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Florence + The Machine: Catarsis liberada

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La primera vez que Florence + The Machine pise escenarios chilenos será, nada más y nada menos, como cabeza de cartel de uno de los festivales nacionales más importantes. Con sólo tres larga duración bajo el brazo, el show de la agrupación británica promete ser uno de los puntos altos del evento gracias a la calidad que han alcanzado musicalmente, tanto en términos de composición como también de ejecución, pese a la brevedad de su carrera. A esto se suma el impecable trabajo que ha realizado la banda para traducir la fuerza y la potencia de sus grabaciones de estudio a un show en vivo que no hace más que realzar estas virtudes, transformando la instancia en toda una experiencia. Y qué buena oportunidad es Lollapalooza para presenciar por vez primera este espectáculo: un escenario de grandes proporciones para un despliegue escénico de similar envergadura, que posiblemente se percibiría enclaustrado si se llevase a cabo en un contexto menor. Misma situación FLORENCE + THE MACHINE 01corre para la potente voz de Florence Welch, que llena de fuerza y para algunos incluso llega a bordear lo estruendoso, motivo por el que los espacios acotados pueden parecer desproporcionados en comparación a un gran escenario al aire libre. Como si la voz de Florence hubiese estado predestinada a alcanzar las grandes multitudes.

Y es que asistir a un concierto de Florence + The Machine no es sólo apreciar a un conjunto que lleva a cabo un pop de notable calidad, es también presenciar una perfomance que logra transcribir a lo visual la amplia gama de colores y matices expresada en el plano musical, en un espectáculo indiscutiblemente protagonizado por Welch, quien destaca por llevar al aspecto corporal toda la manifestación plasmada en sus melodías: saltos, recorridos por el escenario, acercamientos al público, incluso arrodillarse o quedar tendida en el suelo. Todo es parte de sentir en lo más profundo lo que se interpreta, y ocupar no sólo la voz, sino el cuerpo entero para transmitir al espectador este torbellino de sensaciones que aborda el sonido de la banda. Buen ejemplo de los extremos que puede alcanzar este histrionismo es lo ocurrido en la más reciente versión del festival Coachella, cuando “Dog Days Are Over” –sencillo correspondiente al álbum debut de la agrupación, que, por cierto, promete ser un momento cúlmine del paso de la los ingleses por estos lados– fue ejecutada por la banda con tal intensidad que, entre saltos y piruetas, le significó a Florence una fractura en el pie derecho tras lanzarse arrebatadamente desde el escenario hacia el público, producto de la euforia que la desborda cuando interpreta este enérgico tema.

FLORENCE + THE MACHINE 02El sello de la agrupación británica ha sido esto, una suerte de catarsis liberada en un honesto lenguaje pop en su estado más puro, sin disfraces ni experimentación con otros estilos, ni con los alcances de cada instrumento. Es un idioma limpio y sincero que escapa de las pretensiones estilísticas para enfocarse en lo expresivo, en lograr un nexo comunicativo con el público a través de una liberación desenfrenada de toda la sensibilidad que desbordan las temáticas de cada canción, y que va en estrecha coherencia con los variados matices que se abarcan musicalmente.

Por otro lado, el sonido de la banda percibe un salto cualitativo que se evidencia en su último disco. Cuatro años tuvieron que pasar para que finalmente viera la luz “How Big, How Blue, How Beautiful” (2015), su más reciente lanzamiento, el cual probablemente sea el más interpretado dentro del setlist que traerá la agrupación a nuestro país. Sin duda, un muy buen momento, ya que es un álbum que expone cierta maduración de la banda en términos musicales, evidenciado en sonidos más ricos, mayor uso de texturas y aparentemente mayor fiato entre los miembros del conjunto, dando como resultado melodías íntegras, sugerentes, donde cada elemento está orientado a un claro horizonte. La técnica vocal de Florence también parece haber alcanzado ciertas mejoras, demostrando un mayor dominio en los extremos de su registro, y también logrando controlar los excesos que la hacían bordear lo ruidoso al alcanzar los momentos de máxima intensidad. De esta forma, se convierten en un excelente exponente de lo que puede llegar a entregar el manoseado género pop cuando existen trabajos de impecable factura. De este último lanzamiento, los sencillos “Ship To Wreck” y “What Kind Of Man” se sitúan como paradas obligadas dentro del setlist, en tanto que “Delilah”, “Third Eye” y la canción homónima al disco se posicionan como muy probables candidatas a ser presentadas en vivo, por ser algunos de los puntos altos del mencionado trabajo.

FLORENCE + THE MACHINE 03Sin embargo, lejos de sólo estancarse en esta última publicación, el show también podría echar mano a los predecesores “Lungs” (2009) y “Ceremonials” (2011), dando como resultado un espectáculo equilibrado y respetuoso con los seguidores de su trayectoria. Una fórmula probada y continuamente mejorada, que ha sido puesta a prueba en los escenarios de festivales extranjeros de renombre con un excelente recibimiento. No olvidemos que la agrupación cargó con la responsabilidad no menor de reemplazar a Foo Fighters como cabeza de cartel en la pasada versión de Glastonbury, recibiendo por ello numerosos elogios de la crítica especializada y hasta del mismo Dave Grohl.

Por todo lo anteriormente expuesto, el debut de Florence + The Machine en nuestro país se ubica como una presentación altamente recomendada, incluso para quienes no se declaran seguidores de los británicos. Se trata de un show de calidad asegurada, gran exponente de su género y, como si esto fuera poco, de una banda que se encuentra en su mejor momento, si es que no es sólo el principio del ascenso acelerado de una agrupación que aún tiene mucho por entregar.

Por Evelyn Munzenmayer

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Especial En Órbita 2017: Cigarettes After Sex

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Cigarettes After Sex

Un cenicero con los restos de cigarros recién apagados. Ventanas con las cortinas cerradas. Ropa interior en el suelo, en una silla, en medio de las sábanas o los cojines. ¿Solo o acompañado? ¿Luces prendidas o apagadas? ¿Imaginación, sueño o realidad palpable? Los ambientes que genera Cigarettes After Sex en sus canciones pintan imágenes complejas, ponen espejos al frente, y permiten la intermitencia entre brillantez y opacidad, porque el amor, el sexo, la soledad, y todo lo que esté entremedio, son puestos en la lupa sonora del cuarteto liderado por Greg Gonzalez.

Aunque con EP “I” (2012) habían tenido una notoriedad clara y su manera de ver al pop estaba de manifiesto, ciertamente había terminaciones que pulir y escenarios que iluminar más allá de lo teatral. En su álbum debut homónimo, salido en junio pasado, Cigarettes After Sex consigue salir de lo esquemático que podría ser su tipo de composición, y así las cosas fluyen. En vez de andar a tropiezos con las piezas de ropa que caen, todo puede ir un poco más lento, pero con más seguridad en los recursos y movidas a utilizar. En la habitación que se llena del sonido de los norteamericanos ya no es necesario tropezar al andar, porque cada movimiento tiene un impulso natural, entre un dreampop elegante y una manera oscura de plantar el ambient, entre una voz aterciopelada y bajos y ritmos profundos.

Quizás el rubro donde le falte cierta experiencia a la banda sea en las letras, que no consiguen la delicadeza que la interpretación en instrumentos y voz sugieren, pero también es parte del aprendizaje. Quizás son las palabras que se meten entre los cuerpos y que traban el correr de la sangre, que hielan las manos y convergen en la necesidad de seguir adelante, porque lo que consigue musicalmente Cigarettes After Sex no es sólo remitir a lo que ocurre en pareja, trío, o grupo de gente que se busca entre el amor, odio, lujuria y ausencia, sino que armar recuerdos que se puedan esconder en los beats de un bajo casi tan protagonista en la melodía como la voz de Greg, que entre tul y cuero sumerge las conciencias en historias sencillas, pero que conectan con el oyente.

Eso sí, lo concreto de las letras permite que haya un ancla en el mundo real. No se trata de un lugar de ensueño, donde el acto de tocar, besar, desear o amar quede restringido a acciones sin consecuencias. En las canciones de Cigarettes After Sex –y en especial en su LP homónimo– existen detalles concretos, corazones rotos (“Sweet”), ilusiones que se traducen en metáforas demasiado directas (“Opera House”) o la cotidianidad de una cama (“K”). No hay mucho que esconder cuando el olor a tabaco continúa en el dormitorio o cuando la brisa de la madrugada pega en los hombros, porque en medio de un ambiente idílico reside lo humano, a través del contacto físico y/o emocional.

A eso termina refiriendo la banda, entre un minimalismo elegante y sexy, a lo humano, a lo que puede errar, a lo que puede doler, y también a lo crudo e insensible (“Young & Dumb”), donde Gonzalez es capaz de culpar a su objeto de deseo de forma misógina por despecho, y aun así sonar como si pudiera convencer a cualquiera de seguirlo, a él y a sus palabras. El mundo de Cigarettes After Sex no es perfecto, se repleta de cenizas, ropa revuelta, olor a humo, a fluidos corporales, a alcohol, a ausencia, de dolores y palabras envueltas en rocas y cemento. El difícil terreno de lo carnal y lo ecléctico se funde en medio de imperfecciones que otorgan la calidez necesaria para que las canciones y los sonidos no se queden en axiomas vacíos, sino que realmente puedan generar una conexión significativa. Y en ese tipo de construcción narrativa y musical es que Cigarettes After Sex se ha vuelto una banda necesaria de escuchar y sentir. Bien adentro. Humanamente.

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