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Criminal: Metal inoxidable

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En pleno auge de bandas como Pantera o Metallica, en Chile comenzaba a escribirse la historia de la banda metalera más importante que haya surgido desde nuestras tierras. Anton Reisenegger y Rodrigo Contreras se unieron a fines del año 1991 para fundar Criminal, banda con influencias thrasher y death metal, que pronto se convertiría en un suceso local al realizar su primera presentación en la apertura del show de Kreator, recital de culto que trajo por primera vez a una banda internacional de metal a nuestros escenarios, en una velada que fue tempranamente interrumpida por la batalla campal que se desató dentro del recinto, cuna de un gran número de mitos que no han hecho más que elevar el estatus del concierto del 11 de marzo de 1992, al de toda una leyenda.

Criminal lanzaba dos demos, siendo “Forked” (1992) el mejor recibido por la crítica, destacando su mención en la revista holandesa “Metal Hammer” y la inglesa “Terrorizer”. Dos años después lanzarían su primer LP, “Victimized”, vendiendo mil copias en tres semanas, distribuyéndose por todo Sudamérica y Japón, además te transformarse en recurrentes de la programación de MTV Latinoamérica como parte de la sección dedicada al rock y al metal. Como punto cúlmine de esta etapa, la agrupación se presentó en el Festival de Metal Latinoamericano en México.

Destacando su proyección internacional, centrada en la distribución global de su trabajo y adoptar el inglés como lengua madre de sus composiciones, Criminal crecía en popularidad mientras lanzaba el EP en vivo “Live Disorder” (1996), el cual se centraba en los temas de su primer disco. “Dead Soul” (1997), segundo larga duración de los chilenos, fue producido por Vincent Wojnar, quien ya había trabajado con Kreator y Machine Head, para ser presentado en la antesala del recital de Napalm Death. “Dead Soul” es el disco mejor valorado por los fanáticos y la critica hasta la fecha. “Live Slave Master” (1998), fue el primer compilatorio de la banda, compuesto por material en vivo y de estudio.

“Cancer” (2000), con un giro más comercial y bastante criticado por los aficionados, abrió las puertas para que Criminal aterrizara de forma definitiva en el viejo continente. Reisenegger se radicaba en Inglaterra para hacerse parte de la escena local. Fue guitarrista invitado en la gira de la banda grindcore Extreme Noise Terror, tour en el que conoció al baterista de la banda, Zac O´Neil, quien más tarde se uniría a las filas de Criminal. Robin Eaglestone, ex Cradle Of Filth, llegaba para unirse en el bajo. “Wacken Open Air” fue el siguiente gran salto que dio la banda, como parte de una exitosa gira europea que no hizo más que confirmar que salir del país fue lo mejor para Criminal.

Por diferencias personales, Robin Eaglestone dejaba al grupo antes de terminar la grabación de “No Gods No Masters” (2004). Para el tour del disco, Juan Francisco Cueto volvía a la banda para acompañarlos en el tour que los trajo de vuelta a Chile durante el mismo año. La crítica volvía a alabar a Criminal con el lanzamiento de “Sicario” (2005), votado como uno de los diez mejores discos de metal de aquel año, una vez más, por la revista “Terrorizer”. Cueto volvía a abandonar la banda, dando paso a Glover Staff, quien ocupó el puesto por un corto período para finalmente dejar las cuatro cuerdas en manos de Dan Biggin.

Criminal regresaba a Chile para realizar una gira por el país, presentando su sexto disco, “White Hell” (2009), que también los llevó a abrir la apoteósica presentación de Metallica en el Club Hípico el año 2010. Rodrigo Contreras regresaba a Chile para solucionar asuntos personales, tomando su puesto en la primera guitarra Olmo Cascallar, sellando la formación que ha dado a luz al último disco de la banda, Akelarre (2011), el cual los trae de vuelta a nuestro país para presentarse en la edición 2012 de Maquinaria Festival, donde Anton Reisenegger y sus secuaces nos volverán a demostrar el porqué debemos sentirnos orgullosos de una banda que nació en nuestras tierras y se ha transformado en un gran exponente del metal mundial.

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Especial En Órbita 2017: Cigarettes After Sex

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Cigarettes After Sex

Un cenicero con los restos de cigarros recién apagados. Ventanas con las cortinas cerradas. Ropa interior en el suelo, en una silla, en medio de las sábanas o los cojines. ¿Solo o acompañado? ¿Luces prendidas o apagadas? ¿Imaginación, sueño o realidad palpable? Los ambientes que genera Cigarettes After Sex en sus canciones pintan imágenes complejas, ponen espejos al frente, y permiten la intermitencia entre brillantez y opacidad, porque el amor, el sexo, la soledad, y todo lo que esté entremedio, son puestos en la lupa sonora del cuarteto liderado por Greg Gonzalez.

Aunque con EP “I” (2012) habían tenido una notoriedad clara y su manera de ver al pop estaba de manifiesto, ciertamente había terminaciones que pulir y escenarios que iluminar más allá de lo teatral. En su álbum debut homónimo, salido en junio pasado, Cigarettes After Sex consigue salir de lo esquemático que podría ser su tipo de composición, y así las cosas fluyen. En vez de andar a tropiezos con las piezas de ropa que caen, todo puede ir un poco más lento, pero con más seguridad en los recursos y movidas a utilizar. En la habitación que se llena del sonido de los norteamericanos ya no es necesario tropezar al andar, porque cada movimiento tiene un impulso natural, entre un dreampop elegante y una manera oscura de plantar el ambient, entre una voz aterciopelada y bajos y ritmos profundos.

Quizás el rubro donde le falte cierta experiencia a la banda sea en las letras, que no consiguen la delicadeza que la interpretación en instrumentos y voz sugieren, pero también es parte del aprendizaje. Quizás son las palabras que se meten entre los cuerpos y que traban el correr de la sangre, que hielan las manos y convergen en la necesidad de seguir adelante, porque lo que consigue musicalmente Cigarettes After Sex no es sólo remitir a lo que ocurre en pareja, trío, o grupo de gente que se busca entre el amor, odio, lujuria y ausencia, sino que armar recuerdos que se puedan esconder en los beats de un bajo casi tan protagonista en la melodía como la voz de Greg, que entre tul y cuero sumerge las conciencias en historias sencillas, pero que conectan con el oyente.

Eso sí, lo concreto de las letras permite que haya un ancla en el mundo real. No se trata de un lugar de ensueño, donde el acto de tocar, besar, desear o amar quede restringido a acciones sin consecuencias. En las canciones de Cigarettes After Sex –y en especial en su LP homónimo– existen detalles concretos, corazones rotos (“Sweet”), ilusiones que se traducen en metáforas demasiado directas (“Opera House”) o la cotidianidad de una cama (“K”). No hay mucho que esconder cuando el olor a tabaco continúa en el dormitorio o cuando la brisa de la madrugada pega en los hombros, porque en medio de un ambiente idílico reside lo humano, a través del contacto físico y/o emocional.

A eso termina refiriendo la banda, entre un minimalismo elegante y sexy, a lo humano, a lo que puede errar, a lo que puede doler, y también a lo crudo e insensible (“Young & Dumb”), donde Gonzalez es capaz de culpar a su objeto de deseo de forma misógina por despecho, y aun así sonar como si pudiera convencer a cualquiera de seguirlo, a él y a sus palabras. El mundo de Cigarettes After Sex no es perfecto, se repleta de cenizas, ropa revuelta, olor a humo, a fluidos corporales, a alcohol, a ausencia, de dolores y palabras envueltas en rocas y cemento. El difícil terreno de lo carnal y lo ecléctico se funde en medio de imperfecciones que otorgan la calidez necesaria para que las canciones y los sonidos no se queden en axiomas vacíos, sino que realmente puedan generar una conexión significativa. Y en ese tipo de construcción narrativa y musical es que Cigarettes After Sex se ha vuelto una banda necesaria de escuchar y sentir. Bien adentro. Humanamente.

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