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Kiss: Otra noche de locura

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These are crazy, crazy, crazy, crazy nights”, dice el coro de “Crazy, Crazy Nights”, uno de los grandes himnos de los legendarios Kiss, y cualquiera que haya tenido la oportunidad de ver en vivo a los nativos de Nueva York, puede dar fe que efectivamente son capaces de convertir cualquier noche en una verdadera locura. ¿Cuál es el secreto? ¿Qué hace que el carismatico cuarteto tenga millones de incondicionales fanáticos alrededor del mundo, inclusive llegando a formar un ejército que día a día recluta a miles de nuevos miembros? Algunos podrán decir que la génesis de esta devoción se fundamenta en una exitosa y fructifera trayectoria de más de cuatro décadas y 20 álbumes de estudio, otros podrán argumentar que todo empieza de su propuesta estética, convirtiendo a The Starchild, The Demon, The Spaceman y The Cat, en verdaderos iconos de la cultura rock, o quizás una postura más superficial podría apuntar a la estrategia de marketing que ha explotado la banda, KISS JUGUETEScomercializando los productos más diversos que se podrían concebir (camisetas, figuras de acción, llaveros, condones, artículos de aseo, entre tantos otros.), o simplemente su elaborada puesta en escena, que incluye luces, pirotecnia y efectos especiales. Pero lo verdaderamente cierto es que la respuesta es TODO, porque Kiss no es un elemento en particular, sino más bien una experiencia completa e integral, que funde todos estos importantes atributos en una fórmula que durante años ha resultado infalible.

Kiss es una banda que, a pesar del inclemente paso del tiempo y la veteranía de sus músicos, se niega a morir. Tras el lanzamiento de “Psycho Circus” (1998), primer álbum con su formación original en casi 20 años, la tensión dentro de la agrupación comenzó a crecer y muchos pensaron que este disco sería el punto final de la exitosa historia del cuarteto, supuesto que trajo consigo más de una década de silencio discográfico, el que para regocijo de sus incondicionales fanáticos fue roto con el significativo “Sonic Boom” (2009), en el que además hace su debut el guitarrista Tommy Thayer. Sabemos que de la inagotable capacidad creativa de Paul Stanley y Gene Simmons siempre se puede esperar un poco más, y generalmente no decepcionan, siendo así como en 2012 vuelven a remecer la escena rock con la edición de “Monster”, su vigésimo álbum de estudio que demuestra que Kiss se encuentra más vivo y vigente que nunca.

Las dos cabezas del monstruo

La tempestuosa carrera de Kiss ostenta una infinidad de anécdotas, desencuentros y momentos álgidos, que muchas veces han amenazado con derribar a este verdadero monstruo del hard rock. Sin KISS 01embargo, a pesar de estas constantes embestidas que en más de alguna ocasión los han hecho tambalear, la mística que los rodea ha sido mucho más fuerte y ha permitido mantener unida esta máquina de hacer clásicos. En gran parte la perdurabilidad y éxito de la franquicia se debe a la capacidad de sus dos líderes, Paul Stanley y Gene Simmons, de mantenerse unidos y salir incólumes de una desgastante trayectoria que a muchos otros habría terminado por hacerlos abandonar.

Quizás el secreto del éxito de esta fórmula se encuentra en la discordancia de las personalidades de Stanley y Simmons, el primero con una postura mediáticamente mucho menos protagónica y de bajo perfil, mientras que el bajista ha destacado por exponer su vida personal abiertamente, siendo de dominio público sus anécdotas sexuales que hablan de haberse acostado con más de 4.600 mujeres durante su vida. Por lo mismo, para nadie resultó extraño que en 2006, a través del canal A&E, viera la luz el reality “Gene Simmons Family Jewels”, que muestra la vida del músico junto a su familia.

Kiss invade el mundo de los comic

No es un secreto que Kiss, desde sus inicios, maneja mejor que nadie el tema del merchandising, y así queda plasmado en esta frase del escritor norteamericano Chuck Klosterman: “La mayoría de las bandas quieren ser The Beatles, pero Kiss quería ser Coca-Cola”. Por lo mismo, no fue para nada sorpresivo que Gene Simmons y compañía también quisiesen verse inmortalizados en las páginas de un comic, sueño que se concretó en 1977, cuando pusieron sus imágenes a disposición de Marvel, siendo su primera y breve aparición en los números 12 y 13 de “Howard The Duck”. Pero los oriundos de Brooklyn no querían ser actores secundarios, sino que buscaron mayor protagonismo, siendo así como ve la luz “Marvel Comics Super Special #1”.

KISS COMICTal como sucede con casi todo lo que Kiss pone a la venta, este comic se convirtió en un rotundo éxito, vendiéndose miles de copias los primeros días de exhibición y transformándose en una verdadera pieza de colección para los fanáticos más acérrimos. Dentro de la estrategia promocional que utilizó la casa editorial para promocionar el libro, destaca la información que los propios miembros de la banda habrían donado sangre para imprimir el comic, a través de una extracción voluntaria que posteriormente fue mezclada con un bidón de tinta roja. Lamentablemente, nunca se tendrá claridad de si este hecho sucedió realmente o si sólo se debió a un elaborado ejercicio comercial, pero lo cierto es que en la portada del comic se lee resaltado el texto: “Printed in real Kiss blood”. Un año después del lanzamiento del comic, Kiss volvió a aparecer en el número 5 de la misma saga, pero sin el avasallador éxito de su predecesor.

This is my music, it makes me proud, these are my people and this is my crowd”, pregona Paul Stanley en “Crazy, Crazy Nights”, y en esta aparentemente simple oración se esconde en parte la esencia de Kiss, una banda que durante años ha creado música bajo una impronta sin parangones, y que contra todos los pronósticos críticos que los tratan de comerciales, los hacen sentirse orgullosos de su arte. Nosotros somos su público y da lo mismo que ya los hayamos visto en vivo, o que este sea nuestro primer encuentro con estos verdaderos monstruos del rock, el próximo 14 de abril estaremos en el Movistar Arena celebrando sus 40 años de vida.

Por Gustavo Inzunza

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Especial En Órbita 2017: Cigarettes After Sex

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Cigarettes After Sex

Un cenicero con los restos de cigarros recién apagados. Ventanas con las cortinas cerradas. Ropa interior en el suelo, en una silla, en medio de las sábanas o los cojines. ¿Solo o acompañado? ¿Luces prendidas o apagadas? ¿Imaginación, sueño o realidad palpable? Los ambientes que genera Cigarettes After Sex en sus canciones pintan imágenes complejas, ponen espejos al frente, y permiten la intermitencia entre brillantez y opacidad, porque el amor, el sexo, la soledad, y todo lo que esté entremedio, son puestos en la lupa sonora del cuarteto liderado por Greg Gonzalez.

Aunque con EP “I” (2012) habían tenido una notoriedad clara y su manera de ver al pop estaba de manifiesto, ciertamente había terminaciones que pulir y escenarios que iluminar más allá de lo teatral. En su álbum debut homónimo, salido en junio pasado, Cigarettes After Sex consigue salir de lo esquemático que podría ser su tipo de composición, y así las cosas fluyen. En vez de andar a tropiezos con las piezas de ropa que caen, todo puede ir un poco más lento, pero con más seguridad en los recursos y movidas a utilizar. En la habitación que se llena del sonido de los norteamericanos ya no es necesario tropezar al andar, porque cada movimiento tiene un impulso natural, entre un dreampop elegante y una manera oscura de plantar el ambient, entre una voz aterciopelada y bajos y ritmos profundos.

Quizás el rubro donde le falte cierta experiencia a la banda sea en las letras, que no consiguen la delicadeza que la interpretación en instrumentos y voz sugieren, pero también es parte del aprendizaje. Quizás son las palabras que se meten entre los cuerpos y que traban el correr de la sangre, que hielan las manos y convergen en la necesidad de seguir adelante, porque lo que consigue musicalmente Cigarettes After Sex no es sólo remitir a lo que ocurre en pareja, trío, o grupo de gente que se busca entre el amor, odio, lujuria y ausencia, sino que armar recuerdos que se puedan esconder en los beats de un bajo casi tan protagonista en la melodía como la voz de Greg, que entre tul y cuero sumerge las conciencias en historias sencillas, pero que conectan con el oyente.

Eso sí, lo concreto de las letras permite que haya un ancla en el mundo real. No se trata de un lugar de ensueño, donde el acto de tocar, besar, desear o amar quede restringido a acciones sin consecuencias. En las canciones de Cigarettes After Sex –y en especial en su LP homónimo– existen detalles concretos, corazones rotos (“Sweet”), ilusiones que se traducen en metáforas demasiado directas (“Opera House”) o la cotidianidad de una cama (“K”). No hay mucho que esconder cuando el olor a tabaco continúa en el dormitorio o cuando la brisa de la madrugada pega en los hombros, porque en medio de un ambiente idílico reside lo humano, a través del contacto físico y/o emocional.

A eso termina refiriendo la banda, entre un minimalismo elegante y sexy, a lo humano, a lo que puede errar, a lo que puede doler, y también a lo crudo e insensible (“Young & Dumb”), donde Gonzalez es capaz de culpar a su objeto de deseo de forma misógina por despecho, y aun así sonar como si pudiera convencer a cualquiera de seguirlo, a él y a sus palabras. El mundo de Cigarettes After Sex no es perfecto, se repleta de cenizas, ropa revuelta, olor a humo, a fluidos corporales, a alcohol, a ausencia, de dolores y palabras envueltas en rocas y cemento. El difícil terreno de lo carnal y lo ecléctico se funde en medio de imperfecciones que otorgan la calidez necesaria para que las canciones y los sonidos no se queden en axiomas vacíos, sino que realmente puedan generar una conexión significativa. Y en ese tipo de construcción narrativa y musical es que Cigarettes After Sex se ha vuelto una banda necesaria de escuchar y sentir. Bien adentro. Humanamente.

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