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La eterna ascensión de Steven Wilson

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Si la trayectoria de los artistas fuese lineal, comparable a las historias de manual que enseñan en los colegios, serían muy pocos los casos en que veríamos una búsqueda satisfactoria de perfección, moldeable a los deseos y estigmas de los creadores. Más bien, aquellos serían casos excepcionales, rarezas en que la técnica y la ejecución se alinean con los sentimientos; situaciones como estas han ocurrido, pero son menores, sobre todo en el rock. Quizás en la música docta, sujeta a cánones parecidos, existen más ejemplos, pero incluso en aquellos lugares hay espacio para quienes pueden identificar la obra deprimida de un compositor que otrora estuvo en la cima. En nuestra materia, algo STEVEN WILSON 002fascinante que tiene la música pesada es que podemos ver con una claridad única los vaivenes, recovecos y auras de los artistas. Y aun más: nos llaman más la atención las composiciones que son fruto del sufrimiento que aquellas concebidas en la pasividad burguesa, cosecha de un éxito que muchas veces es merecido. Y es que, como como dijo el filósofo nacional Martin Hopenhayn, es siempre preferible la obra que nace en los momentos oscuros que aquella hija de la luz, originada en la cota confortable.

Por lo anterior, es notable el caso de Steven Wilson. A lo largo de sus cuatro álbumes de estudio, ha ido escalando hito tras hito en la montaña del reconocimiento, sin sentirse siquiera apunado por las grandes alturas que ha alcanzado. Ya en su disco “Insurgentes” (2008) mostró el nacimiento de la leyenda propia, aquella separada de su propia creación, aunque quizás forzando demasiado dicha diferenciación. No por nada temas como “Veneno Para Las Hadas” o “Significant Other” representan esa desconexión de Porcupine Tree a través del lado más experimental, incluso algo noise, que ciertamente provocó un cambio en lo que venía haciendo con su banda. Así, “Insurgentes” es una declaración de independencia, tal como su nombre e historia mexicana sugieren, pero esta, en vez de levantar a un grupo en contra de la opresión política, es la supuesta liberación de un artista que se creía (y se cree) presa del fantasma de su propio éxito, obtenido desde principios de los 90, aunque a través de otro nombre. Tal como existen aquellos que comienzan a escalar para encontrar la emancipación, Wilson en 2008 inició su ascenso solista en búsqueda de su propio sino musical.

STEVEN WILSON 003No han existido baches, tampoco caídas, pero sí para este redactor el punto de más rápido ascenso lo marcó “Grace For Drowning” (2011), un disco casi perfecto: nada en él parece someterse a un guión y aun así es tremendamente matemático, en el sentido de que todos los elementos del engranaje están dispuestos para llevar al oyente –que en la música de Steven Wilson es él mismo– a lugares que sólo con ayuda de drogas descubriría. Hay veces en que pareciera cruzar barrancos al borde de una cornisa, como en “Postcard”, una canción tributo al pop, pero tan desesperanzadora como el más triste de los blues. Esa conjunción rara, fea y acuosa, en este álbum se vuelve hermosa y triste. Lo mismo ocurre en “Deform To Form A Star”, en donde las cuerdas envuelven la bruma desconsolada en una melodía que termina luminosa. Sin embargo, lo más apoteósico ocurre con el Wilson más inspirado y obsesivo: “Raider II” es aquel punto en donde la cima se vio con total claridad para el nacido en Londres. Este tema, como ningún otro que se haya escrito en nuestros tiempos computarizados, deconstruye los estándares de qué es lo que se entiende por metal, rock pesado, pop o el silencio. Esa virtud de destruir la música que ama, es lo que genera en Steven Wilson el talento necesario para que sea considerado el gran artista de esta época, la leyenda de la que hablaremos a los que vendrán.

“The Raven That Refused To Sing (And Other Stories)” (2013) significó la última piedra en los cimientos de su ficción. Temas como “Luminol” y “The Watchmaker” son una muestra de que su fórmula ya se consolidó, de la mano también de artistas con exquisita técnica como Marco Minnemann, Guthrie Govan, Adam Holzman y Theo Travis, entre otros. Este disco es el dharma de Wilson, aquel collar de cuentas al cual echar mano las veces que sea necesario cuando se requiera un aplauso, o cuando sea puesta en duda su posición en la música urbi et orbi. Es cierto, es más accesible que el anterior, pero no por ello está menos surtido de complejidades y de expresiones musicales que evocan el abandono (“Drive Home”, “The Raven That Refused To Sing”), la miseria (“Luminol”) y de los propios fantasmas del artista, quien, por más celo que muestre de su vida STEVEN WILSON 001privada, ya empezó en esta etapa a mostrar ciertos deseos de ser reconocido como un grande, quizás por sobre lo que dictaminaba en parte la prudencia. Cómo no recordar la licencia que se dio en el Teatro Caupolicán en el año 2013, cuando al presentar “Radioactive Toy” señaló que “es uno de mis primeros temas, que publiqué con el nombre de Porcupine Tree”. Algo innecesario, pero que nos entrega algunas coordenadas de cómo su propio talento tenuemente comienza a nublar su espejo, agigantando su sombra.

Finalmente, con “Hand. Cannot. Erase.” (2015) Steven Wilson alcanza el punto de inflexión de su carrera. Un disco sencillo, quizás el más digerible de todo su catálogo para quienes no son fanáticos a rajatabla, aunque igual de intrincado en su génesis y en su técnica como los anteriores. A veces, temas como “Home Invasion” o “Ancestral” se vuelven difíciles de desentrañar, al contrario de aquellos más puros como “Perfect Life” o aquel que da nombre a la terrible historia que cuenta el álbum. Mientras suena “4 ½”, su último EP lanzado en enero de este año, que es más que un disco de mera transición, es imposible no notar que el británico sabe que se encuentra en la cúspide, que ha llegado a lo más alto, pero que necesariamente querrá seguir subiendo, porque ese es su destino y el de todos nosotros, simples oyentes: subir con su arte hasta el punto de la sublimación y, por qué no, algún día a lo mejor lo veamos caer y caigamos con él. Quién sabe, es muy probable que quizás de esa caída salga su mejor creación.

Por Pablo Cañón

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Discos chilenos destacados 2020

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Discos chilenos destacados 2020
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Este pudo ser un año sin ningún lanzamiento y eso podría haber sido lo más justo del mundo. 2020 estuvo marcado por la crisis político-social en nuestro país, y luego por una crisis sanitaria-cultural a nivel mundial por la pandemia. La música en vivo se apagó casi por completo por la imposibilidad de tener masas de gente en conjunto en el mismo espacio, y con ello la principal fuente de ingresos de la industria musical también ha dejado a miles de trabajadores de la música en la cuerda floja. Pero en vez de silencio, son muchas voces las que se han alzado, en múltiples estilos y mensajes, y la música ha sonado fuerte, claro y ha servido para demostrar el valor de las artes y cultura en un contexto de adversidades e incertidumbres. Allí, las y los músicos chilenos han colaborado, dialogado y generado instancias para mantener la presión sobre las autoridades para que se hagan cargo de la crítica situación, pero también han brillado en materia de creación, generando una gran cantidad de material valioso, en diferentes géneros.

Muchos EPs han formado parte de los proyectos surgidos, incluso con la motivación de la pandemia. Quizás es ese aislamiento forzado el que también ha hecho que la mayoría de los proyectos que destacamos en este listado 2020 de HumoNegro sean, justamente, trabajos surgidos desde una labor solista (Alexander Quinteros, Chini.png, Rubio, Nico Carreño, Cevladé) y además con mucha sensibilidad reflexiva. En tanto, encontramos bandas que se consolidan (Alectrofobia, Adelaida, Niños del Cerro) y otras que sorprenden, pese a sus ya sólidas trayectorias (Cómo Asesinar A Felipes, Yajaira, Poema Arcanus).

La creación artística siempre es esperanza y brillo, y en medio de incertidumbres que nublan el rumbo, esperamos que estos discos que seleccionamos entreguen al menos parte del retrato de un año donde todo fue más difícil, pero donde, aun así, hubo luces y sonidos. Desde HumoNegro, un reconocimiento para las y los compositores e intérpretes que mantienen viva la música chilena. Aquí, en orden alfabético por banda, nuestra humilde selección de EPs y LPs destacados 2020.

Link a los streamings de cada álbum pinchando en las imágenes.


“Animita”

Adelaida

Tras el éxito de “Paraíso” (2017), Adelaida no se durmió en los laureles y comenzó el proceso de creación de su cuarto disco, uno que llegó este 2020 y trajo consigo nuevas texturas para la banda de Valparaíso. “Animita” es un trabajo enérgico y honesto, donde el trío compuesto por Jurel Sónico, Naty Lane y Lele Holzapfel sigue buscando su fórmula definitiva, jugándosela con varias sorpresas a las que no nos tenían acostumbrados, pero sin perder su esencia. El LP, que nació como una ofrenda a Émile Dubois, personaje emblemático de la cultura popular porteña, se posiciona como uno de los grandes registros del año. Tal como grita Naty Lane en “Kraken”: “¡Es un ruido necesario!”.


“Era Luz”

Alectrofobia

https://open.spotify.com/album/0d8R4U0j0ZemcWxkHL0Yb5

La escena del rock “a secas” parece estacionada en los clichés en todo el mundo, y por eso es interesante cuando una banda intentar refrescar el sonido y las ideas. Alectrofobia ha marcado los últimos años del rock chileno con su vocación por un sonido de calidad internacional, y desde ahí ha construido canciones que, sin estacionarse en una sola vereda sónica, transmiten potencia y mensaje. “Era Luz” es un álbum donde la calidad de grabación, mezcla y masterización se suman a la intención de cantar y contar sobre las crisis que ocurren en nuestro país. Desde el punk rock hasta el hard rock, pasando por americana o post grunge, Alectrofobia crea grandes canciones en un disco que consolida sus fortalezas.


“2020”

Alexander Quinteros

La cuarentena ha sido un espacio de aislamiento, pero también de contención y otro tipo de creatividad. Alexander Quinteros trabajó en confinamiento un disco lleno de ambientes y atmósferas dignas de retratar este año, al que coherentemente nombró “2020”. Tracks breves, pero completos en su composición, con arreglos precisos, a los que ni siquiera el truco innecesario del “audio 8D” les quita la capacidad de enfocar –mediante emociones y gradientes– el año más difícil para mucha gente. Quinteros se la juega por lo instrumental y conceptual, y en una temporada donde el tiempo parece líquido y las consignas gritadas parecen desvanecerse, “2020” dibuja un borroso pero fidedigno documento de la pandemia.


“Rfd2”

Cevladé

La censura tapa la boca, pero también genera reacciones. Cevladé se vio en la necesidad de responder a la censura a “Requiem For A Drink” (2012), motivada por la alta rotación de su tema “El Lamento del Pueblo” tras el estallido. Tras bajar el disco de las plataformas, el artista tomó desafío de contar de nuevo la historia de Mario De La Milnova y “La Orden RFD”. “Rfd2” es una especie de continuación y remasterización del disco censurado. Nuevos bríos, interpretaciones más crudas, una producción más clara, pero también más densa y oscura, caminan un trayecto aparentemente conocido con nuevos ojos, líricas y con la rabia renovada. Un rescate de la propia historia, convertida en declaración.


“CTRL+Z”

Chini.png

En el computador, el comando CTRL+Z se encarga de deshacer algo, de convertirlo en un paso en falso y olvidarlo. En un EP, Chini.png lo convierte en un código para presentarse como solista, y también para acompañar, reflexionar y hacer catarsis. Amores, países, movimientos sociales y mitologías se cruzan en cuatro canciones que, pese a derivar en un trabajo corto en duración, termina pegando duro en las sensaciones que libera. Chini Ayarza arma un vehículo de empatía y de identidad, más aún que en Chini & The Technicians, poniéndola al servicio de una atmósfera de esperanza y desilusión, profunda y terrible, adentrándose en sucesos e ideas a las cuales cualquiera querría aplicarle “CTRL+Z”.

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