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Obituary: Volviendo al origen

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Un montón de personas fumando y bebiendo cerveza en una plaza, todos de negro luciendo una polera de alguna banda metalera, de esas que son tan queridas en nuestro país. Al mismo tiempo, la banda nacional Gangrena, uno de los tantos invitados en el show de Obituary, suena desde el interior del teatro. Todo lo anterior refleja el ambiente previo al show que los legendarios Obituary ofrecieron la noche del sábado en nuestro país, trayendo la gira de promoción de su álbum homónimo lanzado este año. Desde muy temprano, el Teatro Ex Mundo Mágico comenzó a llenarse de fanáticos, quienes entusiastamente deseaban disfrutar de las presentaciones de Metal Command, Cerberus, Gangrena y Torturer, los créditos nacionales que amenizaron la jornada antes del plato principal.

En general, todo se desarrolló con una puntualidad destacable, cumpliendo a cabalidad con el horario programado. Considerando lo anterior, Obituary salió a escena a las 22:00 horas, tal como se había dispuesto previamente. El público, que repletó el recinto, celebró de inmediato la presencia de los oriundos de Tampa, Florida, quienes iniciaron la presentación con “Redneck Stomp”, composición instrumental que ayudó a preparar el ambiente para el vocalista John Tardy, quien, bajo una enorme ovación, ingresó al compás de “Sentence Day”, dando por iniciado el caos en que se desarrollaría el show. Todos los elementos propios de un concierto de metal estuvieron presentes: mucho headbanging, fanáticos ebrios, cervezas volando y ese ambiente entre hostilidad y hermandad, características esenciales de todo moshpit.

La historia de Obituary tiene para sacar repertorio de una abultada discografía, no obstante, la banda optó por centrarse en su último trabajo, “Obituary” (2017), además de algunos esbozos de su segundo LP, “Cause Of Death”, lanzado en 1990. Aun contando con una historia tan amplia, la banda prefiere centrarse en su presente y mantener su camino al futuro, y así lo demostró parte del nuevo material, como “A Lesson In Vengeance” o “Straight To Hell”, muy bien recibidas por sus fanáticos. Lamentablemente, la acústica del local no ayudó mucho en términos sonoros, generando por varios momentos una masa casi indescifrable; la voz de Tardy se perdió en más de una ocasión y el bajo de Terry Butler muchas veces era absorbido por la estridencia de las guitarras, algo que poco importó en los apasionados fanáticos que vibraron con cada canción.

Más allá de los golpes, las cervezas aéreas y la constante hostilidad entre algunos asistentes, el show fue disfrutado por todos quienes deseaban ver a Obituary en nuestro país, reiterando el compromiso de la fanaticada chilena con el metal, ya que no cabe dudas de que este estilo es el que manda dentro de la cartelera local. Así sin más, “Slowly We Riot” puso el punto final a una presentación que se pasó volando, pero que se vio reforzada con la buena calidad mostrada por las bandas invitadas que tocaron previamente, exponiendo la tarde completa como una jornada dedicada a las guitarras y el buen metal.

Es curiosa la elección de un recinto así para una banda que goza de una popularidad suficiente para llenar otro reducto capitalino, sintiendo la jornada como un regreso a los orígenes, tocando en un oscuro rincón, con una precaria amplificación y ante un público que sólo quería pasarlo bien, omitiendo cualquier problema técnico surgido durante la presentación. Bajo ese contexto, Obituary y su entrega en el escenario cumplieron, pero en otro caso la historia habría sido diferente, ni su popularidad los hubiese salvado.

Setlist

  1. Redneck Stomp
  2. Sentence Day
  3. Visions In My Head
  4. A Lesson In Vengeance
  5. Chopped In Half
  6. Turned Inside Out
  7. Find The Arise
  8. Straight To Hell
  9. Turned To Stone
  10. Dying
  11. Brave
  12. No
  13. ‘Til Death
  14. Don’t Care
  15. Slowly We Riot

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Gustavo Santaolalla: El arte de la trayectoria

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Gustavo Santaolalla

La física define a la “trayectoria” como el recorrido que describe un objeto que se desplaza por el espacio. Este término en el ámbito musical se usa indiscriminadamente para hablar de carreras en múltiples estados; ya sea que exista o no un recorrido presente, se habla de las trayectorias para definir a los más grandes, pero pocos emulan a la física y hacen que este desplazamiento continúe. Una cosa es el movimiento hecho, pero otra el que se sigue haciendo, y por prácticamente 50 años, si hay un artista latinoamericano que no ha detenido sus rumbos –y, por tanto, su camino– ese es Gustavo Santaolalla.

Desde el rock profundamente argentino que profesaba en Arco Iris hasta su actualidad, donde se mezclan soundtracks y producciones para artistas desde Café Tacvba hasta Eric Clapton, Santaolalla ha hecho un andar profuso y lleno de canciones, propias y ajenas. Sin embargo, como dijo antes de su primera visita como Gustavo Santaolalla a nuestro país (antes había estado varias veces con Bajofondo), recién a los 66 años lanzó su carrera como solista, la que tiene discos y canciones a su haber, pero que jamás había configurado para girar o mostrarse, quizás en el último acto de humildad que tiene un tipo que gusta del proceso, del camino, ese que invitó a desandar en un Teatro Nescafé de las Artes casi repleto en la fresca noche del 12 de septiembre.

Justo antes de iniciar el show, a eso de las 21:20 horas, el teatro comenzó a aplaudir sin que se hubiera levantado aún el telón: la presencia de Jorge González, quien trabajara con Santaolalla en “Corazones” y su álbum homónimo, generaba vítores raros para un país que no reconoce a sus ídolos en vida, y era un pequeño aperitivo de la energía y sensaciones que inundarían el espacio por casi tres horas.

Todo iniciaba con “Inti Raymi”, y la Santabanda –como se hacen llamar los músicos de Santaolalla– mostraba la variedad de timbres que aparecerían en el show. Con la ovación del teatro, Gustavo aparecía para instalarse y comenzar con el primer set, rico en canciones de Arco Iris, esa banda que armó cuando empezaba a relacionarse con la música, con canciones como “Abre Tu Mente” o “Camino”, las que en el formato de esta gira obtienen matices y colores únicos, alejándose de la falsa psicodelia que se le legó a una banda como Arco Iris, que simplemente incluyó el folklore en el rock en tiempos de apretones mentales y revoluciones hippies. Ahora estas composiciones son atemporales y su construcción sólo alcanza tintes clásicos con los arreglos de este espectáculo, donde es la canción la que manda. Quizás eso hace de Santaolalla un compositor cautivante: deja que la canción mande, y él y los suyos sólo son puntos que arman la trayectoria de estos temas.

Así, a diferencia de otros shows en este formato, se coló un par de temas de su trabajo solista en esta primera parte, “Un Poquito De Tu Amor” y “Compañeros del Sendero”, dos sorpresas de varias que vendrían. Luego volvería a Arco Iris con canciones como la conocida “Zamba”, “Quiero Llegar” o la “Canción De Cuna Para El Niño Astronauta”, tras la cual vendría el recuerdo a la gran Mercedes Sosa y al amigo de mil batallas de Gustavo, León Gieco, para cerrar esa primera parte con el “Río De Las Penas” Intensa forma de dejar esperando a una audiencia que ya veía que el concierto iba para largo, y que sería incluso más extenso que las fechas anteriores hechas por Santaolalla y la Santabanda, sólida en todo momento, con Barbarita Palacios, Javier Casalla, Nicolás Rainone, Andrés Beeuwsaert y Pablo González haciendo gala de su carácter de multiinstrumentistas para dominar cada faceta que las canciones ponen en frente.

Al volver –­casi de improviso– Santaolalla irrumpe con “No Existe Fuerza en el Mundo”, que interpretara Gieco, mostrando lo importante de esa alianza para Gustavo. Luego de esto aparecería el trabajo completamente solista, con tracks como “A Solas” o “Todo Vale” para dar paso a otra corriente más atmosférica de la labor de este artista, que son los soundtracks, eligiendo “De Ushuaia A La Quiaca” de “Diarios de Motocicleta”, el main theme de la banda sonora del videojuego “The Last Of Us”, y un medley de “Brokeback Mountain”, mostrando la diversidad de espíritus, donde destaca el uso del charango y su timbre tan característico, entregando solemnidad y recogimiento, tal como el que se sintió en el homenaje hecho a Jorge González. Luego de mencionarlo para dar con una ovación gigante nuevamente, Santaolalla habla de los lazos que lo unen con González y dice que habrá un disco en honor a él, y que contará con una interpretación de “Por Amarte”, del “Corazones” (1991), ese disco que juntó por primera vez a dos de los artistas más importantes del continente. La versión fue sentida, contenida, una preciosa reversión donde Santaolalla ahondó en el sufrimiento del hablante. Si como compositor es clave, como intérprete se subvalora la intensidad que alcanza y que parece trascendental, más allá de lo obvio.

Debe ser, sino la experiencia, la trayectoria, esos caminos que se cruzan para corear “Mañana Campestre” o sentir “Pena En Mi Corazón”. Bajofondo y Arco Iris. Dos caras de un mismo creador, una apelando a las oscuridades y sus brillos, y otra a la belleza de la luz, tanto interna como externa, lo que trasunta en la belleza tierna de “Vecinos” y en la fuerza de “Ando Rodando”, que luego sólo crecería con la interpretación, a pura garganta y caja, en honor a la tradición de la vidala, para terminar con “Sudamérica” de Arco Iris y “Pa’ Bailar” de Bajofondo, ya con todo el mundo de pie, disfrutando de uno de esos artistas que no se cansan de deambular y hacer que su punto en la inmensidad del cosmos nunca deje de andar. Treinta canciones en casi tres horas, incluyendo el intermedio de quince minutos, emociones por montones y un sonido cálido que permitía a la voz de Santaolalla sobresalir. Pocas veces un espectáculo es capaz de capturar todas las facetas de un artista, en especial uno de tan amplio espectro, y ese fue el lujo que entregó Gustavo Santaolalla en el inicio de una gira solista que no es más que la demostración del más fino arte de la trayectoria.

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