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Especial Lollapalooza Chile 2017: Catfish And The Bottlemen

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En medio de la necesidad de trascender, la búsqueda de rasgos únicos es sin descanso. La ambición, la inseguridad o el ego hacen que se quiera realizar algo inolvidable y sin comparación, pero cada vez es más complicado, y lo que termina predominando es la experimentación o el cruce de estilos. De ahí que propuestas como la de los galeses Catfish And The Bottlemen parezcan más rupturistas de lo que realmente son. En estos tiempos, un rock sin mayores pretensiones es, sin duda, muy pretencioso, o al menos un tanto idealista, concepto que facilita que aparezcan los paralelos con Oasis u otras bandas que tienen la arrogancia de su parte.

Si bien Van McCann, el guitarrista y cantante, no busca ser un tipo desagradable, es parco y en la superficie recuerda a referentes como los hermanos Gallagher o el John Lennon más irónico. La diferencia es que McCann no trata de parecer el tipo más inteligente ni el mejor de todos, sino que simplemente quiere pasarlo bien y sorprenderse en el proceso, disfrutando. Aunque “The Balcony” (2014) y “The Ride” (2016) no son los discos más interesantes de los últimos años, es difícil no advertir que Catfish And The Bottlemen es de las pocas agrupaciones que se la juega por las guitarras en estos tiempos y lo hacen de forma atractiva, sin necesidad de tracks adicionales que les quiten frescura en vivo.

Aunque sus trabajos discográficos no han generado mayor revuelo crítico, en parte por lo limitado de los recursos que emplean, el consenso es que lo que producen sus shows en vivo es una cuota de pasado con la vibra del presente, dándose una conexión entre el cuarteto y el público de forma orgánica, sin mayores artificios, y eso hace que, por suaves que sean algunas de sus canciones, los metan de lleno en el tímido revival del rock que emerge desde ciertos proyectos. Entonces los comparan con The 1975, pero mientras los galeses buscan bastarse a sí mismos para provocar impacto, Matt Healy y los suyos se apoyan en todo lo extra que sea posible. Ahí The 1975 se parece a todo lo que hay más allá, en cambio Catfish And The Bottlemen gana un terreno propio, con sus propias manos.

Muchas veces las canciones del cuarteto surgido en Llandudno, Gales del Norte, pecan de simplonas, con letras demasiado literales, evitando las metáforas de forma casi virulenta, pero esto se condice con la declaración más célebre de McCann: “En estos tiempos todos comenzaron a pensar demasiado fuera de lo establecido tratando de ser artísticos y diferentes. Nosotros queríamos quedarnos dentro de esos márgenes”.

Teniendo las cosas así de claras, y aprovechando sus recursos al máximo sin perderse en lugares inseguros, han conseguido hacerse de voces de aliento, fans, y en especial de un show en vivo vibrante y lleno de seguridad hacia sus propias capacidades. Si es o no el revival del rock da igual, porque hoy por hoy la trascendencia no es algo que le preocupe a esta banda, sino que puramente dejar su huella en el presente más inmediato, lo que sustenta su gracia y también su gran éxito.

Por Manuel Toledo-Campos

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Especial En Órbita 2017: Cigarettes After Sex

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Cigarettes After Sex

Un cenicero con los restos de cigarros recién apagados. Ventanas con las cortinas cerradas. Ropa interior en el suelo, en una silla, en medio de las sábanas o los cojines. ¿Solo o acompañado? ¿Luces prendidas o apagadas? ¿Imaginación, sueño o realidad palpable? Los ambientes que genera Cigarettes After Sex en sus canciones pintan imágenes complejas, ponen espejos al frente, y permiten la intermitencia entre brillantez y opacidad, porque el amor, el sexo, la soledad, y todo lo que esté entremedio, son puestos en la lupa sonora del cuarteto liderado por Greg Gonzalez.

Aunque con EP “I” (2012) habían tenido una notoriedad clara y su manera de ver al pop estaba de manifiesto, ciertamente había terminaciones que pulir y escenarios que iluminar más allá de lo teatral. En su álbum debut homónimo, salido en junio pasado, Cigarettes After Sex consigue salir de lo esquemático que podría ser su tipo de composición, y así las cosas fluyen. En vez de andar a tropiezos con las piezas de ropa que caen, todo puede ir un poco más lento, pero con más seguridad en los recursos y movidas a utilizar. En la habitación que se llena del sonido de los norteamericanos ya no es necesario tropezar al andar, porque cada movimiento tiene un impulso natural, entre un dreampop elegante y una manera oscura de plantar el ambient, entre una voz aterciopelada y bajos y ritmos profundos.

Quizás el rubro donde le falte cierta experiencia a la banda sea en las letras, que no consiguen la delicadeza que la interpretación en instrumentos y voz sugieren, pero también es parte del aprendizaje. Quizás son las palabras que se meten entre los cuerpos y que traban el correr de la sangre, que hielan las manos y convergen en la necesidad de seguir adelante, porque lo que consigue musicalmente Cigarettes After Sex no es sólo remitir a lo que ocurre en pareja, trío, o grupo de gente que se busca entre el amor, odio, lujuria y ausencia, sino que armar recuerdos que se puedan esconder en los beats de un bajo casi tan protagonista en la melodía como la voz de Greg, que entre tul y cuero sumerge las conciencias en historias sencillas, pero que conectan con el oyente.

Eso sí, lo concreto de las letras permite que haya un ancla en el mundo real. No se trata de un lugar de ensueño, donde el acto de tocar, besar, desear o amar quede restringido a acciones sin consecuencias. En las canciones de Cigarettes After Sex –y en especial en su LP homónimo– existen detalles concretos, corazones rotos (“Sweet”), ilusiones que se traducen en metáforas demasiado directas (“Opera House”) o la cotidianidad de una cama (“K”). No hay mucho que esconder cuando el olor a tabaco continúa en el dormitorio o cuando la brisa de la madrugada pega en los hombros, porque en medio de un ambiente idílico reside lo humano, a través del contacto físico y/o emocional.

A eso termina refiriendo la banda, entre un minimalismo elegante y sexy, a lo humano, a lo que puede errar, a lo que puede doler, y también a lo crudo e insensible (“Young & Dumb”), donde Gonzalez es capaz de culpar a su objeto de deseo de forma misógina por despecho, y aun así sonar como si pudiera convencer a cualquiera de seguirlo, a él y a sus palabras. El mundo de Cigarettes After Sex no es perfecto, se repleta de cenizas, ropa revuelta, olor a humo, a fluidos corporales, a alcohol, a ausencia, de dolores y palabras envueltas en rocas y cemento. El difícil terreno de lo carnal y lo ecléctico se funde en medio de imperfecciones que otorgan la calidez necesaria para que las canciones y los sonidos no se queden en axiomas vacíos, sino que realmente puedan generar una conexión significativa. Y en ese tipo de construcción narrativa y musical es que Cigarettes After Sex se ha vuelto una banda necesaria de escuchar y sentir. Bien adentro. Humanamente.

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