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The Neal Morse Band: La fe ante todo

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En medio de un temporal que sigue azotando a la capital como una verdadera catástrofe de proporciones bíblicas, el Teatro Teletón recibió en sus dependencias al norteamericano Neal Morse, multiinstrumenta mejor conocido por formar parte de bandas de rock progresivo como Spock’s Beard y Transatlantic, quien aterrizó en nuestro país junto a su notable banda para presentar de forma íntegra su más reciente LP, “The Similitude Of A Dream” (2016), obra conceptual inspirada en la novela “El Progreso Del Peregrino” de John Bunyan, que cuenta la historia de un hombre llamado Cristiano, que emprende un largo viaje en busca de la salvación.

Desde el año 2002, Morse se ha declarado a sí mismo como un “cristiano renacido”, transformándose en un devoto de Dios y enfocando su carrera musical en pregonar su fe a través de sus canciones. Es así como el estadounidense y sus virtuosos músicos, donde destaca la presencia de Mike Portnoy, ex baterista de Dream Theater, nos rescataron de la inundación embarcándonos en su arca, en una odisea de más de dos horas del rock progresivo más fino, que no estuvo exenta de complicaciones.

En una performance que mezclaba lo musical con lo teatral, Neal Morse se tomó el escenario caracterizado como un personaje cuyo periplo por el mundo de lo banal concluyó en su encuentro con la luz. En un recorrido dividido en dos partes, el grupo nos entregó un show de similares características a lo que hizo Roger Waters con “The Wall” (1979), en menores proporciones obviamente, mezclando lo audiovisual con la performance del músico, quien a ratos parecía un verdadero personaje en medio de una ópera rock.

Durante la primera mitad del show destacaron canciones como “City Of Destruction”, “So Far Gone”, “The Ways Of A Fool”, cuyos ecos a Queen agregaron nuevos matices a la velada, y la impresionante “Overture”, una de las que abrió el espectáculo y sirvió de vitrina para que los cinco hombres sobre el escenario dieran rienda suelta a sus talentos, dejando boquiabiertos a todos los asistentes. Bajo un sonido potente y una ejecución perfecta, la primera parte del set culminó con la apoteósica “Breath Of Angels”, con un Morse vistiendo de blanco y dirigiendo la comparsa entre las nubes.

Dejándonos en el paraíso, una pausa de unos quince minutos antecedió a la parte final del disco, donde, lamentablemente, las cosas se pusieron difíciles. Como si una fuerza demoniaca hubiese querido conspirar contra la música, muchos problemas de sonido aparecieron durante las siguientes canciones. Este redactor especula que pudieron haber sido los constantes cambios de voltaje provocados por las precipitaciones y vientos que hacían estragos en la ciudad a esas horas, los que dieron como resultado la caída de los amplificadores en ciertas ocasiones, como fue en el caso de la poderosa “The Man In The Iron Cage”, que tuvo que ser retomada una vez que los músicos se dieron cuenta del problema.

Las cosas se mantuvieron bien, y canciones como “The Mask” o “Freedom Song” sonaron impecables y entrañables dentro del repertorio, pero el obstáculo más grande llegó cuando el teclado del maestro de ceremonias, conectado a un computador, dejó de funcionar definitivamente hacía el final del concierto. Rompiendo la ilusión del teatro y teniendo a un Neal Morse junto a su roadie bien incómodos tratando de averiguar qué ocurría con el instrumento, mientras el resto de la banda seguía realizando su trabajo a pesar de todo, instalaron un aire de tensión entre los presentes a la espera de que las cosas se solucionaran pronto. Finalmente, y como si de un milagro se tratara, durante la interpretación “Broken Sky” Neal Morse se acercó con dudas a su teclado para entrar con su parte, y al momento de ejecutar el acorde en el instrumento, el sonido volvió a este y la culminación de “The Similitude Of A Dream” sonó más monumental que nunca. Incluso Morse levantó los brazos en señal de victoria y exclamó un sonoro “We made it!”, “¡Lo logramos!” en español, cuando la última nota de “Long Day” fue ejecutada anunciando el gran final del set regular.

Con los ánimos en todo lo alto y un público que había vivido en carne propia un viaje tan intenso como el del personaje interpretado por Morse, el final de la velada llegó con la tripleta conformada por “Author Of Confusion”, que vino acompañada de un entretenido solo de batería de Potnoy, “Agenda” y “The Call”, transformando al Teatro Teletón en una especie de iglesia góspel con todo el mundo con las manos en el aire y cantando al unísono. Definitivamente un gran final para una noche que tuvo de todo, y donde la fe se sobrepuso a la adversidad de la mano de una banda de otro planeta. The Neal Morse Band nos salvó del diluvio a punta de rock y fe, por sobre todas las cosas.

Por Sebastián Zumelzu

Fotos por Pedro Mora

Setlist

  1. Long Day
  2. Overture
  3. The Dream
  4. City Of Destruction
  5. We Have Got To Go
  6. Makes No Sense
  7. Draw The Line
  8. The Slough
  9. Back To The City
  10. The Ways Of A Fool
  11. So Far Gone
  12. Breath Of Angels
  13. Slave To Your Mind
  14. Shortcut To Salvation
  15. The Man In The Iron Cage
  16. The Road Called Home
  17. Sloth
  18. Freedom Song
  19. I’m Running
  20. The Mask
  21. Confrontation
  22. The Battle
  23. Broken Sky / Long Day (Reprise)
  24. Author Of Confusion
  25. Agenda
  26. The Call

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DIIV: Esquemas Juveniles

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DIIV

Aunque estamos en una época con la posibilidad de más estilos que nunca, lo que es más claro de ver son las convergencias, cuando existen cosas muy diferentes que tienen un punto de encuentro. Nadie podría decir que Mac DeMarco, Wild Nothing y DIIV suenan igual, pero estos tres actos, con popularidad en nuestro país, tienen una sensibilidad con las guitarras y los ritmos que los hacen convivir incluso en el mismo sello, Captured Tracks. Pero luego aparecen las diferencias, que tienen más relación con cómo se disponen en un escenario o cómo se disponen ante su propia música, algo que se reafirmó en una nueva visita de DIIV, enterando su tercera vez en Chile.

Antes, todo partió con un potente set de Adelaida. La banda de Valparaíso estuvo muy bien elegida para partir con la jornada, en especial por la energía desplegada, que redundó en una ovación del público al cierre de su show pasadas las 21:45 hrs., donde pasaron por canciones como “1999” y “Eco”, para cerrar con la explosiva “Cienfuegos”, en su mayoría tracks que pertenecen a “Paraíso”, el disco que editaron en 2017. Un sólido espectáculo de una de las bandas más potentes del rock chileno, cuyo repertorio está siendo rápidamente engrosado.

Tras 25 minutos de espera, y teniendo a la mitad de DIIV en los últimos minutos ajustando ellos mismos sus instrumentos, entró a escena la banda de Brooklyn, que de inmediato podía establecer su potencia. A diferencia de Wild Nothing o DeMarco, lo de DIIV es más potente en el proscenio, y ellos no caen en la autoindulgencia, pese a que las formas de Zachary Cole Smith pudieran hacer creer lo contrario. Toda la banda suena cohesionada y eso deriva en el peso escénico que proyectan. Mientras Zachary pareciera al comienzo un vocalista parco que no se interesa en que se le entienda poco, luego se denota que eso es parte de la estética mientras él está enfocado como láser en lo suyo, y también en la guitarra de Andrew Bailey, con quien se complementan perfectamente.

Además, esta energía enfocada y este sonido aplanador no caen en un saco roto, porque el público que llegó a Club Blondie (que, vale decir, cada vez suena mejor para bandas) estaba dispuesto a saltar y sentir este show como algo realmente relevante. Ya en “Human” y “Dopamine” la algarabía era tal, que gente de la audiencia hacía crowdsurfing y otros revoleaban la polera o lo que fuera en el aire, como si se estuviera alentando al equipo en el estadio, con una conexión envidiable.

Aunque se ha visto a DIIV varias veces en vivo, existe algo que hace que se vuelva a ellos. Y tal vez sea esa sensación de que, en medio de todos los esquemas que rodean lo que son y proyectan sus canciones, existe una banda que tiene mucho que entregar, enfrentándose al cliché de los conjuntos que suenan o se ven similar, y que en general tienden a restringir el caudal de energía. En temas como “Past Lives” quedaba en claro que no se trataba meramente de escuchar versiones como las oscuras rendiciones de los discos, sino que algo de mayor alcance explosivo, sin traicionar esas sensaciones.

No es que DIIV sea la banda más brillante del mundo. Tras entregar una canción nueva sin título, tocaron un minuto de algo ininteligible y esos son gestos contradictorios, pero al menos reposa algo de honestidad en ellos que los hace ser de lo mejor de su rebaño, algo que en el iluminado final con “Dust”, “Doused”, y luego el encore con “Wait” (en el cual Andrew salió con un sostén que una persona lanzó al escenario) quedó de manifiesto. Poco más de una hora y cuarto que explicitan a DIIV como parte de los actos en los que no se debe desconfiar, porque pese a seguir modelos que parecieran muy definidos, ellos aún son capaces de entregar algo que los separa de la indulgencia y la simplona sencillez, y es así como probablemente los neoyorquinos consigan el paso a la trascendencia.

Setlist

  1. (Druun Pt. II)
  2. Is The Is Are
  3. (Druun)
  4. Human
  5. Under The Sun
  6. Dopamine
  7. Sometime
  8. Oshin (Subsume)
  9. Incarnate Devil
  10. Bent (Roi’s Song)
  11. Past Lives
  12. Nueva canción
  13. Healthy Moon
  14. Loose Ends
  15. Dust
  16. Doused
  17. Wait

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