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Morcheeba: Elegancia de tiempos detenidos

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Cuando se iluminaron las bolas discos en medio de “Love Dub”, una de las canciones estrenadas en vivo por Morcheeba en su reencuentro con Chile en un Club Chocolate repleto y vibrante, quedaba claro que se estaba ante un show cuyas texturas e ideas podían funcionar hoy o hace una o dos décadas, y probablemente en un cuarto de siglo más. La voz de Skye Edwards es única y, al mismo tiempo, muy sencilla, por lo que podría formar parte de los parajes musicales en distintas épocas. Lo bueno es que eso también trae de vuelta varias buenas costumbres, de esas que se podrían replicar más.

El ambiente previo al inicio del show se notaba bueno, con la gente contenta, disfrutando de versiones bossa de clásicos de artistas como David Bowie. Podría parecer poco excitante, pero se notaba una buena onda que redundó en que, por ejemplo, no había tumultos de personas, y cada cual tenía su espacio disponible para bailar y moverse, algo que desde las 21:14 hrs., cuando los primeros compases del single “Never Mundo” aparecieron, ya no pararía.

Llamativo era que la banda reposó mucho en su nuevo material: casi un tercio del show fue de canciones nuevas, las que serán parte del disco que editarán recién en junio próximo. Quizás es la confianza que tienen en los temas y cómo estos se insertan de forma precisa entre los clásicos lo que hace que la banda también se sienta con un relajo excepcional. Skye Edwards lo llevó al extremo a mitad del show cuando se sacó unos zapatos taco aguja que usó mucho rato, y dio unos saltos de júbilo con agilidad gatuna para entregar “It’s Summertime”.

El hit “Otherwise” operó como un catalizador de la energía de la gente –que quería cantar y bailar– tras el inicio del show con dos temas nuevos. Morcheeba aprovechó la devoción del público para tocar cosas nuevas, sabiendo que con “The Sea” o “Part Of The Process” la gente estaría dispuesta a darle más chance a temas como “Blaze Away”, que nombra el nuevo disco, y también anticipa la forma en que Ross Godfrey y su guitarra logran un protagonismo que da nuevos matices a la fórmula de la agrupación británica.

En vez de rememorar a un sonido noventero, lo de Morcheeba tiene algo de frescura que se traspasa a todos los momentos de su espectáculo. Un juego de luces sobrio, pero con variedades suficientes para evitar la repetición, un sonido un poco contenido pero dulce, y una Skye Edwards que es la frontwoman precisa, hicieron de la jornada algo rico en buena onda y energía.

Un buen cover de “Let’s Dance”, “Blindfold” y la coreada “Let Me See” terminaron el mainset para dar paso a varios minutos de espera, ante los que el tecladista de la banda se sube a tocar tímidamente algo, hasta que aparece Skye para presentar otra canción nueva, “Sweet LA”, que parece una buena transición para los encore y para la que el Club Chocolate se iluminó a punta de smartphones, demostrando simbólicamente la fuerza de esta fanaticada que aplaudió fuerte, vitoreó de igual forma y valoró la elegancia de Morcheeba, quienes en casi hora y media de show dejaron en claro cómo se mantiene la esencia gracias a la calidad. “Rome”, otro hit, sólo fue una anécdota, casi como la coronación de la belleza. Y es que así fue una noche con Morcheeba, de esas que podrían haber pasado en 2018, 1998, o 2038; de aquellas donde el tiempo se detiene y la música corre a su ritmo, sin apuros ni demoras.

Setlist

  1. Never Undo
  2. Love Dub
  3. Never An Easy Way
  4. Otherwise
  5. The Sea
  6. Part Of The Process
  7. Blaze Away
  8. Trigger Hippie (con fragmento de “Love To Love You Baby” de Donna Summer)
  9. Light Of Gold
  10. It’s Summertime
  11. Let’s Dance (original de David Bowie)
  12. Blindfold
  13. Let Me See
  14. Sweet LA
  15. Rome

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Paul Gilbert: Seis cuerdas, mil historias

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Paul Gilbert

Podía parecer que la visita del norteamericano Paul Gilbert a Chile, en una templada tarde de sábado al Club Chocolate, sería para rememorar los éxitos de Mr. Big o Racer X, dos bandas donde él fue fundador, pero que no vería germinar tanto como para quedar determinado por ellas. Sin embargo, Gilbert eligió prescindir de ese legado para este reencuentro con el público chileno, en una instancia que funcionó más como una clase magistral que como un concierto propiamente tal.

Casi puntual en la hora señalada de inicio, siendo las 20:05 horas, Paul subió al escenario con dos músicos nacionales, Felipe Cortés en batería y Diego Contreras en el bajo, en una configuración de banda, pero luego del primer tema el esquema cambió y, con la ayuda de un traductor, fue explicando detalladamente el uso de la muñeca para los solos y su forma de tocar, basada en un trémolo manual, en la actualidad, dejando en claro que esto sería una clínica de guitarra. Luego de eso explicó levemente cómo, desde una anécdota tras perder un ticket de avión y, por consiguiente, un vuelo, una chica le dice “señor, debe calmarse”, y con ello surge un tema de su nuevo disco “Behold Electric Guitar” (2018), “Sir, You Need To Calm Down”, que procede a tocar, tras lo cual explica la importancia de las palabras en cómo tocar la guitarra.

En un evento que pareciera estar cargado hacia ver cuán importante es la guitarra y su sonido, resulta refrescante y simpática la postura de un avezado que indica que las palabras importan mucho, incluso en canciones instrumentales. Es que ahí existe una inspiración que permite nuevas prácticas, y relevar el papel de uno de los instrumentos más únicos, que es la voz, para llevar a la guitarra a otros límites. Gilbert explicaba cómo las palabras cantadas podrían convertirse en escalas, tocando extractos de “Rock The Clock” o “Blackbird” para comprender eso con ejemplos, antes de lanzarse a tocar completa “Black Dog” de Led Zeppelin, donde este principio quedaba completamente en práctica.

Luego de tocar esta canción, Paul dijo que muchas veces caía en el acto de tocar todo en una nota, “porque soy del rock, entonces eso pasa”, pero artistas muy queridos para él, como Jimi Hendrix, lo llevaron a intentar un enfoque distinto, más parecido al del jazz, con cambios en los acordes y tratando de simplificar las escalas, eligiendo cuatro notas fundamentales, como son la tónica, la segunda, tercera y quinta, lo cual mostró con un tema del propio Hendrix antes de volver a la carga del habla, para ahondar en el uso de los trastes y las escalas, y antes de pasar a otro punto: el ritmo. Ahí salió del jazz o el rock para meterse en el querido blues. Incluso mostró el ritmo con el que despierta a su hijo, sacando risas en un Club Chocolate casi repleto, muy atento y complacido, antes de escuchar otro tema del disco nuevo de Gilbert, uno escrito para enseñar a un estudiante a tocar, “Blues For Rabbitt”.

La cercanía y calidez de Gilbert, un verdadero emblema de las seis cuerdas, vino cuando subió al escenario primero a un invitado que, pese a estar en una silla de ruedas, hacía unos solos con mucha alma y espíritu, para un jam sobre la base rítmica de “Back In Black” de AC/DC, pero que en realidad era un diálogo a través de la guitarra, muy respetuoso y realmente mostrando a un Paul Gilbert lejos de caer en el mal del típico guitarrista virtuoso, donde el ego gana por sobre las canciones y la buena onda. Aquí, Gilbert logra entregar el cetro, así como también ocurre en un segundo jam, esta vez con el conocido blusero Sebastián Arriagada, quien en ocasiones le peleó mucho el spotlight a Paul, pero que precisamente por ello es que derivó en una dinámica de enfrentamiento complementario, muy interesante y entretenido.

Luego vino la sesión de preguntas del público, donde se sucedieron temas como el tono de la guitarra, los pedales, las inspiraciones, el ritmo; le pidieron consejos, e incluso improvisó sobre la frase “it’s really nice to be in Santiago” (“es realmente muy bueno estar en Santiago”) para mostrar la simpleza de la que puede venir una composición. Luego de ello empalmó con las últimas dos canciones de una jornada de casi dos horas y muchas risas e historias: “Mercedes Benz”, original de Janis Joplin, y “Purple Haze” de Jimi Hendrix. No fue el reencuentro con las canciones de Racer X o Mr. Big, sin embargo, quizás fue la instancia donde más se ha mostrado la inmensidad de los mundos que conviven en las seis cuerdas de Paul Gilbert, en una instancia quizás irrepetible y con un ambiente que permitió que la jornada no fuera más ni menos que un éxito rotundo para la guitarra eléctrica.

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