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Stgo Rock City 2017, Día 1

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Desde que se anunció la realización de Stgo Rock City, todos supimos que sería una locura. Prometer ser el más grande festival que se ha visto en el país es una afirmación arriesgada, pero con un cartel que pretendía juntar a dos nombres tan gigantes como The Who y Guns N’ Roses, la idea no era tan descabellada. Primero, una banda que se sostiene en dos de sus cuatro pilares fundamentales, acompañándose con grandes músicos en vivo que les entrega la pulcritud y frescura necesaria para estos tiempos. Segundo, una agrupación que, luego de la casi imposible reunión de algunos de sus miembros, ha roto todos los récords posibles, girando por el mundo desde 2016. The Who y Guns N’ Roses tendrían la difícil tarea de cautivar al caprichoso público chileno, que sólo esperaban comprobar con oídos propios qué tan buenos (o malos) podían ser ambas agrupaciones en vivo, buscando principalmente una respuesta al porqué la distribución de los horarios, que dejaría a The Who tocando a plena luz del día y a Guns N’ Roses cerrando la jornada, hecho que más enfurecería a los acérrimos fans de los ingleses.

Lo que fue un camino difícil, con muchos baches impidiendo su flujo con normalidad, comenzaba por fin a estabilizarse. El festival Stgo Rock City logró concretar su primera jornada, la que siempre se mantuvo como la más potente, incluso antes de las cancelaciones de Ratt, L.A. Guns y Aerosmith, que dejaron al segundo día del festival considerablemente menos atractivo que su cita antecesora. El público desde temprano comenzó a llegar hacia el Estadio Monumental, mientras una que otra polera de The Who se asomaba entre todos los que querían ver nuevamente a Axl y compañía. Ya no había vuelta atrás, lo que todos estaban esperando por fin se estaba convirtiendo en una realidad.

Un poco después de las 17:00 horas apareció en escena Tyler Bryant & The Shakedown, los apadrinados de esta gira, que se han presentado como acto de apertura en varios países junto a los dos platos principales del día. Con una potencia demostrada apenas comenzó a sonar “Weak & Weepin’”, los oriundos de Nashville, Tennessee, realizaron un show preciso para calentar motores, principalmente enfocándose en el tremendo desplante escénico que poseen. Así, canciones como “House On Fire”, “Don’t Mind The Blood” o el cover para la clásica “Got My Mojo Working” (popularizada por Muddy Waters), mantuvieron atentos a quienes se encontraban en el estadio en esos momentos.

Luego de unos momentos de interacción con la audiencia, el joven Bryant logró ganarse a un público que muy posiblemente no tenía la menor idea de su existencia hasta antes de esta presentación, la que jugó un papel fundamental para acaparar nuevos fans, ya que repetirá plato en la jornada del día sábado para suplir la ausencia de las bandas canceladas. Finalmente, la banda finiquitó su show con las canciones “Lipstick Wonder Woman” y “House That Jack Built”, que ratificaron la esencia más de vieja escuela que posee su sonido, ratificando que el rock propiamente tal aún tiene futuro y, por lo visto con Tyler Bryant & The Shakedown, se ve que es uno muy prometedor.

Pese a que gran parte del público se encontraba ahí por Guns N’ Roses, no existe duda de que The Who era lo más esperado de todo el festival. Pues claro, los británicos debutarían finalmente en nuestro país, luego de una carrera que ya supera los 50 años, trayendo consigo una reencarnación que se sustenta bajo la figura de Roger Daltrey y Pete Townshend, sus dos caras principales. Lo que sucedió en el Estadio Monumental a contar de las 18:30 horas se puede resumir en una palabra: INCREÍBLE. No hay más, nada de adornos ni rebuscadas frases de halago, The Who entregó una verdadera cátedra de lo que es el rock & roll, con su potente sonido y atrevida actitud, mostrándose desafiantes y llenos de energía.

Sin mayores introducciones que la banda ingresando tranquilamente a tomar sus instrumentos, el estrepitoso aplauso que los recibió se vio interrumpido con los primeros acordes de “I Can’t Explain“, que pusieron a saltar a todo el mundo, desatando una verdadera fiesta que se desarrolló prácticamente sin interrupciones. Desde ahí en adelante The Who llevó a la audiencia por un viaje a través de toda su carrera, sonando verdaderos éxitos como “The Seeker“, “Who Are You” o “The Kids Are Alright” (este último dedicado a Víctor Jara, por parte de Pete Townshend), que iban pasando unos tras otros, sin dar respiro alguno.

La fórmula de The Who se ve efectiva en el contexto de esta “segunda vida” que se encuentran experimentando gracias a su banda de soporte, donde el baterista Zak Starkey destaca considerablemente sobre el resto, ya que su estilo de tocar batería (muy similar al de su padre, Ringo Starr, en ciertos momentos) se aleja de lo que alguna vez hizo el recordado Keith Moon, dándole un carácter más fresco y mucho más rebelde aún a la impresionante voz de Daltrey y el carisma y gran entrega de Townshend en el escenario. Esa rebeldía se sintió en “My Generation“, coreada por la totalidad del estadio, dando cuenta que, con himnos del rock así, es difícil que nadie sepa tus canciones. La emoción corrió por parte de “Behind Blue Eyes” y la tremenda “Love, Reign O’er Me“, clásico de “Quadrophenia” (1973) que demostró una de las facetas más consistentes y maduras del ex cuarteto. Entre las tantas facetas de la banda, ese lado medio progresivo de “Tommy” (1969) se vio reflejado en la tremenda interpretación de “Amazing Journey“, donde incluso se dieron el lujo de incorporar un fragmento de “Overture“, otra gran joya de su trayectoria.

La parte final dejó a todos prácticamente en el suelo. Desde “Pinball Wizard” The Who no dio tregua alguna, entregando composiciones tan legendarias como “See Me, Feel Me“, “Baba O’Riley” y el tremendo cierre con “Won’t Get Fooled Again“, canción de protesta lanzada en 1971 que, a 46 años de su creación, sigue teniendo el mismo significado de antaño. Más allá de la polémica por considerarlos como “teloneros”, The Who brilló con luces propias en un show que demostró lo que son: una banda que marca la diferencia, algo que desde sus inicios se empeñaron en dejar claro. Mientras todos se preocupaban de imitar a quienes estaban sonando en la radio, The Who prefirió crear su propio mundo, uno de lleno de riffs electrizantes, rebeldía a flor de piel, discos de carácter conceptual, historias a través de la música y, sobre todo, mucho rock & roll, elementos que transformaron al conjunto en una verdadera institución de la música popular, de esas que no tienen nada que demostrar porque no habrá hecho alguno que pueda empañar su impecable legado.

Luego de toda la vorágine que ocasionó The Who, Guns N’ Roses repitió el patrón del año pasado, comenzando increíblemente unos cuatro minutos antes de la hora pactada. La clásica intro de Looney Tunes, seguida de “The Equalizer“, precedió a “It’s So Easy“, canción con la que Axl y los suyos dieron inicio al show, igual que en 2016. La gira “Not In This Lifetime” ha recorrido prácticamente todo el mundo con su espectáculo, teniendo a Santiago como parada en dos ocasiones: octubre pasado en el Estadio Nacional y ahora en el festival Stgo Rock City.

No hay duda de que estamos frente a un show bien armado y estructurado, razón por la que la presentación de GN’R se sintió como un constante déjà vu en cuanto a la lista de canciones que el conjunto decidió interpretar. “Mr. Brownstone“, “Chinese Democracy” y “Welcome To The Jungle” sonaron en el mismo orden de su presentación anterior, aunque al público poco le importó eso, entregándose y sintiendo cada nota de la guitarra de Slash. Es importante destacar un punto en torno a esto: cada visita que el músico realiza a nuestro país supone una mejora considerable en su técnica y destreza con las seis cuerdas, mejorando su forma de tocar de una presentación a otra. Y toda esa afinación de detalles se siente en la banda, ya que el fiato entre sus integrantes es evidente. Luego de casi dos años girando sin parar, resalta a simple vista el hecho de que todos se conocen perfectamente.

El único punto bajo –a estas alturas nada sorprendente– es la voz de Axl Rose, que por momentos ni siquiera se escuchaba, aunque eso se debió al bajo volumen en el micrófono del interprete, artimaña ya utilizada por Rose hace mucho tiempo con el fin de mermar el evidente desgaste en sus cuerdas vocales. Asimismo, los “rellenos”. Si bien el show se extendió por más de tres horas, hay canciones que se sintieron fuera de lugar para cierta parte del público, principalmente esas introducciones de manera instrumental que se aplicaron para ciertos temas.

La banda, además, quiso recordar a quienes nos dejaron en el último tiempo con covers a “Wichita Line Man” de Glen Campbell, o “Black Hole Sun” de Soundgarden, donde el recuerdo al fallecido Chris Cornell sacó lagrimas a más de alguno entre el público. Retomando lo del fiato, esa comodidad hizo que el conjunto se sintiera como en el living de su casa: Duff McKaggan junto a Frank Ferrer sostienen muy bien la sección rítmica, permitiendo una química especial entre Slash y Richard Fortus, sobre todo en las secciones donde ambos intercambian solos. Eso se sintió en tracks tan esenciales como “Rocket Queen“, “You Could Be Mine” o “Civil War“, donde los solos se sintieron verdaderamente impecables, sin errar o desafinar en ninguna nota. En el lado más melódico, “Yesterdays“, “November Rain” y “Knockin’ On Heaven’s Door” permitieron justificar la adición de Dizzy Reed y Melissa Reese en teclados, que, aunque pasen algo desapercibidos, su función para entregar atmósferas es fundamental.

El encore final realizó unas pequeñas variaciones a lo del año pasado, partiendo igualmente con “Don’t Cry“, pero esta vez sumando “Patience“, la gran ausente de la vez anterior. Otro momento agradable se dio con “Whole Lotta Rosie“, cover de AC/DC, que precalentó el ambiente para “Paradise City” en su versión más escandalosa, ruidosa y épica que se ha interpretado en nuestro país a la fecha. La banda y público feliz, Guns N’ Roses se retiraba del escenario sintiendo el cariño y respeto de una fanaticada leal, esa que, a pesar de la tremenda interpretación, de la generosa extensión del show y del constante buen humor que se veía en el escenario, quedaron con una incógnita que fue algo general: ¿Estamos acercándonos al fin de esta esperada reunión? Sólo el tiempo lo dirá. La duda de lo que se vivió queda latente, y puede ser que la banda esté viviendo una reconciliación que perdure con un segundo aire, o puede que estén aprovechando a concho los últimos momentos de una reunión que podría tener fecha de vencimiento.

Así fue como dos leyendas concretaron su paso por la capital. Sí, dos leyendas, ya que negar la trayectoria e importancia que tuvo Guns N’ Roses en sus años de gloria es un ejercicio que roza en la ignorancia. Ambas bandas se desenvolvieron en contextos donde todos querían imitar al que estaba de moda, y tal como se mencionó con The Who, GN’R prefirió alejarse de eso y encontrar su propia identidad, marcando la diferencia por sobre sus pares. Es por eso que The Who no tiene problema en relegarle ese espacio principal a Axl y los suyos, eso es algo que se siente como una especie de agradecimiento por mantener ese espíritu rebelde y que va contra todo, algo que Pete Townshend sintió mucho durante sus inicios y que seguramente ve en muchas de las agrupaciones a las que The Who ha decidido acompañar en diversas giras. La calidad y elegancia escénica de The Who es algo que nadie podrá igualar, así como la versatilidad y destreza de Guns N’ Roses, que difícilmente tiene competencia de su época a la altura. Ahora queda esperar a la segunda jornada de Stgo Rock City, donde los ingleses de Def Leppard serán los encargados de demostrar su vigencia sobre los escenarios.

Por Manuel Cabrales y Sebastián Zumelzu

Fotos por Pedro Mora

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DÍA 2

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Gustavo Santaolalla: El arte de la trayectoria

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Gustavo Santaolalla

La física define a la “trayectoria” como el recorrido que describe un objeto que se desplaza por el espacio. Este término en el ámbito musical se usa indiscriminadamente para hablar de carreras en múltiples estados; ya sea que exista o no un recorrido presente, se habla de las trayectorias para definir a los más grandes, pero pocos emulan a la física y hacen que este desplazamiento continúe. Una cosa es el movimiento hecho, pero otra el que se sigue haciendo, y por prácticamente 50 años, si hay un artista latinoamericano que no ha detenido sus rumbos –y, por tanto, su camino– ese es Gustavo Santaolalla.

Desde el rock profundamente argentino que profesaba en Arco Iris hasta su actualidad, donde se mezclan soundtracks y producciones para artistas desde Café Tacvba hasta Eric Clapton, Santaolalla ha hecho un andar profuso y lleno de canciones, propias y ajenas. Sin embargo, como dijo antes de su primera visita como Gustavo Santaolalla a nuestro país (antes había estado varias veces con Bajofondo), recién a los 66 años lanzó su carrera como solista, la que tiene discos y canciones a su haber, pero que jamás había configurado para girar o mostrarse, quizás en el último acto de humildad que tiene un tipo que gusta del proceso, del camino, ese que invitó a desandar en un Teatro Nescafé de las Artes casi repleto en la fresca noche del 12 de septiembre.

Justo antes de iniciar el show, a eso de las 21:20 horas, el teatro comenzó a aplaudir sin que se hubiera levantado aún el telón: la presencia de Jorge González, quien trabajara con Santaolalla en “Corazones” y su álbum homónimo, generaba vítores raros para un país que no reconoce a sus ídolos en vida, y era un pequeño aperitivo de la energía y sensaciones que inundarían el espacio por casi tres horas.

Todo iniciaba con “Inti Raymi”, y la Santabanda –como se hacen llamar los músicos de Santaolalla– mostraba la variedad de timbres que aparecerían en el show. Con la ovación del teatro, Gustavo aparecía para instalarse y comenzar con el primer set, rico en canciones de Arco Iris, esa banda que armó cuando empezaba a relacionarse con la música, con canciones como “Abre Tu Mente” o “Camino”, las que en el formato de esta gira obtienen matices y colores únicos, alejándose de la falsa psicodelia que se le legó a una banda como Arco Iris, que simplemente incluyó el folklore en el rock en tiempos de apretones mentales y revoluciones hippies. Ahora estas composiciones son atemporales y su construcción sólo alcanza tintes clásicos con los arreglos de este espectáculo, donde es la canción la que manda. Quizás eso hace de Santaolalla un compositor cautivante: deja que la canción mande, y él y los suyos sólo son puntos que arman la trayectoria de estos temas.

Así, a diferencia de otros shows en este formato, se coló un par de temas de su trabajo solista en esta primera parte, “Un Poquito De Tu Amor” y “Compañeros del Sendero”, dos sorpresas de varias que vendrían. Luego volvería a Arco Iris con canciones como la conocida “Zamba”, “Quiero Llegar” o la “Canción De Cuna Para El Niño Astronauta”, tras la cual vendría el recuerdo a la gran Mercedes Sosa y al amigo de mil batallas de Gustavo, León Gieco, para cerrar esa primera parte con el “Río De Las Penas” Intensa forma de dejar esperando a una audiencia que ya veía que el concierto iba para largo, y que sería incluso más extenso que las fechas anteriores hechas por Santaolalla y la Santabanda, sólida en todo momento, con Barbarita Palacios, Javier Casalla, Nicolás Rainone, Andrés Beeuwsaert y Pablo González haciendo gala de su carácter de multiinstrumentistas para dominar cada faceta que las canciones ponen en frente.

Al volver –­casi de improviso– Santaolalla irrumpe con “No Existe Fuerza en el Mundo”, que interpretara Gieco, mostrando lo importante de esa alianza para Gustavo. Luego de esto aparecería el trabajo completamente solista, con tracks como “A Solas” o “Todo Vale” para dar paso a otra corriente más atmosférica de la labor de este artista, que son los soundtracks, eligiendo “De Ushuaia A La Quiaca” de “Diarios de Motocicleta”, el main theme de la banda sonora del videojuego “The Last Of Us”, y un medley de “Brokeback Mountain”, mostrando la diversidad de espíritus, donde destaca el uso del charango y su timbre tan característico, entregando solemnidad y recogimiento, tal como el que se sintió en el homenaje hecho a Jorge González. Luego de mencionarlo para dar con una ovación gigante nuevamente, Santaolalla habla de los lazos que lo unen con González y dice que habrá un disco en honor a él, y que contará con una interpretación de “Por Amarte”, del “Corazones” (1991), ese disco que juntó por primera vez a dos de los artistas más importantes del continente. La versión fue sentida, contenida, una preciosa reversión donde Santaolalla ahondó en el sufrimiento del hablante. Si como compositor es clave, como intérprete se subvalora la intensidad que alcanza y que parece trascendental, más allá de lo obvio.

Debe ser, sino la experiencia, la trayectoria, esos caminos que se cruzan para corear “Mañana Campestre” o sentir “Pena En Mi Corazón”. Bajofondo y Arco Iris. Dos caras de un mismo creador, una apelando a las oscuridades y sus brillos, y otra a la belleza de la luz, tanto interna como externa, lo que trasunta en la belleza tierna de “Vecinos” y en la fuerza de “Ando Rodando”, que luego sólo crecería con la interpretación, a pura garganta y caja, en honor a la tradición de la vidala, para terminar con “Sudamérica” de Arco Iris y “Pa’ Bailar” de Bajofondo, ya con todo el mundo de pie, disfrutando de uno de esos artistas que no se cansan de deambular y hacer que su punto en la inmensidad del cosmos nunca deje de andar. Treinta canciones en casi tres horas, incluyendo el intermedio de quince minutos, emociones por montones y un sonido cálido que permitía a la voz de Santaolalla sobresalir. Pocas veces un espectáculo es capaz de capturar todas las facetas de un artista, en especial uno de tan amplio espectro, y ese fue el lujo que entregó Gustavo Santaolalla en el inicio de una gira solista que no es más que la demostración del más fino arte de la trayectoria.

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