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Saxon: A la antigua

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A ocho años de su recordado debut en la capital, los ingleses de Saxon por fin decidieron retornar a esta parte del mundo con la gira que promociona su más reciente álbum, “Thunderbolt” (2018), vigésima segunda placa de estudio del holgado catálogo del quinteto, que anoche volvió a dar cátedra en un Club Bondie repleto de fanáticos que no se dieron tregua durante los 23 cortes presentados por la leyenda del heavy metal británico.

Dando inicio al espectáculo con la canción que pone nombre al nuevo disco, Saxon salió al escenario respaldado por un sonido potente y la energía de unos veteranos que parecieran no conocer del paso del tiempo. Con una carrera de más de cuatro décadas a sus espaldas, es sorprendente comprobar que los de Barnsley se mantienen en el peak de sus capacidades musicales, siendo Nigel Glockler el más destacado del conjunto, moviéndose con soltura y potencia sobre la batería, robándose la película en numerosos pasajes de la velada. “Frozen Rainbow” fue su gran momento, provocando la ovación de la fanaticada.

Ofreciendo un popurrí de lo mejor de su obra, Saxon repasó con especial atención su época ochentera con canciones como “Wheels Of Steel”, “Denim And Leather” y “747 (Strangers In The Night)”, así como también las décadas posteriores, con temas como “Battering Ram”, “Lionheart” y “Solid Ball Of Rock”. Diferentes épocas, pero un sonido y esencia que se mantienen inamovibles, en lo que se puede considerar la gran virtud y el gran defecto de la fórmula de Saxon.

Mientras coetáneos como Iron Maiden y Judas Priest dieron el salto expandiendo sus horizontes musicales, Saxon se mantuvo siempre en la misma línea, y anoche eso se notó cuando, a ratos, parecía que una serie de canciones fueran la misma, cortesía de unos riffs y arreglos demasiado similares entre sí. Es cierto que los ingleses son unos puristas del estilo, esa es una de las cualidades más valoradas por los fans, pero al mismo tiempo es imposible no sentir cierta monotonía cuando se está presenciando un show de más de dos horas de duración.

El reproche anterior es algo netamente personal, ya que en el recinto todo era fiesta metalera llena de cánticos, mosh pits y puños alzados en el aire. “Crusader”, “To Hell And Back Again” y “Heavy Metal Thunder” fueron explosiones de metal en un recital que no conoció descansos y donde cada canción era recibida como un himno que debía ser entonado a todo volumen. Fue así como llegamos al final de este retorno con el tiro de gracia compuesto por “Never Surrender” y “Princess Of The Night”, en minutos donde la banda y sus seguidores dieron todo lo que quedaba para hacer de esta noche de viernes una jornada tan memorable como la del debut el año 2011.

Su sonido podrá haberse quedado estancado en el pasado y el afán por mantenerse fieles a su estilo puede haberlos coartado del éxito y trascendencia que tan bien supieron aprovechar sus pares, pero los ingleses a estas alturas la tienen clara, saben que su público es fiel y quiere una cosa y una cosa solamente: heavy metal a la antigua, ruidoso y poderoso, y anoche Saxon nos dio una clase magistral de eso.

Setlist

  1. Thunderbolt
  2. Sacrifice
  3. Wheels Of Steel
  4. Denim And Leather
  5. Strong Arm Of The Law
  6. Battering Ram
  7. Rainbow Theme
  8. Frozen Rainbow
  9. Backs To The Wall
  10. They Played Rock And Roll
  11. Power And the Glory
  12. Ride Like The Wind (original de Christopher Cross)
  13. Solid Ball Of Rock
  14. Motorcycle Man
  15. 747 (Strangers In The Night)
  16. And The Bands Played On
  17. Lionheart
  18. To Hell And Back Again
  19. Dallas 1 PM
  20. Crusader
  21. Heavy Metal Thunder
  22. Never Surrender
  23. Princess Of The Night

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Iron Maiden en el Estadio Nacional: La magia de los tres tercios

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Iron Maiden

En la fotografía, pintura, diseño y en las artes audiovisuales, la llamada “regla de los tres tercios” es una forma de composición para ordenar objetos dentro de la imagen para que logren tener encuadres armoniosos, y así utilizar de forma eficiente y placentera el espacio disponible, de acuerdo a este criterio de inclusión. La búsqueda de un equilibrio para registrar de forma adecuada lo encuadrado es difícil, pero es algo que, al andar, queda impregnado en la obra y en la práctica. En el arte narrativo también la estructura de tres actos funciona de manera clásica, aunque al ver la perfección en el armado de “Legacy Of The Beast”, gira que traía a Iron Maiden a hacer su noveno y décimo show en Chile, quizás la referencia a la fotografía es la que hace más sentido desde una perspectiva amplia.

El Estadio Nacional había sido agotado meses antes, también el Movistar Arena, que la noche del lunes recibió la primera descarga eléctrica de la doncella de hierro, pero se sabía que la fecha final de este tour que revisitó el legado de Maiden sería aún más mágica. Aunque The Raven Age hubiera hecho sentir que se estaba frente a un acto de rock-metal alternativo de inicios del milenio, con trazos a Disturbed o Staind, pero con una calidad sonora más de estos tiempos que resultaba en un buen presagio para lo que vendría después. Concentrándose en su último disco, “Conspiracy” (2019), la banda sonó muy correcta y se conectó con la audiencia que estaba repletando el sector más próximo al escenario, lamentablemente de la mitad para atrás del recinto no hubo la misma visión, debido a que las pantallas no mostraron el show, dejando especialmente a la galería aislada de este acto inicial.

Las 64 mil personas que se reunieron en el Estadio Nacional llegaban para una cita con la historia, esa que se construye poco a poco, visita tras visita, haciendo de Chile (como dijo ayer Manuel Cabrales) “la casa de la bestia” y el lugar más adecuado para cerrar la gira como repetidas veces indicaría Bruce Dickinson a lo largo de las casi dos horas de show. A las 21:07 comenzaban a mostrarse en las pantallas imágenes casi calcadas al trailer de “Iron Maiden: Legacy Of The Beast”, el juego que la banda lanzara en 2016, a pocos meses de su visita anterior a Chile. De forma eficaz, el recorrido por la discografía de la banda tuvo lugar en medio de la imaginería de Eddie, la mascota más conocida en el mundo del metal, y en menos de dos minutos la introducción resultaba perfecta, empalmando con “Doctor, Doctor” de UFO, un clásico del inicio de los shows de Maiden, canción que calentó los cuerpos, las gargantas y los brazos, sabiendo lo que venía de inmediato con “Aces High”.

Antes, se daba inicio al primer acto, centrado en la guerra y los estragos que dejó en la sociedad en la que se criaron los integrantes de la banda, en la Inglaterra de los 60, donde los veteranos abundaban y la rareza se palpaba en el aire. Luego de un video breve aparecía un avión por sobre el escenario con el aspa girando y “Aces High” explotaba para deleite del público, que se ponía a saltar y cantar sin cesar, mientras Dickinson consolidaba la idea de ser un frontman perfecto, con la voz aún mejor que en 2016, tras su delicada cirugía para tratar un cáncer en la garganta. Además, corría de un lado a otro del escenario, jugando de forma calculada, pero bien dispuesta con el resto de los integrantes, para luego despachar “Where Eagles Dare” y disparar a los corazones con “2 Minutes To Midnight”, que extrañamente no iba a entregar las primeras bengalas de la noche en el público, pero que sí permitía advertir esas chispas que grandes y chicos compartían en cancha y alrededores.

Algo que sorprendió a muchos al ver el setlist fue la presencia de canciones de discos donde estuvo Blaze Bayley, como “Virtual XI” (1998), álbum del que se desprende “The Clansman”, canción que Bruce hizo como si fuera suya y que movió a la gente en medio de su grata sorpresa directo a las fauces de Eddie, que apareció para luchar contra el frontman y su espada en “The Trooper”. En ese momento la bengala se elevó por el aire y no había dudas de cómo la capacidad de Maiden sigue ahí. Mientras muchos bajan el tempo o el tono de las canciones, Iron Maiden a veces incluso acelera los compases para corresponder a los torbellinos que arman los fans en cancha. Es admirable cómo el sexteto evita demostrar fatiga, y eso no puede sino ser fruto de mucho ensayo, mucha confianza y mucho trabajo en esas canciones que son parte de las vidas de tantas personas. Esos temas forman parte de esas guerras que la gente lleva en su día a día, y por ello se hacía perfecto ver cómo el primer acto del show se centraba en esas dificultades, para luego pasar a un ámbito más religioso o espiritual, tomando la estética de una iglesia para maravillar desde lejos.

Revelations”, “For The Greater Good Of God” o “The Wicker Man” se sucedían para aumentar los aplausos a la labor de la guitarra ágil de Dave Murray, la precisión de Adrian Smith en la suya o la solvencia de la batería de Nicko McBrain, mientras Janick Gers se encarga de los gestos, los movimientos y las acciones que le compiten a Dickinson por el más carismático del escenario, aunque este último con quien se va a acurrucar y le muestra un cariño descomunal es a Steve Harris, el bajista que no sólo es el miembro fundador que queda, sino también tiene su capacidad intacta. Mención aparte para los encargados de sonido de la banda que, como en pocas bandas de metal, eligen dar espacio para cada instrumento, evitando el predominio tan majadero de las guitarras. Las líneas de bajo de Harris, por ejemplo, merecen ser escuchadas y así ocurrió en el show del Nacional, luciéndose en tracks como “Sign Of The Cross”, mientras Dickinson ataviado de una capucha negra se paseaba con una cruz con luces muy potentes. El acto lo cerraba “Flight Of Icarus”, en el que Bruce apareció con un lanzallamas que le permitía jugar con ambas manos tirando flamas, mientras una figura inflable como la del propio Ícaro se elevaba justo antes de otro karaoke colectivo con “Fear Of The Dark”.

La transición al infierno fue más rápida y también la sección más breve con la explosión en “The Number Of The Beast”, con el “six six six” coreado por las 64 mil personas presentes, y por supuesto que en la más punketa de las facetas de la banda en “Iron Maiden”, esa canción que precipitó la aparición de la bestia infernal enorme en el fondo, mirando lo que ocurría con ojos de luces y cuernos de cabra, mientras el público lo daba todo en moshpits, saltos, cantos y más.

En el encore vinieron “The Evil That Men Do” seguida de “Hallowed By Thy Name”, otro de esos tracks donde lo instrumental se notó como parte de esas fortalezas preciosas que tiene Maiden, que lo hacen tener una belleza fotográfica, de obra de arte mixta puesta en un museo de arte contemporáneo, capaz de interactuar con la gente y de congregar masas, como las que pasadas las 23:00 hrs. estaban cantando “Run To The Hills” en el gran cierre de una jornada realmente histórica, tanto por la capacidad de disponer de la historia grande de Iron Maiden en poco menos de dos horas, como por esa consolidación permanente con este país que es su casa.

Como dijo al rato después del show el periodista y guitarrista Héctor Muñoz: “Una banda que te manda para la casa diciéndote ‘Always Look On The Bright Side Of Life’ en la voz de Eric Idle tiene las cosas claras”, y es que, viendo la foto completa, Iron Maiden tiene todo tan claro y a estas alturas es un proyecto tan transversal, que ya no es patrimonio sólo del metal, sino que de la música en vivo en general, y qué bueno que el encuadre sea así de armonioso y perfecto.

Setlist

  1. Aces High
  2. Where Eagles Dare
  3. 2 Minutes To Midnight
  4. The Clansman
  5. The Trooper
  6. Revelations
  7. For The Greater Good Of God
  8. The Wicker Man
  9. Sign of the Cross
  10. Flight Of Icarus
  11. Fear Of The Dark
  12. The Number Of The Beast
  13. Iron Maiden
  14. The Evil That Men Do
  15. Hallowed Be Thy Name
  16. Run To The Hills

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