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Volbeat: Sellando el trato

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A las seis de la tarde ya se congregaban los primeros fanáticos de Volbeat afuera del Teatro Teletón para vivir el segundo encuentro con los daneses, tras su debut en nuestras tierras durante el Metal Fest de 2012, esta vez en un formato más personal, que los tuvo como absolutos protagonistas. Desde temprano se sentía del hambre del público chileno, ansioso de disfrutar de uno de los shows más electrizantes de la escena rockera actual, energía que se tradujo en una jornada delirante, gracias a una banda que lo dio todo para demostrar que las guitarras fuertes siguen haciendo hervir la sangre de todo aquel que esté dispuesto a dejarse llevar por los sonidos más afilados.

Al ritmo de “Born To Rise Hell” de Motörhead, Jon Larsen apareció en escena para animar al público desde la batería, seguido por Kaspar Boye Larsen, Rob Caggiano y Michael Poulsen, quienes arremetieron con la fuerza arrolladora de “Devil’s Bleeding Crown”, desatando de inmediato el descontrol. La banda se mostró sonriente y sorprendida por la euforia con la que fueron recibidas “Radio Girl”, “Heaven Nor Hell”, “A Warrior’s Call” y “I Only Wanna Be With You”, original de Dusty Springfield, un comienzo no apto para cardiacos.

A ustedes sí que les gusta Volbeat”, fueron las palabras con las que Poulsen se mostró increíblemente emocionado antes de comenzar con el palm-muting que acompaña la primera estrofa de “Lola Montez”, seguida al pie de la letra y con los puños arriba por cada uno de los presentes, en una comunión que no hizo más que aumentar en “16 Dollars” y “Sad Man’s Tongue”, con dedicatoria y agradecimiento a los chilenos, enmarcados en el infalible guiño al ídolo Johnny Cash.

El carisma y la gran presencia del vocalista descansan también en la poderosa entrega de sus acompañantes, quienes ejecutan cada canción con un gran nivel técnico, uno que resonó fuerte en las paredes del recinto de calle Mario Kreutzberger. Jon Larsen se mostró feroz en “Doc Holiday”, “Let It Burn”, “Seal The Deal”, “Slaytan” y “Dead But Rising”, aumentando y disminuyendo velocidades con precisión, cambiando de ritmo y sumando detalles minuciosamente para reforzar las canciones, pero también bajándole algunos cambios a “Fallen”, que perdió en intensidad, aunque se escuchó un poco más cadenciosa sin perder una pizca de gracia, imposible con esa construcción compositiva tan perfecta.

Kaspar Boye Larsen también hizo lo suyo desde las cuatro cuerdas, cambiando entre la uñeta y los dedos según fuera necesario. De hecho, su rol es tan vital, que se sintió totalmente fuera de lugar cuando Poulsen escogió una guitarra con una afinación distinta en “Parasite”, lo que Kaspar notó inmediatamente y tuvieron que parar para comenzar de nuevo; un momento que sortearon entre risas. Otra pieza fundamental es Caggiano, cuya destreza en la rítmica más country de “The Lonesome Rider”,  los riffs más densos de “Hallelujah Goat” o los detalles en los medios tiempos de “For Evigt” –en la que además se hace cargo de la acústica por momentos– lo convierten en la clave de la fuerza arrolladora que ganó la banda con él entre sus filas, totalmente descollante imponiendo su presencia por todo el escenario.

Tras volver del encore, “Black Rose” y “Maybellene I Hofteholder” condujeron la parte final del concierto, en la que Michael se acercó a uno de los extremos y le dio una uñeta a un niño que corrió hacia donde estaba él. “Invitemos a los más jóvenes al escenario”, anunció el vocalista antes de cerrar con “Still Counting”. Lo que partió con la intención de cerrar el show sólo con los más pequeños, se transformó en una fiesta que incluyó a entusiastas de todas las edades cantando con ellos, tomándose fotos y apoderándose de los micrófonos.

Volbeat terminó el show con su gente, codo a codo, y se entregó en cuerpo y alma a la locura de uno de los públicos más intensos de este lado del continente. Volvieron como héroes en gloria y majestad a una tierra que los seguirá recibiendo como se merecen, porque es un derecho que se han ganado a punta de melodías que todos pueden cantar como si la vida misma dependiera de ello.

Setlist

  1. Devil’s Bleeding Crown
  2. Radio Girl
  3. Heaven Nor Hell
  4. A Warrior’s Call
  5. I Only Wanna Be With You (original de Dusty Springfield)
  6. Lola Montez
  7. 16 Dollars
  8. Sad Man’s Tongue
  9. Doc Holiday
  10. Let It Burn
  11. Seal The Deal
  12. Slaytan
  13. Dead But Rising
  14. Fallen
  15. Parasite
  16. The Lonesome Rider
  17. Hallelujah Goat
  18. For Evigt
  19. Black Rose
  20. Maybellene I Hofteholder
  21. Still Counting

Fotos por Francisco Medina para Lotus Producciones

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Gustavo Santaolalla: El arte de la trayectoria

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Gustavo Santaolalla

La física define a la “trayectoria” como el recorrido que describe un objeto que se desplaza por el espacio. Este término en el ámbito musical se usa indiscriminadamente para hablar de carreras en múltiples estados; ya sea que exista o no un recorrido presente, se habla de las trayectorias para definir a los más grandes, pero pocos emulan a la física y hacen que este desplazamiento continúe. Una cosa es el movimiento hecho, pero otra el que se sigue haciendo, y por prácticamente 50 años, si hay un artista latinoamericano que no ha detenido sus rumbos –y, por tanto, su camino– ese es Gustavo Santaolalla.

Desde el rock profundamente argentino que profesaba en Arco Iris hasta su actualidad, donde se mezclan soundtracks y producciones para artistas desde Café Tacvba hasta Eric Clapton, Santaolalla ha hecho un andar profuso y lleno de canciones, propias y ajenas. Sin embargo, como dijo antes de su primera visita como Gustavo Santaolalla a nuestro país (antes había estado varias veces con Bajofondo), recién a los 66 años lanzó su carrera como solista, la que tiene discos y canciones a su haber, pero que jamás había configurado para girar o mostrarse, quizás en el último acto de humildad que tiene un tipo que gusta del proceso, del camino, ese que invitó a desandar en un Teatro Nescafé de las Artes casi repleto en la fresca noche del 12 de septiembre.

Justo antes de iniciar el show, a eso de las 21:20 horas, el teatro comenzó a aplaudir sin que se hubiera levantado aún el telón: la presencia de Jorge González, quien trabajara con Santaolalla en “Corazones” y su álbum homónimo, generaba vítores raros para un país que no reconoce a sus ídolos en vida, y era un pequeño aperitivo de la energía y sensaciones que inundarían el espacio por casi tres horas.

Todo iniciaba con “Inti Raymi”, y la Santabanda –como se hacen llamar los músicos de Santaolalla– mostraba la variedad de timbres que aparecerían en el show. Con la ovación del teatro, Gustavo aparecía para instalarse y comenzar con el primer set, rico en canciones de Arco Iris, esa banda que armó cuando empezaba a relacionarse con la música, con canciones como “Abre Tu Mente” o “Camino”, las que en el formato de esta gira obtienen matices y colores únicos, alejándose de la falsa psicodelia que se le legó a una banda como Arco Iris, que simplemente incluyó el folklore en el rock en tiempos de apretones mentales y revoluciones hippies. Ahora estas composiciones son atemporales y su construcción sólo alcanza tintes clásicos con los arreglos de este espectáculo, donde es la canción la que manda. Quizás eso hace de Santaolalla un compositor cautivante: deja que la canción mande, y él y los suyos sólo son puntos que arman la trayectoria de estos temas.

Así, a diferencia de otros shows en este formato, se coló un par de temas de su trabajo solista en esta primera parte, “Un Poquito De Tu Amor” y “Compañeros del Sendero”, dos sorpresas de varias que vendrían. Luego volvería a Arco Iris con canciones como la conocida “Zamba”, “Quiero Llegar” o la “Canción De Cuna Para El Niño Astronauta”, tras la cual vendría el recuerdo a la gran Mercedes Sosa y al amigo de mil batallas de Gustavo, León Gieco, para cerrar esa primera parte con el “Río De Las Penas” Intensa forma de dejar esperando a una audiencia que ya veía que el concierto iba para largo, y que sería incluso más extenso que las fechas anteriores hechas por Santaolalla y la Santabanda, sólida en todo momento, con Barbarita Palacios, Javier Casalla, Nicolás Rainone, Andrés Beeuwsaert y Pablo González haciendo gala de su carácter de multiinstrumentistas para dominar cada faceta que las canciones ponen en frente.

Al volver –­casi de improviso– Santaolalla irrumpe con “No Existe Fuerza en el Mundo”, que interpretara Gieco, mostrando lo importante de esa alianza para Gustavo. Luego de esto aparecería el trabajo completamente solista, con tracks como “A Solas” o “Todo Vale” para dar paso a otra corriente más atmosférica de la labor de este artista, que son los soundtracks, eligiendo “De Ushuaia A La Quiaca” de “Diarios de Motocicleta”, el main theme de la banda sonora del videojuego “The Last Of Us”, y un medley de “Brokeback Mountain”, mostrando la diversidad de espíritus, donde destaca el uso del charango y su timbre tan característico, entregando solemnidad y recogimiento, tal como el que se sintió en el homenaje hecho a Jorge González. Luego de mencionarlo para dar con una ovación gigante nuevamente, Santaolalla habla de los lazos que lo unen con González y dice que habrá un disco en honor a él, y que contará con una interpretación de “Por Amarte”, del “Corazones” (1991), ese disco que juntó por primera vez a dos de los artistas más importantes del continente. La versión fue sentida, contenida, una preciosa reversión donde Santaolalla ahondó en el sufrimiento del hablante. Si como compositor es clave, como intérprete se subvalora la intensidad que alcanza y que parece trascendental, más allá de lo obvio.

Debe ser, sino la experiencia, la trayectoria, esos caminos que se cruzan para corear “Mañana Campestre” o sentir “Pena En Mi Corazón”. Bajofondo y Arco Iris. Dos caras de un mismo creador, una apelando a las oscuridades y sus brillos, y otra a la belleza de la luz, tanto interna como externa, lo que trasunta en la belleza tierna de “Vecinos” y en la fuerza de “Ando Rodando”, que luego sólo crecería con la interpretación, a pura garganta y caja, en honor a la tradición de la vidala, para terminar con “Sudamérica” de Arco Iris y “Pa’ Bailar” de Bajofondo, ya con todo el mundo de pie, disfrutando de uno de esos artistas que no se cansan de deambular y hacer que su punto en la inmensidad del cosmos nunca deje de andar. Treinta canciones en casi tres horas, incluyendo el intermedio de quince minutos, emociones por montones y un sonido cálido que permitía a la voz de Santaolalla sobresalir. Pocas veces un espectáculo es capaz de capturar todas las facetas de un artista, en especial uno de tan amplio espectro, y ese fue el lujo que entregó Gustavo Santaolalla en el inicio de una gira solista que no es más que la demostración del más fino arte de la trayectoria.

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