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Nightwish: Hojeando épicos capítulos

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El acto de compilar es clave. La vida es lo suficientemente extensa como para que su recapitulación no caiga en lo mimético, haciendo que el tiempo sea escaso y mal aprovechado. Poder condensar lo mejor y más destacado hace que todo se disfrute más, y eso ocurre al observar los ya clásicos discos de “grandes éxitos”, que son una excusa muy buena para ponderar el valor de una propuesta musical, tal como Nightwish lo hace con “Decades” (2018), disco recopilatorio que pasea por su historia, esa que también presentó ante un Teatro Caupolicán lleno, en su quinta visita a nuestro país.

Antes, todo inició con más que puntualidad con los holandeses Delain. Tal como habían hecho en Argentina, en nueve canciones y poco más de media hora, el carisma de Charlotte Wessels y la prestancia ágil de la banda se ganaron a la gente de inmediato. Recordando más a una Hayley Williams que a una Tarja, Wessels tiene una voz muy fresca para el metal sinfónico, lo que también los dota de un semblante más juvenil y dúctil, haciendo que la gente se sumara a cada momento. “Don’t Let Go” y “We Are The Others” terminaron un set preciso, que dejó al público con ganas de más y con la promesa de Delain de volver en 2019.

Pero el plato de fondo venía poco después. Antes de las 21:00 horas pactadas, cuatro minutos antes, comenzó un video que indicaba que la banda prefería que la gente disfrutara el show a través de sus ojos y no de las pantallas de un smartphone, algo que aplaudieron muchas personas, y que tuvo un efecto positivo al no ver lleno de luces el sector de cancha, lo que permitió observar mucho mejor los saltos de cada asistente, en una noche que sería alta en energía y en devoción, con una banda que sacaría lo mejor de lo mejor para, por primera vez, hacer una retrospectiva de su historia ante su público.

Tras una intro del multiinstrumentista Troy Donockley, vino la primera sorpresa: en vez de “End Of All Hope” –que inició cada show de la gira– irrumpió “Dark Chest Of Wonders”, haciendo que “Once” (2004) fuera el disco con más apariciones en el setlist. Tras la sorpresa, vino la seguridad con un track que siempre deja la vida en la cancha, como es “Wish I Had An Angel”, uno de esos que exige gargantas y que disponía el camino de forma sólida para lo que vendría más adelante. El tecladista Tuomas Holopainen y el adorable guitarrista Emppu Vuorinen, miembros fundadores de Nightwish, eran los más felices con las reacciones del público. El Caupolicán, como acostumbra, sonaba de forma precisa, permitiendo escuchar todas las capas de sonido y, por cierto, la voz de Floor Jansen, que tiene un magnetismo particular, ese que permitió erradicar los sueños anhelantes de una Tarja que se fue en 2005 y que recién en 2013 tuvo una reemplazante en esa extraña liga del liderazgo del escenario mediante la presencia y la voz en Floor.

Canciones como “Gethsemane” o “Élan” no sólo eran coreadas por la gente, sino que mostraban el rango vocal de Jansen, ese que se complementa de maravilla con todas las fases de las canciones de Nightwish, desde el riff más afilado de guitarra, hasta los pasajes más tradicionales con la gaita irlandesa de Troy. Además, Nightwish tiene mucho de pop, entonces la versatilidad de la voz de Floor (siendo capaz de sonar pop o metal a voluntad) es un instrumento clave que brilla en momentos más emotivos, como “Dead Boy’s Poem” o en la gigantesca “Elvenpath”, aunque claramente nada de esto sería tan épico sin las reacciones de un público que valoraba ser llevado de la mano por los confines de una carrera brillante dentro del metal sinfónico, como ha ocurrido con la banda iniciada en Finlandia.

I Want My Tears Back” y “Nemo” fueron las canciones más coreadas, en tanto que “The Carpenter” y “The Kinslayer” fueron deliciosos bocados de historia para aquellos fans del material más antiguo, porque también eso es lo bueno de compilar: permite tener probablemente algo para cada gusto y así hacer del show algo adecuado para todas y todos. No se trata de mostrar algo novedoso, sino que de resignificar las canciones de más de dos décadas de historia a lo largo de dos horas, algo que puede ser más complicado porque implica no repetirse, sino que hacer que algo más “viejo” se vuelva fresco, lo que es muy bien logrado por Nightwish cuando se ve cómo cambia “Slaying The Dreamer” y cómo se complementa con la posterior rendición de los primeros tres capítulos del opus “The Greatest Show On Earth”, o con el gran final con “Ghost Love Score” pasadas las 11 de la noche.

Realmente, la combinación de grandes éxitos con rarezas muy apreciadas por los fans funcionó de maravilla, y tuvo su crescendo perfecto para llegar al clímax máximo en la entonación vocal de Jansen en el final de “Ghost Love Score”, algo que muestra lo pensado y configurado que es todo, tal como parecen las visuales, preciosas, que al abrir y cerrar muestran una especie de puerta a una bóveda, muy a la usanza de los videojuegos y su storytelling, lo que permite ver que lo de Nightwish, más allá de un setlist y las canciones, pareciera ser una convergencia de capítulos de un juego, donde en vez de superar etapas, toca revivirlas, y así lo sintió un público que vio en un escenario las canciones de su adolescencia, adultez, momentos fáciles o difíciles de forma comunal y descomunal, en una nueva muestra del tamaño de la devoción y profesionalismo de una banda que por décadas acompaña y acompañará a sus generaciones de fanáticos, y en honor a ellos es que consigue armar jornadas épicas, como la de un martes 2 de octubre en Santiago.

Setlist

  1. Dark Chest Of Wonders
  2. Wish I Had An Angel
  3. 10th Man Down
  4. Come Cover Me
  5. Gethsemane
  6. Élan
  7. Sacrament Of Wilderness
  8. Deep Silent Complete
  9. Dead Boy’s Poem
  10. Elvenjig (traditional cover)
  11. Elvenpath
  12. I Want My Tears Back
  13. Amaranth
  14. The Carpenter
  15. The Kinslayer
  16. Devil & the Deep Dark Ocean
  17. Nemo
  18. Slaying The Dreamer
  19. The Greatest Show On Earth (Chapter I: Four Point Six; Chapter II: Life; Chapter III: The Toolmaker)
  20. Ghost Love Score

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Bush + Stone Temple Pilots: Las fuerzas de la historia

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Cuando nos enfrentamos a una noche donde hay dos bandas relevantes, cuyo apogeo parece estar instalado hace décadas, la gran pregunta es por qué se siguen moviendo estos proyectos más allá de la nostalgia qué puede motivar a las bandas a continuar. Dos vertientes muy diferentes, pero a la vez complementarias, es lo que se pudo ver en la noche del 21 de febrero en un Teatro Caupolicán repleto que vivió una noche de rock tradicional, hits indelebles y también diferentes maneras de ver cómo evolucionar.

Antes, con puntualidad extrema (como ocurrió toda la jornada) se paró en el escenario la banda Randy Watson, que pese a que no tiene tanto ruedo discográfico y se presenta como una “nueva” agrupación, destila experiencia y potencia en el escenario. En 20 minutos lograron una reacción inmediata de la gente que ya a esa hora ocupaba más de la mitad del recinto de calle San Diego. Su rock es potente, recuerda al estilo alternativo de los 90’s pero también tiene quiebres más contemporáneos. Si estos son los primeros pasos del retorno de esta banda (que por los inicios de la década sacó su primer material), habrá que esperar qué viene, y si en estudio pueden replicar esa energía contagiosa que ya muestran.

Otra banda nacional recibida de gran forma por el público fue Temple Agents, que siempre en estas ocasiones de abrir para bandas muy reconocidas sale jugando con maestría, pese a que los problemas de sonido con el micrófono de Ale Solar pudieran haber quitado un poco de atención en las canciones. Su potencia es innegable, aunque resulta extraño que, pese a grandes ocasiones y grandes presentaciones, todavía aparente ser tan lejano este nombre. Quizás a Temple Agents le pesa cantar en inglés, pero al mismo tiempo es parte de esas gracias que les hacen tener un look y presentación de nivel internacional, y ello merezca más reconocimiento, en especial por su capacidad en el escenario.

Bush: Hacia adelante, sin miedo

En una entrevista con nuestro medio (que pronto publicaremos), Gavin Rossdale dice que es un “músico trabajador”, reconociéndose como parte de una clase, más allá de talentos o de méritos. Lo que le llena el alma es hacer música y mostrarla, sea a través de Bush o de otros artistas, y es esa apertura la que queda de manifiesto desde las 21:23 hrs. en adelante, en un set que pese a descansar mucho en “Sixteen Stone” (1994), su primer álbum, al mismo tiempo es capaz de mostrar cómo la banda continúa hacia adelante, sin temores.

El pilar de lo que hace la banda es Gavin, sin duda. El tipo se mueve con la prestancia y atractivo en escena que desearía tener Adam Levine y la voz que muchos de la mitad de su edad quisieran mantener. Desde temas más antiguos como “Machinehead” hasta la más nueva del set, “This Is War”, Rossdale entrega movimiento, intensidad y alegría a cada uno de sus movimientos. La banda que lo acompaña, además, es impecable, y suena perfecta desde el primer momento. Eso es algo que no cambiará a lo largo de la jornada, mientras Gavin habla en su español sorprendentemente fluido con un público que, quizás pudo haber llegado en su mayoría a ver a Stone Temple Pilots, pero que se entregó a la experiencia de Bush.

Esta segunda etapa de Bush, que apretó el botón de reinicio en 2010, lleva casi lo mismo que esa que comprendió de 1992 a 2002, y quizás no ha entregado singles memorables, pero ha permitido consolidar a una agrupación demasiado empantanada por el sonido de los tiempos, y darle sus propios matices y, más importante, sanearla de nostalgias sonoras. Una cosa es cantar “Greedy Fly” o “Everything Zen” 20 años después, y otra muy diferente es hacerlo copiando y pegando entre un tiempo y el otro. Es ese error el que Bush evita a toda costa, sin traicionar el momentum propio de las composiciones, y ahí es donde se le puede creer a Gavin: el respeto a la canción es digno de un obrero de la música, y esa devoción a la obra es algo que corre con fuerza en cada etapa de ese viaje.

Entremedio, como en cada periplo, hay baches, y en este caso tuvo que ver con un conato que Gavin tuvo con un asistente en platea baja, quien al parecer tenía un ánimo violento, y que Rossdale intentó calmar, encontrándose con un muro de condescendencia por parte de este miembro del público. Ya nos decía Gavin en la mañana del concierto que intenta no pescar lo que dicen los haters, pero que cara a cara la situación era otra, y así fue. El muchacho se fue, golpeando a su paso a gente del público, un episodio ridículo donde se confunde la “actitud rockera” con la lisa y llana estupidez. Algo irónico luego de tocar un tema llamado “Everything Zen” para dar paso a otro llamado “Let Yourself Go”. Literalmente, Gavin invitó a ese furioso “fan” a dejarse ir.

Tras “Swallowed” y un coro rotundo del público, Gavin se fue a la mitad de “Little Things” bajando a la barricada que separa la cancha del escenario, y luego salió de la vista de la gente para volver en la galería del Caupolicán y transitar por todo el ancho de las plateas cantando y sacándose selfies al paso con algunos, y siendo tocado por otros muchos. Una locura que más tarde sería copiada pero no igualada. Era la invitación a estar todos juntos, como decían Los Jaivas, y también The Beatles en “Come Together”, corte de “Abbey Road” que Bush cubrió antes de rematar con “Glycerine”, donde Gavin a pura guitarra primero hizo cantar a la gente, y rematando con “Comedown”, directo en el corazón de la nostalgia. En vez de apelar a sonar al pasado, Bush suena a presente, y así proyecta su futuro, con una energía envidiable, que por 80 minutos llevó a un teatro repleto a vivir todos los tiempos, mirando hacia adelante, sin auto plagios ni mentiras, derivando en un gran show.

Stone Temple Pilots: Completando el círculo 

Quienes no buscaban sorprender ni mostrar vigencia fueron Stone Temple Pilots, que pese a ser el plato fuerte de la noche, cayó un poco en el ejercicio de ser opacados por Bush y su excelente presentación, algo similar a lo ocurrido con The Hives eclipsando a Arctic Monkeys en su recordada visita de 2014. Puntual como todo lo que se vivió en la noche, Stone Temple Pilots entró a escena sin mayores presentaciones, abocándose directo a la música con “Wicked Garden” y “Crackerman”, canciones que de inmediato encendieron los ánimos de un público que iba decidido a pasarlo bien, sin importar que la encarnación de la banda arriba del escenario no sea la misma que los hizo famosos. Eso, en el papel, ya que desde el look a los movimientos de Jeff Gutt emularon durante toda la noche a Scott Weiland, algo que podría ser bueno o malo dependiendo el punto de vista que se mire, pero que, a la larga, sirvió como un buen efecto placebo para no caer en cuenta de que la voz que retumbaba en cada rincón del teatro no era la misma que instaló estas composiciones en la memoria colectiva.

A fin de cuentas, lo que STP hace en el escenario es una continuación natural de la carrera de la banda, como si se tratara de empujar un legado estrictamente musical en vez de reposar en la figura de su fallecido frontman. Lo anterior, es una ventaja para el conjunto, ya que se omiten clichés casi obligatorios de las bandas reformadas como el recuerdo a los que ya no están, dedicar alguna composición emotiva a un ex compañero, o el típico “esta noche es para *inserte nombre de fallecido*”, lo cual seguramente era lo que muchos esperaban durante la noche, pero lo más cercano de eso fue la presencia de Jeff Gutt como una especie de cuerpo poseído por el espíritu rebelde y lleno de actitud que tenía Scott Weiland en sus mejores años. Por supuesto, no hay necesidad de quitarle mérito al vocalista, ya que su interpretación es lo que más refuerza una banda que siempre ha sonado perfectamente arrolladora, y eso lo demostró a la hora de despachar clásicos del catálogo del cuarteto como “Bing Bang Baby” o “Plush”, cuya interpretación semi a capella en la primera parte generó uno de los momentos más lindos de la velada.

Y si la noche estaba dispuesta para la nostalgia, las canciones del nuevo álbum homónimo de la banda debieron pasar a segundo plano, con las igualmente tremendas “Meadow” y “Roll Me Under” como las únicas presentes dentro del set. Aquí es donde fue posible notar la gran calidad vocal de Gutt y su entrega hacia el espectáculo, recorriendo toda la cancha del Caupolicán mientras recibía el cariño y los flashes de la gente a medida que los hermanos DeLeo junto a Eric Kretz echaban abajo el escenario con su implacable forma de tocar rock. Si bien Gutt es quién conduce la fiesta, se nota de manera indirecta que es Robert DeLeo junto a su hermano Dean quienes lucharon contra la corriente para sacar la banda adelante en tiempos tan adversos como los que han vivido. “Interstate Love Song”, una de las favoritas de la gente, permitió que los hermanos notaran lo que querían: el público no los olvida y sus canciones siguen sonando tan fuerte como antes.

El show avanzaba hacia el final y llegaban las canciones “Dead And Bloated” y “Trippin’ On A Hole In A Paper Heart” para dar el punto final, cerrando así un círculo que se completaba con la banda volviendo a sus orígenes, ya que, como se notó en varias ocasiones, la figura de Jeff Gutt emuló a un Weiland en sus mejores años, casi como volver en el tiempo a los días en que STP era una de las bandas más comentadas dentro de la escena del grunge y el rock alternativo de los años noventa. “Sex Type Thing” fue la que finiquitó definitivamente un nuevo paso del conjunto por nuestras tierras, el tercero, pero a la vez el primero con esta nueva encarnación que pasó la prueba de cumplir con las expectativas y exigencias que requiere un catálogo tan nutrido y poderoso como el de los oriundos de San Diego, California.

Solo el tiempo dirá si esta alineación puede seguir adelante con éxito, pero al menos con lo demostrado anoche se puede entrever que así será. Tanto Bush como STP tuvieron la tarea de sacar adelante un legado que para el mainstream podría haberse quedado estancado en el tiempo, pero demostraron vigencia y sobre todo respeto por una carrera que dio muchos frutos y que sigue estando latente dentro del corazón de sus seguidores. Puede que ambos sean actos de nostalgia, pero cuando esa nostalgia se expresa tan bien como en sus mejores años, no se siente como tal. Aquí no hubo auto parodias ni músicos en caída libre en cuanto a interpretación o entrega en escena, sino que más bien las energías propias de este segundo aire que las dos agrupaciones tuvieron. Los años podrán seguir pasando, pero el talento, la entrega y el deseo de seguir tocando impecablemente quedará siempre, sin tener que contar con manchas oscuras dentro de tan preciado legado musical.

Setlist Bush

  1. Machinehead
  2. The Sound Of Winter
  3. This Is War
  4. The People That We Love
  5. Greedy Fly
  6. Everything Zen
  7. Let Yourself Go
  8. Swallowed
  9. Little Things
  10. Come Together (original de The Beatles)
  11. Glycerine
  12. Comedown

Setlist Stone Temple Pilots

  1. Wicked Garden
  2. Crackerman
  3. Vasoline
  4. Silvergun Superman
  5. Big Bang Baby
  6. Big Empty
  7. Creep
  8. Plush
  9. Meadow
  10. Interstate Love Song
  11. Roll Me Under
  12. Dead And Bloated
  13. Trippin’ On A Hole In A Paper Heart
  14. Sex Type Thing

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