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Especial RockOut Fest 2016: Meshuggah

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Resulta imperioso exponer cómo era el entorno que rodeó a Meshuggah en el amanecer de su carrera. Es necesario detenerse y asimilar la distancia que hay entre ellos y sus coetáneos, para así enfrentarse a premisas que postulan a los suecos como artistas de carácter supremo dentro del rock / metal. Dicho esto, hay que remontarse unos treinta años atrás, cuando la escena a nivel global ya tenía a sus máximos exponentes y muchos de los sub-géneros, de forma simultánea, se gestaban en las entrañas de las tendencias más agitadas y vehementes. Eran días donde la atención de los medios especializados (inclusive parte de los masivos), y por consecuencia la de los seguidores, fijaba su enfoque en las oleadas de bandas identificadas con el thrash, el heavy y sus familiares más cercanos. Metallica y Pantera quizá fueron los fenómenos que alcanzaron un nivel superlativo en términos de difusión y, por otro lado, compartiendo más de algún elemento en las estructuras de sus canciones no sólo entre ellos, sino que con casi todos sus contemporáneos que más o menos se han cuadrado con ese método (siempre manteniendo presente que la idea es sintetizar lo más relevante, sin ahondar en las profundidades del underground para que hasta el más novel de los amantes del metal MESHUGGAH 01o del grupo sea capaz de participar en este ejercicio sobre la importancia de Meshuggah en la actualidad).

Cabe señalar que, por el mismo período pero en un segundo plano, el incipiente death metal daba sus primeros pasos de la mano de una mayor experimentación y de la radicalización del sonido, perspectiva que, junto a algunos matices de lo expuesto antes, fue el prisma con el que los suecos configuraron su propuesta al comienzo de su carrera, que si bien era clasificable bajo algunos parámetros definidos hasta ese punto, ya lucía atisbos de la genialidad y el virtuosismo-al-servicio-de-la-innovación que sus integrantes fundadores desarrollarían en profundidad unos años más adelante, determinación que los llevaría indefectiblemente a ser un punto de inflexión en la historia de la música extrema.

Por más que los puristas se esfuercen en posicionar a su primer larga-duración, “Contradictions Collapse” (1991), o en su defecto al siguiente, “Destroy Erase Improve” (1995) como la “cúspide de su trayectoria”, quien redacta considera más adecuado y pertinente hablar de que se está en presencia de un conjunto que en cada oportunidad ha entregado un trabajo que supera al anterior y que siempre está en movimiento, inquieto, buscando la ampliación de su creatividad y la renovación de su propio sello, que a estas alturas ha cometido su objetivo y se jacta de ser inconfundible.

MESHUGGAH 02Ahora bien, entendiendo lo común que es la controversia respecto a la dinámica de una elección del “mejor de todos” y el correspondiente debate que surge y, sin perjuicio de lo antes mencionado, adhiriendo a la premisa de elegir un disco por sobre todo su catálogo, “Chaosphere” de 1998 sería el dueño de tal decisión: su núcleo se constituye de una de-construcción del metal más pesado existente y su posterior transmutación hacia algo desconocido y transgresor, cuyo impacto repercute hasta hoy, planteando un escenario donde pareciera que nada es capaz de compararse a su fuerza indómita y a una ejecución que en su totalidad es impecable, que colinda con el paroxismo y que abusa de las habilidades de sus músicos. Es una exhibición de una serie de recursos técnicos y humanos dispuestos de tal modo, que le otorgan a una canción como “Concatenation” los argumentos para que sea imposible de etiquetar y mucho menos de emular.

El cambio de milenio trajo consigo el equilibrio y la estabilidad para estos adelantados a su tiempo, quienes a través de “Nothing” (2002) introdujeron el estilo que, a grandes rasgos, ha sido la columna vertebral del metal que hoy presentan y que tanto ha influenciado a toda una camada de nuevas bandas que han visto en Meshuggah el paradigma a seguir. De esta manera, y sumado a una creciente popularidad entre sus pares inclusive, los últimos catorce años han sido la época del reconocimiento mundial y de la consagración de su postura frente al mundo de la música (sellos, prensa y público), que en “Catch Thirythree” (2005) fue extendida hacia nuevos parajes aún más extraños, guiados por una sola pieza dividida en otras trece que catalizaban la energía de una fase que poseía un halo de misterio sobre ella. Poco y nada tenían de los MESHUGGAH 03elementos que en un principio definieron la composición de la agrupación y, en su lugar, probaron con otras texturas y arreglos dirigidos hacia la expansión de su espectro sónico.

Sin duda alguna, sus dos álbumes más recientes, “obZen” (2008) y “Koloss” (2012), son la conjugación de todo aquello que en su origen inspiró la creación de la marca registrada que es el “sonido Meshuggah” y de la pericia que han adquirido con el paso del tiempo, sustentados por la combustión de un espíritu innovador que jamás ha visto disminuido su fulgor a la hora de construir y desafiar las capacidades de los intérpretes, lo que ocurre en  temas como “Bleed” o “Marrow”, que ejemplifican la manera en que unifican su pasado con su presente en una aleación de metal que no tiene símiles.

Este 2016 es la ocasión que eligieron para publicar una nueva obra, “The Violent Sleep Of Reason”, que verá la luz en octubre, y además es el retorno a este lado del planeta en lo que será la segunda versión de RockOut Fest, que se llevará a cabo el 3 de septiembre, momento que de seguro confirmará al público nacional que Meshuggah es el acto de metal más arriesgado y novedoso  de todos los tiempos.

Por Hans Oyarzún

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Especial En Órbita 2017: Cigarettes After Sex

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Cigarettes After Sex

Un cenicero con los restos de cigarros recién apagados. Ventanas con las cortinas cerradas. Ropa interior en el suelo, en una silla, en medio de las sábanas o los cojines. ¿Solo o acompañado? ¿Luces prendidas o apagadas? ¿Imaginación, sueño o realidad palpable? Los ambientes que genera Cigarettes After Sex en sus canciones pintan imágenes complejas, ponen espejos al frente, y permiten la intermitencia entre brillantez y opacidad, porque el amor, el sexo, la soledad, y todo lo que esté entremedio, son puestos en la lupa sonora del cuarteto liderado por Greg Gonzalez.

Aunque con EP “I” (2012) habían tenido una notoriedad clara y su manera de ver al pop estaba de manifiesto, ciertamente había terminaciones que pulir y escenarios que iluminar más allá de lo teatral. En su álbum debut homónimo, salido en junio pasado, Cigarettes After Sex consigue salir de lo esquemático que podría ser su tipo de composición, y así las cosas fluyen. En vez de andar a tropiezos con las piezas de ropa que caen, todo puede ir un poco más lento, pero con más seguridad en los recursos y movidas a utilizar. En la habitación que se llena del sonido de los norteamericanos ya no es necesario tropezar al andar, porque cada movimiento tiene un impulso natural, entre un dreampop elegante y una manera oscura de plantar el ambient, entre una voz aterciopelada y bajos y ritmos profundos.

Quizás el rubro donde le falte cierta experiencia a la banda sea en las letras, que no consiguen la delicadeza que la interpretación en instrumentos y voz sugieren, pero también es parte del aprendizaje. Quizás son las palabras que se meten entre los cuerpos y que traban el correr de la sangre, que hielan las manos y convergen en la necesidad de seguir adelante, porque lo que consigue musicalmente Cigarettes After Sex no es sólo remitir a lo que ocurre en pareja, trío, o grupo de gente que se busca entre el amor, odio, lujuria y ausencia, sino que armar recuerdos que se puedan esconder en los beats de un bajo casi tan protagonista en la melodía como la voz de Greg, que entre tul y cuero sumerge las conciencias en historias sencillas, pero que conectan con el oyente.

Eso sí, lo concreto de las letras permite que haya un ancla en el mundo real. No se trata de un lugar de ensueño, donde el acto de tocar, besar, desear o amar quede restringido a acciones sin consecuencias. En las canciones de Cigarettes After Sex –y en especial en su LP homónimo– existen detalles concretos, corazones rotos (“Sweet”), ilusiones que se traducen en metáforas demasiado directas (“Opera House”) o la cotidianidad de una cama (“K”). No hay mucho que esconder cuando el olor a tabaco continúa en el dormitorio o cuando la brisa de la madrugada pega en los hombros, porque en medio de un ambiente idílico reside lo humano, a través del contacto físico y/o emocional.

A eso termina refiriendo la banda, entre un minimalismo elegante y sexy, a lo humano, a lo que puede errar, a lo que puede doler, y también a lo crudo e insensible (“Young & Dumb”), donde Gonzalez es capaz de culpar a su objeto de deseo de forma misógina por despecho, y aun así sonar como si pudiera convencer a cualquiera de seguirlo, a él y a sus palabras. El mundo de Cigarettes After Sex no es perfecto, se repleta de cenizas, ropa revuelta, olor a humo, a fluidos corporales, a alcohol, a ausencia, de dolores y palabras envueltas en rocas y cemento. El difícil terreno de lo carnal y lo ecléctico se funde en medio de imperfecciones que otorgan la calidez necesaria para que las canciones y los sonidos no se queden en axiomas vacíos, sino que realmente puedan generar una conexión significativa. Y en ese tipo de construcción narrativa y musical es que Cigarettes After Sex se ha vuelto una banda necesaria de escuchar y sentir. Bien adentro. Humanamente.

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