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Primus: Navegando los océanos de la psicodelia

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Ya que está tan de moda el “desafío de los diez años”, si miramos una década hacia el pasado, un concierto de Primus en nuestras tierras nos parecía imposible. Los norteamericanos jamás habían realizado una gira mundial que incluyera esta parte del continente en su itinerario y, al ser una banda que apunta a un nicho muy específico, pensar en un concierto en solitario de Primus en Chile era una fantasía que muchos ya habían desechado.

Sin embargo, un año después, casi por obra de un milagro divino, Les Claypool y compañía por fin hicieron acto de presencia en la capital como “teloneros” de ese supuesto show final de Faith No More. Con una actuación extraña y brevísima, el trío estadounidense marcó un hito para sus fans chilenos, ritual que desde entonces ya hemos podido volver a disfrutar siete veces más –ocho si contamos el show que darán esta noche–, cada ocasión con su toque especial, siendo el que ofrecieron anoche en el Teatro Coliseo Santiago la presentación más psicodélica que el conjunto ha dado en Santiago.

Lo anterior ya es decir mucho, sobre todo cuando la saga de conciertos que dieron en el Teatro Municipal de Santiago hace dos años se destacó por ser más experimental y densa que lo mostrado en sus visitas anteriores. Pero ayer, como parte de la gira de promoción de su más reciente larga duración, “The Desaturating Seven” (2017), Primus se lució con dos horas de música atrapante y, a ratos, realmente inquietante. Resistirse a la ola de cuerdas distorsionadas y percusiones hipnóticas resultaba imposible, así que lo mejor era dejarse llevar por la música y navegar junto a los músicos los océanos de psicodelia.

Como si se tratara de una especie de señuelo para que picáramos el anzuelo pensando que esto se trataría de un viaje lleno de saltos y cánticos, “Those Damned Blue-Collar Tweekers” y “Too Many Puppies” abrieron el espectáculo con la totalidad de la cancha del teatro saltando al ritmo de los potentes riffs del grupo. Por ahí también se sumó un extracto de “Sgt. Baker” para luego retomar “Too Many Puppies” y el caos en el recinto. Cuando todos pensábamos que la tónica iba a mantenerse durante toda la velada, “The Seven”, sencillo del último álbum, siguió en el set y nos sumergió de lleno en el lado más oscuro de Primus. Sin darnos cuenta, habíamos pisado el palito y ya no había escapatoria.

Groundhog’s Day”, “Jilly’s On Smack” y “Harold Of The Rocks” destacaron en la primera parte del show, que, al igual que en sus últimas presentaciones, viene interrumpido por un intermedio –amenizado con unos capítulos de Popeye El Marino– para luego retomar con una segunda tanda de canciones. Cortes como “Fisticuffs”, “The Storm” y “Over The Electric Grapevine” marcaron los pasajes más destacables de la segunda mitad del recital, cada una explotando la faceta más experimental del grupo, dejando espacios para que los músicos improvisaran con sus instrumentos en intervenciones que podríamos denominar como “anti solos”, ya que, en vez de inyectar energía y versatilidad a las composiciones, funcionaban como una capa más dentro de la gran atmósfera de sonidos sombríos.

El efecto provocado por la música del trío, sumado a los videos que acompañaban a cada uno de los temas –piezas audiovisuales que iban desde el surrealismo hasta el completo absurdo–, pusieron en trance al respetable, quienes, conteniendo sus ganas de saltar por todo el lugar, se vieron engatusados por el hechizo de Primus. Cortesía de una selección de temas particularmente oscura, Les Claypool y sus secuaces hicieron de las suyas y nos estrujaron los sentidos. Por fortuna, “My Name Is Mud” y “Wynona’s Big Brown Beaver” nos liberaron de nuestras ataduras por unos instantes y nos permitieron volver a ocupar la cancha como una violenta pista de baile, para luego rematar con la infaltable “Jerry Was A Race Car Driver” y decir adiós con la ya icónica imagen del elefante saltarín en “Southbound Pachyderm”. Las luces del teatro se prendieron y de a poco todos los presentes volvimos a tierra firme. Algunos desconcertados, otros visiblemente agotados –no de manera física, sino que psicológicamente–. La noche había sido intensa, pero, por sobre todo, satisfactoria.

Lo de anoche estuvo ideado para los fans acérrimos de Primus, aquellos que exigen algo más que los clásicos de toda la vida y quieren escuchar y ver a sus ídolos escarbando los lugares más ocultos de su obra. Anoche tuvimos mucho de eso y más. Primus sigue demostrando que en vivo es una fuerza impredecible, y ojalá que de aquí a una década más podamos seguir viviendo numerosas experiencias como la que tuvimos el placer de vivir durante esta exhaustiva noche de jueves.

Setlist

  1. Those Damned Blue-Collar Tweekers
  2. Too Many Puppies / Sgt. Baker
  3. The Seven
  4. Groundhog’s Day
  5. Jilly’s On Smack
  6. Seas Of Cheese
  7. Eleven
  8. Harold Of The Rocks
  9. Here Come The Bastards
  10. Fisticuffs
  11. Wynona’s Big Brown Beaver
  12. The Storm
  13. Welcome To This World
  14. My Name Is Mud
  15. Over The Electric Grapevine
  16. Jerry Was A Race Car Driver
  17. Southbound Pachyderm

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Orchestral Manoeuvres In The Dark: Pretendiendo ver el futuro

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¿Qué hay detrás del baile? ¿Por qué el cuerpo traduce la música y los ritmos de ciertas maneras? Desde Darwin hasta David Byrne han tratado de pensar en por qué la evolución de la humanidad tiene a la danza como algo clave para el acto de ser humanos, y por ello es que la reflexión siempre aparece cuando el baile se hace algo colectivo. Cuando bailamos juntos, en la oscuridad de una pista o una cancha como ocurre en un concierto, esto indica, por lo menos, la existencia de una comunión, y en el punto máximo, una creencia haciéndose algo material.

Cuando se observa lo que pasa con la música de Orchestral Manoeuvres In The Dark (OMD), es difícil pensar en qué tiempo se habla. Se puede pensar en ritmo, en letra, en música, en espíritu, pero también hay un ansia en el dúo formado a fines de los 70’s por capturar el futuro. ¿Qué hay detrás del baile? Pareciera que está la voz de los tiempos, un zeitgeist accidental, que luego de ser futurista calza más con un retro futurismo que se vuelve único y necesario, tal como fue la primera visita de OMD a nuestro país, en una Cúpula Multiespacio repleta con más de un millar de personas que tuvieron chance de ver una clase maestra de cómo se configura una sesión de baile, intensidad y calidad.

Tras un buen calentamiento con el set de synthpop que puso Cristián “Chico” Pérez, el público esperó ansioso a OMD, y es que el público (cuyo promedio de edad probablemente se elevaba sobre los 40 años) sabía que la espera había sido larga. “Paul, ¿me puedes decir por qué cresta esperamos 40 años para venir acá?” fue la pregunta de Andy McCluskey que todos pensaron, al unísono, que resumía esa sensación de cómo lo inevitable se deja esperar tanto tiempo. Antes de eso, “Isotype” iniciaba el show a las 21:45 hrs., en una muy buena muestra de cómo OMD pasó de proyectar al futuro, a vivirlo.

Aunque este tema fuera de “The Punishment of Luxury” (2018), último disco a la fecha de los ingleses, lo cierto es que se integraba de forma natural con clásicos posteriores como “Messages” o “Tesla Girls“, y todo se transformaba en una fiesta, con un juego de luces perfecto, y también con los movimientos maniáticos de McCluskey quien parecía poseído por el espíritu de su “yo” más joven. Una mezcla entre el luchador Shinsuke Nakamura y un bailarín experto en clubes de Ibiza, los pasos de Andy eran impactantes y dotaban de urgencia a un repertorio que, en vez de urgente, ha tenido al tiempo de su lado para decantar en lo preciso y lo trascendente.

Por ello es que el salto entre canciones con décadas de diferencia como “History Of Modern (Part 1)” y “Pandora’s Box” se da con tanta naturalidad, porque el factor común es OMD, cuya historia puede remontarse a cuatro décadas atrás, pero que estuvo 10 años completos sin avanzar, y ese tipo de desajustes no se notan en el escenario ni en el armado de un set hecho para la ocasión, no enfocado en el trabajo más reciente, sino que en clásicos de todas las épocas, desde “(Forever) Live And Die“, “If You Leave” y “Souvenir” (que fueron todas juntas), hasta las “Joan of Arc” y “So In Love“.

La gente respondía siempre, en todas las canciones, en todos los momentos, sin dejar de entregar energía y corresponderle un poco a McCluskey. También hay momentos donde Paul Humphreys tomaba el micrófono para cantar, como en “Souvenir” o “(Forever)…“, y ahí quedaba de manifiesto cómo se complementan ambas personalidades, Andy desde lo frenético y Paul desde lo melódico, redundando en esta conjunción de ideas de futuro que se vuelven fiesta, baile y oscuridad.

Más cerca del final viene la locura de “Locomotion” o el coro que es “Sailing On The Seven Seas“, para luego cerrar el main set con “Enola Gay“, esa canción de OMD que es imposible que no haya sido escuchada, que es reconocible incluso por quienes no tienen idea de la mera existencia de la banda. Aunque se escuchaban cosas comentadas por la gente como “este es el tema de los gays” (claro, campeón, seguro que es por eso), lo cierto es que la energía era completa y dejaba a la gente en ascuas de más, en especial con esa maravilla de coreo de estadio asimilando a los sintetizadores en esta canción. La cara de sorpresa de Andy y Paul dejaba en claro su posición respecto al público en esta velada.

¿Qué hay detrás del baile? Esto funciona como idea a considerar en canciones más calmas como las que iniciaron el encore como el himno “Walking In The Milky Way“. Al final del día, y cerca del final del concierto, se buscan puntos de encuentro, sensaciones comunes. A veces no es de lo más placentero tener mucha gente alrededor, moviéndose y chocando unos con otros, a veces con cabezas que tapan parte del escenario o con algunos que fuman en recintos cerrados, pero cuando se consigue la coordinación de todos los espíritus para ser uno, nada de eso importa.

En el caso de un show como el de OMD lo que importa es cómo nos encontramos en pistas de baile, en recuerdos de un futuro pasado, y cómo es que la electricidad se sigue transmitiendo. Por ello es que ese tributo a Kraftwerk, “Electricity“, se hacía la mejor forma de cerrar 97 minutos perfectos, con sonido, energía, voces, y un público a la medida de lo que debió ser, y que finalmente fue el debut de OMD en Chile. Como cantara Springsteen: “No puedes iniciar un fuego sin una chispa / (…) incluso si es que estamos danzando en la oscuridad“.

Setlist

  1. Isotype
  2. Messages
  3. Tesla Girls
  4. History Of Modern (Part 1)
  5. Pandora’s Box
  6. (Forever) Live And Die
  7. If You Leave
  8. Souvenir
  9. Joan Of Arc
  10. Joan Of Arc (Maid Of Orleans)
  11. Of All The Things We’ve Made
  12. So In Love
  13. The Punishment Of Luxury
  14. Dreaming
  15. Locomotion
  16. Sailing On The Seven Seas
  17. Enola Gay
  18. Walking In The Milky Way
  19. Secret
  20. Electricity

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