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Nick Cave & The Bad Seeds: Pasión, muerte y resurrección

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Frenético. Enardecido. Jubiloso. Verdaderamente apoteósico. Probablemente podríamos pasar un texto completo alabando y destacando el espectáculo que el músico australiano Nick Cave brindó la noche de este viernes en la capital, concretando un esperado regreso luego de casi 22 años de su única visita al país. Y es que la figura sacerdotal y de carácter mesiánico que inspira el músico de 61 años será tema obligado durante mucho tiempo, gracias a su impactante carisma e intensa puesta en escena que deleitó a su fanaticada durante dos horas y quince minutos de una ceremonia que tuvo de todo, literalmente de todo. Porque de manera impredecible, el australiano hizo lo que quiso en un escenario que dominó por completo en cada minuto, haciendo propio un proscenio por el que han pasado cientos de artistas, pero ninguno con la elegancia, prestancia, calidad y desplante que Nick Cave tiene de sobra, derrochándolo sin importar cuantas veces.

Desde el primer minuto con “Jesus Alone” la intensidad del show comenzó a gestarse lenta y peligrosamente, con la figura de Cave deslizándose por cada rincón del escenario, apoyado principalmente por una pasarela que lo puso al lado de su público, ese que tanto le gusta sentir. Es por aquello que cada canción se fue desarrollando como un mundo propio dentro de todo un sistema organizado que representó el show como tal, con un relato que se estructuró mediante capítulos independientes que iban contando una historia.

“Can you feel my heart beat?”, cantaba en “Higgs Boson Blues” mientras posaba la mano de sus fanáticos en su pecho, algo que se repetiría constantemente durante la noche, donde el contacto entre los asistentes y el artista fue recurrente en diferentes partes del set. Desde la caótica instrumentalización de “From Her To Eternity” hasta las efusivas alteraciones que sufría “Red Right Hand”, se vio en todo momento el increíble trabajo instrumental que realizan los Bad Seeds, comandados por el grandioso violinista Warren Ellis, quien iba marcando la pauta y guiando al resto en la interpretación.

El karaoke masivo con “Into My Arms” puso la cuota de emotividad, con un Caupolicán absolutamente rendido a los pies de Cave y la banda, seguida de “Shoot Me Down” y “Girl In Amber”, conducida por un piano cuyo sonido inundó cada rincón. A estas alturas, ya no había mucho más que demostrar, o bien, eso se creía, porque de una manera que no tiene explicación humana, Nick Cave siguió dándolo todo en cada canción que interpretaba, sin importar la cantidad de emociones y sentimientos que requirieran para transmitir una visceralidad que traspasó a cada uno de los que disfrutaba el concierto, haciendo que “Tupelo” –otro de los puntos altos en el set– interrumpiera como un verdadero huracán, al punto de subir a dos fanáticas a bailar al escenario mientras Cave hacia lo suyo moviéndose por todos lados, y volviendo a interactuar con el público de una manera mesiánica y gloriosa, transmitiéndose la energía necesaria para expulsar todas las emociones del momento, como un exorcismo de proporciones bíblicas.

Sin duda que un momento aparte fue la interpretación de “Stagger Lee”, donde el músico subió al público al escenario para que bailaran, saltaran, cantaran o simplemente hicieran lo que se les diera la gana. Cave ya era el dueño de la noche y se paseaba por entre las sillas del teatro como si fuera el living de su casa, caminando entre la gente cual Jesús en el Vía Crucis para ir cerrando la ceremonia. Hay una letra que dice: “And some people say it’s just rock and roll, Oh but it gets you right down to your soul”, y eso es precisamente lo ocurrido en el último momento con “Push The Sky Away”, canción de donde se extrae esa cita y que fue la solemnidad e intimidad necesaria para ir dando por terminada esta misa del Pastor Cave, quien ya había cumplido su misión de sanar las almas de sus seguidores mediante las celestiales melodías de su música.

Por supuesto que la misa debía continuar, y un estrepitoso aplauso de pie por parte de todo el recinto recibió a la banda para tres canciones más, escogiendo para aquello dos cortes del álbum “Tender Prey” (1988), quinto trabajo de su discografía, con “The Mercy Seat” y “City Of Refuge”, para finalizar luego con la melancólica y desoladora “Rings Of Saturn”, punto final para una historia que se escribió en tres partes distintas, viviendo en carne propia la pasión, muerte y resurrección de una figura de culto, quien de manera mesiánica llegó hasta nosotros para transmitirnos experiencias fuera de este mundo, lejos de lo que se pueda describir racionalmente.

Mucho se dijo previo al show de que este era uno de los mejores espectáculos en la actualidad, y vaya que hizo justicia, porque Nick Cave & The Bad Seeds fácilmente entregaron el concierto más intenso, completo y cercano que se ha visto en nuestro país por parte de un artista de esta magnitud, con un desplante escénico y sentido del espectáculo que sobrecogió a cada uno de los feligreses presentes en el Teatro Caupolicán. Con la obviedad de que muchas canciones podían quedar afuera (principalmente por la extensa trayectoria del músico), la experiencia completa fue mucho más de lo que se podía esperar para un artista que vive su mejor momento, que está en ese punto de inflexión que lo transforma en una leyenda para las generaciones futuras. “Thank you, Santiago, until next time”, vociferó Cave al despedirse, dejándonos desde ya contando los días para volver a gozar de la bendición de este mesías, quien curó nuestros males y salvó nuestras almas en una ceremonia donde lo único que necesitamos hacer fue entregarnos por completo y parar de sufrir; del resto, se encargó nuestro salvador.

Setlist

  1. Jesus Alone
  2. Magneto
  3. Higgs Boson Blues
  4. From Her To Eternity
  5. Do You Love Me?
  6. Loverman
  7. Red Right Hand
  8. The Ship Song
  9. Into My Arms
  10. Shoot Me Down
  11. Girl In Amber
  12. Tupelo
  13. Jubilee Street
  14. The Weeping Song
  15. Stagger Lee
  16. Push the Sky Away
  17. The Mercy Seat
  18. City Of Refuge
  19. Rings Of Saturn

Fotos por Jaime Valenzuela para DG Medios

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Iron Maiden en el Estadio Nacional: La magia de los tres tercios

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Iron Maiden

En la fotografía, pintura, diseño y en las artes audiovisuales, la llamada “regla de los tres tercios” es una forma de composición para ordenar objetos dentro de la imagen para que logren tener encuadres armoniosos, y así utilizar de forma eficiente y placentera el espacio disponible, de acuerdo a este criterio de inclusión. La búsqueda de un equilibrio para registrar de forma adecuada lo encuadrado es difícil, pero es algo que, al andar, queda impregnado en la obra y en la práctica. En el arte narrativo también la estructura de tres actos funciona de manera clásica, aunque al ver la perfección en el armado de “Legacy Of The Beast”, gira que traía a Iron Maiden a hacer su noveno y décimo show en Chile, quizás la referencia a la fotografía es la que hace más sentido desde una perspectiva amplia.

El Estadio Nacional había sido agotado meses antes, también el Movistar Arena, que la noche del lunes recibió la primera descarga eléctrica de la doncella de hierro, pero se sabía que la fecha final de este tour que revisitó el legado de Maiden sería aún más mágica. Aunque The Raven Age hubiera hecho sentir que se estaba frente a un acto de rock-metal alternativo de inicios del milenio, con trazos a Disturbed o Staind, pero con una calidad sonora más de estos tiempos que resultaba en un buen presagio para lo que vendría después. Concentrándose en su último disco, “Conspiracy” (2019), la banda sonó muy correcta y se conectó con la audiencia que estaba repletando el sector más próximo al escenario, lamentablemente de la mitad para atrás del recinto no hubo la misma visión, debido a que las pantallas no mostraron el show, dejando especialmente a la galería aislada de este acto inicial.

Las 64 mil personas que se reunieron en el Estadio Nacional llegaban para una cita con la historia, esa que se construye poco a poco, visita tras visita, haciendo de Chile (como dijo ayer Manuel Cabrales) “la casa de la bestia” y el lugar más adecuado para cerrar la gira como repetidas veces indicaría Bruce Dickinson a lo largo de las casi dos horas de show. A las 21:07 comenzaban a mostrarse en las pantallas imágenes casi calcadas al trailer de “Iron Maiden: Legacy Of The Beast”, el juego que la banda lanzara en 2016, a pocos meses de su visita anterior a Chile. De forma eficaz, el recorrido por la discografía de la banda tuvo lugar en medio de la imaginería de Eddie, la mascota más conocida en el mundo del metal, y en menos de dos minutos la introducción resultaba perfecta, empalmando con “Doctor, Doctor” de UFO, un clásico del inicio de los shows de Maiden, canción que calentó los cuerpos, las gargantas y los brazos, sabiendo lo que venía de inmediato con “Aces High”.

Antes, se daba inicio al primer acto, centrado en la guerra y los estragos que dejó en la sociedad en la que se criaron los integrantes de la banda, en la Inglaterra de los 60, donde los veteranos abundaban y la rareza se palpaba en el aire. Luego de un video breve aparecía un avión por sobre el escenario con el aspa girando y “Aces High” explotaba para deleite del público, que se ponía a saltar y cantar sin cesar, mientras Dickinson consolidaba la idea de ser un frontman perfecto, con la voz aún mejor que en 2016, tras su delicada cirugía para tratar un cáncer en la garganta. Además, corría de un lado a otro del escenario, jugando de forma calculada, pero bien dispuesta con el resto de los integrantes, para luego despachar “Where Eagles Dare” y disparar a los corazones con “2 Minutes To Midnight”, que extrañamente no iba a entregar las primeras bengalas de la noche en el público, pero que sí permitía advertir esas chispas que grandes y chicos compartían en cancha y alrededores.

Algo que sorprendió a muchos al ver el setlist fue la presencia de canciones de discos donde estuvo Blaze Bayley, como “Virtual XI” (1998), álbum del que se desprende “The Clansman”, canción que Bruce hizo como si fuera suya y que movió a la gente en medio de su grata sorpresa directo a las fauces de Eddie, que apareció para luchar contra el frontman y su espada en “The Trooper”. En ese momento la bengala se elevó por el aire y no había dudas de cómo la capacidad de Maiden sigue ahí. Mientras muchos bajan el tempo o el tono de las canciones, Iron Maiden a veces incluso acelera los compases para corresponder a los torbellinos que arman los fans en cancha. Es admirable cómo el sexteto evita demostrar fatiga, y eso no puede sino ser fruto de mucho ensayo, mucha confianza y mucho trabajo en esas canciones que son parte de las vidas de tantas personas. Esos temas forman parte de esas guerras que la gente lleva en su día a día, y por ello se hacía perfecto ver cómo el primer acto del show se centraba en esas dificultades, para luego pasar a un ámbito más religioso o espiritual, tomando la estética de una iglesia para maravillar desde lejos.

Revelations”, “For The Greater Good Of God” o “The Wicker Man” se sucedían para aumentar los aplausos a la labor de la guitarra ágil de Dave Murray, la precisión de Adrian Smith en la suya o la solvencia de la batería de Nicko McBrain, mientras Janick Gers se encarga de los gestos, los movimientos y las acciones que le compiten a Dickinson por el más carismático del escenario, aunque este último con quien se va a acurrucar y le muestra un cariño descomunal es a Steve Harris, el bajista que no sólo es el miembro fundador que queda, sino también tiene su capacidad intacta. Mención aparte para los encargados de sonido de la banda que, como en pocas bandas de metal, eligen dar espacio para cada instrumento, evitando el predominio tan majadero de las guitarras. Las líneas de bajo de Harris, por ejemplo, merecen ser escuchadas y así ocurrió en el show del Nacional, luciéndose en tracks como “Sign Of The Cross”, mientras Dickinson ataviado de una capucha negra se paseaba con una cruz con luces muy potentes. El acto lo cerraba “Flight Of Icarus”, en el que Bruce apareció con un lanzallamas que le permitía jugar con ambas manos tirando flamas, mientras una figura inflable como la del propio Ícaro se elevaba justo antes de otro karaoke colectivo con “Fear Of The Dark”.

La transición al infierno fue más rápida y también la sección más breve con la explosión en “The Number Of The Beast”, con el “six six six” coreado por las 64 mil personas presentes, y por supuesto que en la más punketa de las facetas de la banda en “Iron Maiden”, esa canción que precipitó la aparición de la bestia infernal enorme en el fondo, mirando lo que ocurría con ojos de luces y cuernos de cabra, mientras el público lo daba todo en moshpits, saltos, cantos y más.

En el encore vinieron “The Evil That Men Do” seguida de “Hallowed By Thy Name”, otro de esos tracks donde lo instrumental se notó como parte de esas fortalezas preciosas que tiene Maiden, que lo hacen tener una belleza fotográfica, de obra de arte mixta puesta en un museo de arte contemporáneo, capaz de interactuar con la gente y de congregar masas, como las que pasadas las 23:00 hrs. estaban cantando “Run To The Hills” en el gran cierre de una jornada realmente histórica, tanto por la capacidad de disponer de la historia grande de Iron Maiden en poco menos de dos horas, como por esa consolidación permanente con este país que es su casa.

Como dijo al rato después del show el periodista y guitarrista Héctor Muñoz: “Una banda que te manda para la casa diciéndote ‘Always Look On The Bright Side Of Life’ en la voz de Eric Idle tiene las cosas claras”, y es que, viendo la foto completa, Iron Maiden tiene todo tan claro y a estas alturas es un proyecto tan transversal, que ya no es patrimonio sólo del metal, sino que de la música en vivo en general, y qué bueno que el encuadre sea así de armonioso y perfecto.

Setlist

  1. Aces High
  2. Where Eagles Dare
  3. 2 Minutes To Midnight
  4. The Clansman
  5. The Trooper
  6. Revelations
  7. For The Greater Good Of God
  8. The Wicker Man
  9. Sign of the Cross
  10. Flight Of Icarus
  11. Fear Of The Dark
  12. The Number Of The Beast
  13. Iron Maiden
  14. The Evil That Men Do
  15. Hallowed Be Thy Name
  16. Run To The Hills

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