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Spider Inferno Fest Santiago 2018: Cielo subterráneo

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Cuando se piensa en el lado más oscuro del metal, ese donde el color negro no es obligación, sino que es la sangre que corre por las venas, muchas veces aparece el pensamiento reduccionista, ese de ver headbangers y riffs como algo perenne y lo único factible de encontrar, sin tener a la música como algo relevante. Pero es precisamente en el lado oscuro del metal donde hay inflexiones e ideas que mantienen al estilo fresco y, más importante, que permite el ingreso de nuevos fanáticos y personas como oyentes. Quizás lo clásico no sea hoy lo más atractivo, sino que estos proyectos, más cercanos a lo teatral y también lo brutal.

Nombres de este extremo del espectro se reunieron en la primera “ceremonia” del Spider Inferno Fest, en este caso en el tradicional Club Blondie, en la noche del 10 de marzo, donde cientos de personas llegaron para inundarse de oscuridad y muy buenos sonidos. Todo abrió muy puntual a las 19:00 hrs. con Straight Terror, banda chilena que el año pasado mostró “Between The Lies”, su álbum debut que concentró su casi media hora en el escenario en la Blondie, dejando una muestra de lo fuerte y claro del sonido que vendría después con su thrash metal.

También con mucha puntualidad, Nargaroth se subió al escenario a las ocho de la noche, con ellos mismos probando sonido, tal vez en el soundcheck más potente del mundo, desde 20 minutos antes, dejando todo listo para su oleada de black metal sobre el público ávido de música. René “Ash” Wagner se sube para dar inicio a “The Agony Of A Dying Phoenix”, una de las dos canciones que sonarían de “Era Of Thredony”, el disco que la banda editó en 2017.

Aunque Nargaroth se desmarca del black metal diciendo que no les inspira el satanismo –que supone el inicio de ese movimiento–, sí comparten las formas sonoras, esas guitarras cercanas al trémolo, las estructuras intrincadas y un tempo insanamente rápido. En ese sentido, la amplificación hizo que pareciera que la Blondie se fuera a derrumbar con cada golpe del bombo. Pocas veces el recinto ha sonado con tantas capas y, a la vez, tan de golpe, tan abrumador, y ahí se le nota la experiencia a Ash, único miembro permanente de la agrupación, quien personifica la visión de su música y lo que quiere mostrar. Él ha dicho que lo que le mueve es el odio a la raza humana, esa sensación que muchos tienen y que hace que la rabia en su canto sea posible de identificar en los corazones de todos quienes escuchan canciones como “Seven Tears Are Flowing To The River” o “Hunting Season”.

Igual, para alguien que se enrolla con el concepto “black metal”, Nargaroth toca muchos temas con estas palabras, como “Black Metal Ist Krieg”, “Possessed By Black Fucking Metal”, incluyendo el gran cierre con “Black Blasphemic Death Metal”. No es malo para nada, en todo caso, porque es este sonido el que en manos de este artista ha llegado a momentos de claridad, tales como los vistos en los sesenta minutos de un retorno preciso y perfecto como el Nargaroth, aunque la jornada no acababa ahí.

La mayor cantidad de gente se dio casi al término de los alemanes, que esperó a los austriacos Belphegor. Ya se anticipaba el carácter y lo ritual del show con las cruces invertidas y los tótems con huesos dispuestos en el escenario, pero a las 21:32 todo se consolidó con “Sanctus Diaboli Confidimus” seguida de “Totenkult – Exegesis Of Deterioration”, parte del disco “Totenritual”, editado en 2017 y excusa para una nueva gira de los queridos death metaleros en nuestro continente.

Como era de esperar, la fiesta venía desde los guturales de Helmuth Lehner, un frontman que asume no sólo el rol en las canciones, sino que también en los intermedios, presentando casi todos los tracks en un tono que recuerda más a Smeagol que a un humano. Además, existe un dejo de solemnidad que evita que exista un disfrute sin pensar en lo que hay al frente.

No sonaron tan fuerte como Nargaroth, ni tampoco tan claros, pero eso es parte del death metal tradicional que profesan los austríacos, quienes ponían más atención a las voces y que se escucharan bien, más que a botar la casa. Pese a ello, canciones como “Totenbeschwörer” o “Baphomet” generaban la efervescencia de un público que incluso incursionaría con moshpits brutales, acordes a lo que ofrecía la banda.

Tras “Gasmask Terror”, el encore llegaría con “Diaboli Virtus In Lumbar Est”, preciso cierre para una jornada que, de manera intensa, oscura, pero muy bien llevada a cabo, dibujó lo que sería un cielo bajo tierra, más allá de las visiones apocalípticas y satánicas que el cliché siempre les atribuye a estos sonidos, incluso arreglándoselas para sonar con una claridad inédita en la Blondie, algo digno de destacar cuando muchas veces los shows de metal quedan como una masa ininteligible, algo que en esta “primera ceremonia” el Spider Inferno Fest no sufrió, dejando feliz a la gente y, probablemente, a los artistas.

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Gustavo Santaolalla: El arte de la trayectoria

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Gustavo Santaolalla

La física define a la “trayectoria” como el recorrido que describe un objeto que se desplaza por el espacio. Este término en el ámbito musical se usa indiscriminadamente para hablar de carreras en múltiples estados; ya sea que exista o no un recorrido presente, se habla de las trayectorias para definir a los más grandes, pero pocos emulan a la física y hacen que este desplazamiento continúe. Una cosa es el movimiento hecho, pero otra el que se sigue haciendo, y por prácticamente 50 años, si hay un artista latinoamericano que no ha detenido sus rumbos –y, por tanto, su camino– ese es Gustavo Santaolalla.

Desde el rock profundamente argentino que profesaba en Arco Iris hasta su actualidad, donde se mezclan soundtracks y producciones para artistas desde Café Tacvba hasta Eric Clapton, Santaolalla ha hecho un andar profuso y lleno de canciones, propias y ajenas. Sin embargo, como dijo antes de su primera visita como Gustavo Santaolalla a nuestro país (antes había estado varias veces con Bajofondo), recién a los 66 años lanzó su carrera como solista, la que tiene discos y canciones a su haber, pero que jamás había configurado para girar o mostrarse, quizás en el último acto de humildad que tiene un tipo que gusta del proceso, del camino, ese que invitó a desandar en un Teatro Nescafé de las Artes casi repleto en la fresca noche del 12 de septiembre.

Justo antes de iniciar el show, a eso de las 21:20 horas, el teatro comenzó a aplaudir sin que se hubiera levantado aún el telón: la presencia de Jorge González, quien trabajara con Santaolalla en “Corazones” y su álbum homónimo, generaba vítores raros para un país que no reconoce a sus ídolos en vida, y era un pequeño aperitivo de la energía y sensaciones que inundarían el espacio por casi tres horas.

Todo iniciaba con “Inti Raymi”, y la Santabanda –como se hacen llamar los músicos de Santaolalla– mostraba la variedad de timbres que aparecerían en el show. Con la ovación del teatro, Gustavo aparecía para instalarse y comenzar con el primer set, rico en canciones de Arco Iris, esa banda que armó cuando empezaba a relacionarse con la música, con canciones como “Abre Tu Mente” o “Camino”, las que en el formato de esta gira obtienen matices y colores únicos, alejándose de la falsa psicodelia que se le legó a una banda como Arco Iris, que simplemente incluyó el folklore en el rock en tiempos de apretones mentales y revoluciones hippies. Ahora estas composiciones son atemporales y su construcción sólo alcanza tintes clásicos con los arreglos de este espectáculo, donde es la canción la que manda. Quizás eso hace de Santaolalla un compositor cautivante: deja que la canción mande, y él y los suyos sólo son puntos que arman la trayectoria de estos temas.

Así, a diferencia de otros shows en este formato, se coló un par de temas de su trabajo solista en esta primera parte, “Un Poquito De Tu Amor” y “Compañeros del Sendero”, dos sorpresas de varias que vendrían. Luego volvería a Arco Iris con canciones como la conocida “Zamba”, “Quiero Llegar” o la “Canción De Cuna Para El Niño Astronauta”, tras la cual vendría el recuerdo a la gran Mercedes Sosa y al amigo de mil batallas de Gustavo, León Gieco, para cerrar esa primera parte con el “Río De Las Penas” Intensa forma de dejar esperando a una audiencia que ya veía que el concierto iba para largo, y que sería incluso más extenso que las fechas anteriores hechas por Santaolalla y la Santabanda, sólida en todo momento, con Barbarita Palacios, Javier Casalla, Nicolás Rainone, Andrés Beeuwsaert y Pablo González haciendo gala de su carácter de multiinstrumentistas para dominar cada faceta que las canciones ponen en frente.

Al volver –­casi de improviso– Santaolalla irrumpe con “No Existe Fuerza en el Mundo”, que interpretara Gieco, mostrando lo importante de esa alianza para Gustavo. Luego de esto aparecería el trabajo completamente solista, con tracks como “A Solas” o “Todo Vale” para dar paso a otra corriente más atmosférica de la labor de este artista, que son los soundtracks, eligiendo “De Ushuaia A La Quiaca” de “Diarios de Motocicleta”, el main theme de la banda sonora del videojuego “The Last Of Us”, y un medley de “Brokeback Mountain”, mostrando la diversidad de espíritus, donde destaca el uso del charango y su timbre tan característico, entregando solemnidad y recogimiento, tal como el que se sintió en el homenaje hecho a Jorge González. Luego de mencionarlo para dar con una ovación gigante nuevamente, Santaolalla habla de los lazos que lo unen con González y dice que habrá un disco en honor a él, y que contará con una interpretación de “Por Amarte”, del “Corazones” (1991), ese disco que juntó por primera vez a dos de los artistas más importantes del continente. La versión fue sentida, contenida, una preciosa reversión donde Santaolalla ahondó en el sufrimiento del hablante. Si como compositor es clave, como intérprete se subvalora la intensidad que alcanza y que parece trascendental, más allá de lo obvio.

Debe ser, sino la experiencia, la trayectoria, esos caminos que se cruzan para corear “Mañana Campestre” o sentir “Pena En Mi Corazón”. Bajofondo y Arco Iris. Dos caras de un mismo creador, una apelando a las oscuridades y sus brillos, y otra a la belleza de la luz, tanto interna como externa, lo que trasunta en la belleza tierna de “Vecinos” y en la fuerza de “Ando Rodando”, que luego sólo crecería con la interpretación, a pura garganta y caja, en honor a la tradición de la vidala, para terminar con “Sudamérica” de Arco Iris y “Pa’ Bailar” de Bajofondo, ya con todo el mundo de pie, disfrutando de uno de esos artistas que no se cansan de deambular y hacer que su punto en la inmensidad del cosmos nunca deje de andar. Treinta canciones en casi tres horas, incluyendo el intermedio de quince minutos, emociones por montones y un sonido cálido que permitía a la voz de Santaolalla sobresalir. Pocas veces un espectáculo es capaz de capturar todas las facetas de un artista, en especial uno de tan amplio espectro, y ese fue el lujo que entregó Gustavo Santaolalla en el inicio de una gira solista que no es más que la demostración del más fino arte de la trayectoria.

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