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Opeth: Inalcanzables

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Recién hace ocho años tuvimos la oportunidad de admirar en este territorio un concierto de Opeth, situación que, sin embargo, ha sido más que compensada mediante las tres presentaciones que hasta ayer existían en el historial de Mikael Åkerfeldt y sus compañeros en Chile. Acá, el carácter temerario del grupo encontró un aliado que siempre responde con entusiasmo y devoción, más allá del debate acerca de la dirección en la que se desarrollan las composiciones en la actualidad y su comparación con el método usado en los comienzos; el púbico de este lado del planeta tiene un vínculo robusto con Opeth y, al igual que el arte en cuestión, evoluciona con el tiempo.

Se entiende de inmediato entonces el hecho de que la cuarta visita del conjunto haya mutado hacia una jornada doble, provocada por la alta demanda de entradas, que incluía una antesala llena de expectación y ansiedad frente a la ejecución del material de su disco más reciente, “Sorceress” del año pasado, mientras que por otra parte punzaba aquella incertidumbre de si aparecería alguna sorpresa, como una pieza que no suelan tocar o algo del inicio de su carrera.

La verdad se reveló de manera puntual según lo anunciado: la pista homónima de su último registro abrió la velada y el teatro de calle Manuel Montt, ocupado en su totalidad, estalló en júbilo. Como era de esperarse, cada instrumento -salvo pormenores de más adelante- se oía con claridad y fuerza, sumando así los elementos necesarios para apreciar en detalle las sutilezas que abundan en general en la propuesta de Opeth, pero, sobre todo, así queda claro que el espíritu del metal más pesado y extremo aún vive en ellos, aunque ahora se manifiesta de otra forma. Para continuar con la grandilocuencia, una de las más indicadas como “The Grand Conjuration”, es buen ejemplo de un punto donde se conjuga gran parte de las tendencias que componen el sonido de los suecos, aunque el paradigma perfecto de la fusión de estilos que realiza la banda fue con “Demon Of The Fall”, la más antigua de la noche al pertenecer a “My Arms, Your Hearse” (1998), tercer eslabón de la discografía y una de las más ovacionadas, debido a que nunca formó parte de los repertorios mostrados anteriormente.

La razón que motiva esta gira es la promoción de “Sorceress”, pero Opeth cerró ese aspecto temprano al interpretar “The Wilde Fowers”, que a su vez fue la encargada de mantener el ambiente encendido y lo logró, evidenciando el beneplácito con el que cuentan las canciones nuevas. Aquellos reticentes y escépticos del buen momento creativo por el que pasan los músicos, se quedarían sir argumentos al presenciar cómo todas las épocas de Opeth conviven sin problemas y fluyen con facilidad en sus actuaciones. La melancolía de antaño de “Face Of Melinda” o “Windowpane” sirve de sendero para adentrarse en los parajes intrincados y revitalizados por la inmersión en el rock progresivo clásico que han experimentado los europeos desde “Heritage” del año 2011, desde donde tomaron una muestra característica de la intención de ese trabajo, como lo es “The Devil’s Orchard”.

Durante las cerca de dos horas que estuvo Opeth en el escenario, hubo una interacción potente y bastante divertida entre los asistentes y un carismático Mikael Åkerfeldt, o “Miguelito” para sus simpatizantes latinoamericanos, con quienes no pierde oportunidad de jugar y bromear al respecto. Ya en tierra derecha de la primera de las dos funciones programadas para el retorno de uno de los actos metaleros más innovadores de la historia, llegó la ocasión de oír algo de “Pale Communion” (2014) y “Cusp Of Eternity” fue la elegida por toda su intensidad y dinamismo, que además la sitúan como una de las cúspides de aquella obra.

La retirada en falso que suelen realizar los artistas para provocar la catarsis en la concurrencia, en este caso fue precedida de un par de temas excepcionales: otro debut en estos suelos como “Hex Omega” de “Watershed” (2008), para luego rematar con tal vez una de las más representativas y reconocidas del “sonido Opeth”, como lo es “The Drapery Falls”, componente irremplazable en el catálogo y que exige lo mejor de cada integrante para su óptima ejecución. Consciente de lo especial de esta fecha adicional, Miguelito y sus colegas prepararon un pequeño medley que incluyó a “Harvest” (requerida a gritos constantemente por muchos de los presentes), “Master’s Apprentices” y “The Moor”, dejando todo configurado para rematar -al igual que en todas las incursiones pasadas en nuestro país- con toda la brutalidad, pericia y elegancia de “Deliverance”, algo que es posible interpretar casi como una declaración de principios que grita, sin importarle los cambios y la evolución, que esta siempre será su esencia.

Aprehensiones aparte, anoche quedó clara la vigencia de Opeth y su trascendencia en el contexto del rock y el metal, reputación construida con perseverancia y originalidad que, independiente de la visión que utilicen para mirar y crear su música, goza de la confianza tanto de la crítica como del público, quienes saben con certeza que nunca recibirán algo insípido y que Åkerfeldt junto a sus camaradas son sinónimos cruzar fronteras, esas de vanguardia y excelencia.

Por Hans Oyarzún

Fotos por Pedro Mora

Setlist

  1. Sorceress
  2. The Grand Conjuration
  3. Demon Of The Fall
  4. The Wilde Fowers
  5. Face Of Melinda
  6. Windowpane
  7. The Devil’s Orchard
  8. Cusp Of Eternity
  9. Hex Omega
  10. The Drapery Falls
  11. Encore: Harvest / Master’s Apprentices / The Moor
  12. Deliverance

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Iron Maiden en el Estadio Nacional: La magia de los tres tercios

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Iron Maiden

En la fotografía, pintura, diseño y en las artes audiovisuales, la llamada “regla de los tres tercios” es una forma de composición para ordenar objetos dentro de la imagen para que logren tener encuadres armoniosos, y así utilizar de forma eficiente y placentera el espacio disponible, de acuerdo a este criterio de inclusión. La búsqueda de un equilibrio para registrar de forma adecuada lo encuadrado es difícil, pero es algo que, al andar, queda impregnado en la obra y en la práctica. En el arte narrativo también la estructura de tres actos funciona de manera clásica, aunque al ver la perfección en el armado de “Legacy Of The Beast”, gira que traía a Iron Maiden a hacer su noveno y décimo show en Chile, quizás la referencia a la fotografía es la que hace más sentido desde una perspectiva amplia.

El Estadio Nacional había sido agotado meses antes, también el Movistar Arena, que la noche del lunes recibió la primera descarga eléctrica de la doncella de hierro, pero se sabía que la fecha final de este tour que revisitó el legado de Maiden sería aún más mágica. Aunque The Raven Age hubiera hecho sentir que se estaba frente a un acto de rock-metal alternativo de inicios del milenio, con trazos a Disturbed o Staind, pero con una calidad sonora más de estos tiempos que resultaba en un buen presagio para lo que vendría después. Concentrándose en su último disco, “Conspiracy” (2019), la banda sonó muy correcta y se conectó con la audiencia que estaba repletando el sector más próximo al escenario, lamentablemente de la mitad para atrás del recinto no hubo la misma visión, debido a que las pantallas no mostraron el show, dejando especialmente a la galería aislada de este acto inicial.

Las 64 mil personas que se reunieron en el Estadio Nacional llegaban para una cita con la historia, esa que se construye poco a poco, visita tras visita, haciendo de Chile (como dijo ayer Manuel Cabrales) “la casa de la bestia” y el lugar más adecuado para cerrar la gira como repetidas veces indicaría Bruce Dickinson a lo largo de las casi dos horas de show. A las 21:07 comenzaban a mostrarse en las pantallas imágenes casi calcadas al trailer de “Iron Maiden: Legacy Of The Beast”, el juego que la banda lanzara en 2016, a pocos meses de su visita anterior a Chile. De forma eficaz, el recorrido por la discografía de la banda tuvo lugar en medio de la imaginería de Eddie, la mascota más conocida en el mundo del metal, y en menos de dos minutos la introducción resultaba perfecta, empalmando con “Doctor, Doctor” de UFO, un clásico del inicio de los shows de Maiden, canción que calentó los cuerpos, las gargantas y los brazos, sabiendo lo que venía de inmediato con “Aces High”.

Antes, se daba inicio al primer acto, centrado en la guerra y los estragos que dejó en la sociedad en la que se criaron los integrantes de la banda, en la Inglaterra de los 60, donde los veteranos abundaban y la rareza se palpaba en el aire. Luego de un video breve aparecía un avión por sobre el escenario con el aspa girando y “Aces High” explotaba para deleite del público, que se ponía a saltar y cantar sin cesar, mientras Dickinson consolidaba la idea de ser un frontman perfecto, con la voz aún mejor que en 2016, tras su delicada cirugía para tratar un cáncer en la garganta. Además, corría de un lado a otro del escenario, jugando de forma calculada, pero bien dispuesta con el resto de los integrantes, para luego despachar “Where Eagles Dare” y disparar a los corazones con “2 Minutes To Midnight”, que extrañamente no iba a entregar las primeras bengalas de la noche en el público, pero que sí permitía advertir esas chispas que grandes y chicos compartían en cancha y alrededores.

Algo que sorprendió a muchos al ver el setlist fue la presencia de canciones de discos donde estuvo Blaze Bayley, como “Virtual XI” (1998), álbum del que se desprende “The Clansman”, canción que Bruce hizo como si fuera suya y que movió a la gente en medio de su grata sorpresa directo a las fauces de Eddie, que apareció para luchar contra el frontman y su espada en “The Trooper”. En ese momento la bengala se elevó por el aire y no había dudas de cómo la capacidad de Maiden sigue ahí. Mientras muchos bajan el tempo o el tono de las canciones, Iron Maiden a veces incluso acelera los compases para corresponder a los torbellinos que arman los fans en cancha. Es admirable cómo el sexteto evita demostrar fatiga, y eso no puede sino ser fruto de mucho ensayo, mucha confianza y mucho trabajo en esas canciones que son parte de las vidas de tantas personas. Esos temas forman parte de esas guerras que la gente lleva en su día a día, y por ello se hacía perfecto ver cómo el primer acto del show se centraba en esas dificultades, para luego pasar a un ámbito más religioso o espiritual, tomando la estética de una iglesia para maravillar desde lejos.

Revelations”, “For The Greater Good Of God” o “The Wicker Man” se sucedían para aumentar los aplausos a la labor de la guitarra ágil de Dave Murray, la precisión de Adrian Smith en la suya o la solvencia de la batería de Nicko McBrain, mientras Janick Gers se encarga de los gestos, los movimientos y las acciones que le compiten a Dickinson por el más carismático del escenario, aunque este último con quien se va a acurrucar y le muestra un cariño descomunal es a Steve Harris, el bajista que no sólo es el miembro fundador que queda, sino también tiene su capacidad intacta. Mención aparte para los encargados de sonido de la banda que, como en pocas bandas de metal, eligen dar espacio para cada instrumento, evitando el predominio tan majadero de las guitarras. Las líneas de bajo de Harris, por ejemplo, merecen ser escuchadas y así ocurrió en el show del Nacional, luciéndose en tracks como “Sign Of The Cross”, mientras Dickinson ataviado de una capucha negra se paseaba con una cruz con luces muy potentes. El acto lo cerraba “Flight Of Icarus”, en el que Bruce apareció con un lanzallamas que le permitía jugar con ambas manos tirando flamas, mientras una figura inflable como la del propio Ícaro se elevaba justo antes de otro karaoke colectivo con “Fear Of The Dark”.

La transición al infierno fue más rápida y también la sección más breve con la explosión en “The Number Of The Beast”, con el “six six six” coreado por las 64 mil personas presentes, y por supuesto que en la más punketa de las facetas de la banda en “Iron Maiden”, esa canción que precipitó la aparición de la bestia infernal enorme en el fondo, mirando lo que ocurría con ojos de luces y cuernos de cabra, mientras el público lo daba todo en moshpits, saltos, cantos y más.

En el encore vinieron “The Evil That Men Do” seguida de “Hallowed By Thy Name”, otro de esos tracks donde lo instrumental se notó como parte de esas fortalezas preciosas que tiene Maiden, que lo hacen tener una belleza fotográfica, de obra de arte mixta puesta en un museo de arte contemporáneo, capaz de interactuar con la gente y de congregar masas, como las que pasadas las 23:00 hrs. estaban cantando “Run To The Hills” en el gran cierre de una jornada realmente histórica, tanto por la capacidad de disponer de la historia grande de Iron Maiden en poco menos de dos horas, como por esa consolidación permanente con este país que es su casa.

Como dijo al rato después del show el periodista y guitarrista Héctor Muñoz: “Una banda que te manda para la casa diciéndote ‘Always Look On The Bright Side Of Life’ en la voz de Eric Idle tiene las cosas claras”, y es que, viendo la foto completa, Iron Maiden tiene todo tan claro y a estas alturas es un proyecto tan transversal, que ya no es patrimonio sólo del metal, sino que de la música en vivo en general, y qué bueno que el encuadre sea así de armonioso y perfecto.

Setlist

  1. Aces High
  2. Where Eagles Dare
  3. 2 Minutes To Midnight
  4. The Clansman
  5. The Trooper
  6. Revelations
  7. For The Greater Good Of God
  8. The Wicker Man
  9. Sign of the Cross
  10. Flight Of Icarus
  11. Fear Of The Dark
  12. The Number Of The Beast
  13. Iron Maiden
  14. The Evil That Men Do
  15. Hallowed Be Thy Name
  16. Run To The Hills

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