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Mark Lanegan: Oscuridad Hipnótica

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Lo de anoche en el Amanda, es de seguro algo que no va mucho con el estilo nocturno del lugar. Las nueve disco balls nunca brillaron menos ni fueron tan innecesarias. No hubo turbulencia juvenil, ni una audiencia enfervorecida. La oscuridad, la procesión y la intensidad fue guiada en todo momento por las más fúnebre de las voces de aquel recordado –y dispuesto a no morir- monstruo llamado grunge. Nos referimos a Mark Lanegan. Un hombre que no necesita destellos guiados, no necesita eufemismos ni mucho menos aquel ímpetu a veces tan plástico de la comunicación redundante con el público.

A eso de las 23 horas, el lugar yacía repleto en su mayoría por una audiencia masculina, que aunque variada, llegó por aquella misma senda musical que Lanegan ha dejado en su vida. Ya sea por Screaming Trees, Queens Of The Stone Age, The Gutter Twins, o cualquiera de sus viajes melódicos.

Mark Lanegan Band –como se autodenominan- apareció bajo una tenue iluminación roja que nunca desapareció, sobre un sobrio –casi humilde- escenario. Y los cinco músicos de riguroso negro, casi sin pensarlo, comenzaron a lanzar los primeros acordes de “When Your Number Isn’t Up”, que atacó desde el primer momento con la precisión de sus sonidos, y una batería rítmicamente perfecta, casi matemática.

Con aquella misma matemática militar, partió la espectacular “The Gravedigger’s Song”, que es el primer single extraído de su más reciente trabajo, “Blues Funeral” (2012). Y como es de esperar, fue con esta última que el sonido que yacía atrás con el público, fue evolucionando de forma positiva para regalarle aquella nitidez necesaria para los tonos casi barítonos de Lanegan. Sin dejar nunca de lado ese bajo insistente, que a ratos se mezcla tan bien con la base rítmica, que pasa a ser un solo timbre espeluznante.

En “Sleep With Me”, retrocede a la época más ruda y sangrante de Lanegan, que a esa altura seguía casi sin decir palabra alguna que no fuera precedida por la guitarra, y mucho menos demostraba grandes alargues y alardes que no fueran necesarios. Por momentos, el bajo se sentía un poco adormecido, pero si se piensa un poco, qué difícil sería para las cuatro cuerdas no competir con el timbre grave de Lanegan. En momentos como estos, nos recuerda que su música es oscuridad, frecuencias bajas, que son de la forma menos alegre, acompañada por los riffs de guitarras.

 

Para “Hit The City”, hay que ser honesto. Si a la performance, de los cinco músicos concentrados, le sumáramos a PJ Harvey como en su versión original, probablemente podríamos haber estado frente a una de las colaboraciones más interesantes en mucho tiempo, pero a falta de eso, está Lanegan solo, estático, acompañado por los sonidos de la guitarra y unas segundas voces que quizás a ratos se perdían, pero que no dejaba de ser una performace efectiva.

Mark Lanegan es un tipo que a sus 47 años, no busca protagonismo en el escenario. Simplemente a él le viene pasar desapercibido, por más que suene imposible. Y en momentos como el de “Wedding Dress” eso se hizo notorio. La tranquilidad de una soberbia guitarra tiene a todo el mundo entumecido mirando el escenario, magnetismo que evitaba de buena forma aquella molesta costumbre de las cientos de cámaras alzadas y disparos de flashes. Y la amarga voz le daba paso a un solo de guitarra limpio e intenso.

La calma casi westerniana siguió con la faceta blusera de Lanegan en “One Way Street”. Con ese sentimiento a Peter Murphy, Bob Dylan y Tom Waits, que desemboca casi en un paisaje sonoro de Clint Eastwood, con la voz de Lanegan casi al viento, que acompañada por un piano que se mueve entre lo clásico del grand piano y sonidos atmosféricos, que por características del lugar, pareciera que estuviéramos a ratos escuchando con tecnología sorround, viajando en frente y detrás de nuestros oídos. Simplemente maravilloso.

 

Y siguiendo la procesión oscura, y un alto al Lanegan más “electrónico” que hemos visto, volvieron a su pasado reciente, con “Resurrection Song”, donde el sistema binario se basó en la voz adolorida y la guitarra, ambas envueltas en la sonoridad del sintetizador, que por muy sci fi que fueran, parecían casi propios del paisajismo natural que Lanegan pretende dibujar sobre el escenario.

Por momentos el teclado queda apartado, para darle la bienvenida a una segunda guitarra en la magnífica “Gray Goes Black”, que esta vez, y a diferencia de la versión del disco, no necesitó del apego electrónico y se mantuvo por todo momento en el standard de la batería, que logró adaptarse a todas las intensidades de Lanegan. Uno de los puntos más altos de la noche.

El público enloqueció cuando comenzaron a entrar los primeros golpes de tambores de “Crawlspace”, de su recordada banda The Screaming Trees. Con una potencia en la batería que, para ser sinceros, varios desconocíamos de su símil de estudio. Y hay que insistir, no se trata de desborde de improvisación, es simplemente la suma de intensidades sobre los hombros de la batería y la guitarra. Una suma perfecta.

 

Con el riff de “Quiver Syndrome”, se vuelve a esa faceta más nueva de Lanegan. Ese “Blues Funeral” que en el fondo, harto pop posee, y no hay que entenderlo como pop chicloso y quinceañero. Es más el guiño a melodías menos oscuras, coros seudo felices y teclados llamativos. Sí, es el momento del Lanegan que menos le ha gustado a la crítica en mucho tiempo, pero en este caso el orden de los factores sí alteran el resultado, y el resultado al menos en vivo, es efectivo, ensordecedor y no pierde en ningún momento el norte de quien tenemos al frente.

Y así es como nos vamos de vuelta un rato al Bubblegum, el celebrado disco del 2009, para llegar con “One Hundred Days”, y la plegaria dolorosa de Lanegan, de una voz desnuda que de a poco se va acompañando. Mientras todos miran en silencio el escenario. No, no están aburridos, sólo es parte del ilusionismo.

Lanegan  se detiene un momento para presentar a la banda. Es de las pocas veces que se refiere al público. Con un semblante serio, y casi sin moverse de su metro cuadrado. Llega “Creeping Coastline Of Light”, cover de The Leaving Trains, banda que Lanegan ha sindicado como una de sus mayores influencias. Pero aún así, la versión de Lanegan huele a Nancy Sinatra y su voz pareciera estar llena de tintes de Serge Gainsbourg, tan completa y tan austera a la vez.

Después de aquel momento tan minúsculo de serenidad, había que encontrar la equivalencia, y que gran manera que hacerlo con “Riot In My House”, que es lo que demuestra que quizás muchos años seguirán pasando, pero por las venas seguirá corriendo algo del grunge que lo vio nacer, que deja por entendido que es así en las guitarras ruidosas que llaman a más de alguno a saltar en su lugar, pero que agradablemente nunca se convierte en un jolgorio furioso. Eso no es necesario.

Y aunque suene contradictorio “Ode To Sad Disco”, sí resulta una canción disco en vivo. La base rítmica podría ir perfectamente en cualquier melodía pegajosa, de esas con aires de AIR y hasta la veta más easy listening de Daft Punk, pero en vivo es algo completamente retorcido con ese teclado de corte world music, hay que asumir el plan de Lanegan para deprimir esta oda. Y bueno, parece dar resultado.

“St. Louis Elegy” es otro de los momentos donde se vuelve a la serenidad oscura. Donde la voz está muy por sobre el resto de los instrumentos. Los teclados y el bajo crean sonidos atmosféricos, y las armonías vocales que logran con otros componentes de la banda, es quizás uno de los momentos más hipnóticos de la noche. Seguramente, si en ese momento alguien cortaba de súbito la electricidad, se hubiese escuchado el mutismo de la audiencia.

“Tiny Grain Of Truth” es el momento para ensalzar los sonidos más electrónicos y llevarlos al nivel de clímax. Interesante experimento en vivo para despedirse por momentos en un nivel no ensordecedor, pero de igual forma estridente, donde cada uno de los músicos fue saliendo, pero claramente no todo estaba dicho.

El regreso no demoraría más de un par de minutos. Para volver con algo más antiguo, “Pendulum”. Y en casi inexistentes palabras, Lanegan agradece y vuelve a quedarse estático en una canción que exuda blues y cantina. Regalando otro suave y oscuro sonido.

Con “Harborview Hospital”, viendo de forma retrospectiva, pareciera que la banda entera hubiese calmado a la audiencia, con una versión algo floja de una de las más regulares canciones de “Blues Funeral”, pero había que entenderlo como la preparación mental para el final, quizás.

Y dicho final llegó con la desfachatada “Methamphetamine Blues”, que en su versión original trae a Josh Homme de Queens Of The Stone Age, pero que en vivo no se guardó ningún ensordecedor ruido. Un batería que llenó todos los espacios, el bajo caminando sobre notas que se podían sentir vibrar en el estómago y guitarras que quedaron sonando en el ambiente. La forma perfecta de terminar una jornada de música estridente. Con tímidas demostraciones de agradecimiento, y palabras finales del hombre de los sintetizadores invitando al público a una firma de discos con el mismísimo Lanegan en el primer nivel del Amanda.

Llama la atención que los momentos donde se presentan con material de “Blues Funeral”, son con el mismo orden pensado para el disco. Por lo general siempre se busca alternancia, pero ya nos quedó claro que la intención no es recrear de forma distinta sus canciones, tampoco es la conexión frontal con su público. No busca plantarse una bandera chilena, ni desmontar un aparatoso escenario o puesta en escena. Lo de Mark Lanegan es lograr la interpretación y maximizar el doloroso y siniestro rompecabezas musical de la forma más hipnótica y desgarradoramente posible. Y somos unos agradecidos de eso.

Setlist:

  1. When Your Number Isn’t Up
  2. The Gravedigger’s Song
  3. Sleep With Me
  4. Hit the City
  5. Wedding Dress
  6. One Way Street
  7. Resurrection Song
  8. Gray Goes Black
  9. Crawlspace
  10. Quiver Syndrome
  11. One Hundred Days
  12. Creeping Coastline of Lights  (cover de Leaving Trains)
  13. Riot in My House
  14. Ode to Sad Disco
  15. St. Louis Elegy
  16. Tiny Grain of Truth
  17. Pendulum
  18. Harborview Hospital
  19. Methamphetamine Blues

 Por Pamela Cortés

Fotos por Praxila Larenas

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1 Comentario

1 Comentario

  1. Ro Polite

    13-Abr-2012 en 2:39 pm

    Buena review!
    El ambiente que se formo según veo en las fotos, es el mejor para este show. Super detallada la nota. thumbs up.

    PD:La foto del guitarrista me recordo a Cash.

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Dream Theater: El sueño sigue vivo

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Dream Theater

En la que podría ser considerada como la gira más importante que ha realizado el quinteto estadounidense en los últimos años, Dream Theater aterrizó nuevamente en nuestro país para presentarse en un Movistar Arena a tablero vuelto. La promesa de la interpretación íntegra del disco “Metropolis Pt. 2: Scenes From A Memory” (1999), por lejos la placa más popular de su carrera, responsable de lanzarlos a la fama mundial y que se encuentra celebrando veinte años de vida, fue suficiente para atraer a los miles de fanáticos chilenos que estuvieron a punto de agotar todas las entradas disponibles en el recinto del Parque O’Higgins, formando una postal que recordó a la masiva convocatoria que lograron en su debut en la Pista Atlética el año 2005. Teniendo en cuenta la situación en la que se encuentra Santiago, lo de Petrucci y compañía fue todo un logro. Y, para fortuna del respetable, el espectáculo estuvo a la altura.

Aunque el gran gancho del recital era la ejecución de su clásico álbum, el tour lleva el nombre del último trabajo de estudio del conjunto, “Distance Over Time”, lanzamiento que ocurrió este año y mantiene a los músicos vigentes, pese a no causar el mismo entusiasmo de épocas anteriores entre sus seguidores. Fue así como la primera parte de la maratónica jornada estuvo dedicada a repasar los mejores cortes del nuevo disco, ante la respuesta entusiasta del público, que, sin saber todas las letras, transmitía toda su energía al grupo. “Untethered Angel”, “Fall Into The Light”, “Barstool Warrior” y, para cerrar este tramo, la potentísima “Pale Blue Dot”, mostraron lo mejor de este Dream Theater 2019, además de rescatar dos canciones más antiguas: “In The Presence Of Enemies, Part I” y la celebrada “A Nightmare To Remember”. El escenario estaba listo para el momento más esperado de la noche.

Finalizado el interludio de quince minutos, las luces se volvieron a apagar y un video animado a modo de película nos introdujo a los personajes que protagonizan la odisea contada en “Metropolis Pt. 2: Scenes From A Memory”. La historia de un hombre atormentado por el alma en pena de una mujer asesinada en busca de justicia fue revisitada de manera apoteósica por los norteamericanos. Tocado de principio a fin y sin grandes interrupciones, el clásico de fines de los noventa llevó al éxtasis total al Movistar Arena. “Overture 1928” y “Strange Déjà Vu” dieron el potente inicio al viaje, con gente saltando e incluso mosheando al ritmo de los complicados patrones rítmicos de Dream Theater.

A veinte años de su nacimiento, cada una de las canciones de la placa siguen sonando tan frescas y creativas como antaño, y es un gusto comprobar que la banda no ha perdido un ápice en su poder de ejecución, realizando una más que destacable reproducción de las versiones de estudio. Incluso James LaBrie, quien en un momento de diálogo con el público pidió disculpas –se encontraba enfermo y no estaba en su mejor estado– cumplió con su tarea de forma impecable.

Petrucci, Myung, Rudess y Mangini, son unas verdaderas máquinas en sus instrumentos, aunque aquí se debe hacer una acotación: la ausencia de Mike Portnoy es un fantasma que todavía pena entre los fanáticos de la banda. El histriónico baterista no sólo era un as en los tarros, sino que tenía carisma e inyectaba de espíritu rockero a la performance del grupo, cualidad que Mangini simplemente no tiene. El tipo es lo más cercano a la perfección en su instrumento, al punto de llegar a parecer un robot. Es cierto que de vez en cuando interactúa con la fanaticada, pero durante gran parte de la noche sólo se limita a hacer su trabajo. Se echa de menos una “chasconeada” entre tanta técnica y seriedad, sobre todo cuando su batería es una de las más vistosas en el mundo del rock y el metal. Tampoco ayudó que anoche la mezcla dejara prácticamente silenciados los platillos del músico, problema que opacó en muchos pasajes la emoción de un show que exige perfección.

Superando el bache con la batería, todo funcionó perfecto y canciones como “Home”, “The Dance Of Eternity” y las emotivas “Through Her Eyes” y “The Spirit Carries On”, fueron grandes hitos de la velada, que bajó el telón con “Finally Free”, dando por cumplido el sueño de los fans acérrimos de Dream Theater. Pero todavía quedaba más, y finalmente “At Wit’s End” disparó el tiro de gracia, sellando tres horas de música que no dejó a nadie insatisfecho.

Los oriundos de Boston dieron una última gran reverencia al respetable y se retiraron despedidos por una ovación unánime. Al final de la noche los comentarios eran bastante similares entre sí, concordando que esta ha sido una de las presentaciones más espectaculares que ha dado la banda en Chile, y no están equivocados. En un año de grandes conciertos, el de Dream Theater se encumbra como uno de los más emocionantes, confirmando que el sueño sigue más que vivo.

Setlist

  1. Untethered Angel
  2. A Nightmare To Remember
  3. Fall Into The Light
  4. Barstool Warrior
  5. In The Presence Of Enemies, Part I
  6. Pale Blue Dot
  7. Regression
  8. Overture 1928
  9. Strange Déjà Vu
  10. Through My Words
  11. Fatal Tragedy
  12. Beyond This Life
  13. Through Her Eyes
  14. Home
  15. The Dance Of Eternity
  16. One Last Time
  17. The Spirit Carries On
  18. Finally Free
  19. At Wit’s End

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