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Slayer y Anthrax: La última batalla

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No había un mejor lugar para cerrar la gira sudamericana de Slayer que Viña del Mar, sitio principalmente nutrido en torno a la figura de Tom Araya y su nexo con la ciudad jardín; el que la banda llegara junto a Anthrax hasta el Sporting Club, era algo que quedaría marcado como una instancia épica incluso desde que se anunció. Con un público dividido entre residentes y asistentes que se repetirían el plato, fueron miles los fanáticos que llegaron hasta el recinto de la quinta región para darle un adiós a la agrupación encabezada por Tom Araya, quienes ya lo habían entregado todo durante su presentación el domingo en Santiago Gets Louder, aunque eso poco importaba por lo único que sería la instancia: una de las bandas más importantes en la historia del thrash metal se despedía del público sudamericano y había que estar ahí, casi como un deber. Independiente del calor y el insistente polvo en el lugar, la mesa estaba servida y lista para que el banquete de metal fuera entregado a los hambrientos fanáticos.

Anthrax

Si una cosa es clara con Anthrax, es que cada vez que sube al escenario todo se transforma en un caos. La banda goza con la reputación de ser un acto que en vivo lleva hasta el límite toda la intensidad de su sonido, sabiendo perfectamente cómo administrar los tiempos en una presentación que pasa de una composición a otra con una soltura que no deja vacilar el momentum un solo segundo. Por eso, a pesar de entregar un setlist casi idéntico al que tuvieron el domingo en el Bicentenario de La Florida, desde el minuto en que sonó “Caught In A Mosh” se desató una batalla campal en la cancha del Sporting Club, con un público viviendo y sintiendo cada nota de la banda.

Scott Ian miraba sorprendido los moshpit que se armaban en distintos puntos de la cancha, por lo que el inicio de “Madhouse” no hizo más que echarle leña al fuego en términos de intensidad, mientras Joey Belladonna corría de un lado a otro animando a los presentes. Igual a como sucedería más adelante con Slayer, no importó mucho la similitud del repertorio para mermar la calidad del show, ya que la entrega del conjunto es fundamental para que sea el condimento especial de su presentación.

Golpe tras golpe, el conjunto fue desfilando por potentes canciones, como “I Am The Law” y “Now It’s Dark”, donde cada una parecía desatar las pasiones del público a punta de golpes y empujones, pero no en el sentido violento, sino que de hermandad en torno a la música porque, pese a su naturaleza dura, la comunión que se forma en torno al metal es única, independiente de algunas manzanas podridas que siempre querrán causar desorden más que pasar un buen momento. Debido a su calidad de telonero, el show fue un poco más breve, bordeando los sesenta minutos de duración, por lo que la interpretación de “Indians” puso el punto final a una nueva visita del conjunto a nuestro país, así como su debut en la quinta región.

Slayer

Unos cuatro minutos antes de lo pactado llegó el turno de Slayer, quienes repitieron a cabalidad el mismo repertorio que han presentado durante su gira de despedida. Pese a lo anterior, la banda sabe cómo desprenderse de cualquier cliché haciendo que cada show sea diferente del anterior, lo cual se traduce en la fuerza de la interpretación como el principal motor de novedad en cada uno de sus conciertos. Sin ánimo de ser majadero, el repertorio fue ejecutado al pie de la letra, igual que su presentación en el Estadio Bicentenario de La Florida, por lo que nuevamente se produjo esa alteración de intensidades por canciones que no necesariamente son de lo más destacado de su discografía, tomando ejemplos como “Gemini” o “Born Of Fire“, que alteraban el hilo conductor de un show que, en el papel, debió tratarse solamente de clásicos.

Pese a lo anterior, un ambiente diferente se vivió en el escenario, no sólo en la forma en que la banda se paró frente al público, sino que también en el sonido. No hubo un sólo minuto en que Slayer no sonara agresivo, acelerado y demoledor, sobre todo en el implacable juego de Kerry King y Gary Holt en las guitarras, donde la manera en que despachaban los intensos riffs parecía estar a tono con la ocasión. Esta era la última vez que la banda tocaba frente a un público sudamericano, conocidos por su pasión y entrega en todo el mundo, por lo que, conscientemente o no, el conjunto sabía que era un momento que nunca más volvería a repetirse.

Cinco cortes de “Seasons In The Abyss” estuvieron presentes, siendo el álbum que más cabida tuvo dentro del setlist, curioso si se piensa, pero a la larga lo más importante era celebrar el legado de una de las bandas más influyentes para el thrash metal. Bajo ese concepto, piezas fundamentales como “Chemical Warfare“, “South Of Heaven” o “Black Magic” fueron piedras angulares de un set demoledor. Aunque el panorama general era prácticamente idéntico al show del domingo, fue el espíritu de la interpretación lo totalmente diferente, algo muy difícil de explicar o graficar con palabras, transformándose en un aspecto que sólo puede ser definido al ser testigos del sonido que los cuatro integrantes alcanzaron en el desarrollo de la presentación.

Tras el estandarte “Angel Of Death” como cierre del concierto, la banda se despidió de los extasiados fanáticos por un poco más de tiempo a lo habitual, con Tom Araya como siempre quedándose un momento más en el escenario para contemplar a la gente, perdiendo su mirada en el mar de fanáticos que clamaban su nombre. Puede que muy pocos se tomen en serio el hecho de que Slayer se termina, pero la melancolía y pesar que transmitía Araya en sus palabras calan hondo, mucho más que cualquier gira de despedida de otro conjunto.

Muchos todavía tienen la duda de si efectivamente esta será la última vez que tendremos a Slayer sobre un escenario, al punto de que ni siquiera le toman el peso a la situación. “Volverán en unos 5 años“, decía la mayoría, aunque esa afirmación no parece tener mucho sentido luego del demoledor show que entregaron en Viña del Mar, ya que se sintió como si efectivamente la banda se estaba despidiendo de su público.

En tiempos donde cada vez son más los que deciden salir del retiro, la decisión que Araya y los suyos tomaron no deja de sembrar dudas, interrogantes a las que sólo el tiempo les dará respuesta. Lo único que queda es agradecer por la música, por los momentos y por el implacable legado que el cuarteto deja para la posteridad, donde, además de influenciar a una serie de bandas, también jugó un papel importante en todos los que buscan una voz a través de la música. Sólo el tiempo dirá lo que viene, pero si esto termina en un punto tan alto como el nivel interpretativo que están en estos conciertos, Slayer pasará a la posteridad como una de las mejores bandas en vivo, ya que, por lo menos en la vereda del metal, dejan atrás a todos sus competidores.

Setlist Anthrax

  1. Caught In A Mosh
  2. Got The Time (original de Joe Jackson)
  3. Madhouse
  4. I Am The Law
  5. Now It’s Dark
  6. Efilnikufesin (N.F.L.)
  7. A.I.R.
  8. Antisocial (original de Trust)
  9. Indians

Setlist Slayer

  1. Repentless
  2. Evil Has No Boundaries
  3. World Painted Blood
  4. Postmortem
  5. Hate Worldwide
  6. War Ensemble
  7. Gemini
  8. Disciple
  9. Mandatory Suicide
  10. Chemical Warfare
  11. Payback
  12. Temptation
  13. Born Of Fire
  14. Seasons In The Abyss
  15. Hell Awaits
  16. South Of Heaven
  17. Raining Blood
  18. Black Magic
  19. Dead Skin Mask
  20. Angel Of Death

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Iron Maiden en el Estadio Nacional: La magia de los tres tercios

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Iron Maiden

En la fotografía, pintura, diseño y en las artes audiovisuales, la llamada “regla de los tres tercios” es una forma de composición para ordenar objetos dentro de la imagen para que logren tener encuadres armoniosos, y así utilizar de forma eficiente y placentera el espacio disponible, de acuerdo a este criterio de inclusión. La búsqueda de un equilibrio para registrar de forma adecuada lo encuadrado es difícil, pero es algo que, al andar, queda impregnado en la obra y en la práctica. En el arte narrativo también la estructura de tres actos funciona de manera clásica, aunque al ver la perfección en el armado de “Legacy Of The Beast”, gira que traía a Iron Maiden a hacer su noveno y décimo show en Chile, quizás la referencia a la fotografía es la que hace más sentido desde una perspectiva amplia.

El Estadio Nacional había sido agotado meses antes, también el Movistar Arena, que la noche del lunes recibió la primera descarga eléctrica de la doncella de hierro, pero se sabía que la fecha final de este tour que revisitó el legado de Maiden sería aún más mágica. Aunque The Raven Age hubiera hecho sentir que se estaba frente a un acto de rock-metal alternativo de inicios del milenio, con trazos a Disturbed o Staind, pero con una calidad sonora más de estos tiempos que resultaba en un buen presagio para lo que vendría después. Concentrándose en su último disco, “Conspiracy” (2019), la banda sonó muy correcta y se conectó con la audiencia que estaba repletando el sector más próximo al escenario, lamentablemente de la mitad para atrás del recinto no hubo la misma visión, debido a que las pantallas no mostraron el show, dejando especialmente a la galería aislada de este acto inicial.

Las 64 mil personas que se reunieron en el Estadio Nacional llegaban para una cita con la historia, esa que se construye poco a poco, visita tras visita, haciendo de Chile (como dijo ayer Manuel Cabrales) “la casa de la bestia” y el lugar más adecuado para cerrar la gira como repetidas veces indicaría Bruce Dickinson a lo largo de las casi dos horas de show. A las 21:07 comenzaban a mostrarse en las pantallas imágenes casi calcadas al trailer de “Iron Maiden: Legacy Of The Beast”, el juego que la banda lanzara en 2016, a pocos meses de su visita anterior a Chile. De forma eficaz, el recorrido por la discografía de la banda tuvo lugar en medio de la imaginería de Eddie, la mascota más conocida en el mundo del metal, y en menos de dos minutos la introducción resultaba perfecta, empalmando con “Doctor, Doctor” de UFO, un clásico del inicio de los shows de Maiden, canción que calentó los cuerpos, las gargantas y los brazos, sabiendo lo que venía de inmediato con “Aces High”.

Antes, se daba inicio al primer acto, centrado en la guerra y los estragos que dejó en la sociedad en la que se criaron los integrantes de la banda, en la Inglaterra de los 60, donde los veteranos abundaban y la rareza se palpaba en el aire. Luego de un video breve aparecía un avión por sobre el escenario con el aspa girando y “Aces High” explotaba para deleite del público, que se ponía a saltar y cantar sin cesar, mientras Dickinson consolidaba la idea de ser un frontman perfecto, con la voz aún mejor que en 2016, tras su delicada cirugía para tratar un cáncer en la garganta. Además, corría de un lado a otro del escenario, jugando de forma calculada, pero bien dispuesta con el resto de los integrantes, para luego despachar “Where Eagles Dare” y disparar a los corazones con “2 Minutes To Midnight”, que extrañamente no iba a entregar las primeras bengalas de la noche en el público, pero que sí permitía advertir esas chispas que grandes y chicos compartían en cancha y alrededores.

Algo que sorprendió a muchos al ver el setlist fue la presencia de canciones de discos donde estuvo Blaze Bayley, como “Virtual XI” (1998), álbum del que se desprende “The Clansman”, canción que Bruce hizo como si fuera suya y que movió a la gente en medio de su grata sorpresa directo a las fauces de Eddie, que apareció para luchar contra el frontman y su espada en “The Trooper”. En ese momento la bengala se elevó por el aire y no había dudas de cómo la capacidad de Maiden sigue ahí. Mientras muchos bajan el tempo o el tono de las canciones, Iron Maiden a veces incluso acelera los compases para corresponder a los torbellinos que arman los fans en cancha. Es admirable cómo el sexteto evita demostrar fatiga, y eso no puede sino ser fruto de mucho ensayo, mucha confianza y mucho trabajo en esas canciones que son parte de las vidas de tantas personas. Esos temas forman parte de esas guerras que la gente lleva en su día a día, y por ello se hacía perfecto ver cómo el primer acto del show se centraba en esas dificultades, para luego pasar a un ámbito más religioso o espiritual, tomando la estética de una iglesia para maravillar desde lejos.

Revelations”, “For The Greater Good Of God” o “The Wicker Man” se sucedían para aumentar los aplausos a la labor de la guitarra ágil de Dave Murray, la precisión de Adrian Smith en la suya o la solvencia de la batería de Nicko McBrain, mientras Janick Gers se encarga de los gestos, los movimientos y las acciones que le compiten a Dickinson por el más carismático del escenario, aunque este último con quien se va a acurrucar y le muestra un cariño descomunal es a Steve Harris, el bajista que no sólo es el miembro fundador que queda, sino también tiene su capacidad intacta. Mención aparte para los encargados de sonido de la banda que, como en pocas bandas de metal, eligen dar espacio para cada instrumento, evitando el predominio tan majadero de las guitarras. Las líneas de bajo de Harris, por ejemplo, merecen ser escuchadas y así ocurrió en el show del Nacional, luciéndose en tracks como “Sign Of The Cross”, mientras Dickinson ataviado de una capucha negra se paseaba con una cruz con luces muy potentes. El acto lo cerraba “Flight Of Icarus”, en el que Bruce apareció con un lanzallamas que le permitía jugar con ambas manos tirando flamas, mientras una figura inflable como la del propio Ícaro se elevaba justo antes de otro karaoke colectivo con “Fear Of The Dark”.

La transición al infierno fue más rápida y también la sección más breve con la explosión en “The Number Of The Beast”, con el “six six six” coreado por las 64 mil personas presentes, y por supuesto que en la más punketa de las facetas de la banda en “Iron Maiden”, esa canción que precipitó la aparición de la bestia infernal enorme en el fondo, mirando lo que ocurría con ojos de luces y cuernos de cabra, mientras el público lo daba todo en moshpits, saltos, cantos y más.

En el encore vinieron “The Evil That Men Do” seguida de “Hallowed By Thy Name”, otro de esos tracks donde lo instrumental se notó como parte de esas fortalezas preciosas que tiene Maiden, que lo hacen tener una belleza fotográfica, de obra de arte mixta puesta en un museo de arte contemporáneo, capaz de interactuar con la gente y de congregar masas, como las que pasadas las 23:00 hrs. estaban cantando “Run To The Hills” en el gran cierre de una jornada realmente histórica, tanto por la capacidad de disponer de la historia grande de Iron Maiden en poco menos de dos horas, como por esa consolidación permanente con este país que es su casa.

Como dijo al rato después del show el periodista y guitarrista Héctor Muñoz: “Una banda que te manda para la casa diciéndote ‘Always Look On The Bright Side Of Life’ en la voz de Eric Idle tiene las cosas claras”, y es que, viendo la foto completa, Iron Maiden tiene todo tan claro y a estas alturas es un proyecto tan transversal, que ya no es patrimonio sólo del metal, sino que de la música en vivo en general, y qué bueno que el encuadre sea así de armonioso y perfecto.

Setlist

  1. Aces High
  2. Where Eagles Dare
  3. 2 Minutes To Midnight
  4. The Clansman
  5. The Trooper
  6. Revelations
  7. For The Greater Good Of God
  8. The Wicker Man
  9. Sign of the Cross
  10. Flight Of Icarus
  11. Fear Of The Dark
  12. The Number Of The Beast
  13. Iron Maiden
  14. The Evil That Men Do
  15. Hallowed Be Thy Name
  16. Run To The Hills

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