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El medio siglo de Rolling Stones

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Sí, hoy es 12 de julio de 2012, día de invierno, frío, medio fome. Pero esa escarcha no ha sido capaz de congelar el camino de una banda que, en un día como hoy pero hace 50 años, hizo su primer show y de ahí no pararían. Acá la revisión de cómo partió todo.

Los Rolling Stones cumplen medio siglo en los que se demuestran como, tal vez, la agrupación más longeva y exitosa del rock, en ambos frentes, tanto en lo musical como en ventas. 200 millones de discos vendidos no es poco, en especial cuando prácticamente no se han separado –pese a los proyectos solistas de sus integrantes-, pero todo tiene un punto de partida, un Big Bang que desde un hito configura algo que, a estas alturas, ya es mito y leyenda.

Start it up!

Todos sabemos que la primera presentación de los Stones fue en el Marquee Club y que fueron presentados como “The Rollin’ Stones”, pero hay varios detalles detrás de esa presentación, en especial quiénes eran los integrantes de esta “desconocida” banda.

Estuvieron en esa primera formación Brian Jones (guitarra), Mick Jagger (voz), Ian Stewart (piano), Keith Richards (guitarra), Mick Taylor (bajo) y Tony Chapman (batería). Jagger y Richards eran amigos de la infancia en Kent y estudiaron juntos en Londres, para luego armar un grupo de música Keith dijo que ahí surgió el nombre de la banda, desde la planificación (presurosa) de ese primer show. En una entrevista telefónica, Brian Jones fue presionado para dar un nombre. El periodista insistía, e insistía, pero ellos no lo habían definido. Ahí Brian, para salir al paso, miró alrededor y notó que un disco de Muddy Waters estaba sobre un velador y uno de sus tracks se llamaba “Rolling Stone”. Y así quedaron para siempre.

Aunque había un montón de detalles de ese primer concierto que denotarían lo especial que debía ser ese momento, creación de todo un universo musical y del legado que todavía persiste de los londinenses.

The Rolling Stones Horror Picture Show

La referencia será rebuscada, pero de verdad que prácticamente en el mismo edificio se mezclaban los Stones con una película de terror. Esto porque, en el Academy Cinema de Londres, se exhibía ese 12 de julio de 1962 un film basado en la obra “El Día de las Plantas Canívoras” de John Wyndham que estaba escandalizando a la tradicional sociedad británica. Mientras, metros por debajo de ese cine, en el Marquee Club, se fraguaría la primera presentación de la que hoy es una de las bandas más importantes del mundo.

En frente de un centenar de personas, cuando valientes ingleses miraban una película calificada y descalificada por su “horror gráfico”, abajo en un club de jazz, Rollin’ Stones hacía su trabajo por primera vez, dejando en claro de inmediato cómo sonarían.

Dedos pegajosos y nerviosos

Veinteañeros, tímidos, pero con claridad en cómo debían sonar desde el primer momento, los Rolling Stones se vistieron de fiesta, muy en la onda de los mods, ese movimiento estético inglés que también tuvo en The Who a referentes culturales.

Claro, Muddy Waters era una influencia para los londinenses por lo que no podían abandonar aquello, pero la mezcla de sonidos que realizaron fue lo más interesante de ese primer acercamiento al público, donde tuvieron que tomar una par de whiskies para calmarse.

Blues y ritmos americanos marcaban el groove de los cincuenta minutos que duró esa presentación de los Stones, que también tuvo mucho de Chuck Berry, aunque esto no se haya delatado de forma explícita durante todo el show.

La recepción dentro y fuera

Como esta mezcla era poco convencional para un público de jazz y blues más clásico, los Stones (o “Mick Jagger & The Rollin’ Stones” como los presentaron esa noche) tuvieron un relativo éxito esa noche, nada fuera de lo común. Mientras tocaban, la gente le ponía atención a su segundo guitarrista, que gritaba para darle coraje a sus compañeros y tratar de subir el tempo un poco.

Claro que hubo problemas de sonido por el poco tiempo de ensayo y chequeo de sonido que hicieron en el lugar, pero siguieron y dejaron una buena impresión.

Al acabar el show, se despercudieron de sus tensos ropajes y salieron –no sin antes encontrarse con pavorosos espectadores de la película de terror en el Academy Cinema- a tomarse un trago y brindar por el show en el Pub Tottenham que quedaba por los alrededores.

El largo camino al éxito

Poco después quedaría la tarea de definir “adónde vamos”, y ahí es que quedó de inmediato la formación de los Stones de hoy por hoy, esa que genera giras millonarias y alaridos por Jagger de mujeres de 20 o de 80 años, todas por igual.

Pero ahí, siendo Rollin’ Stones, difícil ganar, en especial porque el manager de la banda no podía ser manager por su edad (Andrew Loog Oldham, anterior publicista de The Beatles) o porque no tenía claro cómo ordenar a la banda.

En cambio, ahora venden millones de dólares en un concierto y sus más de 200 millones de álbumes vendidos, no hacen más que constatar la relevancia de una banda que partió como muchas, en un sótano, tocando para grupos pequeños de gente y con más sueños que otra cosa.

La vida cambia. Cambia harto.

Por Manuel Toledo-Campos

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Especial En Órbita 2017: Cigarettes After Sex

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Cigarettes After Sex

Un cenicero con los restos de cigarros recién apagados. Ventanas con las cortinas cerradas. Ropa interior en el suelo, en una silla, en medio de las sábanas o los cojines. ¿Solo o acompañado? ¿Luces prendidas o apagadas? ¿Imaginación, sueño o realidad palpable? Los ambientes que genera Cigarettes After Sex en sus canciones pintan imágenes complejas, ponen espejos al frente, y permiten la intermitencia entre brillantez y opacidad, porque el amor, el sexo, la soledad, y todo lo que esté entremedio, son puestos en la lupa sonora del cuarteto liderado por Greg Gonzalez.

Aunque con EP “I” (2012) habían tenido una notoriedad clara y su manera de ver al pop estaba de manifiesto, ciertamente había terminaciones que pulir y escenarios que iluminar más allá de lo teatral. En su álbum debut homónimo, salido en junio pasado, Cigarettes After Sex consigue salir de lo esquemático que podría ser su tipo de composición, y así las cosas fluyen. En vez de andar a tropiezos con las piezas de ropa que caen, todo puede ir un poco más lento, pero con más seguridad en los recursos y movidas a utilizar. En la habitación que se llena del sonido de los norteamericanos ya no es necesario tropezar al andar, porque cada movimiento tiene un impulso natural, entre un dreampop elegante y una manera oscura de plantar el ambient, entre una voz aterciopelada y bajos y ritmos profundos.

Quizás el rubro donde le falte cierta experiencia a la banda sea en las letras, que no consiguen la delicadeza que la interpretación en instrumentos y voz sugieren, pero también es parte del aprendizaje. Quizás son las palabras que se meten entre los cuerpos y que traban el correr de la sangre, que hielan las manos y convergen en la necesidad de seguir adelante, porque lo que consigue musicalmente Cigarettes After Sex no es sólo remitir a lo que ocurre en pareja, trío, o grupo de gente que se busca entre el amor, odio, lujuria y ausencia, sino que armar recuerdos que se puedan esconder en los beats de un bajo casi tan protagonista en la melodía como la voz de Greg, que entre tul y cuero sumerge las conciencias en historias sencillas, pero que conectan con el oyente.

Eso sí, lo concreto de las letras permite que haya un ancla en el mundo real. No se trata de un lugar de ensueño, donde el acto de tocar, besar, desear o amar quede restringido a acciones sin consecuencias. En las canciones de Cigarettes After Sex –y en especial en su LP homónimo– existen detalles concretos, corazones rotos (“Sweet”), ilusiones que se traducen en metáforas demasiado directas (“Opera House”) o la cotidianidad de una cama (“K”). No hay mucho que esconder cuando el olor a tabaco continúa en el dormitorio o cuando la brisa de la madrugada pega en los hombros, porque en medio de un ambiente idílico reside lo humano, a través del contacto físico y/o emocional.

A eso termina refiriendo la banda, entre un minimalismo elegante y sexy, a lo humano, a lo que puede errar, a lo que puede doler, y también a lo crudo e insensible (“Young & Dumb”), donde Gonzalez es capaz de culpar a su objeto de deseo de forma misógina por despecho, y aun así sonar como si pudiera convencer a cualquiera de seguirlo, a él y a sus palabras. El mundo de Cigarettes After Sex no es perfecto, se repleta de cenizas, ropa revuelta, olor a humo, a fluidos corporales, a alcohol, a ausencia, de dolores y palabras envueltas en rocas y cemento. El difícil terreno de lo carnal y lo ecléctico se funde en medio de imperfecciones que otorgan la calidez necesaria para que las canciones y los sonidos no se queden en axiomas vacíos, sino que realmente puedan generar una conexión significativa. Y en ese tipo de construcción narrativa y musical es que Cigarettes After Sex se ha vuelto una banda necesaria de escuchar y sentir. Bien adentro. Humanamente.

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