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Especial Lollapalooza Chile 2017: Two Door Cinema Club

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Cuando tuvimos a Two Door Cinema Club debutando en Chile, las condiciones hacían todo lo posible para que esa primera vez fuera destinada a un olvido irrelevante. Mucho calor, un horario que no era estelar, por momentos la propia banda -luego sabríamos que no era lo mejor en lo personal- y, además, un disco como “Beacon” (2012), que no tenía ni la fuerza ni el arrastre de su nervioso, intenso y celebrado primer LP, “Tourist History” (2010). Todo estaba ahí, y TDCC tuvo una primera vez olvidable y que, con la distancia como ayuda para la observación, presentaba posibilidades de redención.

Eso es lo que la banda comenzó a hacer al poco tiempo. Lo primero fue buscar un poco de reconciliación con su sonido, para lo cual se encargaron de hacer su trabajo más pop, e incluso contar con la producción de Madeon en el EP, “Changing Of The Seasons” (2013). El video de la canción que nombraba al trabajo de tres tracks mostraba a Alex Trimble, Kevin Baird y Sam Halliday siendo cuestionados por periodistas, que indicaban que el éxito obtenido no se condecía con su nivel de calidad. Ciertamente, el trío sabía que debía subir sus bonos si continuaban, pero tras el EP se tomaron un descanso, como si lo ocurrido fuera muy tóxico y el aire fresco fuera vital.

Un par de años después TDCC se siente más ligero, y lo hace jugando con los códigos más brutales del libre comercio. Como si se tratara de un capítulo de “Black Mirror”, la banda se la juega con la publicidad más grosera y extrema en el video de “Are We Ready? (Wreck)”, e incluso desfigura a un Alex en destrucción por culpa de la mercantilización de todo. Con sonidos más funk y la vitalidad que se extrañaba, el sencillo crecía a cada escucha y auguraba que TDCC estaba tratando de hablar en serio, lejos de la ansiedad para pesar y demostrar que desde el fondo aparente se puede ganar otro impulso.

“Gameshow” (2016) es la redención para la banda norirlandesa luego de subir muy rápido y luego caer. El grupo se mudó a Los Angeles, y con ese aire playero las influencias del disco claramente se iban al lado de las guitarras brillantes, los ritmos calmos pero pegotes, la cadencia, sacándose un poco de encima el pop o el indie tradicional. Citan en entrevistas a Prince y David Bowie como las influencias del registro, y aunque parezca superficial como recurso para engancharse a sus muertes, en el álbum cae de cajón que las ideas sí pasaron por pensar en estos íconos de la cultura popular. Las canciones no tratan de encajar en moldes pre-hechos, ni tampoco se contentan a sí mismas. TDCC no teme pasar de la robusta crudeza de “Gameshow” a la ternura de “Lavender”, y hacerlo con un poco de rabia en el camino. Si antes la banda era vista como un trío de colores vivaces y sonidos livianos, ahora la intención es tomar el escenario y ser los rockstar que por primera vez pareciera que creen que pueden ser.

Ese equilibrio inédito no alcanza a explotar en las versiones de estudio de las canciones, pero hay ideas que avizoran la intención, y dentro de las presentaciones de la agrupación en vivo en 2016 se puede notar que esa explosión sí está en esa instancia. He ahí que Two Door Cinema Club tendrá una nueva chance en Lollapalooza Chile 2017, en otro contexto y con otras energías en la cabeza, para rehacer la incolora primera imagen que tuvimos de ellos y que, en este caso, se trate de un show de juegos a la medida del trío que volvió con más ambición que nunca.

Por Manuel Toledo-Campos

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Mogwai, Future Islands y Sun Kil Moon, las tres fuerzas del otoño

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Fauna Otoño 2018

Al ver el cartel del festival que se realizará en Espacio Riesco este 12 de mayo, queda claro que varios mundos podrán convivir en el mismo espacio de Fauna Otoño, algo importante en tiempos donde la tolerancia y el respeto son claves para la convivencia, también considerando que la disposición de escenarios permite escuchar la gran mayoría de las propuestas. Es en este ánimo que destacan tres propuestas difíciles de clasificar, pero al mismo tiempo que son sencillas de identificar, las que intentaremos disponer desde las sensaciones más allá de tecnicismos.

 

Mogwai: Calma en el caos

Cada vez que una canción de Mogwai explota, la sensación que queda es de una extraña calma. Como si el cosmos aplicará un mecanismo de relajación ante un trauma, o como si hubiera hipnosis en el momento exacto del apocalipsis. Lo que hacen los escoceses va más allá de lo que técnicamente consiguen, porque construir crescendos que redunden en una catarsis bella es algo que pueden hacer muchos, pero lo de Mogwai va más allá, a veces dejando a la deriva al oyente en una meseta polar para luego, desde esa incertidumbre, llegar con un sonido más grande que la vida.

Aunque la banda hace rato que no saca un disco que caiga en gracia a todo el espectro de sus fans, lo que ha hecho en los últimos años, más que inventar una rueda nueva, ha sido refrescar la forma en la que ruedan. Eso hace que, en vez de escuchar algo que parezca igual a lo anterior, se permita ver en la performance misma las ganas de crear de los escoceses, quienes también destacan como creadores de soundtracks para películas y series. Si Mogwai es capaz de crear un mundo para sí mismos, en estos casos también son hábiles para arropar mundos ajenos en la música. Al final, lo que es evidente es cómo pueden manejar los ánimos, los espacios y los tiempos, fundamental para un espectáculo que relaja y tensa a la vez, como los latidos del corazón.

Future Islands: Baila por tu vida

La sofisticada propuesta del trío norteamericano Future Islands no alcanza a esconder las ansias de conseguir algo fundamental para la vida: el movimiento. Todas las armonías, las melodías, las figuras de bajo, todo eso redunda en la provocación fundamental de mover el cuerpo, las ideas, las emociones, a través de una dirección muy particular por la voz de Samuel T. Herring, uno de los frontman más impredecibles y entregados en un escenario. Cuando vemos la forma en la que Samuel vive un concierto, queda claro que lo de Future Islands no es casual, y que él siente esa música tanto o más que los fans.

Pero la banda no es sólo lo que consigue Samuel, porque la dinámica entre sintetizadores y bajo es parte de lo que hace a la agrupación sobresalir. Gerrit Welmers y William Cashion dialogan a través de compases que se tejen de tal forma, que no se puede ignorar lo que hit tras hit consigue Future Islands. Al final, el imperativo es bailar y sorprenderse con la extravagancia de Herring, y es difícil que eso no pase donde sea que se presenten.

Sun Kil Moon: aislar y provocar

No necesariamente a todos les puede gustar todo el mundo. Bien lo sabe y entiende Mark Kozelek, quien, más que preocuparse de agradar, ha intentado contar historias y hacerse valer en el escenario. Legendaria es aquella ocasión donde puteó a The War On Drugs por sonar muy fuerte, lo que molestaba su espectáculo con una sola guitarra. Kozelek en el proyecto Sun Kil Moon narra y expresa emoción a un grado descriptivo enorme, basado en letras casi declamadas, que no escatiman tiempo ni esfuerzo en llegar a lo medular de las historias y mucho más.

Pero Kozelek también es parlanchín debajo del escenario, y no es extraño verlo como Morrissey, lanzando opiniones poco populares, difíciles de defender y que, en vez de acercar gente a su música, la alejan. Esto redunda en que Sun Kil Moon tal vez no es un nombre tan conocido porque Mark no está interesado en algo tan masivo, pero sí en la cantidad de respeto necesario para que sus creaciones sean respetadas y realmente escuchadas. Es probable que en vivo quede claro que tantos dimes y diretes sirven para, finalmente, encontrar la música en medio del camino.

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