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Temples: Volver al Futuro

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Aunque el tiempo sea visto por la ciencia como algo lineal, nadie dice que no existan fases cíclicas, como ocurre con la historia o con la música. Precisamente en lo último esto se da en el revisionismo que existe constantemente, donde bandas nuevas se encargan de darle una vuelta de tuerca a sonidos “viejos”, dotándolos de frescura. Con los ingleses Temples pasa esto, siendo una de las últimas sensaciones del rock británico, a punta de sonidos psicodélicos y glam, como si los sesenta y los setenta se mezclaran en el cuarteto de forma muy orgánica, tal como sugiere su álbum debut “Sun Structures” (2014), uno de los debuts destacados del año pasado.

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Con este cartel se anunció a la banda de Kettering como la que inició “Live In Levi’s S.U.E.N.A.” de este año, un ciclo que usualmente presenta buenos shows en un espacio lo suficientemente íntimo para que se sienta como una velada especial, y el show de Temples en la Ex Oz el pasado jueves 14 de mayo ciertamente que se sintió así. Todo partió desde temprano con la gente llegando de forma ávida, tanto, que ya a la altura del inicio del show de Magaly Fields el recinto de Chucre Manzur estaba casi lleno, lo cual se completó casi al final de esa presentación.

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Magaly Fields, dúo chileno formado por Tomas Stewart (guitarra y voz) y Diego Cifuentes (batería y voz) se mostró de forma sólida, con un show de casi cuarenta minutos, donde su sonido fue avasallador y la gente quedó en sintonía con esos sonidos psicodélicos, aunque en el caso de MF esto venía desde una fórmula donde también el punk y los sonidos más pesados dejaban llena de energía a la gente. Luego de esto, los técnicos se apuraron en desarmar y armar el escenario para que subiera pronto Temples, pero la banda no salió a la hora de todas formas.

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Con casi quince minutos de retraso se subió Temples al escenario de la Ex Oz y desde el comienzo se sintió la incomodidad en el ámbito del sonido de la banda, con el sonidista –estábamos al lado de él- tratando de arreglar temas que no pudo subsanar, como los acoples al inicio y final del show, o las diferencias entre los niveles de volumen de las guitarras, o lo poco que trascendía el bajo, parte relevante de las gracias y de esta vuelta de tuerca a la psicodelia que tiene el cuarteto.

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Pero pese a estos notorios problemas, el público disfrutó mucho porque, como siempre, lo más importante fueron las canciones y el profesionalismo de la banda al frente de los asistentes. Esto también proviene de la vibra que transmitían James Bagshaw y los suyos, mucho más rockera y correspondiente a los sonidos que emiten en vivo, más que en estudio, donde la pulcritud hace que suenen un tanto fríos. En cambio, en el escenario de la Ex Oz, desde el mismo cuidado por hacer su pega, algo muy británico y parco, no evita que se transmita la sensación de estar viendo a una agrupación sacada de los mismos 70. A diferencia de muchas propuestas de hoy, cuyo revisionismo radica en cambiar el sonido y hacerlo más moderno, Temples se encarga de rescatar lo más posible del pasado, como si viajaran en la máquina del tiempo. Sí, no inventan nada, pero ese es su principal atributo en un mundo de psicodelia que se nutre demasiado de Tame Impala y muy poco de las reales influencias.

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El show es breve, pero intenso, con parte del público en cancha saltando mucho ante las canciones con más dinámica, como la gran “The Golden Throne” o el estreno ante sus fanáticos de “Henry’s Cake”, canción nueva que la banda tocaba por tercera vez en vivo. La asistencia vivió mucho el show, y se notaba que varios coreaban la mayoría de las canciones, apoyando el trabajo vocal de Bagshaw, correcto aunque no descollante.

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“Colours To Life” es probablemente la mejor canción que tiene Temples, y la rendición de este track en vivo fue tal vez lo mejor del show. Y es que allí se captura la esencia de Temples, sin aspavientos, con progresiones de notas correctas y concretas; la banda logra mostrar lo mejor de su vibra, y dejarnos en claro que sus armonías y contrapuntos son sencillos, pero que por lo mismo es que fluyen de forma tan natural, como si la banda gozara de muchos años de carrera. Al final, ese es el tema: Temples se ve como una agrupación fogueada por las circunstancias, sin las mañas de artista viejo que podrían haber aparecido cuando en “Sand Dance” no sonó el teclado, o cuando hubo un acople en el momento cumbre del show con “Shelter Song”.

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Temples cerró su show de once canciones y setenta minutos de duración con una versión extendida de “Mesmerise”, donde la banda mostró que también funciona muy bien despercudiéndose de las estructuras más clásicas de las canciones, entregándose al ruido y la necesidad de no estar siempre en sus barreras tan notorias en vivo. Eso es muy bueno y entrega buenas esperanzas para Temples en el futuro, pensando que ya tienen un presente más que óptimo. Un show correcto, con problemas notorios, pero que tuvo a un público y a una banda que sacaron la tarea adelante, en un show que podría haber tenido sitio en 1976 o 2015; atemporal y de calidad. Esperemos que Temples tenga chance para mostrar su espectáculo en todo su esplendor próximamente. Al menos las canciones y la banda ya están.

Setlist

  1. Sun Structures
  2. A Question Isn’t Answered
  3. The Golden Throne
  4. Henry’s Cake
  5. Colours to Life
  6. Ankh
  7. Move With the Season
  8. Keep in the Dark
  9. Sand Dance
  10. Shelter Song
  11. Mesmerise

Por Manuel Toledo-Campos

Fotos por Nicolás Aros

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Iron Maiden en el Estadio Nacional: La magia de los tres tercios

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Iron Maiden

En la fotografía, pintura, diseño y en las artes audiovisuales, la llamada “regla de los tres tercios” es una forma de composición para ordenar objetos dentro de la imagen para que logren tener encuadres armoniosos, y así utilizar de forma eficiente y placentera el espacio disponible, de acuerdo a este criterio de inclusión. La búsqueda de un equilibrio para registrar de forma adecuada lo encuadrado es difícil, pero es algo que, al andar, queda impregnado en la obra y en la práctica. En el arte narrativo también la estructura de tres actos funciona de manera clásica, aunque al ver la perfección en el armado de “Legacy Of The Beast”, gira que traía a Iron Maiden a hacer su noveno y décimo show en Chile, quizás la referencia a la fotografía es la que hace más sentido desde una perspectiva amplia.

El Estadio Nacional había sido agotado meses antes, también el Movistar Arena, que la noche del lunes recibió la primera descarga eléctrica de la doncella de hierro, pero se sabía que la fecha final de este tour que revisitó el legado de Maiden sería aún más mágica. Aunque The Raven Age hubiera hecho sentir que se estaba frente a un acto de rock-metal alternativo de inicios del milenio, con trazos a Disturbed o Staind, pero con una calidad sonora más de estos tiempos que resultaba en un buen presagio para lo que vendría después. Concentrándose en su último disco, “Conspiracy” (2019), la banda sonó muy correcta y se conectó con la audiencia que estaba repletando el sector más próximo al escenario, lamentablemente de la mitad para atrás del recinto no hubo la misma visión, debido a que las pantallas no mostraron el show, dejando especialmente a la galería aislada de este acto inicial.

Las 64 mil personas que se reunieron en el Estadio Nacional llegaban para una cita con la historia, esa que se construye poco a poco, visita tras visita, haciendo de Chile (como dijo ayer Manuel Cabrales) “la casa de la bestia” y el lugar más adecuado para cerrar la gira como repetidas veces indicaría Bruce Dickinson a lo largo de las casi dos horas de show. A las 21:07 comenzaban a mostrarse en las pantallas imágenes casi calcadas al trailer de “Iron Maiden: Legacy Of The Beast”, el juego que la banda lanzara en 2016, a pocos meses de su visita anterior a Chile. De forma eficaz, el recorrido por la discografía de la banda tuvo lugar en medio de la imaginería de Eddie, la mascota más conocida en el mundo del metal, y en menos de dos minutos la introducción resultaba perfecta, empalmando con “Doctor, Doctor” de UFO, un clásico del inicio de los shows de Maiden, canción que calentó los cuerpos, las gargantas y los brazos, sabiendo lo que venía de inmediato con “Aces High”.

Antes, se daba inicio al primer acto, centrado en la guerra y los estragos que dejó en la sociedad en la que se criaron los integrantes de la banda, en la Inglaterra de los 60, donde los veteranos abundaban y la rareza se palpaba en el aire. Luego de un video breve aparecía un avión por sobre el escenario con el aspa girando y “Aces High” explotaba para deleite del público, que se ponía a saltar y cantar sin cesar, mientras Dickinson consolidaba la idea de ser un frontman perfecto, con la voz aún mejor que en 2016, tras su delicada cirugía para tratar un cáncer en la garganta. Además, corría de un lado a otro del escenario, jugando de forma calculada, pero bien dispuesta con el resto de los integrantes, para luego despachar “Where Eagles Dare” y disparar a los corazones con “2 Minutes To Midnight”, que extrañamente no iba a entregar las primeras bengalas de la noche en el público, pero que sí permitía advertir esas chispas que grandes y chicos compartían en cancha y alrededores.

Algo que sorprendió a muchos al ver el setlist fue la presencia de canciones de discos donde estuvo Blaze Bayley, como “Virtual XI” (1998), álbum del que se desprende “The Clansman”, canción que Bruce hizo como si fuera suya y que movió a la gente en medio de su grata sorpresa directo a las fauces de Eddie, que apareció para luchar contra el frontman y su espada en “The Trooper”. En ese momento la bengala se elevó por el aire y no había dudas de cómo la capacidad de Maiden sigue ahí. Mientras muchos bajan el tempo o el tono de las canciones, Iron Maiden a veces incluso acelera los compases para corresponder a los torbellinos que arman los fans en cancha. Es admirable cómo el sexteto evita demostrar fatiga, y eso no puede sino ser fruto de mucho ensayo, mucha confianza y mucho trabajo en esas canciones que son parte de las vidas de tantas personas. Esos temas forman parte de esas guerras que la gente lleva en su día a día, y por ello se hacía perfecto ver cómo el primer acto del show se centraba en esas dificultades, para luego pasar a un ámbito más religioso o espiritual, tomando la estética de una iglesia para maravillar desde lejos.

Revelations”, “For The Greater Good Of God” o “The Wicker Man” se sucedían para aumentar los aplausos a la labor de la guitarra ágil de Dave Murray, la precisión de Adrian Smith en la suya o la solvencia de la batería de Nicko McBrain, mientras Janick Gers se encarga de los gestos, los movimientos y las acciones que le compiten a Dickinson por el más carismático del escenario, aunque este último con quien se va a acurrucar y le muestra un cariño descomunal es a Steve Harris, el bajista que no sólo es el miembro fundador que queda, sino también tiene su capacidad intacta. Mención aparte para los encargados de sonido de la banda que, como en pocas bandas de metal, eligen dar espacio para cada instrumento, evitando el predominio tan majadero de las guitarras. Las líneas de bajo de Harris, por ejemplo, merecen ser escuchadas y así ocurrió en el show del Nacional, luciéndose en tracks como “Sign Of The Cross”, mientras Dickinson ataviado de una capucha negra se paseaba con una cruz con luces muy potentes. El acto lo cerraba “Flight Of Icarus”, en el que Bruce apareció con un lanzallamas que le permitía jugar con ambas manos tirando flamas, mientras una figura inflable como la del propio Ícaro se elevaba justo antes de otro karaoke colectivo con “Fear Of The Dark”.

La transición al infierno fue más rápida y también la sección más breve con la explosión en “The Number Of The Beast”, con el “six six six” coreado por las 64 mil personas presentes, y por supuesto que en la más punketa de las facetas de la banda en “Iron Maiden”, esa canción que precipitó la aparición de la bestia infernal enorme en el fondo, mirando lo que ocurría con ojos de luces y cuernos de cabra, mientras el público lo daba todo en moshpits, saltos, cantos y más.

En el encore vinieron “The Evil That Men Do” seguida de “Hallowed By Thy Name”, otro de esos tracks donde lo instrumental se notó como parte de esas fortalezas preciosas que tiene Maiden, que lo hacen tener una belleza fotográfica, de obra de arte mixta puesta en un museo de arte contemporáneo, capaz de interactuar con la gente y de congregar masas, como las que pasadas las 23:00 hrs. estaban cantando “Run To The Hills” en el gran cierre de una jornada realmente histórica, tanto por la capacidad de disponer de la historia grande de Iron Maiden en poco menos de dos horas, como por esa consolidación permanente con este país que es su casa.

Como dijo al rato después del show el periodista y guitarrista Héctor Muñoz: “Una banda que te manda para la casa diciéndote ‘Always Look On The Bright Side Of Life’ en la voz de Eric Idle tiene las cosas claras”, y es que, viendo la foto completa, Iron Maiden tiene todo tan claro y a estas alturas es un proyecto tan transversal, que ya no es patrimonio sólo del metal, sino que de la música en vivo en general, y qué bueno que el encuadre sea así de armonioso y perfecto.

Setlist

  1. Aces High
  2. Where Eagles Dare
  3. 2 Minutes To Midnight
  4. The Clansman
  5. The Trooper
  6. Revelations
  7. For The Greater Good Of God
  8. The Wicker Man
  9. Sign of the Cross
  10. Flight Of Icarus
  11. Fear Of The Dark
  12. The Number Of The Beast
  13. Iron Maiden
  14. The Evil That Men Do
  15. Hallowed Be Thy Name
  16. Run To The Hills

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