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Marillion: Otra dimensión

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En septiembre de 2013, en el contexto de los Progressive Music Awards, se galardonó a los británicos de Marillion como la mejor banda del año, un reconocimiento que nadie en su sano juicio podría objetar, sobre todo si se toma en consideración que estamos hablando de uno de los mayores exponentes de este género a nivel mundial, con más de tres décadas de vida y una fructífera discografía de diecisiete álbumes de estudio y casi una decena de registros en vivo. Esta tercera visita de los liderados por Steve Hogarth, se enmarca en su gira “Best Sounds Tour”, una imperdible oportunidad para repasar los grandes éxitos que han catapultado a Marillion a un lugar de privilegio en la historia del rock progresivo, y que convierten este show en uno de los esenciales de 2014. Tras su arrollador paso por el escenario del Casino Monticello hace menos de 24 horas, llegaba el turno de los miles de incondicionales fanáticos que se dieron cita en el Teatro Caupolicán, y que desde muy temprano comenzaron a repletar el recinto. En el ambiente se entremezcla entusiasmo, ansiedad y excitación, en un cóctel de sensaciones que fluyen entre miles de almas expectantes a lo que promete ser una velada inolvidable.

MARILLION CHILE 2014 05

A las 21:15 hrs. se apagan las luces del recinto, despertando de golpe a los impacientes fanáticos que reciben a cada uno de los miembros de Marillion con una efusiva ovación. La extensa “Gaza” se posiciona como la carta de presentación del quinteto, destacando por las sólidas secuencias de cuerdas de Steve Rothery y Pete Trewavas, además del histrionismo de Hogarth, que no para de gesticular. La guitarra marca la introducción del clásico “Easter”, inundando el Caupolicán de pasajes llenos de sentimiento y emotividad, estableciéndose de inmediato una suerte de complicidad entre los músicos y sus seguidores, quienes acompañan con las voces en cada una de sus líneas. Sólo basta un par de canciones para dimensionar la magnitud de esta presentación: un evento que a todas luces se erguía como imprescindible, ahora también se alza con la etiqueta de trascendental.

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Hit tras hit se suceden certeros golpes melódicos que de a poco van sometiendo a un extasiado recinto rendido ante los británicos. “Beautiful”, “Power” y “You’re Gone” continúan cimentando la estructura de esta verdadera obra maestra de Marillion, ejecuciones carentes de impurezas y una sólida instrumentación configuran una experiencia integral, unificando música y sentimiento en una misma ecuación. Existen canciones como “Man Of A Thousand Faces” y “No One Can”, capaces de trascender generaciones, en donde con cada año transcurrido penetran con mayor fuerza en el inconsciente colectivo, en algunos casos convirtiéndose en parte fundamental de la banda sonora de una vida. Los fanáticos no esconden su emoción al escuchar, en vivo y en directo, estas verdaderas gemas sonoras, piezas que probablemente marcaron varias etapas de su existencia y que rememoran situaciones especiales y de un alto valor sentimental.

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Una certera introducción de cuerdas ofrece la pauta para “Warm Wet Circles”, ganando en potencia de la mano de la solida batería del talentoso Ian Mosley. La melodía a medio tiempo de “Cover My Eyes (Pain And Heaven)” vuelve a despertar a un monstruo que ruge con la fuerza de mil voces, amenazando con echar abajo el recinto de San Diego. Promediando la mitad del show, con un set casi idéntico al ofrecido en la gala del Casino Monticello, donde sólo se extrañó la versión del clásico “Hotel California” de Eagles, no caben dudas de la calidad artística de los cinco músicos en escena, engranajes finamente aceitados de una máquina que funciona en perfecta sincronía, con la pulcritud y esmero que sugiere una dilatada trayectoria, además de la pasión y entrega como condimento adicional. El set lo complementa el clásico “The Uninvited Guest”, que sube levemente las revoluciones, en base a un ritmo potente y una precisa instrumentación.

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En “Hooks In You” la batería de Mosley arremete con fuerza, matizando su melodía con el delicado aporte del juego de teclados de Mark Kelly, con un frontman muy enérgico que se mueve por todo el escenario interactuando con sus seguidores. Los músicos desaparecen tras bastidores desatando un ensordecedor ruido de parte de un público que demanda el retorno de sus ídolos, hecho que se concreta sólo un par de minutos después para interpretar una sensible versión de la extensa “Ocean Cloud”, que comienza con unas líneas a capella por parte de Hogarth y que crece en intensidad mediante el aporte del resto de los instrumentos que se van incorporando paulatinamente. En una suerte de paramnesia, la banda vuelve a abandonar el escenario, gatillando nuevamente una petición generalizada que fluye desde todos los sectores del teatro, y que no cesa hasta que los ingleses regresan para continuar con el show.

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Hogarth recibe una muñeca de regalo desde el público, con la cual se pone a jugar, distrayéndolo y obligándolo a interrumpir el comienzo de uno de sus mayores éxitos. Sólo un par de acordes de “Kayleigh” fueron suficientes para establecer una comunión espontánea entre la banda y sus fanáticos, dando vida a uno de los acontecimientos más sublimes que se pueden experimentar en un concierto, ese sensible momento cuando, casi en un acto reflejo, miles de almas cantan al unísono con una potente voz que resuena con fuerza en cada rincón del recinto, erizando la piel y transformando ese preciso instante en una postal inolvidable. Existen artistas que han convertido el siempre complejo estilo de las power ballad en una verdadera institución, y es precisamente en este rubro que Marillion resalta como un especialista. En canciones como “Kayleigh”, “Lavender” y “Heart Of Lothian” queda en evidencia la innata habilidad de Steve Hogarth y compañía para yuxtaponer pinceladas de romanticismo, al servicio de una melodía que se expande lentamente, creciendo levemente en intensidad y llenando el ambiente de múltiples sonidos y texturas, capaces de transportar a los espectadores a otro plano sensorial.

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La banda nuevamente abandona el escenario y retorna para interpretar “Sugar Mice”, donde Steve Hogarth sorprende metiéndose al público y avanzando a través de una excitada multitud hasta la mesa de sonido donde, tras una leve caída, escapa por una puerta lateral para correr a toda velocidad a reunirse con sus compañeros en escena, evidenciándose exhausto tras la batalla que acababa de sostener contra los miles de fanáticos. El cierre de la velada corre por cuenta de “Neverland”, tema que destaca por sus potentes cambios de ritmo y el apoyo constante de los seguidores que se rehúsan a bajar la intensidad. Una explosión de confetis de colores hace caer una lluvia de papeles sobre la cancha, en una de las postales más bellas que nos dejó esta jornada. El quinteto se reúne en el centro del escenario para despedirse del incondicional público, que premia la entrega y dedicación con una estruendosa ovación.

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Casi dos horas y media de una experiencia sublime, un recorrido por lo más selecto del catálogo de Marillion, en un show que no sólo destacó por su excelsa calidad técnica, sino también por la compenetración de la banda con sus fanáticos, quienes en una suerte de trance fueron arrastrados a otra dimensión, un plano donde la música se transforma en protagonista excluyente, tocando los sentidos con melodías rebosantes de sentimiento y vitalidad. La presentación de los ingleses no tuvo puntos bajos, con un sonido de una nitidez pocas veces vista en el escenario del Teatro Caupolicán, y un marco de público que le hizo justicia a los pergaminos que ostenta el quinteto. Una declaración que expone la vigencia de Marillion y que desde ya nos hace soñar con un próximo encuentro con toda la majestuosidad de uno de los últimos iconos del rock progresivo.

Setlist

  1. Gaza
  2. Easter
  3. Beautiful
  4. Power
  5. You’re Gone
  6. Man Of A Thousand Faces
  7. No One Can
  8. Warm Wet Circles
  9. That Time Of The Night (The Short Straw)
  10. Cover My Eyes (Pain And Heaven)
  11. The Uninvited Guest
  12. Hooks In You
  13. Ocean Cloud
  14. Kayleigh
  15. Lavender
  16. Heart Of Lothian
  17. Sugar Mice
  18. Neverland

Por Gustavo Inzunza

Fotos por Praxila Larenas

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Norah Jones: Como las cosas solían ser

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Norah Jones

Desde el 18 de octubre todos los shows musicales han tenido algún tipo de acercamiento a la movilización, a un quebrantamiento a la abulia social, indicando una buena forma de ver cómo el paisaje va cambiando. Pero también existe ese tipo de shows que podría estar inserto en cualquier momento de la historia y no habría mayor diferencia. Tanto por la atemporalidad de la música presentada, como por la indiferencia de un público, como también las lógicas mismas que pueden aparecer en un espectáculo, el retorno de Norah Jones a Chile ante un Teatro Caupolicán casi repleto tuvo mucho de cápsula de tiempo y poco de conexión con lo que había fuera de las rejas del recinto de calle San Diego. Más adelante, se verá cómo esto también es una posibilidad sana y genuina respecto a la música misma.

Antes, durante la tarde del viernes 6 de diciembre, las plateas y sillas en cancha se fueron llenando muy lentamente hasta pasadas las 20:00 hrs., cuando Felipe Cadenasso se subió al escenario acompañado por Antonio del Favero y Natisú a tocar un set marcado por su trabajo como solista. Las armonías entre las voces de Felipe y Natisú eran perfectas, aterciopeladas, de una gran química marcada por el trabajo de ambos compositores que ven en la voz un instrumento mayor. Esto hacía de Cadenasso una buena elección de show de apertura.

Pero entre medio de canciones calmas, las luces estaban apagadas en las plateas y el ruido de la gente llegando cada vez de forma más numerosa, y las conversaciones multiplicándose como si nadie estuviera en el escenario. Realmente, era una sinfonía del irrespeto que censuraba la música preciosa que estaba siendo mostrada en el escenario y que hizo que casi nadie escuchara el único mensaje político de la jornada, cuando Cadenasso explicaba cómo era importante el hecho de estar más juntos que nunca. Tras 34 minutos de canciones brillantes, pero con mucha interferencia por parte del público, el trío de músicos se retiró con la cabeza en alto, sabiendo que la gente se lo perdió.

Luces volvieron a encenderse y ya el teatro lucía lleno en un 80%, espacio de tiempo que se extendería porque Norah Jones y sus músicos no saldrían a escena a las 21:00 hrs. Y qué bueno que no fue así, dada la cantidad de público que aún faltaba que se instalara en sus asientos. Recién a las 21:18 hrs., con todo en penumbra, ingresó ella junto a Brian Blade en batería y Jesse Murphy en el bajo (y luego en el contrabajo) para cambiar el aire en el ambiente, y entregar “Just A Little Bit” pegada a “It Was You”.

Era claro desde el inicio que la cruzada por el “retorno a lo básico” de Norah Jones que se inició en “Day Breaks” (2016) y se consolidó con “Begin Again” (2019) es parte del momento clave en que se encuentra la artista norteamericana, quien incluso, más allá de sus dotes vocales evidentes, incluso plasma su personalidad y talento en la forma de tocar el piano. Claro, su voz es un paradigma innegable del acercamiento del jazz al pop y a la pasividad que ha conseguido su trabajo, pero viendo lo que entregaba a temas como “Nightingale” o las versiones que haría más adelante de sus canciones más conocidas, los matices también se encuentran en la forma de pulsar las teclas, desde lo más tierno hasta lo más dramático. Norah Jones no se acomoda a lo pálido, dándole colores a todo, tal como las luces tenues que iluminaban a los músicos intentaban pintar en los telones detrás del escenario.

El formato en escena es un clásico trío, sea jazzero con piano, bajo y batería, o en “Don’t Know What It Means”, original del proyecto Puss n Boots, y “Come Away With Me”, colgándose la guitarra, logrando otro tipo de presencia, un poco estática dada la perfección en cada eslabón del sonido logrado, sin falla alguna, pero con el carisma necesario para inundar el espacio. En medio, varias sorpresas como “It’s A Wonderful Time For Love” o “Tragedy” removían un repertorio que encontraba reacciones más ruidosas de la gente –cuyo silencio caracterizó esta fase de la noche–, las que vinieron con “Sunrise” o “After The Fall”. También fue llamativo notar cómo ella le entrega espacio a “Black”, parte del proyecto “Rome” que Danger Mouse y Daniele Luppi lanzaron en 2011, demostrando cómo Jones consigue que canciones con un carácter muy marcado se acoplen a lo que ella expresa y significa en un escenario.

Por eso que arruinaba un tanto la experiencia notar personas yéndose desde la mitad del concierto en adelante. Era muy extraña la sensación de ver perfección andando en un proscenio y con la calidez que tiene la voz de Norah Jones, para luego notar decenas de personas caminando a cuentagotas en dirección a la salida. Algunos, luego de “Come Away With Me”, otros tras “Don’t Know Why”, y otros después de “Flipside”, los movimientos humanos eran el único indicio de no estar ante una grabación en un estudio. Por otra parte, mucho se puede comentar de Jones, pero también la capacidad de estar siempre reaccionando de Brian Blade y la habilidad para marcar un pulso y, a la vez, armonizar con el piano de Jesse Murphy en el bajo, son importantes para apoyar y enaltecer a la artista.

Hablando de “Flipside”, también en esa canción se daba otra muestra más de cómo Norah Jones y su banda tienen una gran formación: cuando logran aguantar el compás, no dejando que pase al siguiente tan fácilmente, cerca del final, rompiendo con el ciclo de un pulso más natural, entregando otras sensaciones. Aguantar el compás, con tal precisión, es impactante, y más golpea en “Don’t Be Denied”, ese tema de Neil Young que ella transforma en una pieza de plegaria por la identidad propia, para que cada cual entienda su valor y también en su fuero más personal, que alguien como ella –que valora lo suyo y lo cuida tanto como puede (no usa redes sociales para asuntos personales, cuida el anonimato de su actual pareja, entre muchas otras cosas)–, es capaz de comprender.

Luego de despedirse de la gente, Jones y sus músicos volvieron para hacer sólo un tema más, entregando un show más breve de lo esperado, con casi una hora y media de espectáculo cerrado con “Cold Cold Heart”, cover de Hank Williams aparecido en “Come Away With Me” (2002), otra de las canciones que demuestran que la cantautora está para volver a comenzar y que ésta vez lo hace con la libertad de la madurez y las decisiones propias para, a final de cuentas, entregar música de la forma en la que muchos suponen que las cosas deben ser. Considerando la calidad –al menos desde ese punto de vista–, esta atemporalidad y capacidad de crear un universo paralelo propio son fuertes argumentos para tomar este camino, disfrutarlo y luego tratar de que ese dulzor dure un poco más, antes de volver al amargor de un contexto donde la lucha aún no termina.

Setlist

  1. Just A Little Bit
  2. It Was You
  3. Nightingale
  4. Begin Again
  5. Those Sweet Words
  6. It’s A Wonderful Time For Love
  7. Sunrise
  8. Don’t Know What It Means (original de Puss N Boots)
  9. Come Away With Me
  10. After The Fall
  11. Black (original de Danger Mouse & Daniele Luppi)
  12. Tragedy
  13. I’ve Got to See You Again (original de Jesse Harris & The Ferdinandos)
  14. Don’t Know Why (original de Jesse Harris & The Ferdinandos)
  15. Flipside
  16. Don’t Be Denied (original de Neil Young)
  17. Cold Cold Heart (original de Hank Williams)

Fotos por Jaime Valenzuela para DG Medios

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