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Turbonegro: La fiesta bajo tierra

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¿Cuáles son los factores que determinan el éxito de un show? Esa es una pregunta que siempre es importante plantearse cuando se presentan contextos como el de la noche del viernes en Club Blondie, donde tuvimos en Chile el debut de Turbonegro, una de las bandas más importantes del rock noruego y que se alejó lo suficiente de todos los cánones musicales que imperan en la tierra del black metal para desarrollar una carrera que este año cumple tres décadas de actividad. El cuestionamiento frente a esto pasa estrechamente por la tibia recepción en asistencia que tuvo un show como este, donde finalmente debutaría una agrupación relevante dentro de su estilo y, más aún, con un repertorio que prometía repasar todos los puntos importantes de la discografía de los oriundos de Oslo.

Pese a todo lo anterior, un incondicional grupo que apenas alcanzó a completar el treinta por ciento del recinto esperaba impaciente y preocupado sobre el desenlace del concierto, al punto que muchos temían lo peor debido al panorama. La realidad, en tanto, fue otra, porque desde el momento en que la banda pisó el escenario, todo fue locura y el ambiente de celebración llenó cada rincón del club santiaguino.

Para catalogar a Turbonegro –musicalmente hablando– hay que generar un intermedio entre el punk y el hard rock, algo muy similar a lo que hacen los suecos The Hives (claramente inspirados en ellos) y que utiliza a su favor distintos aspectos visuales para generar ese shock que cautiva a la audiencia. “Estos son como los Village People de Noruega”, decía un asistente al tratar de describir el aspecto de la banda, quienes, amparados en la caracterización de distintos personajes, funcionan casi como una anti-boyband sobre el escenario, donde, pese a no contar con todos sus integrantes originales, solo basta con que alguien más interprete el papel para que todo siga igual.

Abriendo con una trilogía compuesta por “The Age Of Pamparius”, “Part II: Well Hello” y “Part III: Rock N Roll Machine”, la banda se ganó de inmediato el entusiasmo de la audiencia, la que saltó, cantó y coreó cada track con la misma energía que un estadio. El frontman Anthony Madsen-Sylvester, también conocido como The Duke Of Nothing, animaba en cada momento al público para disfrutar lo que recalcaron en varias oportunidades: esta era su primera vez en el continente y querían que fuera inolvidable. “Estamos lejos de casa, tocando en un subterráneo bajo un club de strippers y tiendas de ropa interior. ¡Nacimos para estar acá!”, bromeaba el vocalista en alusión al entorno del recinto, tomando la palabra con un humor bastante irónico en cada intervención con el público. Knut Schreiner y Thomas Seltzer, mejor reconocidos por sus personajes Euroboy y Happy-Tom, respectivamente, también fueron parte fundamental de cómo funcionaba la audiencia dentro del show, aunque sus intervenciones no fueron más que las del frontman, la pieza principal dentro del combo.

Pese a ser un repaso de la historia, los discos “Apocalypse Dudes” de 1998 y “RockNRoll Machine” de 2018 fueron los principales sustentos del repertorio, el que fluyó a la perfección en la mezcla de material antiguo y moderno, así como también unos pequeños covers a “Bohemian Rhapsody” y mucho más elaboradamente a “(You Gotta) Fight For Your Right (To Party!)” de Beastie Boys durante el bis, donde previamente pasaron tracks como “Selfdestructo Bust”, “Prince Of The Rodeo” o la fiestera “I Got Erection”, que puso el sello final en una noche que, dentro de la intimidad que se generó, será recordada como uno de los debuts más sólidos que se tenga memoria en la capital, donde el protagonista de la noche fue solamente el artista principal y su desplante, quedando cualquier otro detalle o factor externo absolutamente opacado.

Incluso con el reducido nivel de público, el debut de Turbonegro cumplió con todas las expectativas, entregando un show completo, con todos los elementos que caracterizan a la banda y con un setlist que dejó contentos a todos los fanáticos. Fueron treinta años de carrera previos a su primera presentación en Santiago y la experiencia adquirida se nota, el conjunto sabe cómo sacar provecho de cada situación en escena, entregando una explosividad comparada con actos mucho más gigantescos como Kiss o Rammstein, donde la música se mezcla con distintos personajes y elementos que van más allá de lo sonoro. Con la misma fuerza de sus inicios, además de caras frescas dentro de la alineación, Turbonegro demostró que todavía queda energía para rato, ojalá que la suficiente para que puedan decir presente nuevamente en la capital.

Setlist

  1. The Age Of Pamparius
  2. Part II: Well Hello
  3. Part III: Rock N Roll Machine
  4. Hurry Up & Die
  5. Back To Dungaree High
  6. Bohemian Rhapsody (original de Queen)
  7. City Of Satan
  8. Blow Me (Like The Wind)
  9. Hot For Nietzsche
  10. All My Friends Are Dead
  11. Are You Ready (For Some Darkness)
  12. Fist City
  13. Wasted Again
  14. Sell Your Body (To The Night)
  15. Denim Demon
  16. Get It On
  17. Selfdestructo Bust
  18. Special Education
  19. Prince Of The Rodeo
  20. (You Gotta) Fight For Your Right (To Party!) (original de Beastie Boys)
  21. I Got Erection

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Iron Maiden en el Estadio Nacional: La magia de los tres tercios

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Iron Maiden

En la fotografía, pintura, diseño y en las artes audiovisuales, la llamada “regla de los tres tercios” es una forma de composición para ordenar objetos dentro de la imagen para que logren tener encuadres armoniosos, y así utilizar de forma eficiente y placentera el espacio disponible, de acuerdo a este criterio de inclusión. La búsqueda de un equilibrio para registrar de forma adecuada lo encuadrado es difícil, pero es algo que, al andar, queda impregnado en la obra y en la práctica. En el arte narrativo también la estructura de tres actos funciona de manera clásica, aunque al ver la perfección en el armado de “Legacy Of The Beast”, gira que traía a Iron Maiden a hacer su noveno y décimo show en Chile, quizás la referencia a la fotografía es la que hace más sentido desde una perspectiva amplia.

El Estadio Nacional había sido agotado meses antes, también el Movistar Arena, que la noche del lunes recibió la primera descarga eléctrica de la doncella de hierro, pero se sabía que la fecha final de este tour que revisitó el legado de Maiden sería aún más mágica. Aunque The Raven Age hubiera hecho sentir que se estaba frente a un acto de rock-metal alternativo de inicios del milenio, con trazos a Disturbed o Staind, pero con una calidad sonora más de estos tiempos que resultaba en un buen presagio para lo que vendría después. Concentrándose en su último disco, “Conspiracy” (2019), la banda sonó muy correcta y se conectó con la audiencia que estaba repletando el sector más próximo al escenario, lamentablemente de la mitad para atrás del recinto no hubo la misma visión, debido a que las pantallas no mostraron el show, dejando especialmente a la galería aislada de este acto inicial.

Las 64 mil personas que se reunieron en el Estadio Nacional llegaban para una cita con la historia, esa que se construye poco a poco, visita tras visita, haciendo de Chile (como dijo ayer Manuel Cabrales) “la casa de la bestia” y el lugar más adecuado para cerrar la gira como repetidas veces indicaría Bruce Dickinson a lo largo de las casi dos horas de show. A las 21:07 comenzaban a mostrarse en las pantallas imágenes casi calcadas al trailer de “Iron Maiden: Legacy Of The Beast”, el juego que la banda lanzara en 2016, a pocos meses de su visita anterior a Chile. De forma eficaz, el recorrido por la discografía de la banda tuvo lugar en medio de la imaginería de Eddie, la mascota más conocida en el mundo del metal, y en menos de dos minutos la introducción resultaba perfecta, empalmando con “Doctor, Doctor” de UFO, un clásico del inicio de los shows de Maiden, canción que calentó los cuerpos, las gargantas y los brazos, sabiendo lo que venía de inmediato con “Aces High”.

Antes, se daba inicio al primer acto, centrado en la guerra y los estragos que dejó en la sociedad en la que se criaron los integrantes de la banda, en la Inglaterra de los 60, donde los veteranos abundaban y la rareza se palpaba en el aire. Luego de un video breve aparecía un avión por sobre el escenario con el aspa girando y “Aces High” explotaba para deleite del público, que se ponía a saltar y cantar sin cesar, mientras Dickinson consolidaba la idea de ser un frontman perfecto, con la voz aún mejor que en 2016, tras su delicada cirugía para tratar un cáncer en la garganta. Además, corría de un lado a otro del escenario, jugando de forma calculada, pero bien dispuesta con el resto de los integrantes, para luego despachar “Where Eagles Dare” y disparar a los corazones con “2 Minutes To Midnight”, que extrañamente no iba a entregar las primeras bengalas de la noche en el público, pero que sí permitía advertir esas chispas que grandes y chicos compartían en cancha y alrededores.

Algo que sorprendió a muchos al ver el setlist fue la presencia de canciones de discos donde estuvo Blaze Bayley, como “Virtual XI” (1998), álbum del que se desprende “The Clansman”, canción que Bruce hizo como si fuera suya y que movió a la gente en medio de su grata sorpresa directo a las fauces de Eddie, que apareció para luchar contra el frontman y su espada en “The Trooper”. En ese momento la bengala se elevó por el aire y no había dudas de cómo la capacidad de Maiden sigue ahí. Mientras muchos bajan el tempo o el tono de las canciones, Iron Maiden a veces incluso acelera los compases para corresponder a los torbellinos que arman los fans en cancha. Es admirable cómo el sexteto evita demostrar fatiga, y eso no puede sino ser fruto de mucho ensayo, mucha confianza y mucho trabajo en esas canciones que son parte de las vidas de tantas personas. Esos temas forman parte de esas guerras que la gente lleva en su día a día, y por ello se hacía perfecto ver cómo el primer acto del show se centraba en esas dificultades, para luego pasar a un ámbito más religioso o espiritual, tomando la estética de una iglesia para maravillar desde lejos.

Revelations”, “For The Greater Good Of God” o “The Wicker Man” se sucedían para aumentar los aplausos a la labor de la guitarra ágil de Dave Murray, la precisión de Adrian Smith en la suya o la solvencia de la batería de Nicko McBrain, mientras Janick Gers se encarga de los gestos, los movimientos y las acciones que le compiten a Dickinson por el más carismático del escenario, aunque este último con quien se va a acurrucar y le muestra un cariño descomunal es a Steve Harris, el bajista que no sólo es el miembro fundador que queda, sino también tiene su capacidad intacta. Mención aparte para los encargados de sonido de la banda que, como en pocas bandas de metal, eligen dar espacio para cada instrumento, evitando el predominio tan majadero de las guitarras. Las líneas de bajo de Harris, por ejemplo, merecen ser escuchadas y así ocurrió en el show del Nacional, luciéndose en tracks como “Sign Of The Cross”, mientras Dickinson ataviado de una capucha negra se paseaba con una cruz con luces muy potentes. El acto lo cerraba “Flight Of Icarus”, en el que Bruce apareció con un lanzallamas que le permitía jugar con ambas manos tirando flamas, mientras una figura inflable como la del propio Ícaro se elevaba justo antes de otro karaoke colectivo con “Fear Of The Dark”.

La transición al infierno fue más rápida y también la sección más breve con la explosión en “The Number Of The Beast”, con el “six six six” coreado por las 64 mil personas presentes, y por supuesto que en la más punketa de las facetas de la banda en “Iron Maiden”, esa canción que precipitó la aparición de la bestia infernal enorme en el fondo, mirando lo que ocurría con ojos de luces y cuernos de cabra, mientras el público lo daba todo en moshpits, saltos, cantos y más.

En el encore vinieron “The Evil That Men Do” seguida de “Hallowed By Thy Name”, otro de esos tracks donde lo instrumental se notó como parte de esas fortalezas preciosas que tiene Maiden, que lo hacen tener una belleza fotográfica, de obra de arte mixta puesta en un museo de arte contemporáneo, capaz de interactuar con la gente y de congregar masas, como las que pasadas las 23:00 hrs. estaban cantando “Run To The Hills” en el gran cierre de una jornada realmente histórica, tanto por la capacidad de disponer de la historia grande de Iron Maiden en poco menos de dos horas, como por esa consolidación permanente con este país que es su casa.

Como dijo al rato después del show el periodista y guitarrista Héctor Muñoz: “Una banda que te manda para la casa diciéndote ‘Always Look On The Bright Side Of Life’ en la voz de Eric Idle tiene las cosas claras”, y es que, viendo la foto completa, Iron Maiden tiene todo tan claro y a estas alturas es un proyecto tan transversal, que ya no es patrimonio sólo del metal, sino que de la música en vivo en general, y qué bueno que el encuadre sea así de armonioso y perfecto.

Setlist

  1. Aces High
  2. Where Eagles Dare
  3. 2 Minutes To Midnight
  4. The Clansman
  5. The Trooper
  6. Revelations
  7. For The Greater Good Of God
  8. The Wicker Man
  9. Sign of the Cross
  10. Flight Of Icarus
  11. Fear Of The Dark
  12. The Number Of The Beast
  13. Iron Maiden
  14. The Evil That Men Do
  15. Hallowed Be Thy Name
  16. Run To The Hills

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