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Stryper: Sanemos juntos

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Un éxito en ventas hizo que el regreso de Stryper a nuestro país saltara de Club Blondie al Teatro Caupolicán, todo esto no sólo gracias al fervor que el público local tiene por la banda, sino que también porque venían acompañados de dos nombres de lujo: Tourniquet y Narnia, haciendo que la velada fuera completamente perfecta para sus seguidores.

Lamentablemente, luego de algunos problemas con otros promotores del continente, Tourniquet no pudo estar presente, lo cual no apagó el entusiasmo, ya que las otras dos bandas eran razón más que suficiente para que los fanáticos llegaran en masa hasta el recinto de calle San Diego. Los más de 35 años de carrera de la banda serían la premisa principal de este concierto, el que prometía ser un repaso completo a su carrera y a todas esas canciones que los hicieron destacarse como el principal exponente del metal cristiano, debido a su mensaje en donde esparcen lo que ellos llaman como “el mensaje de paz y amor que entrega Dios”

Primero fue el turno de los nacionales Exxocet, encargados de reemplazar la baja de Tourniquet, entregando un show que sirvió para calentar los ánimos de los más entusiastas que llegaron desde muy temprano hasta el lugar. Y, tal como el programa lo pactaba, Narnia sería el siguiente nombre en entrar a escena, siendo recibidos cariñosamente por un público que, en cierto porcentaje, consistía en fanáticos netamente del conjunto sueco, quienes, comandados por el vocalista Christian Liljegren, hicieron de las suyas durante más de una hora de concierto.

Canciones como “A Crack In The Sky”, “The Mission”, “I Still Believe” o “Long Live The King”, daban cuenta de que la temática principal dentro de las canciones del conjunto es de corte cristiano, con constantes referencias a Jesucristo, la Biblia, así como distintos mensajes ligados a la religión. “Estamos aquí por una sola razón: ¡servir a nuestro rey y salvador Jesucristo!”, dijo en una ocasión el frontman, ganándose una completa ovación por parte del teatro. Independiente de todo, el público disfrutó de la propuesta con un sonido muy en la vereda del metal más clásico, dándolo todo en un show que finalizó con “The Witch And The Lion” y “Living Water”. Hace mucho que la banda invitada no derrochaba tanta energía como se vio durante esta noche.

Llegaba el turno de Stryper y la gente no estaba para nada abatida luego del enorme derroche de energía con Narnia, sino que, todo lo contrario, se preparaba para seguir disfrutando de la jornada. Ante esto, la banda supo sacar partido de la situación iniciando el show de inmediato con algunas de sus canciones más célebres entre la fanaticada, con tracks como “Soldiers Under Command”, “Loving You” o “Calling On You” iniciando una presentación que fue desfilando a través de distintos puntos dentro de la discografía del conjunto, centrándose principalmente en “To Hell With The Devil” de 1986, el segundo dentro de su catálogo.

Él fue traspasado por nuestras rebeliones y molido por nuestras iniquidades; sobre él recayó el castigo, precio de nuestra paz, y gracias a sus heridas fuimos sanados, son las palabras que reza Isaías 53:5, salmo que está incluido dentro del logo de la banda y que sirve como antecedente para el contexto en el cual se sitúa su show, donde el mensaje de paz es algo recurrente en el repertorio, así como también la transmisión mediante su música de esa característica batalla entre el bien y el mal.

Stryper vino decidido a exorcizar los demonios del mundo, y Michael Sweet fue el guerrero ideal para cumplir esa misión, demostrando un gran poderío vocal en canciones como “Always There For You”, “Sorry” o “In God We Trust”, donde se ve mejor la destreza de la banda y el impecable trabajo que ejecuta el guitarrista Richard Martínez, más conocido como Oz Fox. Luego de un show en donde la enérgica conexión entre la banda y su audiencia fue el motor principal para que todo marchara perfecto, fue “To Hell With The Devil” la canción que finiquitó el concierto, siendo coreada y disfrutada por la totalidad del teatro antes de que la banda se despidiera definitivamente en esta nueva visita a Santiago.

Ahondar en el mensaje del conjunto y su relevancia o efectividad, es algo que no debería discutirse mucho en pos de un análisis musical. La calidad sonora que tiene la agrupación californiana es sin duda de primer nivel, poniéndola incluso dentro de las principales esferas de los ochenta en cuanto a metal. Si bien, no son tan populares o masivos como otros nombres de la época, sin duda que Stryper con el tiempo ha terminado por transformarse en un pilar fundamental de un sonido que se forjó por años, y que luego fue quedando en el olvido para mutar en otras versiones que hemos ido conociendo a través de la historia.

A pesar de que su mensaje podría sentirse anticuado en tiempos como los que vivimos, finalmente es una cosa innata de los actos más clásicos, donde pareciera que nada cambia con el pasar de los años, al menos nada en lo musical, ya que la única diferencia de la banda en sus años de gloria y la actualidad es el aspecto de sus integrantes.

Setlist

  1. Soldiers Under Command
  2. Loving You
  3. Calling On You
  4. Free
  5. More Than A Man
  6. All For One
  7. Surrender
  8. All She Wrote (original de FireHouse)
  9. Honestly
  10. In God We Trust
  11. Always There For You
  12. Sorry
  13. Yahweh
  14. Sing-Along Song
  15. The Valley
  16. To Hell With The Devil

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Iron Maiden en el Estadio Nacional: La magia de los tres tercios

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Iron Maiden

En la fotografía, pintura, diseño y en las artes audiovisuales, la llamada “regla de los tres tercios” es una forma de composición para ordenar objetos dentro de la imagen para que logren tener encuadres armoniosos, y así utilizar de forma eficiente y placentera el espacio disponible, de acuerdo a este criterio de inclusión. La búsqueda de un equilibrio para registrar de forma adecuada lo encuadrado es difícil, pero es algo que, al andar, queda impregnado en la obra y en la práctica. En el arte narrativo también la estructura de tres actos funciona de manera clásica, aunque al ver la perfección en el armado de “Legacy Of The Beast”, gira que traía a Iron Maiden a hacer su noveno y décimo show en Chile, quizás la referencia a la fotografía es la que hace más sentido desde una perspectiva amplia.

El Estadio Nacional había sido agotado meses antes, también el Movistar Arena, que la noche del lunes recibió la primera descarga eléctrica de la doncella de hierro, pero se sabía que la fecha final de este tour que revisitó el legado de Maiden sería aún más mágica. Aunque The Raven Age hubiera hecho sentir que se estaba frente a un acto de rock-metal alternativo de inicios del milenio, con trazos a Disturbed o Staind, pero con una calidad sonora más de estos tiempos que resultaba en un buen presagio para lo que vendría después. Concentrándose en su último disco, “Conspiracy” (2019), la banda sonó muy correcta y se conectó con la audiencia que estaba repletando el sector más próximo al escenario, lamentablemente de la mitad para atrás del recinto no hubo la misma visión, debido a que las pantallas no mostraron el show, dejando especialmente a la galería aislada de este acto inicial.

Las 64 mil personas que se reunieron en el Estadio Nacional llegaban para una cita con la historia, esa que se construye poco a poco, visita tras visita, haciendo de Chile (como dijo ayer Manuel Cabrales) “la casa de la bestia” y el lugar más adecuado para cerrar la gira como repetidas veces indicaría Bruce Dickinson a lo largo de las casi dos horas de show. A las 21:07 comenzaban a mostrarse en las pantallas imágenes casi calcadas al trailer de “Iron Maiden: Legacy Of The Beast”, el juego que la banda lanzara en 2016, a pocos meses de su visita anterior a Chile. De forma eficaz, el recorrido por la discografía de la banda tuvo lugar en medio de la imaginería de Eddie, la mascota más conocida en el mundo del metal, y en menos de dos minutos la introducción resultaba perfecta, empalmando con “Doctor, Doctor” de UFO, un clásico del inicio de los shows de Maiden, canción que calentó los cuerpos, las gargantas y los brazos, sabiendo lo que venía de inmediato con “Aces High”.

Antes, se daba inicio al primer acto, centrado en la guerra y los estragos que dejó en la sociedad en la que se criaron los integrantes de la banda, en la Inglaterra de los 60, donde los veteranos abundaban y la rareza se palpaba en el aire. Luego de un video breve aparecía un avión por sobre el escenario con el aspa girando y “Aces High” explotaba para deleite del público, que se ponía a saltar y cantar sin cesar, mientras Dickinson consolidaba la idea de ser un frontman perfecto, con la voz aún mejor que en 2016, tras su delicada cirugía para tratar un cáncer en la garganta. Además, corría de un lado a otro del escenario, jugando de forma calculada, pero bien dispuesta con el resto de los integrantes, para luego despachar “Where Eagles Dare” y disparar a los corazones con “2 Minutes To Midnight”, que extrañamente no iba a entregar las primeras bengalas de la noche en el público, pero que sí permitía advertir esas chispas que grandes y chicos compartían en cancha y alrededores.

Algo que sorprendió a muchos al ver el setlist fue la presencia de canciones de discos donde estuvo Blaze Bayley, como “Virtual XI” (1998), álbum del que se desprende “The Clansman”, canción que Bruce hizo como si fuera suya y que movió a la gente en medio de su grata sorpresa directo a las fauces de Eddie, que apareció para luchar contra el frontman y su espada en “The Trooper”. En ese momento la bengala se elevó por el aire y no había dudas de cómo la capacidad de Maiden sigue ahí. Mientras muchos bajan el tempo o el tono de las canciones, Iron Maiden a veces incluso acelera los compases para corresponder a los torbellinos que arman los fans en cancha. Es admirable cómo el sexteto evita demostrar fatiga, y eso no puede sino ser fruto de mucho ensayo, mucha confianza y mucho trabajo en esas canciones que son parte de las vidas de tantas personas. Esos temas forman parte de esas guerras que la gente lleva en su día a día, y por ello se hacía perfecto ver cómo el primer acto del show se centraba en esas dificultades, para luego pasar a un ámbito más religioso o espiritual, tomando la estética de una iglesia para maravillar desde lejos.

Revelations”, “For The Greater Good Of God” o “The Wicker Man” se sucedían para aumentar los aplausos a la labor de la guitarra ágil de Dave Murray, la precisión de Adrian Smith en la suya o la solvencia de la batería de Nicko McBrain, mientras Janick Gers se encarga de los gestos, los movimientos y las acciones que le compiten a Dickinson por el más carismático del escenario, aunque este último con quien se va a acurrucar y le muestra un cariño descomunal es a Steve Harris, el bajista que no sólo es el miembro fundador que queda, sino también tiene su capacidad intacta. Mención aparte para los encargados de sonido de la banda que, como en pocas bandas de metal, eligen dar espacio para cada instrumento, evitando el predominio tan majadero de las guitarras. Las líneas de bajo de Harris, por ejemplo, merecen ser escuchadas y así ocurrió en el show del Nacional, luciéndose en tracks como “Sign Of The Cross”, mientras Dickinson ataviado de una capucha negra se paseaba con una cruz con luces muy potentes. El acto lo cerraba “Flight Of Icarus”, en el que Bruce apareció con un lanzallamas que le permitía jugar con ambas manos tirando flamas, mientras una figura inflable como la del propio Ícaro se elevaba justo antes de otro karaoke colectivo con “Fear Of The Dark”.

La transición al infierno fue más rápida y también la sección más breve con la explosión en “The Number Of The Beast”, con el “six six six” coreado por las 64 mil personas presentes, y por supuesto que en la más punketa de las facetas de la banda en “Iron Maiden”, esa canción que precipitó la aparición de la bestia infernal enorme en el fondo, mirando lo que ocurría con ojos de luces y cuernos de cabra, mientras el público lo daba todo en moshpits, saltos, cantos y más.

En el encore vinieron “The Evil That Men Do” seguida de “Hallowed By Thy Name”, otro de esos tracks donde lo instrumental se notó como parte de esas fortalezas preciosas que tiene Maiden, que lo hacen tener una belleza fotográfica, de obra de arte mixta puesta en un museo de arte contemporáneo, capaz de interactuar con la gente y de congregar masas, como las que pasadas las 23:00 hrs. estaban cantando “Run To The Hills” en el gran cierre de una jornada realmente histórica, tanto por la capacidad de disponer de la historia grande de Iron Maiden en poco menos de dos horas, como por esa consolidación permanente con este país que es su casa.

Como dijo al rato después del show el periodista y guitarrista Héctor Muñoz: “Una banda que te manda para la casa diciéndote ‘Always Look On The Bright Side Of Life’ en la voz de Eric Idle tiene las cosas claras”, y es que, viendo la foto completa, Iron Maiden tiene todo tan claro y a estas alturas es un proyecto tan transversal, que ya no es patrimonio sólo del metal, sino que de la música en vivo en general, y qué bueno que el encuadre sea así de armonioso y perfecto.

Setlist

  1. Aces High
  2. Where Eagles Dare
  3. 2 Minutes To Midnight
  4. The Clansman
  5. The Trooper
  6. Revelations
  7. For The Greater Good Of God
  8. The Wicker Man
  9. Sign of the Cross
  10. Flight Of Icarus
  11. Fear Of The Dark
  12. The Number Of The Beast
  13. Iron Maiden
  14. The Evil That Men Do
  15. Hallowed Be Thy Name
  16. Run To The Hills

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