” llegaría a probar una vez más su impredecible naturaleza. Acompañado de Steve Jones (Sex Pistols) en la guitarra y parte de la composición, Pop decidió aventurarse esta vez con un disco hard rock, metal, y lo cierto es que, a pesar de algunos problemas, el álbum tiene bastante para rescatar. En esa línea, “Cold Metal”, “High On You” e “Easy Rider” se gradúan con honores, dejando en evidencia que Iggy claramente se siente a gusto en este tipo de parajes musicales. Se trata de cortes potentes, con un Iggy realmente preciso en los vocales y Steve Jones poniendo la nota alta en las seis cuerdas. El resto del álbum, de hecho, no se distancia tanto de los tres cortes destacados, sin embargo, el trabajo de Bill Laswell en las perillas fue tan abúlico, que terminó quitándole fuerza a la mayor parte del disco. En otras manos, “Instinct” hubiera escrito otra historia.

19) Ready To Die (2013, con The Stooges)

Imposible hablar de “Ready To Die” sin mencionar a “The Weirdness” (2007), ya que esta nueva aventura del imaginario de The Stooges (que terminaría siendo la última) vino a ser una suerte de respuesta obligada al mal trago del primer reencuentro, y no era justo terminar la historia así. Por suerte, a James Williamson aún le quedaban ganas (y mucha energía en las seis cuerdas) de grabar un álbum con Pop, y Scott Asheton aún estaba con nosotros para darle unos últimos golpes a la batería. “Ready To Die” cumple con todo lo que uno espera de The Stooges: temas directos, buena energía, algo de soterrada oscuridad e Iggy bien enfocado en los vocales. No suena a mucho la verdad, pero el disco es realmente un disfrute, e incluso se da el lujo de no quedarse en la vereda de lo predecible y se arriesga con tres baladas, que al final del día suenan totalmente creíbles para el momento que vivían los integrantes del conjunto, agregando variedad a la oferta. Si alguna vez nos preguntamos cómo habría sonado una versión madura y coherente de The Stooges, “Ready To Die” es la respuesta.

18) Après (2012)

Iggy probaría con los años que, para ser un provocador, no era necesario autoflagelarse arriba del escenario, bastaba con grabar un disco que nadie se esperaba de él. “Préliminaires” (2009) ya había generado comentarios encontrados, sin embargo, que el padrino del punk se lanzara por segunda vez con un disco de versiones cantadas en francés, fue demasiado para muchos de sus seguidores. De hecho, Virgin EMI se negaría a lanzar el álbum, por lo que Iggy finalmente tendría que hacerlo por su cuenta. Y lo cierto es que, en perspectiva, el único gran pecado de “Après” es que repite la fórmula de su antecesor, por lo demás, se trata de un disco realmente entrañable. La oferta musical es coherente, los arreglos a las versiones originales sin ser transgresores se adaptan perfecto a las virtudes de Iggy en formato crooner y el set de canciones elegidas es lo suficientemente variado como para cautivar a un sector de melómanos heterogéneo, yendo desde clásicos como “La Vie En Rose” (Édith Piaf, 1947) hasta himnos del rock de los sesenta como “Michelle” (The Beatles, 1965).

17) Avenue B (1999)

A lo largo de sus más de cuarenta años de carrera musical, Iggy renunciaría en más de una oportunidad a la identidad hard rock / proto punk con que la gran mayoría de sus seguidores lo identifica. Sin embargo, de todos estos momentos de desmarque musical, “Avenue B” fue sin duda uno de los más emblemáticos. Ya desde la portada, Iggy dejaría claro que este larga duración no era más de lo mismo, mostrándose como uno más de nosotros, sencillo, sin caretas, despojado de toda espectacularidad. El tono del álbum sería sombrío y melancólico, a ratos abiertamente culposo, con Iggy haciendo de crooner la mayor parte del tiempo, al resguardo de delicados arreglos de cuerdas, órgano Hammond o simplemente echando mano sólo a su voz y tenues melodías. “No Shit”, “She Called Me Daddy” y “Long Distance” sobresalen en la vereda de los cortes apegados por completo al concepto base, mientras que “Corruption” y la versión de “Shakin’ All Over” (Johnny Kidd & The Pirates ,1960) ponen la nota alta a la hora de matizar la oferta. De los discos indispensables a la hora de entender la figura de Iggy.

16) Beat ‘Em Up (2001)

Es cierto que no es su mejor portada, nada qué hacer con eso, pero el álbum definitivamente es mucho más de lo que parece de entrada. Una de las ventajas con que corrió “Beat ‘Em Up” en el momento de su lanzamiento, tuvo que ver con que llegó luego de “Avenue B”, y lo cierto es que nadie estaba esperando que justo después del disco más introspectivo y confesional de Iggy, viniera el álbum más pesado de su catálogo. “Beat ‘Em Up” es un disco de rock duro, visceral y contundente, que alterna momentos de sorpresiva genialidad con otros en que la propuesta se hace algo plana y predecible, lo único que no cae nunca es el nivel de energía, siempre al tope. Basta con escuchar el primer corte para saber que la cosa se viene pesada. “Mask” se encarga de dar el puntapié inicial con guitarras duras y crujientes, un golpe directo a la mandíbula, “L.O.S.T”, “Drink New Blood” y “Go For The Throat” siguen en la misma línea, definitivamente imparables. No deja de ser cierto que el disco suena bastante a lo que sonaba a principios de 2000, pero nunca deja de sonar a Iggy, y ese es uno de los méritos del larga duración.

15) Kill City (1977, con James Williamson)

Tiempos oscuros corrían para Iggy en 1975 (año en que se grabó “Kill City”). Con The Stooges disueltos y con él sumido en lo más profundo de una larga adicción a la heroína, el futuro no se veía prometedor. Por fortuna, James Williamson tenía un par de ideas para sacar a Iggy del infierno en que se encontraba. Pensado inicialmente como demo para convencer a los sellos de rescatar la figura de la Iguana, ahora como solista, el compilado de canciones no fue lanzado hasta 1977, cuando Bomp! Records, empujado por el éxito de los dos primeros discos solistas de Iggy, vio en la propuesta un buen negocio. Las once canciones que dan vida a “Kill City” a la larga serían un crudo testimonio de supervivencia, y además una fantástica muestra del primer Iggy solista, ni stooge ni al alero de Bowie, entregado a un sonido menos visceral, poniendo por primera vez un claro propósito en controlar sus vocales y completamente entregado a sus influencias. El álbum está repleto de guiños musicales de identidad Stones (“No Sense Of Crime” o “Lucky Monkeys”) e incluso Dylan (“I Got Nothin’”). Para completistas, indispensable.

14) Brick By Brick (1990)

Es verdad que, junto a “Blah-Blah-Blah”, este álbum marcaría uno de los hitos más pop de la carrera de Iggy, pero lo cierto es que para su noveno álbum solista, ya había aprendido algunas lecciones. Y si bien era capaz de abrazar de nuevo un proyecto de este tipo, también era capaz de hacerlo sin poner en riesgo su credibilidad. Varios factores se conjugarían para hacer de este álbum uno de los puntos fuertes de la carrera de Iggy, sin embargo, sería la mano de Don Was en las perillas y el equilibrado aporte de sus invitados los de mayor trascendencia. Se trata de un álbum que, si bien tiene muchos momentos de guitarras acústicas y una que otra balada, también deja espacio suficiente para cortes de guitarras más duras y afiladas, y que además en la esquina de las colaboraciones tiene el mérito de no hacer desaparecer a Iggy. Incluso el álbum siempre se siente como un disco donde él es el dueño de casa y no al revés. Finalmente, para coronar la experiencia, el fantástico dueto con la incombustible Kate Pierson en “Candy” se encargaría de regalarle un nuevo himno a la carrera de Pop.

13) Naughty Little Doggie (1996)

Cada cierto tiempo, Iggy se ve en la necesidad de lanzar un álbum donde vuelve a lo que mejor le fluye. “Naughty Little Doggie” es uno de esos afortunados momentos. Álbum de conceptos sencillos, música directa, letras que se pasean entre lo abiertamente torpe y lo testimonial, y mucho, mucho rock, de ese sucio, plagado de guitarras, con momentos que invitan a corear y otros que piden ser aullados sin contemplaciones, todo un retorno a casa. La banda se anota buena parte de los méritos en este larga duración, sin embargo, el trabajo de Eric Mesmerize en la guitarra es excepcional, contundente en cada una de sus intervenciones y con el sentimiento preciso cuando Iggy lo lleva a terrenos más pausados. Por su parte, Pop se mantiene acertado en los vocales la mayor parte del tiempo, perdiendo el tono una que otra vez a lo largo del álbum, pero es tan evidente que él y la banda se lo estaban pasando fantástico cuando grabaron, que todas esas pequeñas fallas quedan finalmente opacadas. De esos discos que uno podría ir a ver completos en vivo y seguro sería un disfrute.

12) Zombie Birdhouse (1982)

Este es por definición el disco experimental de Iggy. Uno de esos álbumes que exige tener la mente abierta para entrar a disfrutar, pero que, si se abordan de buen ánimo, terminan transformándose en un viaje tremendamente gratificante. Después de su ingrata salida de Arista Records, una de las mejores cosas que le pudo pasar a la Iguana fue tener la oportunidad de grabar un álbum sin tener que sufrir las presiones de los sellos tradicionales. Iggy a esta altura todavía se encontraba tratando de definir su identidad solista y, en ese sentido, “Zombie Birdhouse” se configura como uno de sus capítulos imperdibles. Las trece canciones que dan vida al álbum tienen la gran fortaleza de abandonar por completo los límites estilísticos, paseándose por momentos de pasmosa luminosidad new wave (“Run Like A Villain”) para luego abrazar sin contemplaciones el ánimo claustrofóbico y reverberante del post punk (“Life Of Work”), e incluso dejar espacio para cortes de abierta experimentación tipo “Revolution 9” (“Watching The News”). Si había que atravesar barreras, en este disco Iggy lo hizo.

11) TV Eye Live 1977 (1978)

1977 marcaría el antes y después de la carrera de Iggy. No sólo se trataría del año en que finalmente escaparía del infierno de la adicción a las drogas, sino que además sería el momento en que anotaría su mayor y más exitosa reinvención musical. Este es justamente el período que captura “TV Eye Live 1977”, grabado durante la gira promocional de “Lust For Life”. El registro dista mucho de ser pulcro (la calidad del sonido supera discretamente la de un bootleg), sin embargo, se trata del primer lanzamiento oficial de Iggy en este formato y funciona perfecto como testimonio de esa etapa única en que comenzaba a intentar mezclar la visceralidad de su primera encarnación con el art rock bowieniano de su nueva propuesta. El set se reparte equitativamente entre estos dos mundos, destacando en cada uno de ellos la contundente interpretación de “I Got A Right” y la oscura viscosidad de “Nightclubbing”, con un David Bowie preciso en los teclados. El tiempo probaría la relevancia de este período, encargándose de sacar a la luz año tras año nuevos registros de la misma gira.

10) Soldier (1980)

El segundo álbum de Iggy en Arista Records fue uno de esos que, a pesar de tener múltiples obstáculos, de alguna manera se las arreglan para salir adelante y hacerlo bien. Iggy no sólo tendría que lidiar con la ausencia de alguien asumiendo la producción luego de que James Williamson y David Bowie abandonaran el proyecto, sino que además tendría que sobreponerse a la antojadiza decisión de prácticamente borrar de la mezcla final los aportes de Steve New (guitarrista principal) con quien nunca logró congeniar. Curiosamente, esto último terminaría dándole al álbum uno de sus grandes sellos sonoros, con el teclado de Barry Andrews asumiendo el rol protagónico. “Soldier” dista mucho de ser un disco redondo, pero tiene momentos de abierta lucidez, como los cuatro minutos de agobiante post punk de “Mr Dynamite” o el caricaturesco puntapié inicial de la mano de “Loco Mosquito”. El álbum logra salir bien parado, incluso en aquellos pasajes de rock más tradicional, como “Knocking ‘Em Down (In The City)” o “I Need More”. Iggy ganándole al destino una vez más.

9) Preliminaires (2009)

Cansado del formato rock, golpeado por la muerte de Ron Asheton y fundamentalmente inspirado por la novela “The Possibility Of An Island” de Michel Houellebecq, Iggy decidió expandir los límites de su paleta sonora con un álbum de lo que podríamos clasificar como europop. Los primeros segundos de la placa con Pop recitando en francés los versos que dan inicio a “Les Feuilles Mortes” son impagables, la suave cadencia del fondo musical, el fraseo calmo y sentido, y el desgarrador solo de clarinete encargado de rematar el corte, son un reflejo perfecto del ánimo que envuelve a esta entrega. Es un álbum para dejarse sorprender, elegante sin caer en excesos y atrevido, no sólo a la hora de aventurarse a recorrer los parajes de la chanson francesa, sino que además explora todas y cada una de las raíces que el padrino del punk decidió visitar. Jazz de New Orleans, blues, electrónica y hasta un extracto del libro de Houellebecq básicamente leído por él, son sólo parte de lo que da vida a este álbum. Sin duda, el más inesperado y exitoso giro en la carrera de Iggy Pop.

8) American Caesar (1993)

Perfectamente equilibrado. Ese el concepto que mejor define “American Caesar”. Tratándose de uno de los dos discos más extensos de su carrera, el disco nunca pierde el curso y lo mejor de todo es que en ningún momento se siente realmente predecible o forzado. Iggy no se olvida de ser agudo en este álbum, sin embargo, no sólo se dedica a ser punzante y acusador (“Wild America” es el ejemplo perfecto de esta faceta del larga duración), sino que además se toma el tiempo para reflexionar en un ánimo que de confrontacional no tiene nada, como lo hace por ejemplo en la fantástica “Highway Song”. Por otro lado, en lo musical el disco sigue la misma idea de equilibrar propuestas, negándose a ser encasillado. En los 71 minutos que dura esta entrega hay espacio para cortes de espíritu blues (“Mixin’ The Colors”), garage punk (“Plastic & Concrete”) e incluso para tributar uno de los clásicos del rock y darse el gusto de cambiarle la letra (“Louie Louie”). La oferta es tan variada, que hasta la extrañísima “Caesar” –una de las encargadas de cerrar el álbum– parece tener cabida en esta aventura.

7) The Stooges (1969, con The Stooges)

El álbum debut de The Stooges es de esos discos donde la energía de la banda es tan grande, que el resultado final sólo contempla dos posibles desenlaces. El primero (y le sucedió a muchos), terminar con un larga duración que es un completo caos. El segundo, dar vida a un disco capaz de arrasar con todo lo que tiene a su paso. Iggy Stooge (voz), Ron Asheton (guitarra), Scott Asheton (batería) y Dave Alexander (bajo), dieron vida a un disco que precisamente se llevó todo por delante. Oriundos de Ann Arbor Michigan (ciudad a la que va dirigida la sexta pista del álbum), estos cuatro desadaptados no tenían tiempo para amor ni flores, lo suyo era pura visceralidad. Las toneladas de wah wah en la guitarra de Ron, la monótona interpretación vocal de Iggy y el martilleo casi primitivo de Scott en la batería, harían de “1969” y “No Fun” himnos eternos para una generación cansada de mirar al horizonte y no encontrar nada. Pero no sólo desencanto hay en esta primera aventura Stooge, “We Will Fall” nos llenaría de psicodelia y “I Wanna Be Your Dog” se graduaría como la más psicopática y adictiva canción de amor de los sesentas. Inmortal.

6) Post Pop Depression (2016)

Post Pop DepressionMás allá de opiniones personales, “Post Pop Depression” marca sin duda alguna el último gran retorno de Iggy. A lo largo de su carrera, en más de una oportunidad probó brillar con más fuerza cuando estaba acompañado de un buen colaborador (el caso emblemático es el de Bowie). En esta ocasión, el compañero de viaje fue ni más ni menos que Josh Homme (QOTSA), con resultados que terminarían siendo francamente excepcionales. El álbum tiene justamente eso que hizo de “Lust For Life” (1977) y “The Idiot” (1977) entregas irremplazables, que básicamente es la completa y absoluta novedad de la oferta. Sin sonar a ningún disco previo del padrino del punk, Iggy logra poner su sello en cada uno de los tracks que dan vida al larga duración. El álbum pasa de momentos de pasmosa grandilocuencia a otros abiertamente más radiales, como “Sunday”, sin perder un ápice de consistencia, haciendo además la pausa precisa para reflexionar acerca de la frágil naturaleza del ser (“American Valhalla”) y darse el gusto de mandar a todo el mundo al infierno, como sólo el viejo Iggy sabe hacerlo (“Paraguay”).

5) New Values (1979)

Después de dos discos firmados con David Bowie, Iggy tendría que probar que era capaz de sostener una carrera solista por sí mismo. Lo interesante de esto fue que, aun rodeándose de excelentes colaboradores para dar vida a “New Values” (James Williamson y Scott Thurston), los mejores temas resultaron ser aquellos compuestos por Iggy en solitario, probando así que no sólo gozaba de excelentes virtudes solistas, sino que además era capaz de entregar una oferta variada y seductora. Los primeros dos tercios del disco son realmente excepcionales. “Tell Me A Story” abre el camino liviana y contagiosa, “New Values”, “Girls” y “I’m Bored” combinan de forma perfecta la figura del Iggy bufón con el desencanto Stooge de su primera encarnación, mientras que “Don’t Look Down” tributa lo que hizo Bowie en “Young Americans” (1975). Todo esto sin siquiera llegar a “Five Foot One”, otro de los imperdibles del álbum. Es cierto que el tramo final de “New Values” cae sustancialmente en calidad, sin embargo, lo anterior es tan bueno, que el cierre es absolutamente perdonable.

4) The Idiot (1977)

El primer disco solista oficial de Iggy Pop marcaría hitos relevantes no sólo en su carrera, sino que además con el tiempo probaría su trascendencia a la hora de promover el desarrollo de nuevos estilos musicales. Escrito en conjunto con (y producido por) David Bowie, el álbum es reflejo del incesante período de búsqueda musical que estaban atravesando ambos artistas. De hecho, “The Idiot” fue gestado en la misma época de “Low” (1977) del duque blanco, pudiendo considerarse de alguna forma como uno de los discos no oficiales de la famosa “trilogía berlinesa” de Bowie. La pasmosa viscosidad de la mayor parte de los pasajes del álbum (con la excepción quizás de “China Girl”), las aplastantes líneas de bajo encargadas de marcar el cansino paso de cada corte y la asfixiante atmósfera dibujada por los teclados, harían de temas como “Nightclubbing” y “Sister Midnight” himnos imperecederos de la década del setenta, pero además se encargarían de dejar el camino abierto para que el post punk comenzara prontamente a dar sus primeros pasos.

3) Fun House (1970, con The Stooges)

Cuesta creer que, entre el debut discográfico de The Stooges y este álbum, exista sólo un año de diferencia. No es que el segundo disco del cuarteto marque un cambio gigantesco en términos de propuesta musical, ni tampoco que el nivel de energía de la banda cayera en lo más mínimo, lo que diferencia a “Fun House” de su predecesor es el concepto álbum detrás de esta entrega, quizás sin la espectacularidad del homónimo si uno se queda en los singles, pero sin duda una experiencia mucho más completa. La voz de Iggy ya no sólo transmite abulia o rabia, sino que además es capaz de matizar y levantarse por sobre el resto de sus compañeros para controlarlo todo, la guitarra de Ron Asheton hace gala de recursos cada vez más variados y la base rítmica sigue sonando como una locomotora. Todo esto sin contar los momentos en que Steve Mackay (saxofón) se da el gusto de teñir de una personalidad aún más peligrosa los cortes en que interviene. Por otro lado, si se trata de singles, “Down On The Street”, “T.V Eye” y “Fun House” tienen méritos de sobra para instalarse holgadamente en la vitrina de lo mejor del garage rock.

2) Lust For Life (1977)

Tratándose de un álbum superlativo, “The Idiot” acarrea un “problema” que tiene que ver con la figura de David Bowie: esta es demasiado grande en el primer disco solista de la Iguana. Por el contrario, en “Lust For Life” si bien los colaboradores terminarían siendo casi los mismos, cada uno de los rincones que dan vida al álbum grita Iggy Pop hasta el hastío. Los cuarenta minutos del larga duración exudan esa energía única, contagiosa e impredecible del padrino del punk. Las letras son directas e ingeniosas, y prácticamente cada uno de los cortes del disco probaría estar pensado para seguir creciendo con el paso de los años. “Lust For Life” tiene una sección rítmica apabullante, “Sixteen” se pasea por los límites de la incorreción en un estilo cien por ciento Iggy, “The Passenger” se cuelga de un poema de Jim Morrison para reflexionar acerca de la vida echando mano a un riff de guitarra misterioso y adictivo, y en “Success” la Iguana se ríe un poco de sí mismo, tomándose esta segunda vuelta con calma y optimismo. Lo único que se puede hacer frente a un álbum tan redondo como este, es seguir escuchándolo una y otra y otra vez.

01) Raw Power (1973, con The Stooges)

¿Por qué a Iggy le dicen el “padrino del punk”? En gran medida por “Raw Power”. El tercer y último álbum de la primera encarnación de The Stooges sería el último aullido desesperado de una banda que, más que un conjunto de rock, era un bomba de tiempo a punto de estallar dejada al cuidado de un grupo de marginados que hacían música básicamente porque era la única manera de vivir que podían entender.

Nunca un álbum de The Stooges sonó tan urgente, nunca más en la década del setenta un álbum volvería a encontrar ese equilibrio perfecto entre oscuridad, descontrol y belleza, y nunca más un disco abriría con el ímpetu que lo hace Iggy declarando “I’m a streetwalking cheetah with a heart full of napalm” (“soy un leopardo callejero con el corazón lleno de napalm”) en “Search And Destroy”.

Fue la única vez que el conjunto contó con Ron, Scott Asheton, Iggy Pop y James Williamson al mismo tiempo en la formación y, aunque para el mayor de los Asheton fue un calvario hacerse cargo del bajo para ceder la guitarra a Williamson, lo cierto es que el tiempo probaría que esta era la mejor combinación para ellos. Algo había en ese momento de máxima inestabilidad del conjunto que llevó a este grupo de desadaptados a dejarlo todo en las ocho canciones que dan vida al álbum. La urgencia de “Search And Destroy”, la tensa oscuridad de “Gimme Danger”, el primitivo punk de “Shake Appeal”, el destemplado garage rock de “Your Pretty Face Is Going To Hell” y el viscoso blues rock de “I Need Somebody” no sólo harían de este disco un álbum inmortal, sino que además dejarían una huella indeleble en las generaciones por venir. Todo un testimonio rock.

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Los discos de Bob Dylan

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Bob Dylan Discos

El 24 de mayo de 1941 en Duluth, Minnesota, nace Robert Allen Zimmerman, más conocido como Bob Dylan, uno de los músicos más trascendentes de la escena folk, rock y blues de los 60 y 70. Figura difícil de atrapar, enemigo de los rótulos y eterno héroe de las letras, ha dado vida a una carrera incombustible, plagada de himnos grabados a fuego en el imaginario colectivo.

Como buen artista con más de cinco décadas de carrera en el cuerpo, es poseedor de un catálogo discográfico gigantesco, que muchas veces puede ser abrumador cuando uno desea aproximarse a su obra. Con esto en mente, y a manera de celebrar su figura en el momento en que cumple años, hemos querido compartir con ustedes un ranking de los larga duración de estudio del cantautor, partiendo por sus trabajos menos afortunados para luego cerrar con sus obras maestras. Como todo ranking, el orden de los discos tiene un carácter subjetivo y sin duda debatible, por lo que, más que centrarse en el lugar de cada álbum, nos gustaría que disfruten el recorrido tanto como lo hicimos nosotros.

39°

Knocked Out Loaded (1986)

El quinto disco lanzado por Dylan en los ochenta se ubica justo al medio de su peor racha. Las críticas a este álbum no pasan por las canciones incluidas; de hecho, el tema encargado de abrir el álbum es tremendamente efectivo, a pesar de su evidente sencillez. El problema con este disco tiene que ver con su cantidad de puntos bajos. La mezcla de estilos es difícil de entender (pasando por blues rock, pop y reggae), la instrumentación tiene una energía pobrísima y buena parte de los giros sonoros por los que apuesta Bob para ganar intensidad rayan abiertamente en lo cliché (el coro de niños en “They Killed Him” es el ejemplo más claro de eso). Sin duda, de los pocos discos de Dylan que uno podría elegir ignorar.


38°

Down In The Groove (1988)

Definitivamente, la segunda mitad de los ochenta no fue un buen período para Bob. Como a muchos artistas que hicieron el tránsito desde los 70, la firma musical de esta nueva década terminaría pasándole por arriba, llevándolo a perder buena parte de su propia identidad sonora. El álbum número veinticinco de Dylan tiene la particularidad de haber reunido un número gigantesco de colaboradores, incluyendo a Eric Clapton, Jerry García, Steve Jones y Paul Simonon, entre otros, y pese a sus tremendos pergaminos, terminaría dando vida a un deslavado set de pop folk genérico que, como muchos de los discos menos afortunados de Bob, se deja escuchar sin problemas, pero tiene poco o nada para llevarse con uno.


37°

Empire Burlesque (1985)

Muchos discos de Dylan tienen la particularidad de dejar clarísimo de qué se va a tratar el con sólo escuchar el primer tema. Es el caso de “The Times They Are A-Changin’”, “Highway 61 Revisited” y, desafortunadamente también es cierto, con “Empire Burlesque”. Los 46 minutos de música de este álbum califican dentro del pop más plástico que alguna vez le veríamos al artista. La estructura de casi todos los temas es increíblemente predecible, la instrumentación es arquetípica hasta el hastío y, lamentablemente, hasta algunas de las letras (habitualmente su escudo invencible) son desechables. De todas las trilogías que firmó Bob, este álbum da inicio a la más baja de ellas.


36°

Saved (1980)

Segundo disco de la trilogía cristiana. Más allá de las críticas que pueden existir respecto a la originalidad de la oferta musical y de lo “poco desafiante” del contenido narrativo de algunos tracks, lo cierto es que el nivel de entrega que alcanza Bob en estos discos es ciertamente destacable. Cada uno de los cortes de este álbum tiene a Dylan abiertamente dejándolo todo. Sin ir más lejos, la canción que da título al álbum es increíblemente cautivadora, lista para convertir al más recalcitrante de los ateos. Maravillosos pasajes de gospel, precisos acompañamientos vocales y toneladas de intensidad hacen de este trabajo un álbum con el que uno podrá no congeniar, pero que ciertamente tiene grandes momentos.


35°

Self Portrait (1970)

El primer disco de Dylan basado básicamente en versiones (fuera de su álbum debut) exige una mirada abierta. Para empezar, el mismo Dylan ha afirmado que se trató de una humorada, un álbum destinado a bajarle los humos a la gente que insistía en verlo como una figura mesiánica. En ese sentido, es fácil entender lo descuidado del registro, cuyo principal problema es lo desordenado que es. Bob transita caprichosamente por canciones clásicas como “Blue Moon”, cortes de aire country, temas instrumentales y momentos de rareza sublime, como la versión de “The Boxer” de Simon & Garfunkel, donde juega a interpretar las dos voces en tiempos que rara vez coinciden. Un álbum básicamente dirigido a completistas.


34°

Under The Red Sky (1990)

Después de una década para el olvido, el álbum número 27 de Bob Dylan llegó a demostrar que, si bien el oriundo de Duluth aún era capaz de lanzar una placa rescatable como “Oh Mercy”, ciertamente seguía extraviado. La apertura del álbum con “Wiggle Wiggle” no puede ser menos auspiciosa (casi con seguridad no la canción por la que Slash quería ser recordado por colaborar con Dylan), por fortuna, no todo en esta entrega es de ese nivel. De hecho, algunas baladas y pasajes de blues rock son más que correctos, y el tema que da título al álbum es sin duda querible si uno considera que el disco está dedicado a su hija de cuatro años. No es el momento más brillante de Dylan, pero lejos de ser su más bajo.


33°

Dylan (1973)

Después de dejar Columbia y sin hacerlo partícipe, el sello decidió lanzar un nuevo álbum de Dylan usando básicamente canciones que habían quedado fuera de sus dos discos de 1970, dando vida a algo así como una suerte de “Self Portrait”, pero un poco más ordenado. Sólo versiones y algunos cortes tradicionales ocupan este corto set de canciones que, sin ofrecer nada deslumbrante, logra rescatar algunos temas que de lo contrario habrían quedado sepultados por muchos años esperando la llegada de los bootlegs oficiales. Acertadas versiones de “Can’t Help Falling In Love” y, particularmente, la sentida toma de “The Ballad Of Ira Hayes” hacen de este álbum una parada obligada para cualquier seguidor de Bob.


32°

Together Through Life (2009)

Escrito en conjunto con Robert Hunter (Grateful Dead), “Together Through Life” debe ser el único punto de estos últimos 25 años donde Bob Dylan se ha anotado un claro traspié. Sin duda, hay seguidores que siempre van a disfrutar un nuevo disco de blues folk con mucho del sonido de New Orleans viniendo de Bob, el problema de este álbum es que básicamente se dedica a repetir la fórmula que venía explotando en sus últimos discos y la hace sonar plana, ofreciéndonos muy poco para conservar con nosotros al final del día (“It’s All Good” debe ser la gran excepción). Tomar el espíritu de una canción que Bob iba a componer para un soundtrack y terminar haciendo un álbum de ello quizás no fue la mejor idea.


31°

Christmas In The Heart (2009)

Tal como dice el título, el gran atributo de esta colección de clásicos de Navidad es el cariño con que está hecho. Para el año 2009 Dylan estaba pasando por un período complejo en términos de desempeño vocal, y claramente estaba teniendo problemas para adaptarse a su “nueva” voz (cosa que es posible notar también en “Together Through Life”). Afortunadamente, la instrumentación, el ánimo general del grupo de músicos y la forma en que están logradas las atmósferas es tan maravillosa, que el álbum logra transmitir de manera perfecta el espíritu que intenta contagiar, más allá de los baches vocales que uno pueda encontrar. Sorpresivamente, Dylan se anotó uno de los mejores discos de Navidad de los últimos años.


30°

Shot Of Love (1981)

El último disco de la trilogía cristiana tiene sin duda más aciertos que desencuentros. El ánimo es más luminoso que en “Saved”, el trabajo en la guitarra se anota un punto alto y el grueso de la apuesta sonora es convincente e incluso contagiosa más allá de algunas variaciones estilísticas algo difíciles de entender, que van desde el reggae a canciones de aire motown. El problema con “Shot Of Love” tiene que ver desafortunadamente con el ánimo de Dylan en lo narrativo, donde por momentos se le escucha abiertamente molesto y acusador (lo contrario que uno esperaría de un tipo lleno de espiritualidad). Claramente, después de tres discos en esta misma línea, Bob necesitaba comenzar a mirar hacia otros horizontes.


29°

Pat Garrett & Billy The Kid (1973)

Para muchos el disco de “Knockin’ On Heaven’s Door” y nada más. Sin duda, el tema versionado por Clapton en 1975 y luego por Guns N’ Roses en 1987 se ha instalado fuerte en el imaginario colectivo, y posiblemente ha hecho llegar a Dylan a más de un curioso. Por fortuna, el disco es mucho más que eso. No hay que olvidar que el álbum número 12 de Dylan es un soundtrack, y en esa línea se aboca la mayor parte del tiempo a generar ambientes que, para ser justos, están muy bien logrados. Viniendo de Bob, indudablemente uno quisiera tener más letras para revisar (el disco incluye otros tres cortes “cantados”), pero la verdad es que el álbum logra graduarse con éxito en la línea folk country que se dedica a explorar.


28°

Triplicate (2017)

Luego de dos discos fundamentalmente, dedicados a versionar clásicos en su gran mayoría popularizados por Frank Sinatra, Dylan decidió volver a apostar por la misma fórmula, pero esta vez con un disco triple. Un desafío mayor, pero de alguna forma, y mirado en retrospectiva, un ejercicio que el cantautor parecía necesitar (en lo vocal y también en lo motivacional) para poder volver a la composición original. Los 95 minutos de “Triplicate” no son un recorrido fácil. Extremadamente homogéneo por largos pasajes, la virtud principal de este set es la respetuosa y elegante manera en que Dylan y sus músicos logran adueñarse de cada uno de estos tracks, impregnándolos de su propia y nostálgica mirada.


27°

Infidels (1983)

El gran retorno de Bob post trilogía cristiana para muchos de sus seguidores. Para otros, sin embargo, un disco aún fuertemente ligado al discurso religioso, que además empezaba a mostrar los tics del sonido ochentero que tan mal le hicieron al cantautor. Más allá de los desacuerdos esperables, es cierto que “Infidels” goza de un mejor sonido en términos de producción y además tiene una narrativa que, si bien sigue ligada al imaginario religioso, es ciertamente más elegante que la de los discos que lo preceden. Quizás el gran mérito de este trabajo es que se trata de un disco breve y entretenido, que cada vez que logra ser bueno (como lo hace al inicio y al cierre de la entrega, por ejemplo), es muy bueno.


26°

World Gone Wrong (1993)

La primera mitad de los noventa fue un periodo de transición para Dylan, que terminaría llevándolo una vez más en su carrera a grabar discos de versiones. Más allá de las limitaciones propias de este tipo de registros, “World Gone Wrong” nos permitió volver a disfrutar de la faceta donde muy probablemente se encuentra más cómodo, cuando se trata básicamente de él y su guitarra. Con un sonido rústico (las canciones fueron grabadas en la cochera de su casa) y principalmente abocado a revisitar clásicos del blues rural popularizados por artistas insignes como Blind Willie McTell y Willie Brown, el álbum número 29 de Dylan es un recorrido esencialmente íntimo y sencillo, para disfrutar sin prisas.


25°

Planet Waves (1974)

Para su debut en el sello Asylum, Dylan dejó atrás el sonido country que había explorado intermitentemente desde “John Wesley Harding” (1967) y decidió volver al folk rock. En términos de ventas, este giro fue un éxito; de hecho, fue el primer número uno de Dylan en Estados Unidos. Como propuesta sonora, sin embargo, aun tratándose de un recorrido ciertamente agradable, la verdad es que por momentos la entrega se siente errática (la inclusión de dos versiones del mismo track es el mejor ejemplo de eso) y, a pesar de tener algunas canciones que sobresalen, como la versión lenta de “Forever Young” o “Dirge”, finalmente todo parece sostenerse sobre las virtudes del sello sonoro del combo Dylan-The Band.


24°

Street-Legal (1978)

La experiencia con “Desire” (1976) y el “Rolling Thunder Revue” (1975-1976) claramente dejó en la cabeza de Bob muchas nuevas posibilidades musicales a explorar. En ese contexto, apuesta por expandir su sonido y decide sumar a su banda habitual, tres cantantes mujeres para las segundas voces, un violinista, un saxofonista e incluso un trompetista para uno de los tracks. Las canciones que dan vida a “Street-Legal” son todas gigantes por naturaleza, llenas de intensidad, con un Dylan preciso en los vocales y siempre apuntando a explotar en un clímax épico. Para muchos, un álbum tremendamente sobrepoblado y por momentos reverberante, pero innegablemente entretenido y con identidad propia. De escucha obligada.


23°

Shadows In The Night (2015)

Cuando Bob anunció que lanzaría un álbum de versiones de clásicos popularizados por Sinatra, no dejó de ser una sorpresa. La pregunta obvia fue: ¿Cómo lo va a hacer Dylan, cuya voz viene en franco decaimiento, para versionar a un tipo apodado “La Voz”? Y lo cierto es que, sin grandes contratiempos, logra triunfar en esta empresa básicamente por lo bien elegido del set, lo respetuoso de su interpretación y el gran trabajo en la instrumentación, donde el pedal steel guitar pone la nota alta de la entrega. Sin embargo, más allá de sus méritos, la verdad es que este trabajo no es un recorrido fácil. De ánimo sombrío y muy pausado, la oferta puede ser desalentadora, sobre todo para quienes no conocen al artista.


22°

Good As I Been To You (1992)

Este lanzamiento y “World Gone Wrong” perfectamente podrían haber sido un disco doble, ya que ambos se dedican a explorar el mismo concepto, que es el de “un artista y su guitarra”. Las diferencias pasan principalmente por las temáticas, donde este trabajo destaca por su evidente luminosidad comparado con el que le sigue. Los 55 minutos de “Good As I Been To You” nos regalan la mejor cara del Dylan blusero, capaz de ir desde tracks sentidos y nostálgicos –con magníficos pasajes de armónica– a otros de desenfreno sin ningún problema. No por nada Bob se referiría a estas canciones como “la verdadera música para mí”. La oferta se siente natural y cautivadora, a pesar de lo sencillo de su naturaleza.


21°

Oh Mercy (1989)

A lo largo de su carrera, Daniel Lanois (U2, Peter Gabriel) ha probado ser uno de esos productores que tiene un impacto innegable en el proceso creativo y el sello sonoro de los artistas que acompaña. Tanto así, que, si bien este es un disco de Dylan, es imposible negar que lleva el sello Lanois en lo más profundo de su ADN. Las atmósferas están perfectamente logradas, el sonido es espacioso y fluye de manera impecable, el trabajo en las percusiones es preciso y, lo mejor de todo, es que Bob se escucha increíblemente compenetrado con la propuesta. Los himnos que nos dejó este disco, donde “Most Of The Time” es el ejemplo ineludible, se ubican con propiedad dentro de lo mejor del catálogo tardío del artista.


20°

New Morning (1970)

Cuatro meses después del polémico “Self Portrait”, Dylan volvió con un ánimo que de alguna manera parecía exigir revancha. La placa tiene varias particularidades que lo iban a convertir en un triunfo sin hacer de él un disco excepcional. Acá encontramos un Dylan para todos los gustos; hay canciones de espíritu blues, pop, country e incluso jazz (cuestionable decisión), la instrumentación está bien lograda, Bob vuelve a su estilo vocal tradicional y además el track que abre y el que da nombre al álbum son canciones increíbles. Sin ser un recorrido perfecto, es difícil pasar por estos 35 minutos de música sin encontrar nada para atesorar.


19°

Bob Dylan (1962)

Cierto es que el debut de Dylan probablemente suena tal como lo hacían el promedio de los aspirantes a estrella folk de los sesenta, sin embargo, si uno escucha con atención, no es difícil entender por qué el productor de Columbia Records, John H. Hammond, insistió en conservar a este joven artista, a pesar del pobre desempeño en ventas que tuvo el álbum. Elementos que destacan en este set: el ímpetu de Bob en la guitarra, la armónica e incluso las voces, la destreza para tomar temas tradicionales y darles nueva vida, como en “In My Time Of Dyin”, que más tarde sería versionada por Led Zeppelin, es un buen ejemplo de esto, y la escasa, pero efectiva capacidad compositiva del artista. Justo lo suficiente para apostar por él.


18°

John Wesley Harding (1967)

Si el inicio de su etapa eléctrica ya había sido un giro inesperado, cambiar otra vez de rumbo justo cuando se había apropiado de la escena rock blues de Estados Unidos fue una movida que dejó congelado a todo el mundo. Colgándose de la imagen de un forajido –de reputación muy distinta a lo que reza la canción que abre el disco– y del retiro forzado después de su famoso accidente en moto, Dylan aprovechó de volver a un sonido de naturaleza folk, que claramente miraba hacia la etapa country que estaba por empezar, cambiar por completo su abordaje narrativo apostando por letras muy breves, como la de la fantástica “All Along The Watchtower”, además de enviar un mensaje a todos los que creían haberlo descifrado.


17°

Fallen Angels (2016)

Una de las particularidades que tiene la trilogía de standards es que, pareciendo muy homogénea, realmente cada álbum tiene un enfoque particular. El segundo de este set es un álbum esencialmente luminoso, con historias que, más que de soledad y pérdida (como las del disco anterior), hablan de encontrar y dejarse llevar, con melodías de una calidez y paz que invitan a sonreír y con un cantante que claramente parece estar disfrutando el momento. Más allá de la elegante instrumentación que caracteriza a toda esta saga, lo que hace único a “Fallen Angles” es lo fantástico que está Dylan en los vocales, muy por sobre lo que se le había visto la última década. De esos discos donde todo parece funcionar.


16°

The Basement Tapes (1975)

Es difícil saber cuánto de lo que se dice de este álbum tiene que ver con el mito que lo rodea y cuánto con sus méritos musicales. Publicado luego de ocho años de haber sido grabado, lo que terminó con el misterio y los bootlegs que circulaban por todos lados, el grupo de canciones que da vida al tercer disco doble de Dylan es claramente una colección diferente. El sonido no es el de un cantautor, todo acá suena a colaboración; el ánimo es expansivo, los cortes fluyen de forma natural y lo instrumental reimagina con éxito el sonido de la música de raíz estadounidense. Para quienes buscan un giro sonoro en Bob, este es el disco ganador; para los que disfrutan más de sus letras, hay otros trabajos más exitosos.


15°

Love And Theft (2001)

Quizás el mejor disco para anticipar lo que nos iba a regalar el cantautor los próximos 20 años. Lanzado el 11 de septiembre de 2001, la casi hora de música de esta entrega es un claro adelanto de la trilogía de música tradicional estadounidense (que empieza este disco) y de lo que se vendría luego con la saga de tributos iniciada con “Shadows In The Night” de 2015. Grabado casi en vivo, uno de los puntos altos de este álbum pasa por el grado de espontaneidad que exuda cada uno de los tracks, que incluso extendiéndose por más de cinco minutos en la mitad de los casos, logran hacer de este viaje un recorrido fantástico por lo mejor del pop, ragtime, blues, e incluso algo de vaudeville.


14°

Slow Train Coming (1979)

Quienquiera que diga que la trilogía cristiana fue un fracaso tras otro, nunca ha escuchado este álbum. Mezcla perfecta de entrega interpretativa y un fantástico grupo de músicos, con Mark Knopfler en la guitarra principal, el disco encargado de abrir este ciclo es un capítulo obligado del catálogo del artista. Sencillo en lo lírico, pero directo y efectivo en lo musical, las canciones que dan vida a este álbum se caracterizan por tener un feeling extremadamente liviano y cautivador. Compartiendo mucho del espíritu de “Street-Legal” (voces femeninas y bronces), lo cierto es que los pasajes de blues, gospel e incluso reggae, claramente llevan la apuesta al siguiente nivel.


13°

Tempest (2012)

Echando mano a la misma propuesta sonora de los últimos 10 años y con una voz en franco deterioro, la llegada de este álbum dejó muy poco para encantar al oyente casual. Por fortuna, el tiempo probaría que todos los que insistieron en descubrir las virtudes de la entrega tuvieron su recompensa, ya que “Tempest” marca uno de los puntos más altos de Dylan como contador de historias. Alejado casi por completo del formato estrofa-coro-estrofa, los paisajes que atraviesa este álbum van desde momentos de completa y reflexiva oscuridad, a otros de sobrecogedor homenaje, como los fantásticos siete minutos que cierran el álbum recordando a John Lennon. Disco de evolución pausada, pero tremendamente gratificante.


12°

Nashville Skyline (1969)

Si bien, es cierto que desde “John Wesley Harding” (1967) era posible ver que Dylan buscaba una nueva firma sonora, es en este disco donde se vuelca por completo a explorar la música country, pero no sólo eso: además cambia su forma de cantar. Puede sonar arriesgado y, de hecho, en su momento alejó a muchos de sus seguidores, sin embargo, el “nuevo Dylan” no sólo firmó un álbum a la altura de su catálogo, sino que también se anotó más de un track increíble en esta aventura. Quizás el mejor ejemplo de esto sea que incluso cuando acompañado por Johnny Cash se arriesgó a versionar uno de sus temas más entrañables, logró hacerlo de forma tan contundente, que es difícil elegir una de las dos versiones.


11°

Another Side Of Bob Dylan (1964)

Cada vez que quisieron colgarle una etiqueta, Dylan decidió moverse. En esta oportunidad fue en lo narrativo, donde el artista dijo “suficiente con esto de la ser la voz de su generación”. Las canciones de este álbum suenan al mismo folk que ya le conocíamos, sin embargo, tienen un ánimo mucho más liviano: hablan de amor, desencuentros y también tienen espacio para el humor, cosa que en su disco anterior hubiera sido impensable. El giro fue tan definitivo, que incluso en los cuatro minutos de la fantástica “My Back Pages” el artista se toma el tiempo de explicar su salida del ala más política del movimiento folk. Con una lírica claramente renovada, lo que seguía ciertamente era cambiar su sonido.


10°

Modern Times (2006)

Una de las cosas que hace de este un disco excepcional, es cómo el cantautor logra atrapar el espíritu de lo que venía mostrando en sus discos anteriores para luego ponerlo en un paquete increíblemente consistente. Echando mano a pasajes del más tradicional de los blues, como los seis minutos de “Rollin’ And Tumblin’” o la fantástica “Thunder On The Mountain” (con referencia a Alicia Keys incluida), Dylan aprovecha de intercalar canciones de ánimo muy pausado, pero de una belleza excepcional. Es difícil atravesar este set sin dejarse encantar por el ánimo jazz de “Spirit On The Water” o el fraseo en la maravillosa “Workingman’s Blues #2”. Elegante en la ejecución y simplemente eterno en las letras.


Rough And Rowdy Ways (2020)

Rough And Rowdy Ways

Hay discos demasiado grandes como para intentar ponerlos en una reseña. Este álbum tiene mucho de eso. Musicalmente preciso, privilegiando las baladas y los pasajes de blues, lo cierto es que lo de esta entrega va mucho más allá de lo sonoro. En este viaje el cantautor se acerca a nosotros con una cercanía inusitada, como aquel viejo amigo que hizo todo el recorrido y vuelve a compartir algunos secretos para poder retirarse a descansar. Acá Bob nos mira a la cara, comparte mucho de su intimidad, intenta explicar sus contradicciones y además nos invita a descifrar postales de una época que, pareciendo lejana, está mucho más cerca de lo que creemos. Si finalmente esta fue su despedida, es un dignísimo adiós.


Time Out Of Mind (1997)

Una de las cosas que hace de este disco un recorrido excepcional, es cómo toma lo mejor de dos personalidades potentes involucradas en el proceso creativo y termina dando vida a una suerte de soundtrack acerca de los procesos de pérdida y la inevitable transitoriedad del ser. Lanois nos golpea una vez más con sus tradicionales atmósferas gigantes, sin embargo, en esta vuelta es el cuidado en los detalles –como el efecto en la voz de Dylan usado para abrir el álbum o las percusiones en “Not Dark Yet”– lo que termina robándose las miradas. Si a eso le sumamos la contundencia lírica de un artista que, cercano a sus sesenta años, empieza a lidiar con demonios que antes no había enfrentado, el resultado es superlativo.


The Times They Are A-Changin’ (1964)

Las diez canciones que dan vida al tercer álbum del artista, marcan uno de los momentos más oscuros y provocadores que alguna vez firmaría. De hecho, basta con ver la portada para anticipar que lo que sea que incluya este set no va ser liviano. Acompañado sólo de su guitarra y armónica, y echando mano a lo mejor de sus destrezas como artista folk, Bob levanta una voz de sentida y urgente denuncia en cada uno de los tracks que golpea el set. Los pasajes incluyen, entre otros, líneas acerca de la disparidad ante la ley, la miseria a la que nos condena el sistema y la despreciable manipulación política. Un recorrido de una carga emocional gigantesca, que desgraciadamente sigue sonando actual.


Desire (1976)

Después de “Blood On The Tracks”, Dylan decidió evitar la composición en solitario, en lo que uno podría ver como una vuelta a las sombras de un artista que siempre ha preferido evitar hablar de sí mismo. Jacques Levy fue el encargado de acompañar al músico en este apartado, firmando siete de los nueve tracks. Por fortuna, el resultado de esta apuesta fue increíble; en lo musical se trata de un álbum atrevido, diferente y dinámico, en largos pasajes caracterizado por la presencia de voces femeninas y el fantástico violín de Scarlet Rivera, que dejaría su sello en tracks eternos, como la luminosa “Mozambique” o la demandante “Hurricane”. Definitivamente un álbum de exitosísima búsqueda sonora.


Bringing It All Back Home (1965)

Reflejo de un artista todavía dividido, el primer álbum de la trilogía eléctrica es la muestra perfecta de lo mejor de las dos personalidades del músico. Mientras el lado A nos deleita con todo el rock blues furioso del nuevo Dylan, listo para comerse el mundo, anotándose himnos gigantes como “Subterranean Homesick Blues” y “Maggie’s Farm”, el lado B se encarga de entregarnos lo que le iba quedando de identidad folk. Sin embargo, una de las cosas más increíbles de este álbum es que, casi como en un desafío de identidades, la cara B sale a encarar a su contraparte de forma apabullante, abriendo con “Mr. Tambourine Man” y luego manteniendo el nivel hasta el final de la entrega. Sin duda, memorable.


Highway 61 Revisited (1965)

Con Dylan transformado en estrella de rock e intentando lidiar con el odio de su primera ola de seguidores, mucho del ímpetu avasallador que tiene este álbum está relacionado con la necesidad de desahogo que el artista estaba teniendo. La forma en que “Like A Rolling Stone” abre el disco con un golpe seco, como quien da una patada a una puerta y luego dispara una lírica furiosa llena de desdén, respaldada por una muralla de sonido donde el órgano Hammond se lo come todo, fue una de las cosas que cambió el sonido y la identidad de la música de toda una generación. Nunca en el mundo del rock alguien había tocado las claves que el músico explotó en esta entrega. Probablemente su trabajo más influencial.


Blonde On Blonde (1966)

Tras 18 meses enfocado en dar vida a tres discos que lo vieron mutar por completo, es con el último de este grupo que el cantautor sube la apuesta. No sólo se trata de uno de los primeros álbumes dobles de música rock de la historia, sino que este es el trabajo donde vemos al autor alcanzar el sonido que siempre quiso tener y que él describiría como “el sonido fino y salvaje del mercurio”, donde finalmente termina de desarrollar su tan típico fraseo en los vocales. Además, es en estos 70 minutos donde por fin Dylan deja de mirar a sus seguidores y decide reírse de todo y de todos. Las postales que nos dejó este álbum son el mejor reflejo de un artista al tope de sus capacidades y liberado por completo.


The Freewheelin’ Bob Dylan (1963)

Si uno intentara resumir que es lo que hace del segundo álbum de Dylan un trabajo excepcional, probablemente habría que decir que es su equilibrio. Sin tratarse de una placa de corte romántico o abiertamente enfocada en lo sociopolítico, es capaz de firmar increíbles pasajes en cada una de esas esquinas, echando mano a una propuesta sonora sencilla, pero apabullante. Cálido y evocador cuando debe serlo, como en el caso de “Don’t Think Twice, It’s All Right”, certero en los pasajes que invitan a la reflexión, como en la inmortal “Blowin’ In The Wind”, e implacable cuando la urgencia lo amerita, como sucede en “Masters Of War”. Es difícil saber si sólo se trata de su mejor álbum folk o derechamente de su mejor álbum.


Blood On The Tracks (1975)

Sin tratarse del álbum de Dylan más arriesgado en lo musical, ni el más críptico en lo lírico, lo que hace de “Blood On The Tracks” una experiencia única, tiene que ver con lo universal de su temática de fondo y con la increíble lucidez del artista a la hora de elegir cómo musicalizar este delicado viaje. Muchos lo han catalogado como el “álbum de ruptura definitivo”, aludiendo a que hablaría del divorcio del artista, sin embargo, mirado en perspectiva, lo cierto es que poco importa si el disco habla del músico o no, lo maravilloso de este grupo de canciones es cómo el cantautor captura las distintas etapas que se atraviesan durante el duelo de pareja de forma sencillamente sobrecogedora. Las imágenes que nos regala este álbum van desde los espacios de negación, ira y reconciliación, para luego cerrar con la tan postergada, pero necesaria, aceptación. No hay forma de recorrer este álbum sin notar que hay algo de cada uno de nosotros en esos versos. Definitivamente, inmortal.


Arte por Rodolfo Jofré

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