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Premiata Forneria Marconi: Lo performativo y su naturaleza

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El bufón jorobado Rigoletto de la obra homónima de Verdi intenta venganza y niega su naturaleza, convirtiendo su historia en algo horroroso, simplemente por aspirar a cambiar e ir contra un orden establecido, pero la tragedia radica precisamente en que esa estructura es muy rígida y se niega al acto de fluir, que es parte de la naturaleza. Ya dijo Lavoisier en su famosa ley: nada se crea ni se destruye, sólo se transforma. Y hablando de legados italianos, pocos son tan imperecederos como Premiata Forneria Marconi, uno de los grupos más influyentes salidos de “la bota”.

La banda lleva más de cincuenta años en el ruedo, y esto implica que, claro, han existido cambios, pero lo más llamativo es el fuego creativo que exhiben con esperanza de futuro amplio. Y si eso ocurre en estudio, lo que quedó claro en el retorno de los italianos a nuestro país el 26 de abril en el Teatro Oriente es que su naturaleza no sólo es avanzar, sino también hacer de la performance algo que enriquezca más las canciones.

Muchas veces a la música progresiva se le culpa de ser “pegada” o un poco exuberante para las necesidades de las canciones, pero un espectáculo sólido como el ofrecido por PFM deja en claro que no es necesario sólo lo técnico para que la música –como bien tilda su apellido– progrese. Todo partió con quince minutos de retraso, aunque eso permitió que la gente se acomodara bien para el ingreso de Patrick Djivas, el fundador del conjunto Franz Di Cioccio, y el resto de la agrupación, quienes despacharon de entrada “We’re Not An Island”, del disco que sacaron el año pasado “Emotional Tattoos”, el que tuvo una recepción correcta de la gente. Luego el set quedaría más claro como una revisión del pasado reformado en el escenario, sin nostalgias, sino con la sangre nueva, expresada en especial en la voz de Alberto Bravin, como motor para seguir fluyendo.

Aunque Rigoletto buscaba venganza, eso no le limitaba de entender la belleza, porque era su ausencia la que lo hacía buscar recuperar algo perdido. Sensación similar la que va escudriñando PFM en sus canciones, que también le deben en ocasiones mucho a la vibra italiana más tradicional. El mediterráneo influye en los sones, que privilegian canciones de discos más antiguos, como el debut “Storia Di Un Minuto” (1972) o “Per Un Amico” del mismo año. Así, “La Carroza Di Hans” o “Il Banqueto” son piezas aplaudidas de pie por varios y vividas a concho por una audiencia que ve en el show la manifestación más completa de lo que es Premiata Forneria Marconi.

Punto aparte es la simpatía extrema de Patrick y Frank, quienes, entre anécdotas en italiano y movimientos de baile, podían alternarse el rol protagónico. Además, Di Cioccio le daba una intensidad a su batería que pocos poseen, enriqueciendo las capas sonoras, aunque la película muchas veces se la robó el violinista Lucio Fabbri, quien convertía a canciones correctas en obras de arte que recuerdan precisamente a pasajes de Verdi, otro italiano que veía en el violín a un aliado para la acción y el drama. Sin embargo, a diferencia del autor de ópera, PFM destaca instancias de jolgorio y, por cierto, que hace declaraciones políticas, como en “La Danza Degli Specchi”, donde llaman a que se vea a la música y la humanidad como un todo y como un sólo continente, impulsando un mensaje que lleva décadas de apertura e inclusión por parte de una banda que también se ha manifestado en el marco de la compleja política italiana, siempre al borde del levantamiento de figuras fascistas.

Representaciones como la apertura de Guillermo Tell de Giacomo Rossini en medio de “Altaloma” o el cover a Prokofiev con “Romeo e Giulietta: Danza Dei Cavallieri” dejan en claro que la formación de PFM es absolutamente desde lo clásico, y desde ahí se mueven. La innovación en ellos no se acaba por esa posibilidad a la que no se cierran, de avanzar en terrenos desconocidos, siempre con una base potente como es lo docto. Por ello es que cuando el show –luego de 100 minutos– cerraba con “È Festa”, parecía lo más correcto del mundo, porque en medio de recovecos desde el pop a lo docto, pasando por rock progresivo de avanzada, Premiata Forneria Marconi podía hacer lo que pocos pueden: ser el arlequín, pero también el rey. Así, su propuesta sólo deja de manifiesto que fluir le es natural a un septeto que se niega a dejar de resignificar su música.

Setlist

  1. We’re Not An Island
  2. La Luna Nuova
  3. Photos Of Ghosts
  4. Il Banchetto
  5. Dove… Quando… (Parte 1)
  6. La Carrozza Di Hans
  7. Impressioni Di Settembre
  8. La Danza Degli Specchi
  9. Freedom Square
  10. Promenade The Puzzle
  11. Romeo e Giulietta: Danza Dei Cavalieri (original de Sergei Prokofiev)
  12. Mr. 9 Till 5
  13. Altaloma
  14. Dolcissima Maria
  15. È Festa

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Corrosion Of Conformity: Los astros alineados

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Corrosion Of Conformity

Fue hace cinco años, dentro del contexto de The Metal Fest, la última ocasión en que Corrosion Of Conformity se presentaba en Santiago. Para esa oportunidad las circunstancias eran diferentes: el conjunto se articulaba en formato de power trio, en el que anecdóticamente presentó un par de temas junto a uno de sus miembros más célebres; Pepper Keenan, incansable guitarrista de la escena metal de ritmo espeso y colaborador de otro importante proyecto afín, Down. Lo que en ese entonces sólo fue una pizca, ayer se presentó como un plato completo. Es por lo mismo que ver a la banda en su formación más sólida –en términos de trabajos de estudio– resultaba tan atractivo. Si bien, la gira se enmarca bajo la presentación de “No Cross No Crown” (2018), urgía la necesidad de sacarle provecho a la coyuntura, desempolvar lo mejor de su repertorio y entregar un show marcado por la consistencia arrolladora que ofrecen como cuarteto.

Como precalentamiento para la velada, el Club Blondie recibió a un número indiscutido de la escena stoner local. Yajaira subía al escenario de la mano del mítico “Comegato” Montenegro, entusiasmado por estar “nuevamente representando al rock pesado que se hace por estos lados”. Luego de un agradecimiento al público, la banda presentó durante un poco más de 45 minutos una potente carga de riffs y frecuencias bajas que hicieron vibrar cada rincón del subterráneo, despidiéndose con el respeto y cariño por tantos años de trabajo con un amplio aplauso.

Entre el ruido del murmullo, los anfitriones abrieron su show mediante un breve solo del bajista Mike Dean, el cual se anexó con gracia y apoyo del público al riff repetitivo de “Bottom Feeder (El Que Come Abajo)”, para esta ocasión a un ritmo ralentizado que acentuaba una atmósfera cargada al doom. Fue cosa que sonaran las primeras notas para que los fanáticos siguieran a coro la melodía instrumental. Ya introducidos en este imaginario denso y sicodélico, la muestra de lo más nuevo no se dejó esperar con “The Luddite”, que curiosamente fue lo único del repertorio reciente junto a “Wolf Named Crow”, quizás debido a una decisión a conciencia por aprovechar la ocasión y ponderar los clásicos por sobre lo nuevo. Y así fue con creces.

La dupleta “Broken Man” y “Señor Limpio” introdujo a lo que sería una seguidilla de clásicos de sus años dorados, repasando en reiteradas ocasiones el álbum “Deliverance” (1994). Luego de “Long Whip/Big America”, la banda recibió una ovación, y aprovechando el impulso, Pepper Keenan agradeció al público, confesando el agrado que significa realizar giras por Sudamérica. El júbilo se inmortalizó cuando Keenan no aguantó su ansiedad e hizo subir al escenario a un fotógrafo para registrar la emoción del momento.

Concentrados en retomar la marcha, el potente riff de “Seven Days” se encaminó nuevamente hacia un repertorio clásico. El ritmo espeso de la canción se conjugó con la enérgica abertura de “Paranoid Opioid”, retornando a las melodías hipnóticas en la porción final y ofreciendo un quiebre fresco. El altibajo de emociones concluyó de manera sublime con la exquisita aura sicodélica de “13 Angels”, en lo que fue uno de los pasajes más implacables de la jornada.

Demostrado ya el grueso calibre de Corrosion Of Conformity, no quedó más que rectificar su categoría con la pesada pieza “Vote With A Bullet” y la envolvente frecuencia de “Albatross”, todo con el cierre magistral de “Clean My Wounds” luego del encore, otra infaltable de la banda que se extendió en un colaborativo jamming, dándole un cierre redondo a una jornada ejecutada con precisión y consistencia.

Dos elementos estaban claros al evaluar la coyuntura de este show: podríamos escuchar parte del material de “No Cross No Crown”, como es lógico, junto con la nostalgia de revisitar composiciones de la formación que convocaba. Sorpresivamente, la banda se fue en contra de la obviedad, cargando la balanza casi en su totalidad hacia lo clásico, ofreciendo un show que no sólo dejó en claro el valor de su repertorio más conocido, sino también demostró la solidez que tiene la banda en vivo, entregando un catálogo que le concedió un cariño a los fanáticos. Una oportunidad diferente a la anterior, donde los astros que giran alrededor de esta banda volvieron a reunirse en un desplante arrollador que jugó a desempolvar clásicos.

Setlist

  1. Bottom Feeder (El Que Come Abajo)
  2. The Luddite
  3. Broken Man
  4. Señor Limpio
  5. Long Whip/Big America
  6. Wiseblood
  7. Who’s Got The Fire
  8. Seven Days
  9. Paranoid Opioid
  10. 13 Angels
  11. Vote With A Bullet
  12. Wolf Named Crow
  13. Albatross
  14. Clean My Wounds

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