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Emir Kusturica & The No Smoking Orchestra: La fiesta de lo excéntrico

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Sin lugar a dudas, uno de los números más atractivos de esta cuarta edición del festival Frontera lo encarna el sarcasmo, la excentricidad y el carisma de Emir Kusturica & The No Smoking Orchestra, que a quince años de su debut en nuestro territorio, ante un repleto Teatro Municipal de Viña del Mar (2001), vuelve a Chile para ofrecer una nueva presentación. Quienes principalmente asocian el nombre de Kusturica a su faceta ligada al cine, debido a su extenso palmarés como director y guionista, podrían cometer el error de restarle importancia a este proyecto musical y considerarlo simplemente como una arista anexa y relativamente nueva; sin embargo, este prejuicio no podría estar más alejado de la realidad, pues el nativo de Sarajevo lleva ligado a la música casi tantos años como al cine, siendo estas dos pasiones parte sustantiva de su biografía.

emir-kusturica-01La génesis de The No Smoking Orchestra se remonta a 1980, surgiendo como principal expresión musical del Nuevo Primitivismo, movimiento cultural que nació a partir de la muerte de Josip Broz Tito –jefe de Estado de Yugoslavia desde el final de la Segunda Guerra Mundial–, con influencias sonoras que entremezclan texturas de la música hindú, rusa, árabe, italiana y griega. Originalmente llamados Zabranjeno Pusenje (no fumar) y con Nele Karajlić a la cabeza, la agrupación emprendía una aventura que los convertiría en uno de los mayores exponentes de un movimiento que empezaba a cobrar fuerza y que buscaba romper con las creencias políticas y el paradigma político en el que estaban inmersos.

Emir Kusturica tendría su primer acercamiento con la banda durante la filmación de su película “Do You Remeber Dolly Bell?” (1981), para posteriormente, en 1986, pasar a formar parte de la misma en el rol de bajista. El grupo concebiría cuatro álbumes de estudio antes de su disolución: “That Is Walter” (1984), “While You’re Waiting For Dawn With The Devil” (1985), “Greetings From Safari Land” (1987) y “Small Stories Of Big Love” (1989).

La segunda mitad de los 90 traería nuevos bríos para Nele Karajlić y compañía, con el frontman mudándose a Belgrado y reestructurando la banda con músicos jóvenes, dentro de los que se contaba el hijo de Emir, Stribor Kusturica, en batería. En 1998, The No Smoking Orchestra compuso la música de la película “Black Cat, White Cat”, del propio Kusturica, que ganó el León de Plata en el Festival de Venecia, y ese mismo año, además, se vivió la reincorporación del cineasta a TNSO. Un año más tarde, the-no-smoking-orchestray posterior al tour “Side Effects”, la agrupación se metería en el estudio para grabar el álbum “Unza Unza Time” (2000), trabajo que en 2001 los traería por primera vez a nuestras latitudes con dos presentaciones, primero en Viña del Mar y luego en el Teatro Monumental de Santiago (actualmente Teatro Caupolicán). Tres años después, los oriundos de Serbia editaron el disco “Life Is A Miracle”, que en 2005 volvería a servir de excusa para tenerlos de regreso en Sudamérica, con exitosos shows en el Estadio Víctor Jara y en Argentina, de donde se extrae un CD y DVD en vivo bajo el título de “Live Is A Miracle In Buenos Aires” (2005).

Para los que nunca han vivido la particular experiencia de ser partícipes de un show de Emir Kusturica & The No Smoking Orchestra, quizás pueda resultar complejo dimensionar los diversos matices y texturas que condimentan la propuesta de la banda. Lo suyo es una fórmula que entremezcla la energía y frescura de una perfectamente bien lograda amalgama de estilos, donde sobresale el punk gitano, el rock y el folclore, la que se ve resaltada gracias a una intensa puesta en escena, de mucha interacción de los músicos, que representa una suerte de fiesta circense que exuda regocijo y algarabía por cada uno de sus poros. Todos estos elementos sustentan, sin duda, uno de los principales motivos por los que tiene carácter de imperdible esta cuarta versión del festival Frontera, en donde de la mano de Kusturica y compañía se vivirá una de las noches más mágicas de las que se tenga memoria.

Por Gustavo Inzunza

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Especial En Órbita 2017: Cigarettes After Sex

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Cigarettes After Sex

Un cenicero con los restos de cigarros recién apagados. Ventanas con las cortinas cerradas. Ropa interior en el suelo, en una silla, en medio de las sábanas o los cojines. ¿Solo o acompañado? ¿Luces prendidas o apagadas? ¿Imaginación, sueño o realidad palpable? Los ambientes que genera Cigarettes After Sex en sus canciones pintan imágenes complejas, ponen espejos al frente, y permiten la intermitencia entre brillantez y opacidad, porque el amor, el sexo, la soledad, y todo lo que esté entremedio, son puestos en la lupa sonora del cuarteto liderado por Greg Gonzalez.

Aunque con EP “I” (2012) habían tenido una notoriedad clara y su manera de ver al pop estaba de manifiesto, ciertamente había terminaciones que pulir y escenarios que iluminar más allá de lo teatral. En su álbum debut homónimo, salido en junio pasado, Cigarettes After Sex consigue salir de lo esquemático que podría ser su tipo de composición, y así las cosas fluyen. En vez de andar a tropiezos con las piezas de ropa que caen, todo puede ir un poco más lento, pero con más seguridad en los recursos y movidas a utilizar. En la habitación que se llena del sonido de los norteamericanos ya no es necesario tropezar al andar, porque cada movimiento tiene un impulso natural, entre un dreampop elegante y una manera oscura de plantar el ambient, entre una voz aterciopelada y bajos y ritmos profundos.

Quizás el rubro donde le falte cierta experiencia a la banda sea en las letras, que no consiguen la delicadeza que la interpretación en instrumentos y voz sugieren, pero también es parte del aprendizaje. Quizás son las palabras que se meten entre los cuerpos y que traban el correr de la sangre, que hielan las manos y convergen en la necesidad de seguir adelante, porque lo que consigue musicalmente Cigarettes After Sex no es sólo remitir a lo que ocurre en pareja, trío, o grupo de gente que se busca entre el amor, odio, lujuria y ausencia, sino que armar recuerdos que se puedan esconder en los beats de un bajo casi tan protagonista en la melodía como la voz de Greg, que entre tul y cuero sumerge las conciencias en historias sencillas, pero que conectan con el oyente.

Eso sí, lo concreto de las letras permite que haya un ancla en el mundo real. No se trata de un lugar de ensueño, donde el acto de tocar, besar, desear o amar quede restringido a acciones sin consecuencias. En las canciones de Cigarettes After Sex –y en especial en su LP homónimo– existen detalles concretos, corazones rotos (“Sweet”), ilusiones que se traducen en metáforas demasiado directas (“Opera House”) o la cotidianidad de una cama (“K”). No hay mucho que esconder cuando el olor a tabaco continúa en el dormitorio o cuando la brisa de la madrugada pega en los hombros, porque en medio de un ambiente idílico reside lo humano, a través del contacto físico y/o emocional.

A eso termina refiriendo la banda, entre un minimalismo elegante y sexy, a lo humano, a lo que puede errar, a lo que puede doler, y también a lo crudo e insensible (“Young & Dumb”), donde Gonzalez es capaz de culpar a su objeto de deseo de forma misógina por despecho, y aun así sonar como si pudiera convencer a cualquiera de seguirlo, a él y a sus palabras. El mundo de Cigarettes After Sex no es perfecto, se repleta de cenizas, ropa revuelta, olor a humo, a fluidos corporales, a alcohol, a ausencia, de dolores y palabras envueltas en rocas y cemento. El difícil terreno de lo carnal y lo ecléctico se funde en medio de imperfecciones que otorgan la calidez necesaria para que las canciones y los sonidos no se queden en axiomas vacíos, sino que realmente puedan generar una conexión significativa. Y en ese tipo de construcción narrativa y musical es que Cigarettes After Sex se ha vuelto una banda necesaria de escuchar y sentir. Bien adentro. Humanamente.

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