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Sons Of Apollo: Las partes de la suma

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Cuando existen “superbandas” que se anuncian, lo primero que se puede creer es que no alcancen a ser tan exitosas como sus proyectos anteriores. O es indulgencia, o es capricho, o es idealismo el que mueve las cosas y permite que gente de mucho renombre se reúna, pero los resultados –en la mayoría de los casos– son más de decepción que de correspondencia con el legado. Lo mismo se pensaba cuando salía el álbum debut de Sons Of Apollo, “Psychotic Symphony” el año pasado, disco que, fuera de tocar de buena forma distintos tropos del prog metal, no descollaba ni tampoco era algo para volverse locos.

Quizás es porque el formato estudio es incapaz de resaltar las personalidades que en vivo sí existen de forma inigualable. Esto fue lo que medio centenar de afortunados pudieron ver en el escenario del Teatro Teletón, cuando Sons Of Apollo debutó en Chile. Pocas veces queda de manifiesto tan claramente la diferencia entre el disco y el proscenio, y en este caso sí que la gente que se la jugó por este show salió ganando. Es que ya la mera presencia de Jeff Scott Soto puede mover a una audiencia, con ademanes de rockstar, simpatía de amigo y voz de glam rock star. Jeff es gestual, activo, a veces excesivo, pero lo suficiente para ser la cara perfecta para un proyecto de gente talentosísima y conocida por estos lares.

El inicio con “God Of The Sun” fue preciso para mostrar todas las cartas del conjunto, no sólo a Jeff, sino que a los trucos de la batería de Mike Portnoy, el maestro del bajo Billy Sheehan, el correctamente virtuoso Ron “Bumblefoot” Thal en su guitarra, y el dramático Derek Sherinian en los teclados, quienes iban con naturalidad entre las distintas secciones de una canción extensa, para pasar a “Signs Of The Time” (no confundir con el tema de Prince de similar nombre), que tenía más cara de sencillo que de trabajo con narratividad extrema, haciendo que la banda se moviera sin detenerse entre señas clásicas del prog y la intensidad de un metal más directo, lo que se podía notar en piezas como la breve instrumental “Figaro’s Whore”.

Pese a que las canciones de Sons Of Apollo ganan mucho en vivo, aún no se comparan a la sensación del público en el momento de los covers, en especial a los de Dream Theater, donde no se hacía raro ver a gente con la cabeza agachada o los ojos cerrados, sintiendo la música y dando todo –por dentro o por fuera– al son de “Let Me Breathe In” o “Lines In The Sand”.

Se nota que lo conocido por años le gana en sensaciones a lo que se conoce hace poco, y está muy bien, pero lo que al final del día resulta ser lo más llamativo no son las canciones, sino que las performances de los maestros en el escenario y cómo cada cual tiene su espacio para brillar, tal como pasa en canciones más extensas y con estructuras más desarrolladas como “Labyrinth” y “Alive”.

Bumblefoot tuvo su momento, que también redundó en algo más gracioso, como el cover de “The Pink Panther”, que derivó en la grandilocuente “Opus Maximus” justo antes de “Lines In The Sand”, que cerró el set, ante una ovación de la gente que no se detuvo hasta que la banda volvió al escenario para un último ‘hurra’ con “Coming Home”. Así se selló la hora y 45 minutos de show, simplemente reafirmando la versatilidad de cada uno de los miembros y, más importante, la química y buena onda entre ellos, una que se traspasa de forma clara a la gente y que, más allá de canciones conocidas o no, demostró que un buen supergrupo debe ser como Sons Of Apollo: más que la suma de sus partes.

Setlist

  1. God Of The Sun
  2. Signs Of The Time
  3. Divine Addiction
  4. Figaro’s Whore
  5. Let Me Breathe In (original de Dream Theater)
  6. Labyrinth
  7. Solo de Billy Sheehan
  8. Lost In Oblivion
  9. Solo de Jeff Scott Solo
  10. Save Me / The Prophet’s Song (original de Queen)
  11. Alive
  12. The Pink Panther Theme (original de Henry Mancini)
  13. Opus Maximus
  14. Solo de Derek Sherinian
  15. Lines In The Sand (original de Dream Theater)
  16. Coming Home

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Paul Gilbert: Seis cuerdas, mil historias

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Paul Gilbert

Podía parecer que la visita del norteamericano Paul Gilbert a Chile, en una templada tarde de sábado al Club Chocolate, sería para rememorar los éxitos de Mr. Big o Racer X, dos bandas donde él fue fundador, pero que no vería germinar tanto como para quedar determinado por ellas. Sin embargo, Gilbert eligió prescindir de ese legado para este reencuentro con el público chileno, en una instancia que funcionó más como una clase magistral que como un concierto propiamente tal.

Casi puntual en la hora señalada de inicio, siendo las 20:05 horas, Paul subió al escenario con dos músicos nacionales, Felipe Cortés en batería y Diego Contreras en el bajo, en una configuración de banda, pero luego del primer tema el esquema cambió y, con la ayuda de un traductor, fue explicando detalladamente el uso de la muñeca para los solos y su forma de tocar, basada en un trémolo manual, en la actualidad, dejando en claro que esto sería una clínica de guitarra. Luego de eso explicó levemente cómo, desde una anécdota tras perder un ticket de avión y, por consiguiente, un vuelo, una chica le dice “señor, debe calmarse”, y con ello surge un tema de su nuevo disco “Behold Electric Guitar” (2018), “Sir, You Need To Calm Down”, que procede a tocar, tras lo cual explica la importancia de las palabras en cómo tocar la guitarra.

En un evento que pareciera estar cargado hacia ver cuán importante es la guitarra y su sonido, resulta refrescante y simpática la postura de un avezado que indica que las palabras importan mucho, incluso en canciones instrumentales. Es que ahí existe una inspiración que permite nuevas prácticas, y relevar el papel de uno de los instrumentos más únicos, que es la voz, para llevar a la guitarra a otros límites. Gilbert explicaba cómo las palabras cantadas podrían convertirse en escalas, tocando extractos de “Rock The Clock” o “Blackbird” para comprender eso con ejemplos, antes de lanzarse a tocar completa “Black Dog” de Led Zeppelin, donde este principio quedaba completamente en práctica.

Luego de tocar esta canción, Paul dijo que muchas veces caía en el acto de tocar todo en una nota, “porque soy del rock, entonces eso pasa”, pero artistas muy queridos para él, como Jimi Hendrix, lo llevaron a intentar un enfoque distinto, más parecido al del jazz, con cambios en los acordes y tratando de simplificar las escalas, eligiendo cuatro notas fundamentales, como son la tónica, la segunda, tercera y quinta, lo cual mostró con un tema del propio Hendrix antes de volver a la carga del habla, para ahondar en el uso de los trastes y las escalas, y antes de pasar a otro punto: el ritmo. Ahí salió del jazz o el rock para meterse en el querido blues. Incluso mostró el ritmo con el que despierta a su hijo, sacando risas en un Club Chocolate casi repleto, muy atento y complacido, antes de escuchar otro tema del disco nuevo de Gilbert, uno escrito para enseñar a un estudiante a tocar, “Blues For Rabbitt”.

La cercanía y calidez de Gilbert, un verdadero emblema de las seis cuerdas, vino cuando subió al escenario primero a un invitado que, pese a estar en una silla de ruedas, hacía unos solos con mucha alma y espíritu, para un jam sobre la base rítmica de “Back In Black” de AC/DC, pero que en realidad era un diálogo a través de la guitarra, muy respetuoso y realmente mostrando a un Paul Gilbert lejos de caer en el mal del típico guitarrista virtuoso, donde el ego gana por sobre las canciones y la buena onda. Aquí, Gilbert logra entregar el cetro, así como también ocurre en un segundo jam, esta vez con el conocido blusero Sebastián Arriagada, quien en ocasiones le peleó mucho el spotlight a Paul, pero que precisamente por ello es que derivó en una dinámica de enfrentamiento complementario, muy interesante y entretenido.

Luego vino la sesión de preguntas del público, donde se sucedieron temas como el tono de la guitarra, los pedales, las inspiraciones, el ritmo; le pidieron consejos, e incluso improvisó sobre la frase “it’s really nice to be in Santiago” (“es realmente muy bueno estar en Santiago”) para mostrar la simpleza de la que puede venir una composición. Luego de ello empalmó con las últimas dos canciones de una jornada de casi dos horas y muchas risas e historias: “Mercedes Benz”, original de Janis Joplin, y “Purple Haze” de Jimi Hendrix. No fue el reencuentro con las canciones de Racer X o Mr. Big, sin embargo, quizás fue la instancia donde más se ha mostrado la inmensidad de los mundos que conviven en las seis cuerdas de Paul Gilbert, en una instancia quizás irrepetible y con un ambiente que permitió que la jornada no fuera más ni menos que un éxito rotundo para la guitarra eléctrica.

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