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Jorge González: Una voz constante

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Hablar de rock chileno es complejo. Los estilos no sólo son diferentes, sino que también responden a intereses muy distintos. Por eso es tan importante la figura del líder de un grupo que, en su retorno en 2003, fue capaz de llenar el Estadio Nacional no una, sino que dos veces. Los Prisioneros marcaron una época y Jorge González fue el portavoz de una generación completa que buscaba cambios en los tiempos de Pinochet. Pero González es más que un artista marcado por el sino de una época, también destaca por la versatilidad de las propuestas estilísticas con las que ha trabajado. No es extraño que los afectos y odios a JG sean transversales si pensamos que ha incursionado en el rock, el pop y la electrónica.

En su época juvenil, junto a Miguel Tapia y Claudio Narea hicieron lo que ya todos saben: Los Prisioneros con “La Voz De Los 80”(1984), fue un álbum capaz de emitir un mensaje que traspasó la clandestinidad para pasar a la masividad, con una actitud genuina y con el desparpajo suficiente como para no dejar dudas. Luego, con “Pateando Piedras” (1986), consolidarían esta dirección, que experimentaría con otras sonoridades más synth pop en “La Cultura De La Basura” (1987).

Narea se iría del grupo, pero González no se detendría. “Corazones” (1991) sería su disco más personal y dejaría en claro que había mucho más que un mensaje contingente en su música. También había mucha transparencia involucrada.

Claro, para muchos González es polémica, confrontación, frases para el bronce, conflictos y negatividad, pero olvidan cuánto ha hecho el originario de San Miguel por la música chilena. Y quedarse en la lógica de que el personaje se “comió” al artista, es desconocer que no sólo le dio voz a los sin voz en una época difícil, sino que lo hizo agarrando cada vez más influencias, con más matices en su propuesta y siempre considerando letras que importaran tanto como la melodía. En la percepción de la gente no ayudó mucho que su disco homónimo de 1993 fuera sobre producido por Gustavo Santaolalla y que, tras un tormentoso período, González apareciera feliz y como una estrella pop en “Mi Casa En El Árbol”. Tampoco que grabara un disco como “El Futuro Se Fue” (1994) en el que, pese a un gran valor conceptual, se alejara de esa capacidad de hacer música masiva.

Y no volvió a la canción para las masas hasta 1999 con “Mi Destino. Confesiones De Una Estrella De Rock”, donde volvió a la guitarra, pero siguió siendo ignorado por el medio chileno, el mismo que ha criticado sus aventuras electrónicas, tales como “Gonzalo Martínez Y Sus Congas Pensantes” (1997), o lo que ha hecho con Los Updates. Por eso, tras volver a intentarlo con Los Prisioneros al inicio del tercer milenio, llenar dos veces el Estadio Nacional, sacar el disco homónimo de los de San Miguel (2003), volver a separarse de Claudio Narea, sacar un mal disco para los estándares de Los Prisioneros como “Manzana” (2004), quiso estar solo otra vez.

Ahora está radicado fuera del país, y pareciera que está en un muy buen momento, viniendo a Chile a tocar algunas veces, como los artistas internacionales y en una de esas presentaciones hecha en el Teatro Caupolicán grabó un  DVD en vivo, que fue lanzado en agosto. Además, grabó en la comodidad de su casa el intimista “Libro” (2012), su primer disco en 13 años, y con ese material se presentará en el Festival Maquinaria versión 2012, dejando en claro que es mucho más que las caricaturas, sino que hay una voz constante, innovadora y que se sabe reinventar para hacerse escuchar.

Fotos por Javier Valenzuela para Rocknvivo.com

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Mogwai, Future Islands y Sun Kil Moon, las tres fuerzas del otoño

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Fauna Otoño 2018

Al ver el cartel del festival que se realizará en Espacio Riesco este 12 de mayo, queda claro que varios mundos podrán convivir en el mismo espacio de Fauna Otoño, algo importante en tiempos donde la tolerancia y el respeto son claves para la convivencia, también considerando que la disposición de escenarios permite escuchar la gran mayoría de las propuestas. Es en este ánimo que destacan tres propuestas difíciles de clasificar, pero al mismo tiempo que son sencillas de identificar, las que intentaremos disponer desde las sensaciones más allá de tecnicismos.

 

Mogwai: Calma en el caos

Cada vez que una canción de Mogwai explota, la sensación que queda es de una extraña calma. Como si el cosmos aplicará un mecanismo de relajación ante un trauma, o como si hubiera hipnosis en el momento exacto del apocalipsis. Lo que hacen los escoceses va más allá de lo que técnicamente consiguen, porque construir crescendos que redunden en una catarsis bella es algo que pueden hacer muchos, pero lo de Mogwai va más allá, a veces dejando a la deriva al oyente en una meseta polar para luego, desde esa incertidumbre, llegar con un sonido más grande que la vida.

Aunque la banda hace rato que no saca un disco que caiga en gracia a todo el espectro de sus fans, lo que ha hecho en los últimos años, más que inventar una rueda nueva, ha sido refrescar la forma en la que ruedan. Eso hace que, en vez de escuchar algo que parezca igual a lo anterior, se permita ver en la performance misma las ganas de crear de los escoceses, quienes también destacan como creadores de soundtracks para películas y series. Si Mogwai es capaz de crear un mundo para sí mismos, en estos casos también son hábiles para arropar mundos ajenos en la música. Al final, lo que es evidente es cómo pueden manejar los ánimos, los espacios y los tiempos, fundamental para un espectáculo que relaja y tensa a la vez, como los latidos del corazón.

Future Islands: Baila por tu vida

La sofisticada propuesta del trío norteamericano Future Islands no alcanza a esconder las ansias de conseguir algo fundamental para la vida: el movimiento. Todas las armonías, las melodías, las figuras de bajo, todo eso redunda en la provocación fundamental de mover el cuerpo, las ideas, las emociones, a través de una dirección muy particular por la voz de Samuel T. Herring, uno de los frontman más impredecibles y entregados en un escenario. Cuando vemos la forma en la que Samuel vive un concierto, queda claro que lo de Future Islands no es casual, y que él siente esa música tanto o más que los fans.

Pero la banda no es sólo lo que consigue Samuel, porque la dinámica entre sintetizadores y bajo es parte de lo que hace a la agrupación sobresalir. Gerrit Welmers y William Cashion dialogan a través de compases que se tejen de tal forma, que no se puede ignorar lo que hit tras hit consigue Future Islands. Al final, el imperativo es bailar y sorprenderse con la extravagancia de Herring, y es difícil que eso no pase donde sea que se presenten.

Sun Kil Moon: aislar y provocar

No necesariamente a todos les puede gustar todo el mundo. Bien lo sabe y entiende Mark Kozelek, quien, más que preocuparse de agradar, ha intentado contar historias y hacerse valer en el escenario. Legendaria es aquella ocasión donde puteó a The War On Drugs por sonar muy fuerte, lo que molestaba su espectáculo con una sola guitarra. Kozelek en el proyecto Sun Kil Moon narra y expresa emoción a un grado descriptivo enorme, basado en letras casi declamadas, que no escatiman tiempo ni esfuerzo en llegar a lo medular de las historias y mucho más.

Pero Kozelek también es parlanchín debajo del escenario, y no es extraño verlo como Morrissey, lanzando opiniones poco populares, difíciles de defender y que, en vez de acercar gente a su música, la alejan. Esto redunda en que Sun Kil Moon tal vez no es un nombre tan conocido porque Mark no está interesado en algo tan masivo, pero sí en la cantidad de respeto necesario para que sus creaciones sean respetadas y realmente escuchadas. Es probable que en vivo quede claro que tantos dimes y diretes sirven para, finalmente, encontrar la música en medio del camino.

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