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The Afghan Whigs: La importancia de los matices

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Para muchos, los noventas son una época fácil de catalogar, concentrados en el huracán del grunge que se comió cualquier otra propuesta. Así, todo se clasifica como precursor del estilo (como se hizo pésimamente con la visita de Mudhoney), o como consecuencia de este (como pasó con el llamado postgrunge), dejando a la deriva todos los matices que se alejan de la acotada definición del estilo.

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Difícil escapar a las comparaciones y los prejuicios, pero el tiempo da perspectiva y lo importante prevalece, y lo nimio se queda en los libros de historia. Más o menos así es lo que pasa con The Afghan Whigs, conjunto que se presentó el pasado domingo por primera vez en Chile, en el siempre criticado Centro Cultural Amanda que, seamos justos, fue un lugar más que digno con un sonido decente y ajustado a las muchas necesidades de Greg Dulli y los suyos.

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Fuera de la simpleza de las composiciones noventeras, lo de The Afghan Whigs siempre buscó la manera de darle densidad y contenido a la parte musical de un formato de canción que aparentaba simpleza. Eso lo repitieron con “Do To The Beast, su primer disco en 16 años, cuyo material era el que le daba el vamos al debut de la banda en nuestro país con un doblete intimidante y lleno de intención. “Parked Outside” y “Matamoros” hicieron olvidar de inmediato los 35 minutos de retraso del inicio del show respecto de la hora indicada,  y mostraron desde un principio que la potencia del concierto no pasaría a llevar los matices dispuestos en escena.

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The Afghan Whigs tiene la gracia de no caer en los prejuicios y, pese a tener un sonido muy característico, no dejan de probar cosas nuevas para llevar su propuesta más allá. Esto tiene mucho que ver con el camino que tomó Greg Dulli, nunca siendo un rockero, sino que siendo más inteligente, buscando la forma de llevar las canciones pasando los límites, dejándose llevar por la fuerza de una composición de la que él luego se siente el intérprete. Por ello se le ve tan cómodo en la fluidez brutal con la que se saca la guitarra, se la vuelve a poner, toma el micrófono, increpa a la audiencia con una mezcla de rudeza y sensualidad, y luego se torna sensible detrás de los teclados. Después de todo, The Afghan Whigs ha hecho covers de Frank Ocean, Drake, Fleetwood Mac (como el de “Tusk”, que ya es un clásico en vivo), o hace guiños a Prince (como en el inicio de “Going To Town”), mostrando que la cadencia r&b no fue algo de una o dos canciones, sino que un paso natural en la evolución de la banda.

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Cada canción se siente como una avalancha. El sonido está tan bien calibrado que se escucha cada pista. La batería de Cully Symington, el bajo de John Curley, las guitarras de Jon Skibic y Dave Rosser, y el sobresaliente multinstrumentista Rick G. Nelson. Cada cosa en orden y contribuyendo su cuota para conseguir un todo abrumador, que explota en muchos momentos del espectáculo, tras pausas, susurros, un poco de freno a la neurosis del rock, como ocurre de golpe tras la coreada “Gentlemen” y la irrupción de “It Kills”. Todo va en el manejo de un Greg Dulli que mueve las caderas si quiere, o llega al chillido de los gritos que emite para llegar a nuestros oídos sin muchos intermediarios.

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A veces la entrega de las canciones es inmisericorde, pero en otras también existe espacio para las citas a otros artistas. En medio de “Turn On The Water”, Dulli recita parte de “Helter Skelter” de The Beatles, y en la transición entre “Miles Iz Ded” e “Into The Floor”, cita a Madonna diciendo “vamos, chicos, ¿creen en el amor? Porque tengo algo que cantarles y va más o menos así” (“Express Yourself”). Son todos trazos livianos y gruesos, pero que cuando van conformando la pintura total demuestran su trascendencia, en un show que, a través de 21 canciones y casi una hora y media de duración, deja en claro que The Afghan Whigs no es simplemente otra banda.

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Es que uno sabe que una banda habla en serio cuando se para con la impronta y el profesionalismo que hizo The Afghan Whigs frente a una audiencia que no llenaba ni la mitad del Centro Cultural Amanda. Lo más rescatable, en todo caso, fue la disposición casi completa de la gente a recibir estas cargas de energía y, más aún, cómo fue que los muchachos que estaban más adelante fueron capaces de recrear a ratos la pasión clerical que tanto se dice acerca de los fans de esta banda, porque seamos claros, Greg Dulli consigue convertirse en un predicador de su palabra muchas veces, como en “Algiers” o “Debonair”, apoyado en el micrófono o en la guitarra, siempre increpando, siempre provocando algo con su interpretación nada displicente.

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El show pasa por clásicos como “Going To Town” o “Somethin’ Hot”, e incluso se da maña para olvidarse de la letra de una canción, como pasó con “Son Of The South” y que hasta eso se convierta en un momento memorable, con Dulli manejando la situación, primero tratando de comenzar de nuevo, para luego darse cuenta que en el segundo intento no lo consigue y que se hace necesario una medida de shock: “Paren, Miles”. Y así parte de inmediato “Miles Iz Ded”.

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La catarsis final llega, tras el breve receso, con el bis donde The Afghan Whigs toca “Faded”, esa canción con carácter de himno que cierra “Black Love” (1996), el disco que demostró que el grupo es más importante de lo que los historiadores musicales le han dado en reconocer. Si uno lo piensa bien, el desparpajo de Dulli para perseguir las necesidades de la canción por sobre los clichés del estilo son una rareza en los noventa, y así mismo es clara la influencia sobre bandas que hoy son reconocidas en el mundo entero, como Queens Of The Stone Age, y entonces nos queda el sabor amargo. ¿Por qué había 350 personas viendo a una de las bandas más relevantes del rock del último par de décadas? La respuesta nunca la sabremos más allá de un “la gente no se interesó”. Pero lo que está claro es que, a punta de guitarras fuertes, un montón de recursos, y un oficio como pocos sobre el escenario, el de The Afghan Whigs anoche se convertirá en uno de esos conciertos de culto, casi como el carácter de la banda hasta el día de hoy. Una agrupación que reconoce en los matices su fortaleza, y a la que nosotros le reconocemos desde el mismo lugar su trascendencia.

Setlist

  1. Intro
  2. Parked Outside
  3. Matamoros
  4. Fountain And Fairfax
  5. The Lottery
  6. Debonair
  7. Turn On The Water
  8. Uptown Again
  9. Algiers
  10. Royal Cream
  11. I Am Fire / Tusk (original de Fleetwood Mac)
  12. Gentlemen
  13. It Kills
  14. Going To Town
  15. Heaven On Their Minds (original de Andrew Lloyd Webber)
  16. Somethin’ Hot
  17. My Enemy
  18. Son Of The South
  19. Miles Iz Ded
  20. Into The Floor
  21. Faded

Por Manuel Toledo-Campos

Fotos por Praxila Larenas

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3 Comentarios

3 Comments

  1. Diego

    26-May-2014 en 2:27 pm

    Un ambiente decepcionante, pero un concierto imborrable: al final sólo queda la música.

  2. wynkykrosty

    27-May-2014 en 10:55 am

    Estuvo la raja!!!!!!!

  3. Daniel

    28-May-2014 en 12:04 pm

    Concuerdo con Diego y el autor, los Whigs no se merecían ese marco de público, pero el concierto fue inolvidable, ojalá vuelvan pronto. Un detalle: desde donde estaba yo, el sonido no tuvo todos los matices que menciona Manuel, la guitarra de Skibic estaba demasiado alta en algunos temas donde tocaba efectos (Royal Cream) y al bueno de Rick Nelson lo tapó la distorsión en muchos temas. Insisto, un detalle en una noche magnífica.

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Iron Maiden en el Estadio Nacional: La magia de los tres tercios

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Iron Maiden

En la fotografía, pintura, diseño y en las artes audiovisuales, la llamada “regla de los tres tercios” es una forma de composición para ordenar objetos dentro de la imagen para que logren tener encuadres armoniosos, y así utilizar de forma eficiente y placentera el espacio disponible, de acuerdo a este criterio de inclusión. La búsqueda de un equilibrio para registrar de forma adecuada lo encuadrado es difícil, pero es algo que, al andar, queda impregnado en la obra y en la práctica. En el arte narrativo también la estructura de tres actos funciona de manera clásica, aunque al ver la perfección en el armado de “Legacy Of The Beast”, gira que traía a Iron Maiden a hacer su noveno y décimo show en Chile, quizás la referencia a la fotografía es la que hace más sentido desde una perspectiva amplia.

El Estadio Nacional había sido agotado meses antes, también el Movistar Arena, que la noche del lunes recibió la primera descarga eléctrica de la doncella de hierro, pero se sabía que la fecha final de este tour que revisitó el legado de Maiden sería aún más mágica. Aunque The Raven Age hubiera hecho sentir que se estaba frente a un acto de rock-metal alternativo de inicios del milenio, con trazos a Disturbed o Staind, pero con una calidad sonora más de estos tiempos que resultaba en un buen presagio para lo que vendría después. Concentrándose en su último disco, “Conspiracy” (2019), la banda sonó muy correcta y se conectó con la audiencia que estaba repletando el sector más próximo al escenario, lamentablemente de la mitad para atrás del recinto no hubo la misma visión, debido a que las pantallas no mostraron el show, dejando especialmente a la galería aislada de este acto inicial.

Las 64 mil personas que se reunieron en el Estadio Nacional llegaban para una cita con la historia, esa que se construye poco a poco, visita tras visita, haciendo de Chile (como dijo ayer Manuel Cabrales) “la casa de la bestia” y el lugar más adecuado para cerrar la gira como repetidas veces indicaría Bruce Dickinson a lo largo de las casi dos horas de show. A las 21:07 comenzaban a mostrarse en las pantallas imágenes casi calcadas al trailer de “Iron Maiden: Legacy Of The Beast”, el juego que la banda lanzara en 2016, a pocos meses de su visita anterior a Chile. De forma eficaz, el recorrido por la discografía de la banda tuvo lugar en medio de la imaginería de Eddie, la mascota más conocida en el mundo del metal, y en menos de dos minutos la introducción resultaba perfecta, empalmando con “Doctor, Doctor” de UFO, un clásico del inicio de los shows de Maiden, canción que calentó los cuerpos, las gargantas y los brazos, sabiendo lo que venía de inmediato con “Aces High”.

Antes, se daba inicio al primer acto, centrado en la guerra y los estragos que dejó en la sociedad en la que se criaron los integrantes de la banda, en la Inglaterra de los 60, donde los veteranos abundaban y la rareza se palpaba en el aire. Luego de un video breve aparecía un avión por sobre el escenario con el aspa girando y “Aces High” explotaba para deleite del público, que se ponía a saltar y cantar sin cesar, mientras Dickinson consolidaba la idea de ser un frontman perfecto, con la voz aún mejor que en 2016, tras su delicada cirugía para tratar un cáncer en la garganta. Además, corría de un lado a otro del escenario, jugando de forma calculada, pero bien dispuesta con el resto de los integrantes, para luego despachar “Where Eagles Dare” y disparar a los corazones con “2 Minutes To Midnight”, que extrañamente no iba a entregar las primeras bengalas de la noche en el público, pero que sí permitía advertir esas chispas que grandes y chicos compartían en cancha y alrededores.

Algo que sorprendió a muchos al ver el setlist fue la presencia de canciones de discos donde estuvo Blaze Bayley, como “Virtual XI” (1998), álbum del que se desprende “The Clansman”, canción que Bruce hizo como si fuera suya y que movió a la gente en medio de su grata sorpresa directo a las fauces de Eddie, que apareció para luchar contra el frontman y su espada en “The Trooper”. En ese momento la bengala se elevó por el aire y no había dudas de cómo la capacidad de Maiden sigue ahí. Mientras muchos bajan el tempo o el tono de las canciones, Iron Maiden a veces incluso acelera los compases para corresponder a los torbellinos que arman los fans en cancha. Es admirable cómo el sexteto evita demostrar fatiga, y eso no puede sino ser fruto de mucho ensayo, mucha confianza y mucho trabajo en esas canciones que son parte de las vidas de tantas personas. Esos temas forman parte de esas guerras que la gente lleva en su día a día, y por ello se hacía perfecto ver cómo el primer acto del show se centraba en esas dificultades, para luego pasar a un ámbito más religioso o espiritual, tomando la estética de una iglesia para maravillar desde lejos.

Revelations”, “For The Greater Good Of God” o “The Wicker Man” se sucedían para aumentar los aplausos a la labor de la guitarra ágil de Dave Murray, la precisión de Adrian Smith en la suya o la solvencia de la batería de Nicko McBrain, mientras Janick Gers se encarga de los gestos, los movimientos y las acciones que le compiten a Dickinson por el más carismático del escenario, aunque este último con quien se va a acurrucar y le muestra un cariño descomunal es a Steve Harris, el bajista que no sólo es el miembro fundador que queda, sino también tiene su capacidad intacta. Mención aparte para los encargados de sonido de la banda que, como en pocas bandas de metal, eligen dar espacio para cada instrumento, evitando el predominio tan majadero de las guitarras. Las líneas de bajo de Harris, por ejemplo, merecen ser escuchadas y así ocurrió en el show del Nacional, luciéndose en tracks como “Sign Of The Cross”, mientras Dickinson ataviado de una capucha negra se paseaba con una cruz con luces muy potentes. El acto lo cerraba “Flight Of Icarus”, en el que Bruce apareció con un lanzallamas que le permitía jugar con ambas manos tirando flamas, mientras una figura inflable como la del propio Ícaro se elevaba justo antes de otro karaoke colectivo con “Fear Of The Dark”.

La transición al infierno fue más rápida y también la sección más breve con la explosión en “The Number Of The Beast”, con el “six six six” coreado por las 64 mil personas presentes, y por supuesto que en la más punketa de las facetas de la banda en “Iron Maiden”, esa canción que precipitó la aparición de la bestia infernal enorme en el fondo, mirando lo que ocurría con ojos de luces y cuernos de cabra, mientras el público lo daba todo en moshpits, saltos, cantos y más.

En el encore vinieron “The Evil That Men Do” seguida de “Hallowed By Thy Name”, otro de esos tracks donde lo instrumental se notó como parte de esas fortalezas preciosas que tiene Maiden, que lo hacen tener una belleza fotográfica, de obra de arte mixta puesta en un museo de arte contemporáneo, capaz de interactuar con la gente y de congregar masas, como las que pasadas las 23:00 hrs. estaban cantando “Run To The Hills” en el gran cierre de una jornada realmente histórica, tanto por la capacidad de disponer de la historia grande de Iron Maiden en poco menos de dos horas, como por esa consolidación permanente con este país que es su casa.

Como dijo al rato después del show el periodista y guitarrista Héctor Muñoz: “Una banda que te manda para la casa diciéndote ‘Always Look On The Bright Side Of Life’ en la voz de Eric Idle tiene las cosas claras”, y es que, viendo la foto completa, Iron Maiden tiene todo tan claro y a estas alturas es un proyecto tan transversal, que ya no es patrimonio sólo del metal, sino que de la música en vivo en general, y qué bueno que el encuadre sea así de armonioso y perfecto.

Setlist

  1. Aces High
  2. Where Eagles Dare
  3. 2 Minutes To Midnight
  4. The Clansman
  5. The Trooper
  6. Revelations
  7. For The Greater Good Of God
  8. The Wicker Man
  9. Sign of the Cross
  10. Flight Of Icarus
  11. Fear Of The Dark
  12. The Number Of The Beast
  13. Iron Maiden
  14. The Evil That Men Do
  15. Hallowed Be Thy Name
  16. Run To The Hills

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